Fotografía: Aída Cordero

Tercera edición del que probablemente ya se ha consolidado como el festival urbano más importante de España. Urbano entendido como verdaderamente integrado en la ciudad, y concretamente en una zona, la del centro de Madrid, con conciertos en salas y no en escenarios al aire libre a las afueras. Una propuesta que cuenta con actividades paralelas, como exhibiciones de carteles y ruta de tapas, y anima los barrios por los que pasa como si una ola de distorsión y rock inundase la calle Fuencarral desde Iglesia hasta Sol.

El GetMAD! Festival ha llegado para quedarse, y también, como decían sus organizadores Carolina Rodríguez y Nacho Cabrera el viernes en El Sótano de Radio 3, para combatir el estereotipo de festival de música de exteriores, con sonido mediocre y una oferta musical predecible y sometida a la ley de la oferta y la demanda. El cartel del GetMAD! Festival es sobresaliente por lo que ofrece, y no tanto por las bandas que uno conoce y le apetece ver (de por sí difíciles de encontrar en general en el territorio nacional) como por lo que precisamente uno desconoce y descubre en una de sus múltiples salas.

El GetMAD! Festival ha llegado para quedarse, y también, como decían sus organizadores Carolina Rodríguez y Nacho Cabrera, para combatir el estereotipo de festival de música de exteriores, con sonido mediocre y una oferta musical predecible y sometida a la ley de la oferta y la demanda.

Bandas ‘pequeñas’, nacionales e internacionales, que se pueden volver tus favoritas tras un concierto especialmente intenso en cualquiera de sus salas. Ahí tenemos ejemplos de años anteriores como los de Surf Curse, Froth, The Goon Sax… Por ello, el que suscribe optó por hacer un tour variado intentando ver el máximo número posible de estos grupos emergentes y sorprendentes, en detrimento de los grandes popes que adornan las primeras filas del cartel, tocando mayormente en la sala But. Y visto lo visto, no hay sombra de arrepentimiento.

Viernes 14

Grave Pleasures

Arrancaba el GetMAD! Festival en la sala centrada en los sonidos más pesados y abrasivos de todo el cartel: la Changó. Y para abrir boca nada mejor que unos Grave Pleasures que ya han arrasado a su paso por festivales de primera línea como el Roadburn. Una mezcla difícil de explicar y fácil de escuchar, de hard rock oscuro pero con mucha melodía y post-punk extrañamente adictivo. Juho Vanhanen, su guitarrista principal, lo es también de los blackmetaleros (poco ortodoxos) Oranssi Pazuzu, lo cual quizá explique el gusto por lo heavy de estos finlandeses. En cualquier caso, un concierto más que digno para dar comienzo a las festividades, con un Mat McNerney ejerciendo de carismático frontman y una sarta de temazos centrada en su último disco, “Motherblood”, que se defiende por sí sola.

Shannon and the Clams

Tras este chute de rock en vena tocó coger metro y volar para ir a ver a uno de los principales atractivos de esta edición, en concreto, del abono Downtown que comprendía las salas Wurlitzer, Boite y El Sol. Entre estas tres se repartieron el resto de bandas más alejadas del metal pero sin tanto nombre, en principio, como para llenar la But. Digo en principio porque Shannon y sus almejas se bastan y sobran como para reventar El Sol. Con un discazo reciente bajo el brazo y la aureola de ser una de las bandas más importantes de la escena de garage psych californiana, la expectación por ver a Shaw y compañía era evidente. ¿El resultado? Una hora algo escasa de rock ‘n’ roll, punk y doo-wop a cargo de los de Oakland, que cumplieron a la perfección con lo que se esperaba de ellos. Por poner un pero, quizá se echó en falta algo más de protagonismo de la propia Shannon, que en más temas de lo esperado de “Onion” relegaba las voces principales en su socio Cody Blanchard. Cuya voz, por cierto, tampoco resultó tenerle mucho que envidiar a la de la diva. En cualquier caso, concierto de notable alto.

Fotografía: Aída Cordero

No Age

Sin movernos de El Sol más allá del avituallamiento necesario para aguantar tanta tralla seguida, ni del garage como género y arma, tocó sin embargo un cambio de tercio considerable. El alma pop de Shannon se convirtió en una bola de demolición y ruido cuando No Age les siguieron en el escenario. Como unos Japandroids desencadenados y liberados de tener que sonar medianamente agradables, el también dúo de L.A. desplegó una andanada de canciones como balas ante una audiencia claramente menguada con respecto al concierto anterior. Si pasar por Sub Pop y posteriormente por Drag City (sello del Mesías Segall) no fuera suficiente garantía de calidad, la intensidad que le imprimieron Dean Spunt y Randy Randall acabó por convencer a todos los predispuestos a aceptar su mensaje de ruido y punk.

The Asteroid #4

En el enésimo giro estilístico del festival, optamos por ver a una de las bandas que mejor simbolizan el sonido de San Francisco como Meca de la psicodelia occidental moderna. No sabemos qué sería de los tres anteriores, pero The Asteroid #4 cayó en La Boite y generó un cráter del tamaño del escenario, sobre el cual se alzaron humeantes cinco pedazo de músicos, tres guitarristas incluidos, que envolvieron la sala en una nube de ácido y sulfuro. Krautrock pasado por el filtro de la americana y el country para pegar un viajazo de LSD a todos los presentes.

Jeff Rosenstock

En uno de los solapes más dolorosos del festival tocó elegir entre la psicodelia amable de La Luz, el punk en estado de gracia de Amyl and the Sniffers y el tipo más simpático que haya pisado este planeta. A priori no parece una descripción muy prometedora de un punk de corazón como Jeff Rosenstock, pero no es incompatible en absoluto con reventar la Wurlitzer Ballroom de gente bailando, sudando y dejándose la voz en alguno de sus infinitos estribillos hipercoreables. Servidor ha estado un número suficiente de veces en esa sala como para jurar que nunca se había visto tanta energía descargada en un solo concierto, por parte tanto del público como de Jeff y su banda, que parecían estar pasándoselo mejor que nadie. Nada menos que dieciocho canciones que sirvieron para repasar casi de cabo a rabo sus dos últimos discos, “WORRY.” y “POST-”, con los que Rosenstock se ha confirmado como el mejor exponente de lo que algunos han dado en llamar punk pop, o pop punk ‘pero-del-bueno’.

Bleeding Knees Club

La imagen del cantante veinteañero de Bleeding Knees Club vomitando tras el bis en medio del escenario de la Wurli es probablemente una de las más punk y que más recordadas serán de todo el festival por sus (des)afortunados testigos. Y, también, una de las que mejor resumió el huracán de punk desenfadado y juvenil de los australianos, quienes sin excesiva ambición y sin romperse mucho la cabeza pusieron el colofón a una noche de viernes rebosante de punk y sudor. A no ser, claro, que a uno le quedase cuerpo para acabar en alguno de los afterparties organizados por el propio festival en los bares más rockeros de Malasaña.