Odio la frase ‘industria musical’. Esto es un MUNDO musical y la parte de la industria es un pequeño y desafortunado efecto secundario”.

Esta cita no es más que un tweet de Ruban Nielson al cual tuve que dar toda la razón, y es que ciertamente este mercantilismo nos hace perder el sentido de la comunidad en aras del éxito individual. El mundo musical tiende cada vez más a ser un ambiente tóxico basado en galas de premios, a la postre insignificantes, o en el desarrollo de polémicas y amarillismos con lo que obtener notoriedad. Por suerte, hay personas que aún hoy reivindican la música en sí misma y no sus dudosos envoltorios. Es admirable que artistas del nivel de Nielson (líder de la Unknown Mortal Orchestra) aprovechen su popularidad para que sus críticas e ideas lleguen más lejos, pero todos sabemos lo estéril que resulta el activismo en las redes sociales. Vamos a hablar de dos personas que han decidido mover ficha para volver a crear una comunidad sana de artistas basada en la retroalimentación de ideas y el continuo apoyo: Justin Vernon y Aaron Dessner unen fuerzas para dar forma a Big Red Machine.

Ambición colaborativa

Para entender “Big Red Machine” debemos de tener presentes dos referencias: “High Violet” (2010) de The National y “Planetarium”, aquel trabajo que Sufjan Stevens, Bryce Dessner, Nico Muhly y James McAlister editaron conjuntamente el año pasado. “Big Red Machine” persigue la misma ambición colaborativa de esos álbumes con un objetivo bien claro: constituirse como una referencia y un modelo a seguir para los músicos del futuro.

Vernon y Dessner no son, en absoluto, ningunos desconocidos ni dentro del panorama musical (Bon Iver y miembro de The National, respectivamente) ni entre ellos mismos. Su relación comenzó en 2008, año en el que confeccionaron desde la distancia un tema para “Dark Was The Night” entremezclando el carácter melancólico de un recién aparecido Bon Iver con el barroquismo de The National. Así, sin ningún tipo de pretensión mayor, nació Big Red Machine, un proyecto de carácter intimista que ha atraído cada vez a más personas hasta convertir su debut homónimo en una suerte de “High Violet” (2010): una colección de canciones alrededor de las cuales orbitan músicos plasmando sus diversas personalidades.

Para entender “Big Red Machine” debemos de tener presentes dos referencias musicales: el ya mencionado “High Violet” y “Planetarium”, aquel trabajo que Sufjan Stevens, Bryce Dessner, Nico Muhly y James McAlister editaron conjuntamente el año pasado. “Big Red Machine” persigue la misma ambición colaborativa de esos álbumes con un objetivo bien claro: constituirse como una referencia y un modelo a seguir para los músicos del futuro.

Un universo de colaboraciones alrededor de Justin Vernon y Aaron Dessner

Lejos de traer la vena más agresiva y volcánica del “22, A Million” (2016) de Bon Iver, “Big Red Machine” explora una extraña y luminosa calma digital. La tormenta ha amainado, Justin Vernon está en paz y quiere empezar limpio su nueva etapa. Esta evolución resulta notoria en cada una de las canciones del álbum gracias a versos más directos, alejados de las complicadas metáforas y simbolismos que poblaron “22, A Million”, para hablar de cómo dejar el pasado atrás y afrontar un futuro prometedor.

Tampoco es posible explicar Big Red Machine sin mencionar PEOPLE y el festival de Eaux Claires. Lo que nació gracias a Justin Vernon como un festival para llenar de vida su pueblo natal durante el periodo estival se ha constituido como un escenario perfecto para la colaboración entre artistas. PEOPLE, por su parte, aparece en dos variantes: como relevo natural del Michelberger Music (una suerte de equivalente europeo al Eaux Claires) y como plataforma de streaming online. Pero lejos de ser simplemente un espacio donde escuchar música, PEOPLE quiere ser un nexo de unión entre músicos en constante retroalimentación: uno publica el boceto de una idea, alguien aporta un desarrollo y así se avanza hasta que personas de diferentes partes del mundo, influencias y experiencias llegan a un punto en común.

¿Es posible este flujo constante de ideas sin que la esencia de cada artista se diluya? Aquí entra en juego el testimonio de Justin Vernon. El de Wisconsin se ha dejado caer en proyectos paralelos a Bon Iver, y ya fueran colaboraciones puntuales (Kanye West, James Blake, Poliça, Francis and the Lights) o formando parte de grupos más ambiciosos (Volcano Choir, The Shouting Matches, Gayngs) siempre ha tenido la habilidad de dejar huella gracias a su distintivo falsete, las guitarras de influencia americana o, más recientemente, el uso del vocoder e interés por la electrónica, lo cual une a Vernon con Aaron Dessner y sienta la base para desarrollar “Big Red Machine”.

Fotografía: Graham Tolbert

“I will lay laid open, I do it ‘cause I’m a family man”

A pesar de la complejidad del desafío, Vernon y Dessner consiguen que todo fluya a la perfección ya que han sabido exprimir con gusto el carácter progresivo de las canciones de “Big Red Machine”: ideas simples que conducen a melodías expansivas de lento desarrollo y con espacio para la contribución de artistas como Phoebe Bridgers, Lisa Hannigan, Richard Lee Perry (Arcade Fire)… Así, en la recta final estas composiciones adquieren tintes más orgánicos y épicos con los que se alejan de la calma robótica del primer segmento.

Sin embargo, lejos de traer la vena más agresiva y volcánica de “22, A Million” (2016), “Big Red Machine” explora una extraña y luminosa calma digital. El tercer álbum de Bon Iver abría con ese doloroso y melancólico “It might be over soon”sentimientos que monopolizaron aquel contundente trabajo repleto de giros inesperados, samples rotos, líneas vocales acopladas y demás artificios. “Big Red Machine”, por contra, nos da la bienvenida con “I will lay laid open”La tormenta ha amainado, Justin Vernon está en paz y quiere empezar limpio su nueva etapa. Esta evolución resulta notoria en cada una de las canciones de “Big Red Machine” gracias a versos más directos, alejados de las complicadas metáforas y simbolismos que poblaron “22, A Million”, para hablar de cómo dejar el pasado atrás y afrontar un futuro prometedor.

Pero si nos tenemos que quedar con uno de todos los mensajes aquí presentes que sea, ante todos, el de “Gratitude” (“Well we better not fuck this up”), alrededor del cual orbita todo “Big Red Machine”, un elepé basado en la dificultad de Vernon y Dessner para mantener la esencia individual dentro del colectivo y no joderlo por el camino. La eterna búsqueda del equilibrio.

“Well we better not fuck this up”

Aunque en “Big Red Machine” hay trazas evidentes de Bon Iver y de The National, la suma de sus partes no genera un producto evidente. El jugueteo electrónico con el OP-1 es inherente al “22, A Million” y la recta final de “Sleep Well Beast”, pero cuando uno se asoma al núcleo de las composiciones de “Big Red Machine” aparecen nombres ajenos al proyecto: Massive Attack por los ritmos sensuales y lentos o Mouse On Mars por los momentos más vanguardistas. Pero, sin duda, a quien más le debe “Big Red Machine” es a Sufjan Stevens.

A pesar de la complejidad del desafío, Vernon y Dessner consiguen que todo fluya a la perfección ya que han sabido exprimir con gusto el carácter progresivo de las canciones de “Big Red Machine”: ideas simples que conducen a melodías expansivas de lento desarrollo y con espacio para la contribución de artistas como Phoebe Bridgers, Lisa Hannigan, Richard Lee Perry (Arcade Fire) y un larguísimo etcétera. Así, en la recta final estas composiciones adquieren tintes más orgánicos y épicos con los que se alejan de la calma robótica del primer segmento. “Hymnosticy People Lullabyabren a piano y añaden paulatinamente el resto de capas sonoras (coros, cuerdas, percusiones) hasta alcanzar el éxtasis; el primero más eclesiástico gracias a esa contundencia del piano y el mensaje de unión mientras que el segundo es un clímax algo más melancólico, recordando a los Sigur Rós más accesibles de “Von” o a Slowdive en el último corte de su trabajo homónimo. Si bien I Won’t Run From Itnos retrotrae a las primeras bandas de Vernon gracias a la conjunción de una guitarra acústica luminosa con metales suaves, Meltpone el broche de oro con un final épico à la Volcano Choir interpretando en vivo “Still”. Y es que ambas piezas cuentan con una melodía de guitarra eléctrica simple y algo sucia que suena francamente atronadora al estar rodeada de baterías inquebrantables, cuya energía entra en perfecta sincronía con la voz más ruda de Vernon.

Haber empezado por el último tramo del álbum me permite resaltar algo bastante interesante: aunque en “Big Red Machine” hay trazas evidentes de Bon Iver y de The National, la suma de sus partes no genera un producto evidente. El jugueteo electrónico con el OP-1 es inherente al “22, A Million” y la recta final de “Sleep Well Beast”, pero cuando uno se asoma al núcleo de las composiciones de “Big Red Machine” aparecen nombres ajenos al proyecto: Massive Attack por los ritmos sensuales y lentos (el mejor ejemplo para ilustrar esto son los casi ocho minutos de OMDB) o Mouse On Mars por los momentos más vanguardistas (escuchad Air Stryp, donde también se mezclan con los Radiohead de “Idioteque”). Pero, sin duda, a quien más le debe “Big Red Machine” es a Sufjan Stevens, cuya sombra es alargada: la melancolía y sintetizadores oníricos de canciones como Deep Green”, “Lylao Forest Green nos llevan a los parajes más tranquilos de “Plantearium”, “Age of Adz”, “Carrie & Lowell” o a ciertos cortes de “Sisyphus”, aquella aventura donde Sufjan trabajó con Ryan Lott de Son Lux y Serengeti.

“Well you are who you are”

No se puede negar lo evidente: Justin Vernon y Aaron Dessner no han inventado nada nuevo en el apartado musical con “Big Red Machine”. A los amantes de “22, A Million” tal vez les resulte algo descafeinado y los seguidores de The National estarán apenados por ver que se abandona el rock del grupo para explorar los caminos más electrónicos de “Sleep Well Beast”. Sin embargo, lo importante aquí es el concepto, no las melodías y el sonido. “Big Red Machine” quiere demostrar que hacer una obra coherente con tantas personas implicadas es posible, y ahí cumple sobremanera. Otra forma de hacer música es posible.

No se puede negar lo evidente: Justin Vernon y Aaron Dessner no han inventado nada nuevo en el apartado musical con “Big Red Machine”. A los amantes de “22, A Million” tal vez les resulte algo descafeinado y los seguidores de The National estarán apenados por ver que se abandona el rock del grupo para explorar los caminos más electrónicos de “Sleep Well Beast”. Los que más ventaja pueden sacar en cuanto a estilo son los acérrimos del sonido mágico de Sufjan Stevens, pero al final es lo de menos porque lo importante es el concepto, no las melodías y el sonido. “Big Red Machine” quiere demostrar que hacer una obra coherente con tantas personas implicadas es posible, y ahí cumple sobremanera.

Justin Vernon llegaba de ser un hombre roto y solitario en “22, A Million”. Abrazar por completo las modulaciones vocales y los artificios electrónicos creando diferentes texturas no fue más que una táctica con la que distanciarse del mundo. “Big Red Machine” nace como contrapunto al utilizar esos mismos ingredientes para redimirse y encontrar la paz consigo mismo y con su alrededor. Las melodías esperanzadoras de desarrollos calmados representan nuevos comienzos y con su lírica Vernon nos recuerda que no se puede negar quienes somos: toca asumirlo, vivir con ello. La evolución viene aquí, en cómo en un mensaje antes angustioso ahora encuentra tranquilidad. “Big Red Machine” no es un álbum perfecto ni tiene la pegada de todos los trabajos que he mencionado, pero cumple a la perfección su cometido a la hora de mostrarnos la evolución personal de Vernon y demuestra junto a Dessner que otra forma de hacer música es posible.

Big Red Machine – Big Red Machine

7.9

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Justin Vernon y Aaron Dessner unen fuerzas en “Big Red Machine” para confeccionar, junto a un gran elenco de colaboradores, un álbum de desarrollos electrónicos llenos de magia y sentimentalismo. La música no debería ser competición sino colaboración, y Big Red Machine quieren ser el buque insignia de este sentimiento.

Up

  • La agresividad vocal de Justin Vernon en canciones como “Gratitude” o “Melt”.
  • La simplicidad post-rock de unas composiciones construidas a través de desarrollos lentos y certeros.
  • Los juegos electrónicos en la línea del Sufjan Stevens más sintético.
  • Ideal para quienes pensaron que “22, A Million” fue muy duro: por suerte, “Big Red Machine” es más suave.

Down

  • Menos ideal para quienes pensaron que “22, A Million” fue muy bueno: por desgracia, “Big Red Machine” es más suave.
  • A veces la simplicidad melódica de los temas juega en su contra al no confeccionar melodías icónicas que te lleguen al instante.
  • “OMDB” tal vez cuente con un desarrollo excesivo para lo que ofrece.