Lo de Paul McCartney es inaudito y seguramente irrepetible. Nació en 1942, mucho antes de que surgiera el rock and roll. En 1956, el día de su catorce cumpleaños, su padre le regaló una trompeta que él cambió por una guitarra acústica porque así podía cantar y tocar a la vez, imitando los sonidos que llegaban desde Estados Unidos a través de Radio Luxemburgo. Él quería emular a gente como Elvis Presley, Little Richard, Buddy Holly, Fats Domino y Chuck Berry. Por aquella época ya componía algunas canciones, y en 1963, con los Beatles, tocó el cielo con las manos ante esa asociación imbatible que formó junto con John Lennon. Los Beatles fueron un torbellino que vino a cambiar la música y la sociedad, y que convirtió a sus cuatro integrantes en leyendas.

Y aquí estamos hoy, en pleno 2018. Resulta fascinante que asistamos expectantes a un nuevo lanzamiento de Paul McCartney. Mientras pilares fundamentales de la historia de la música como Bob Dylan o los Rolling Stones nutren sus nuevas propuestas con versiones de clásicos de la música popular, McCartney sigue al pie del cañón publicando discos con material inédito de forma más o menos regular, e ininterrumpidamente, desde que pusiera en el mercado aquel “Please Please Me” con el Fab Four. Dejando además, por el camino, obras orquestales (el ejemplo más conocido es el “Oratorio de Liverpool”), bandas sonoras (“The Family Way”), canciones para videojuegos (“Destiny”), proyectos electrónicos (The Fireman) y algunas colaboraciones con otros artistas que siempre le han permitido estar al tanto de los nuevos tiempos: en enero de 2015 lanzaba junto con Rihanna y Kanye West el single “FourFiveSeconds” y dos meses después colaboraba de nuevo con West en “All Day”. También tocó la batería en “Sunday Rain”, incluida en “Concrete and Gold”, el largo más reciente de Foo Fighters.

“Egypt Station”: ambición y ausencia de filtro

Mientras pilares fundamentales de la historia de la música como Bob Dylan o los Rolling Stones nutren sus nuevas propuestas con versiones de clásicos de la música popular, McCartney sigue al pie del cañón publicando discos con material inédito de forma más o menos regular, e ininterrumpidamente, desde que pusiera en el mercado aquel “Please Please Me” con el Fab Four.

Paul McCartney es un todoterreno. Una persona incansable y curiosa. Con sus altibajos, la trayectoria del ex beatle no tiene parangón, y para nuestro deleite, regresa con un buen puñado de canciones. Egypt Station es su primer disco desde aquel notable “NEW” que vio la luz cinco años atrás. Compuesto por dieciséis cortes y producido por Greg Kurstin (Adele, Beck, Foo Fighters, Liam Gallagher), el autor nos presenta este nuevo ejercicio discográfico como un trabajo conceptual. Una idea cogida con pinzas que no llega a convencer. Lo cierto es que estamos ante un disco extenso y heterogéneo con algunos buenos momentos. Pero en ocasiones parece que esa variedad exhibe a un McCartney un poco a la deriva. No hay uniformidad. Más que un álbum, este lanzamiento es una mera recopilación de canciones en la que no rige precepto alguno. No obstante, el siempre astuto Paul ha introducido dos interludios que musicalmente carecen por completo de interés para poder explicar la obra como un viaje en el que cada corte nos transporta a un lugar diferente.

No queda muy claro cuáles son esos espacios que vamos a visitar. Si son del mundo o se circunscriben sólo a Egipto, según da a entender no sólo el título del disco y la propia portada (un collage hecho años atrás por el propio McCartney), sino también ciertos sonidos orientalizantes que, a veces, se dejan escuchar a través de las composiciones a modo de leitmotiv. Aunque esta tesis queda refutada una vez que aterrizamos en Brasil (“Back in Brazil”). Tampoco las letras parecen llevarnos a ningún sitio. Tal vez se trate de un viaje introspectivo con paradas en las diferentes emociones que nos haga sentir cada pista, de manera que toda la imaginería egipcia que presentan los diferentes elementos extramusicales y que dan forma a la edición del material sonoro quedan despojados de sentido.

Fotografía: Capitol Records

Un viaje con episodios, sensaciones y experiencias de todo tipo

Macca nos presenta este nuevo ejercicio como un trabajo conceptual. Una idea cogida con pinzas que no llega a convencer. Lo cierto es que estamos ante un disco extenso y heterogéneo con algunos buenos momentos. Pero en ocasiones parece que esa variedad exhibe a un McCartney un poco a la deriva. No hay uniformidad. Más que un álbum, este lanzamiento es una mera recopilación de canciones en la que no rige precepto alguno.

Vista la vaguedad del concepto y la aleatoriedad que parece impregnar el elepé, es momento de adentrarse en las canciones para examinar detenidamente cada una de ellas. Opening Station es el interludio encargado de la apertura. El sonido ambiente de una estación de tren o metro deja paso a unas armonías vocales celestiales que, según el autor, actúan como una puerta de entrada hacia el mundo onírico en el que viajaremos a distintos lugares sin necesidad de movernos del sofá. Rápidamente comienza I Don’t Know, preciosa balada a piano rebosante de melancolía donde Paul expone sus inseguridades: What’s the matter with me? / I don’t know, I don’t know”, recitará con solemnidad en los últimos compases de la canción.

Con un carácter diametralmente opuesto a esta se inicia la rockera Come On to Me”, la cual demuestra que, a sus 76 años, McCartney aún es capaz de escribir éxitos. Juvenil y desenfadada, el mismo Paul declara que es una canción en la que se imagina a sí mismo de vuelta en los sesenta en una fiesta donde conoce a una chica: If you come on to me / will I come on to you?”. Un ejercicio nostálgico que lo ha aupado al Top 10 de Billboard. Llevaba 21 años sin disfrutar de un triunfo semejante. Vuelve a cambiar de tercio en Happy With You. Abraza la calidez acústica del folk para confesar que ha dejado atrás malos hábitos porque está feliz con una persona. Presumiblemente se trate de Nancy Shevell, su actual esposa.

Ambición conceptual que no llega a materializarse

Las letras tampoco nos llevan a ningún sitio. Tal vez se trate de un viaje introspectivo con paradas en las diferentes emociones que nos haga sentir cada pista, de manera que toda la imaginería egipcia que presentan los diferentes elementos extramusicales y que dan forma a la edición del material sonoro quedan despojados de sentido.

En Who Cares condena el bullying a partir de un canto optimista sobre ser tú mismo sin importar lo que opinen los demás. En lo musical, tiene buen ritmo, pero no ofrece mucho más. Es un corte bastante flojo que luce unas guitarras que evocan a unos ZZ Top desprovistos de ímpetu. Producida por Ryan Tedder (OneRepublic),Fuh You representa la versión más popera y comercial de “Egypt Station”. Una canción de amor obscena”, según la ha denominado el propio autor, en la que juega sin necesidad con la ambivalencia sonora que provoca el Fuh you” del estribillo. No obstante, su ritmo cadencioso inspirado en el R&B contemporáneo resulta bastante pegadizo. Quizá sea una manera de intentar un acercamiento al público joven a la vez que lleva a sus oyentes más veteranos formas musicales más modernas y estilizadas.

Regresamos al folk de la mano de Confidante, donde McCartney canta a una vieja guitarra que llevaba tiempo sin tocar. Se refiere a ella como una amiga, una confidente de la que se enamoró y que terminó por abandonar. Hay momentos bastante más acertados a lo largo del álbum, desde luego, aunque People Want Peacetampoco será uno de esos. Aquí escuchamos una canción por la paz inspirada por una visita a Israel hace años. Aunque terriblemente convencionales, presenta buenas estrofas sustentadas en el clave y el piano, pero la letra hace aguas desde su mismo comienzo:

Ladies and gentlemen
Standing before you with something important to say
With some trepidation I crave your attention but
I’m not gonna let anything get in my way
The message is simple, it’s straight from my heart
And I know that you’ve heard it before
But what does it matter, we’re in it together
And I’m not quitting while people are crying for more”

Un recurso barato. Retórica pura y dura para armar una canción cuando no se tienen ideas más consistentes y profundas. El golpe de gracia llega con el coro góspel que proclama de forma bastante vergonzante: People want peace”. McCartney sabe hacerlo infinitamente mejor, y, para muestra, Hand in Hand, otra balada tremenda a piano que se ve especialmente intensificada después del traspié que supone el corte anterior. Dirigida a Nancy Shevell, esta emocionantísima canción de amor se erige como uno de los temas más destacados del registro. Los arreglos de violonchelo y el solo de bansuri (flauta india) hacia el final de la pieza incrementan la intimidad de la misma y la establecen como una de las composiciones a las que regresar. Más optimista deviene Dominoes, donde se sirve del folk-rock para acompañar un texto que nos anima a vivir el presente. Aunque convencional, su contundente base rítmica y los puentes que preceden a los estribillos tienen fuerza suficiente para atrapar al oyente. Como contrapartida, sus más de cinco minutos de duración y uso de efectos sonoros de cinta al revés cargan la composición de una ambición que la hace tambalearse en las primeras escuchas.

Un regusto bastante agridulce

Aunque bastante disfrutable, no resulta del todo satisfactorio. Se echa en falta cierta uniformidad en el planteamiento. Cada canción parece venir de un elepé diferente y tenemos algunos momentos que aportan poco o nada al conjunto.

El momento más experimental e interesante del disco llegará con la bossa nova electrónica Back in Brazil. Esta horterada, que hubiera pasado completamente desapercibida si no viniera firmada por Sir Paul, cuenta la historia de amor de una pareja brasileña que se sobrepone a las dificultades que van encontrando a lo largo de su vida. Comienza Do It Now y nos topamos con otra balada a piano y clave que habla sobre la necesidad de vivir el presente, de ir a por aquello que quieres antes de que sea demasiado tarde. Un consejo, afirma Paul, que le daba constantemente su padre. Llama la atención su épica final, aunque una vez escuchas y te emocionas con la sensibilidad que irradian temas anteriores del estilo como “I Don’t Know” y “Hand In Hand” queda la sensación de que ésta bien podría haber sido un descarte o una cara B.

Un bajo profundo, efectos de cintas hacia atrás muy al estilo “Revolver” de los Beatles y pasajes funky divertidos y pegadizos serán los elementos constituyentes deCaesar Rock. Es fácil apreciar una dureza de carácter bastante forzada, lo que acaba derivando en un corte vacío y terriblemente convencional: rock estándar, como lo definía Tom Petty en el campamento de rock de Los Simpson. Por su parte, Despite Repeated Warningsse desarrolla a partir de la yuxtaposición de tres secciones claramente diferenciadas. La primera, sustentada por un piano triste y arreglos de cuerda, habla sobre una embarcación dirigida por un capitán inepto que hace caso omiso a las advertencias que anuncian un desastre inminente. En la segunda, musicalmente más cruda, interesante y directa, disfrutamos de poderosas incursiones en el hard-rock setentero y pasajes enérgicos de brillantísimas trompetas para escuchar cómo la tripulación decide pasar a la acción para reducir al capitán y salvar así sus vidas. De vuelta al sonido de la primera parte, los marineros, unidos, han conseguido tomar el barco y han salido indemnes del susto. En definitiva, se trata de una metáfora que refleja la situación política actual en el que el pueblo tiene que tomar el mando para evitar la tragedia. Una llamada a la acción inspirada por la pasividad de los políticos ante el cambio climático, de acuerdo a lo que McCartney ha manifestado.

La ausencia de filtro y uniformidad emborrona el resultado final

Seguramente hablaríamos de un gran trabajo si alguien hubiera aplicado el filtro adecuado. De entrada, ya se intuye que dieciséis canciones son demasiadas, y resulta harto complicado conseguir que todas tengan cierto nivel. En “Egypt Station” prevalece la cantidad por encima de la calidad. Hay bastante relleno, y eso compromete el resultado.

Y en estas llegamos al segundo interludio, Station II. Regresa el coro que aparecía en el primero, de manera que entendemos que la ensoñación ha concluido y que estamos de vuelta en la estación. Suena de fondo un riff de guitarra ejecutado por algún músico callejero y, sin más dilación, continuando con ese riff se inicia Hunt You Down / Naked / C-Link. Otra suite de estructura tripartita la cual nos lleva por un pasaje de corte rockero sobre un amor huidizo que deja paso a un episodio excelente dominado por un piano a ritmo de vals para hablar sobre una persona indefensa que se siente desnuda ante el mundo. Y concluye con un blues-rock instrumental de tintes orientales donde es el propio McCartney quien se hace cargo de la guitarra eléctrica. Cierra el álbum, por tanto, una sucesión de ideas que rememora la segunda parte de “Abbey Road” (1969) y otros medleys de McCartney como el incluido en “Red Rose Speedway” (1973). Viejos trucos para no guardar nada el cajón.

Ciertamente, “Egypt Station” recorre diferentes sonoridades y estilos. Un viaje con episodios, sensaciones y experiencias de todo tipo. Aunque bastante disfrutable, no resulta del todo satisfactorio. Se echa en falta cierta uniformidad en el planteamiento. Cada canción parece venir de un elepé diferente, lo que, unido a la presencia de algunos momentos que aportan poco o nada al conjunto, termina por dejarnos un regusto bastante agridulce. En contra de lo que piensa el músico, no todo el material disponible tiene que estar necesariamente en un álbum. Le ocurrió en el pasado y le vuelve a ocurrir de nuevo. Seguramente hablaríamos de un gran trabajo si alguien hubiera aplicado el filtro adecuado. De entrada, ya se intuye que dieciséis canciones son demasiadas, y resulta harto complicado conseguir que todas tengan cierto nivel. En “Egypt Station” prevalece la cantidad por encima de la calidad. Hay bastante relleno, y eso compromete el resultado.

Paul McCartney – Egypt Station

6.5

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Paul McCartney regresa cinco años después de “NEW” con una extensa y variada colección de canciones que agrupa bajo el nombre de “Egypt Station”. Un disco de ambición conceptual que no llega a materializarse como tal. Hay grandes canciones, pero la ausencia de filtro y uniformidad emborrona bastante el resultado final.

Up

  • Paul McCartney sigue siendo capaz de componer grandes canciones.
  • Que a sus 76 años y con toda una vida dedicada a la música siga teniendo interés en seguir al pie del cañón y expandiendo fronteras.
  • “I Don’t Know”, “Come On to Me” y “Hand In Hand”.
  • Los momentos más enérgicos de los medleys.

Down

  • En “Egypt Station” hay mucho grano y mucha paja.
  • No hay por dónde coger el supuesto concepto que rige el álbum.
  • Hay muchos y muy buenos ganchos musicales, pero no siempre se les saca suficiente provecho.
  • Falta uniformidad. Da la sensación de que escuchamos estas canciones y no otras por puro azar. No hay nada que de entidad al disco.