En el ensayo “Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado”, Simon Reynolds asegura que “la esencia de la música pop es el Acontecimiento. Los momentos que definen una época”. Entre estos son bien conocidos y continuamente citados actuaciones como la de Elvis en el programa The Ed Sullivan Show, el último concierto de los Beatles en el tejado de Apple Corps o la exhibición con la que Michael Jackson embelesó al mundo entero con su ‘moonwalk’ durante la retransmisión de la gala Motown 25: Yesterday, Today, Forever. Instantes que quedan para siempre en la retina de quienes tuvieron la oportunidad de vivirlo en directo y que pasan a formar parte del imaginario colectivo.

Uno de los grandes momentos del rock cantado en español, y de la música latinoamericana en particular, aconteció el 20 de septiembre de 1997 y tuvo como protagonistas a Soda Stereo, la banda argentina más importante e influyente del rock latino. Aquella noche de sábado, Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti congregaban a 65.000 almas en el estadio del River Plate para dar su último concierto. Formada en 1982 y tras siete álbumes de estudio definidos por su enorme calidad y la búsqueda constante de nuevas estéticas musicales, la banda decidía poner fin a su carrera conjunta debido al agotamiento, las diferencias musicales y las rencillas personales que desde hacía algunos años estaban haciendo mella en el conjunto.

Si bien el catálogo del grupo se nutre de numerosos himnos y aquel instante estaba cargado de por sí de una tremenda emotividad, la canción que escogieron para poner el punto y final a quince años de trayectoria no pudo ser más acertada para hacer de ese gran momento algo trascendental. De entre las grandes composiciones de Soda Stereo, “De música ligera” brilla por su simpleza, su crudeza, su inmediatez, su hermosa melodía y su hipnótico riff de guitarra. En algunas entrevistas, Gustavo Cerati afirmó que, cuando la compuso, era consciente de que tenía un gran hit  entre manos. Y no se equivocaba en absoluto. Los fanáticos más acérrimos alegarán que Soda tienen mejores canciones que esa, y puede que tengan razón (o no), pero lo que es un hecho objetivo y evidente es que fue con esa composición con la que alcanzaron la gloria. Aparte de que, indudablemente, es uno de los picos más altos de su discografía. Una bomba comercial.

“De música ligera” estaba incluida en “Canción Animal” (1990), el quinto álbum de estudio de la banda. Con este lanzamiento Soda Stereo dejaban tras de sí un repertorio muy influenciado por los sonidos de la nueva ola y el post-punk, así como la intensa producción de álbumes como “Doble Vida” (1988), para dejar paso a un trabajo enfocado al rock clásico. Influenciado por el hard-rock, “Canción Animal” suponía la consagración y el cenit de un grupo en evidente estado de gracia. Su capacidad de convocatoria crecía de forma imparable. Hasta el punto de reunir a 250.000 personas en la Avenida 9 de julio de Buenos Aires el 14 de diciembre de 1991. Un concierto que también fue retransmitido por televisión y que supuso un punto de inflexión para la banda. Habían tocado el cielo, y fue esa sublimidad la que marcó el principio del fin. La “Gira Animal” consta como la más grande que ningún grupo latinoamericano haya realizado jamás, y gran parte de culpa la tuvo ese tema que ocupaba la pista número seis del disco.

Líricamente escueta, la canción habla sobre el amor a la música. A aquellas composiciones que no se piensan, sino que se sienten, nos hechizan y perduran a lo largo de nuestra vida. En ese sentido, “De música ligera” es un comentario sobre sí misma. Es una pieza de orfebrería capaz de entusiasmar al gran público y de permanecer candente en la mente de este en cuanto que se erige como una de las creaciones más representativas y conocidas del grupo. A ella corresponde, entre otras, seguir perpetuando el legado de Soda Stereo. Porque las bandas, los artistas y el público no dejan de ser un ente transitorio. Lo que quedan son las canciones, y las canciones son momentos tanto vitales como musicales. A este segundo debemos adscribir el eterno disfrute que nos provee la vorágine de notas en la que nos sumerge el espléndido solo de guitarra de la canción. O la emoción que encierran los versos que componen el estribillo y que glorificó aquella despedida de 1997.

En el programa de mano de aquel último concierto, el periodista Marcelo Panozzo escribía sobre ‘el mañana’ a raíz del vacío que dejaría el conjunto tras su disolución, y defendía que el mañana es convertirse en una colección de momentos […]. Y resignarse a que la memoria trabaje con ellos a su antojo, deformándolos, mejorándolos y multiplicándolos”. A esos momentos son los que apela esta canción cuando escuchamos el sempiterno: De aquel amor de música ligera, nada nos libra, nada más queda”, que cierra y carga de significado la composición. Y no sólo esta, sino también el cierre de aquella etapa para todos aquellos implicados en el proyecto y para los que tuvieran su corazón puesto en el mismo. Así como para el propio universo de la música. Gustavo Cerati nos lo advertía, y nosotros lo corroboramos hoy mientras seguimos deleitándonos y emocionándonos con dicha composición a la vez que celebramos su espontánea expresión de gratitud: ¡Gracias totales!”.