Todos recordamos algún momento concreto de nuestra vida cuando algo marcó una época o motivó un cambio. Un hecho que llamó nuestra atención, que hizo clic en nuestra cabeza, que nos hizo ver la vida de otra manera. Ser conscientes de nosotros mismos. Crear un momento imborrable en nuestra memoria. Muchas veces hemos escuchado a melómanos y músicos hablar de la canción ‘que les voló la cabeza’, que les descubrió un mundo nuevo, que los empujó a ser quienes hoy son. Y seguro que tú, querido lector, tienes también un momento genuino en tu historia que recuerdas con especial cariño y que hizo que la música fuera algo más que un simple entretenimiento con el que amenizar tus viajes en coche. Algo que te removió como nunca antes nada lo había hecho. En mi caso, esta pasión un tanto enfermiza tiene un punto de partida muy concreto. Tal vez no temporal, pero sí espacial y, sobre todo, artístico.

En la segunda mitad de los noventa mi experiencia con la música se limitaba a una escucha pasiva de los discos que mi padre ponía en su tiempo de ocio y durante los trayectos en coche. La música siempre estaba de fondo, ajena. Como el que pone la radio por escuchar algo. Yo no le prestaba demasiada atención, no iba conmigo. Pero todo cambió una noche. Allí estaba yo, frente al televisor, cuando apareció un señor vestido con un traje negro, camisa blanca y portando un sombrero. Nada relevante hasta que comenzó la música. Era una actuación en directo. Un ritmo cadencioso y tremendamente pegadizo llamó mi atención como nunca antes lo había hecho nada. Sonaba increíble. Sólo podía prestar atención a esa línea rítmica brillante que estaba haciendo añicos mi escasísimo bagaje musical. Ese sonido no se procesaba, simplemente se sentía. Apelaba al cuerpo, invitaba a moverse. Era sugerente. Ensombrecía el resto de elementos de la composición y la interpretación. Para mí la batería, la melodía y el teclado tan característico en esta composición no existían. Como tampoco el cantante mismo.  

Con el pequeño puente que anticipa el estribillo vino el golpe emocional. Un pasaje bellísimo adornado con un simple pero efectivo heeee” que lo hacía melódicamente perfecto. Brevemente mi atención pasó a la voz, y poco después llegó el colofón. Ese extraño señor movía los pies para caminar hacia delante, pero por algún truco extraño que desafiaba las leyes de la naturaleza ¡terminaba deslizándose hacia atrás! No había visto nunca nada igual. Mi percepción de la música cambió por completo. Aquello era algo que no llegaba a comprender, pero sí sabía que me entusiasmaba. Desde esa noche y durante mucho tiempo, en mi cabeza sólo sonaba aquel bajo y ocasionalmente intentaba recrear aquel paso inverosímil con mis dedos índice y corazón. Los ponía a caminar sobre una mesa mientras echaba el brazo hacia atrás. Era la única forma lógica de recrear aquello.

Pasaron muchos años hasta que volví a encontrarme con esa canción que no había olvidado. Ya no recuerdo el momento exacto ni mi reacción frente a tal descubrimiento, pero ya tenía localizado el tema y el intérprete. Se llamaba “Billie Jean” y la interpretaba Michael Jackson. Un prodigio en el arte del canto y del baile. Y aunque nos parezca raro, también en el de la composición. El octavo hijo de la familia Jackson no sabía leer ni escribir música. Tampoco tocaba ningún instrumento, ni falta que le hacía. Supo ingeniárselas para componer grandísimas canciones como la que nos ocupa, “Beat It” o “Black or White”, entre otras muchas, sirviéndose únicamente de una grabadora y de su voz. Una vez tenía las canciones en su cabeza, era capaz de grabar bases haciendo beatboxing a las que luego les iba superponiendo melodías, coros y armonías que iba construyendo nota por nota, grabándose una y otra vez dando los diferentes sonidos que componen la armonía y diversos arreglos para elaborar las demos.

Fotografía: Getty Images
Fotografía: Getty Images

Los músicos, técnicos y productores que trabajaban con él quedaban atónitos ante la curiosísima y efectiva forma de componer que tenía Jackson. En la página web True Michael Jackson, el ingeniero de sonido Rob Hoffman lo explica así: Recuerdo una mañana en la que MJ entró con una nueva canción que había escrito durante la noche. Llamamos a un guitarrista y Michael cantó cada nota de cada acorde para él. Le decía “Este es el primer acorde, esta la primera nota, segunda nota, tercera nota. Aquí está el segundo acorde de la primera nota, segunda nota, tercera nota…”. Y a continuación éramos testigos de cómo le daba la interpretación vocal más sincera y profunda que hayamos visto”.

Y continúa: Michael Jackson era capaz de tararearnos una secuencia completa con todos los arreglos, cada parte con todos los detalles. Una vez hablando con Steve Porcaro me dijo que fueron testigos de cómo MJ era capaz de ‘hacerse’ con la sección de cuerdas, lo tenía todo en la cabeza. No hablamos de pequeños loops en bucle, hablamos del conjunto completo”. Una forma de proceder, muy efectiva a la vista de los resultados, que podemos escuchar en esta demo del éxito “Beat It”. Así fue como dio forma también a “Billie Jean”. La canción versa sobre una mujer enamorada de nuestro protagonista que dice afirmar que tienen un hijo en común, algo que el cantante niega. No parece que Billie Jean sea alguien en concreto. Son varios los que han dicho conocer la historia real detrás de la canción, pero todas las versiones difieren entre sí. El propio Michael Jackson dijo en alguna ocasión que la canción representa a muchas chicas. A las fans que perseguían a sus hermanos en la época de los Jackson 5 y que sostenían que estos eran los padres de sus hijos.

Esta composición estaba incluida en “Thriller” y había sido publicada como segundo single del álbum el 2 de enero de 1983. El éxito fue inmediato. Cada uno de los elementos constituyentes de la composición era perfecto. El famoso videoclip no llegaría hasta marzo, y vino a poner patas arriba la concepción del vídeo musical. Michael Jackson fue, junto con Madonna, el primer artista en concebir esta forma de promoción como una obra de arte. Era otra forma de contar historias, de desarrollar un concepto como no se había entendido antes, cuando los clips musicales se limitaban a una filmación de un artista o grupo que interpretaba (en playback) el tema en cuestión. El 1 de agosto de 1981 habían comenzado las emisiones de MTV, un canal de televisión dedicado 24 horas a la emisión de este tipo de vídeos, y fue ahí donde Jackson vio el medio para dar rienda suelta a su creatividad. El nuevo canal, quizá sin pretenderlo, había puesto la primera piedra de un camino que marcaba una nueva pauta para la industria de la música.

“Billie Jean” fue algo más que un videoclip artísticamente novedoso y rompedor. Fue un ariete que vino a romper las puertas del racismo que imperaba en aquel entonces en MTV. Aunque los responsables del canal lo desmintieron en varias ocasiones, parece que las creaciones audiovisuales de artistas negros no tenían hueco en su programación. U ocupaban un espacio bastante marginal. Walter Yetnikoff, presidente de CBS Records, tuvo que chantajear a MTV con la retirada de los vídeos de todos los artistas de su compañía para que finalmente decidieran emitir el vídeo en cuestión, convirtiéndose en el primer vídeo de un artista afroamericano en contar con una fuerte rotación. Fue todo un éxito que estableció una perfecta simbiosis con aquel incipiente canal. Mientras la popularidad de Michael Jackson no paraba de crecer, la cadena comenzó a obtener una mayor visibilidad gracias al vídeo del que todo el mundo hablaba. Aunque la autentica locura todavía estaba por llegar.

La bomba estalló el 16 de mayo de 1983, cuando la NBC retransmitió el espectáculo Motown 25: Yesterday, Today, Forever. Se trataba de una gala musical grabada en marzo con el propósito de conmemorar los 25 años de la discográfica Motown. Allí se dieron cita los diferentes artistas y grupos que habían formado parte de la historia de esta fábrica de éxitos. Actuaron artistas de la talla de The Temptations, The Four Tops, Stevie Wonder, Mary Wells y Marvin Gaye. Además del atractivo que suponía ver reunidos de nuevo a solistas superventas con el resto de la formación con la que se dieron a conocer. Diana Ross volvía a cantar con The Supremes, Smokey Robinson con sus The Miracles y Michael Jackson con sus hermanos, The Jackson 5.

No obstante, el momento de oro vino de la mano de Michael Jackson y “Billie Jean”. El tema no había salido de la factoría musical de Detroit, pero era un número musical no negociable si Berry Gordy, creador del mítico sello, quería contar con la presencia de Michael Jackson en la gala. Era la primera vez que el artista interpretaba esta canción en directo. Puso sentimiento y energía, hizo vibrar al público y dejó a todos boquiabiertos cuando llegó el momento estelar. Jackson efectuaba el que más tarde fue conocido como ‘moonwalk’ ante una audiencia de treinta y cuatro millones de telespectadores. Imagino que el impacto en cada uno de ellos tuvo que ser similar al que me causó a mí cuando la presencié alrededor de tres lustros más tarde. Es difícil quedar indiferente ante un ejercicio como aquel. Nada volvería a ser, jamás, lo mismo para el artista. Según recoge Michael Heatley en “Michael Jackson (1958-2009): vida de una leyenda”, este acontecimiento alimentó la demanda de algunas de las giras más largas y de mayor recaudación de la historia de la música”. Michael Jackson se convirtió en una estrella de fama mundial y el ‘moonwalk’ era imitado en todos los rincones del planeta.

Fotografía: Kevin Mazur (Getty Images)
Fotografía: Kevin Mazur (Getty Images)

El movimiento en cuestión no era inédito, como tampoco lo eran ninguno de los que hacían vistosa la interpretación. Ni siquiera eran de su invención. Pero Michael Jackson tenía una habilidad especial para ejecutarlos. Lo hacía fácil y con estilo. Era realmente maravilloso e hipnótico. El que posteriormente se haría llamar Rey del Pop había integrado en su coreografía movimientos de una danza funky callejera conocida como ‘locking’, así como de otros artistas por los que sentía gran admiración como James Brown y Fred Astaire. No obstante, es sencillo rastrear otros pasos de Michael Jackson en actuaciones de bailarines como Sammy Davis Jr., Bill Robinson y Bill Bailey. Existen imágenes de este último que demuestran que ya ejecutaba el ‘moonwalk’ en 1955.

Sin embargo, de acuerdo a la versión oficial, Michael Jackson vio por primera vez el ‘moonwalk’ en un programa musical de televisión llamado Soul Train. Había comenzado a emitirse en 1971 y estaba enfocado a diferentes estilos de música afroamericana. El espacio se mantuvo nada menos que 35 años en antena. Fue allí donde, en 1979, aparecieron tres adolescentes que se hacían llamar Shalimar para exponer sus habilidades coreográficas a ritmo de “Workin’ Day and Night”, una pieza del propio Jackson incluida en su popular “Off the Wall”. Entusiasmado, parece ser que el inquieto bailarín consiguió contactar con los chicos del grupo para que estos le enseñaran cómo hacer el deslizamiento (‘backslide’). El astro del pop pagó 1.000 dólares a cambio de un par de clases para aprender la que terminó por convertirse en su marca personal. Su movimiento más celebrado y reconocible. El truco inseparable de “Billie Jean”.