Lou, creo que sería mejor meterlo en una caja, guardar la caja en un armario, dejarla ahí y no volver a escucharlo”. Bob Ezrin lo tenía claro. A sus 24 años, a lo más lejos que había llegado era a producir una versión del éxito de The Velvet Underground “Rock & Roll”. No tenía ni idea de dónde diablos se había metido.

Yo, tampoco. “Berlin” (1973) es un álbum complicado. Doloroso. Amargo. Como dos hielos en una copa de Dubonnet. Un álbum que, en mi caso, me abrió todas las puertas y no sólo me introdujo de lleno en la música, el rock o Lou Reed, sino que se trata de un disco que me descubrió el arte, la existencia, la poesía, la belleza, la oscuridad, la tragedia. Tantas cosas condensadas en sólo un puñado de pistas. Mi propósito habría sido el de hacer una crítica rigurosa, pero no. Definitivamente, “Berlin” fue el álbum que me cambió la vida, unas cuantas décadas después de que ya se la cambiara a otros tantos fans anónimos y leyendas vivas del periodismo, entre los que sobresale Ignacio Julià, amigo personal del autor neoyorquino y envidia personificada de tantos otros locos de la obra loureediana que nunca pudieron conocerle en persona, ni tan siquiera verle tocar en directo. En efecto, yo entre ellos.

“La vida siempre suena al compás de una canción triste”

“Berlin” (1973) es un álbum complicado. Doloroso. Amargo. Como dos hielos en una copa de Dubonnet. Un álbum que a muchos nos abrió todas las puertas y no sólo nos introdujo de lleno en la música, el rock o Lou Reed, sino que se trata de un disco que nos descubrió el arte, la existencia, la poesía, la belleza, la oscuridad, la tragedia. Tantas cosas condensadas en sólo un puñado de pistas.

La vida siempre suena al compás de una canción triste” expresa el escritor Carlos Zanón en un episodio del libroBerlin Capital Alaska. Doce miradas al Berlin de Lou Reed”, publicado por la editorial 66rpm. Intento colar frases de los que me precedieron porque sin duda se trata de una obra sobre la que no tengo el derecho de hablar tan alegremente: se han escrito ríos de tinta sobre la extraña relación de Jim y Caroline, miles de líneas sobre su relación tóxica que el simple hecho de querer hablar de él hace que me invada una presión en el pecho al ver el folio en blanco.

Y qué decir. Las palabras aquí sobran. Las pasiones, sin embargo, revolotean bajo la alfombra que descansa en el suelo y saltan por el aire, y todavía puedo imaginarme el rostro de Caroline, destrozado por las hostias, sangrando y pidiendo un poco de dignidad, tal y como me la imaginaba a los catorce años, el año en el que dejé de ser el que era y pasé a conformar la persona que soy ahora. Y todo se lo debo a un tipo llamado Lou Reed, al que desgraciadamente ya nunca conoceré. Quizás por fortuna, ya que el propio Julià aseguraba que era “un completo gilipollas” que no se sabía comportar. Un auténtico capullo.

Cómo seguir viviendo después de esto. Es lo que me pregunto ahora, más de diez años después y con muchas más lecciones aprendidas. Ahora, me veo sujetando el cassette de mi madre, rebobinándolo sin parar un verano entero en el que perdí la noción del tiempo y me pasé más de una semana sin dormir por culpa del disco, en mi habitación de entonces, que ya no es la de ahora ni ya nunca lo será. Y cuesta. Cuesta mucho buscar las palabras necesarias, perfilar la historia que envuelve al álbum, sumirte de lleno en el denso y sórdido mundo de un adicto a las anfetaminas y una ninfómana drogadicta que desatiende a sus hijos.

Caroline dice cosas muy feas y muy bonitas a la vez

Cuesta mucho buscar las palabras necesarias, perfilar la historia que envuelve al álbum, sumirte de lleno en el denso y sórdido mundo de un adicto a las anfetaminas y una ninfómana drogadicta que desatiende a sus hijos.

Este álbum me salvó. Y ahora heme aquí, llorando por enésima vez como una nenaza (adjetivo que usaría el propio Lou Reed), al escuchar a Caroline, como siempre que recurro a ella, a sus palabras entrecortadas, a sus puños cerrados contra el cristal de la ventana, a su labio inferior roto por los golpes, sus maldiciones contra la vida, sus imperiosas ganas de salir corriendo y ser libre. De ahí que la escuche poco, demasiado poco para lo mucho que me subyuga. Principalmente por el hecho de que una sensación tan hermosa no puede ser explotada de forma continua. Hay que dejarla respirar, que pase el tiempo por ella, como si fuera un antiguo amor al que quisiste mucho pero que necesitas dejar aparte. Como dice Ezrin al comienzo de este artículo. Demasiado chungo para inspirar alguna emoción positiva. Pero, sin embargo, ahora que ha pasado el tiempo y puedo definir con mayor precisión aquello que tanto me emociona de esta pieza musical, encuentro una razón: el amor.

Fotografía: Gijsbert Hanekroot

Un antiguo amor al que quisiste mucho pero que necesitas dejar aparte

“Berlin” hay que entenderlo como concepto; es un álbum que se escucha de principio a fin y, como sucede con las películas antiguas, al acabar tienes la sensación de haberte tragado una obra cumbre de la literatura.

“Berlin” hay que entenderlo como concepto; es un álbum que se escucha de principio a fin y, como sucede con las películas antiguas, al acabar tienes la sensación de haberte tragado una obra cumbre de la literatura. Pero, a pesar de esto, “Caroline Says II” es su parte helicoidal, el corazón del disco, el punto álgido de la narración.

Y está el amor. A pesar de lo turbia que es la historia –una mujer que es apaleada diariamente y se intenta suicidar hasta que al final lo consigue–, la voz de Reed es puro amor, dibuja una ternura subyacente en la entonación, asegura sin titubear que es el amor de su vida; y que esa es la causa por la que quiere verla muerta.

Algo muy poco correcto hoy en día. Seguramente, si este álbum saliera hoy sería ampliamente criticado y vilipendiado, tal y como en su día pasó. Quizás hasta le retiraran del mercado o no quisieran publicarlo debido a las discrepancias del público en relación a su contenido. Pero su autor, haciendo gala de la única arma realmente válida para hacer canciones antológicas, la pasión, y en segundo lugar la honestidad, confeccionó este manual de tortura emocional y belleza sepulcral, solamente ideado por aquel que atravesó al fuego y se quemó de lleno. Como sucedió con el clásico e inmortal disco del plátano y sucederá con la otra gran obra por la que recibió hasta amenazas de muerte; si, el último de los últimos, el álbum que grabó junto a Metallica antes de partir y dejarnos huérfanos: “Lulú”.

El amor. ¿Cómo es posible encontrar amor en un disco tan desolador? Precisamente ahí parece residir el reto, como bien apuntaba el poeta español Leopoldo María Panero, Encontrar oro en el excremento / para que el aullido muera”. Y eso es precisamente lo que hace Lou Reed en “Berlin” y lo que consigue que sea, sin duda, una de las mayores obras de arte que se hayan hecho jamás.

“Oh honey, it was paradise”. Dos hielos en un vaso de Dubonnet

Seguramente, si este álbum saliera hoy sería ampliamente criticado y vilipendiado, tal y como en su día pasó. Quizás hasta le retiraran del mercado o no quisieran publicarlo debido a las discrepancias del público en relación a su contenido. Pero su autor, haciendo gala de la única arma realmente válida para hacer canciones antológicas, la pasión, y en segundo lugar la honestidad, confeccionó este manual de tortura emocional y belleza sepulcral, solamente ideado por aquel que atravesó al fuego y se quemó de lleno.

Una fiesta de cumpleaños. ¿Quién cumple? Caroline. Un bar donde se escucha el débil tañido de unas guitarras. Y una línea de piano entrecortada, vanguardista, a contratiempo. Unas palabras susurradas para la historia: “Oh honey, it was paradise”Así arranca esta historia, cargada de felicidad. Pronto, la distancia se rompe y llega la paranoia, el mono, la brecha con lo real. Lady Day es una serie consecutiva de noches sin dormir y sobredosis, de frenesís violentos y alucinaciones, de espectáculo y diversión, de angustia y agorafobia. Música dirigida a lo más hondo, al tuétano de los huesos o una llamada al submundo, a las alcantarillas de una ciudad hiperpoblada repleta de luces y estímulos. Lou Reed encarnó esa fuerza destructiva y paralizante, ese glamour del derrotado, esa predilección por las cosas aparentemente sencillas mucho más allá de toda la mugre que mancha cada uno de sus versos.

La calidez y la contención vuelve en “Men of Good Fortune”, una pieza en la que rescata la esencia doo-wop que empañó sus primeras composiciones con aquel grupo perdido llamado The Tots. Una balada intensa que habla directamente de la vanidad del hombre encerrado en el mundo contemporáneo con cada uno de sus versos afilados como cuchillas y cuya entonación vocal se clava en lo más profundo del alma. “A nivel de sonido creé una especie de cuna”, explica Bob Ezrin, en una declaración extraída de Berlín Capital Alaska.Si escuchas detenidamente verás que en todas las canciones se visualiza una U. Está hecha de batería a ambos lados y el bajo al fondo. En el centro mismo está la voz. […] No encontrarás ningún segmento impulsado por una guitarra rítmica. El resto es música de fondo, un subtexto arreglado por mí para estimular en el oyente sentimientos e imágenes”. Esta es una de las mayores particularidades de “Berlin”. Como bien apunta el productor, siguió una técnica revolucionaria, poco conocida en aquella época de explosión folk, hard rock y música psicodélica. Una estrategia que situaba en el medio al narrador para conseguir esa conexión íntima con el oyente, como si le estuvieran contando una novela.

A decir verdad, en un primer momento y en declaraciones del propio Lou Reed, lo que se propuso realizar en “Berlin” fue una novela representada con elementos puramente cinematográficos. Todos estos rasgos de forma y estilo se pueden comprobar en Caroline Says Pt. 1, donde ya sin titubeos se narra la historia de los dos protagonistas principales: Jim, un adicto paranoico y agresivo, y Caroline, emperatriz de la destrucción física y moral personificada. El tema comienza como un juego de niños, con una musiquilla infantiloide y una melodía pop de tres acordes. Pronto, los arreglos de cuerdas y bajo dejan paso a un batiburrillo loco y neurótico que narra las peripecias de estos dos exiliados en la capital alemana, ya barnizadas por la sordidez, la manipulación psicológica y el abuso sexual, así como de sustancias. Caroline says, that I’m not a man… She treats me like I am fool…”Para terminar, la batería se revuelve en redobles mientras toda la instrumentación irrumpe por el camino del caos.

Jim y Caroline: toda la verdad y nada más que la verdad

“Berlin” es el álbum más personal y ambicioso de Lou Reed, con el que nadie estuvo de acuerdo en su época y por el que en su madurez se le reconoció. Pero es que Reed creó una de las obras cumbres del arte del siglo pasado. Literatura, música y cine se fusionan para crear un artefacto único, demoledor y revolucionario que dejó miles de corazones rotos tras su escucha.

Cómo crees que se siente. Cuando estás enganchado al speed y totalmente solo. Cómo crees que se siente. Cuando lo único que puedes decir es “si sólo”. Si sólo tuviera un poco. Evidentemente, Reed habla abiertamente de su adicción a la anfetamina. Las crónicas siempre aseguraron que para la grabación de “Berlin” su creador seguía a rajatabla una dieta a base de speed y vino. Al margen de ello, cuentan las leyendas que después de haberse pegado la paliza, Ezrin, quien tan sólo contaba con 24 años, volvió a su casa y estuvo hospitalizado unas cuantas semanas debido al desgaste y cansancio físico que le produjo estar encerrado en el estudio con el líder y ex miembro de The Velvet Underground. How Do You Think It Feels habla explícitamente del mono, y pronto se convirtió en uno de los éxitos del disco y de las canciones más tocadas en directo, debido a su enganche glam, muy cercano a su precedente, “Transformer” (1972).

Oh Jim es una desconcertante canción en la que vuelve la sección de viento para rematar en una cálida, personal y auténtica interpretación vocal de Lou acompañado de su guitarra acústica. El objetivo es perfilar aún más al neurótico personaje, quien en toda regla es el álter ego del propio Lou Reed. Lo más duro de tragar en “Berlin” es su excesivo realismo respecto a la historia que se narra y a sus personajes. Haría falta escribir un ensayo, pero está ampliamente probado que en lo cantado abunda la verdad y que su narrador no hizo otra cosa que describir de manera fría, pero a la vez emocional y estética, sus más sórdidas historias de amor.

Después de centrarse en Jim, ahora le toca a ella. Caroline Says Pt. 2 cuenta el final de toda esta aventura, cuando por fin decide dar el gran paso y sumergirse en los ríos helados de Alaska, donde por fin parece encontrar la paz. The Kids es uno de los momentos más experimentales del disco. Una fuente no oficial me contó una vez que para conseguir el mayor realismo posible –una de las frases más míticas de Reed que repetiría hasta la saciedad fue aquella de “la pasión y el realismo son la clave”– se hizo pasar al interior del estudio a unos cuantos niños del colegio más cercano. Se les metió a todos dentro de una sala y Ezrin y Reed les convencieron de que todas sus madres habían muerto y que ya no les iban a volver a ver jamás. Y de ahí se extrae esa pieza cruel y lúgubre, que comienza con un débil rasgueo de guitarra bellísimo y termina en una colosal turba de niños llorando a mares y gritando “¡¡Mummy!! ¡¡Mummy!! ¡¡Mummy!!”. Al margen de ello, narra el episodio en el que a Caroline le quitan los niños porque es una drogadicta y no puede seguir haciéndose cargo de ellos: “They’re taking her children away / Because they said she was not a good mother”, repetido hasta la saciedad.

Una voz ahogada clama en la noche

“Porque nadie llega a él de una manera convencional, sorpresiva, banal. Tú acudes a las historias de Caroline y Jim convocado por una fuerza maligna y oscura. Música y letra generan mil mundos, te abren en canal y mantiene para siempre la herida abierta. El corazón latiendo a ritmo de Valium.”

Pero el verdadero momento experimental de “Berlin” llega en la siguiente canción, The Bed”. El final fantasmagórico, telúrico y lúgubre valdría para toda una clase de rock experimental. Aquí, Lou Reed se muestra tal y como era, obviando toda su corriente popera o glam, y que tan bien supo absorber de su mayor mentor, Andy Warhol. La frase de guitarra en la introducción y en general en toda la canción es digna de considerarse como una pieza de música clásica. El juego de bajos en las estrofas y la entonación del artista no tienen cabida en este mundo. La intimidad y la decadencia humana que transmite sin atender siquiera a lo que cuenta es antológica. La bella y efímera melodía, como susurrada al oído a modo de confesión de algo muy gordo. Algo demasiado gordo: “This is the place where she lay her head / When she went to bed at night […] This is the place where she cut her wrists / That odd and fateful night”Para más tarde acabar en ese estribillo cargado de una emoción vacía, plana, cínica y escéptica: “And I said, oh, oh, oh, oh, oh… What a feeling!”Menuda sensación. Caroline yace muerta y Jim solo puede decir: qué impresión…, y más puntos suspensivos.

En “The Bed” se sitúa la acción que rompe todo el argumento. El estallido de la trama. Algo que también le acerca mucho, y más tarde sería reconocido por Ezrin y el propio Lou, a los autores europeos y al existencialismo. Podemos pensar en grandes novelas de la literatura de principios del siglo XX en la que se llevan a cabo asesinatos sin razón aparente, como en “El Extranjero” de Camus, o aún más nihilistas, “En las cimas de la desesperación”, de Emil Cioran, en la que abunda ese espíritu desprendido de la realidad y de los sentimientos, esa indiferencia  dentro del desierto inane que es la vida. Del mismo modo, es imposible obviar otros relatos y narradores sórdidos, como el maestro literario personal de Lou Reed, Delmore Schwartz, a quien conoció y con quien compartió momentos hasta la hora de su muerte, o uno de sus mayores referentes, Hubert Selby Jr., y su famosa obra “Réquiem por un sueño”, donde el amor emerge como contraposición a esa destrucción física y moral.

Nada será igual después de haber estado en “Berlin”

“Y nadie sale igual de “Berlin”. Tú cambias. Lo hace tu mirada. Tu manera de amar y abandonar. De odiar. De destruirte. De seguir adelante. De soportar el dolor, la pérdida, la crueldad. Porque una vez el velo ya ha sido alzado, tú ya lo sabes, ya has visto, ya eres cómplice. Ahora, si quieres vete y haz como si nada hubiera pasado. Inténtalo, al menos.”

Por último, Sad Song es el final que corresponde a toda obra maestra. Personalmente, tengo la teoría de que la canción de Pink Floyd, “Comfortably Numb”, es un plagio de esta (Ezrin produciría el álbum “The Wall” de la banda londinense unos años más tarde). No hay palabras para describir este cierre apoteósico en el que Jim grita de forma cruel a los dioses y a cualquier sustancia sagrada que le esté escuchando: “I’m gonna stop wasting my time / Somebody else would have broken both of her arms”. Poco más que añadir. En “Sad Song” se abren definitivamente las puertas del infierno para llevarse consigo a los protagonistas y toda su historia. Al margen de la canción en sí, es un tema que ha influenciado en todo el rock contemporáneo de una forma brutal. La inclusión de violines y el giro apocalíptico que tiene este final barre cualquier atisbo de hallar un poco de luz en este “Berlin” que llega a su fin y que nos deja exhaustos, sin palabras, sin argumentos, sin amor ni conciencia, sin posibilidad de redención o de huida, sin ningún otro sentimiento que el más profundo y hondo nihilismo.

Para terminar, me gustaría acabar con una cita de Carlos Zanón, de nuevo, contenida en el fantástico libro “Berlin Capital Alaska. Doce miradas al Berlin de Lou Reed” que recomiendo a todo aquel que haya sentido un poco de lo que este álbum significa. Zanón apunta fino en algo que creo que a todos a los que nos cambiaron la vida estas diez canciones sabemos y conocemos bien.

Porque nadie llega a él de una manera convencional, sorpresiva, banal. Tú acudes a las historias de Caroline y Jim convocado por una fuerza maligna y oscura. Música y letra generan mil mundos, te abren en canal y mantiene para siempre la herida abierta. El corazón latiendo a ritmo de Valium.

Y nadie sale igual de “Berlin”. Tú cambias. Lo hace tu mirada. Tu manera de amar y abandonar. De odiar. De destruirte. De seguir adelante. De soportar el dolor, la pérdida, la crueldad. Porque una vez el velo ya ha sido alzado, tú ya lo sabes, ya has visto, ya eres cómplice. Ahora, si quieres vete y haz como si nada hubiera pasado. Inténtalo, al menos.

Lou Reed – Berlin

10

ES_Listen_on_Apple_Music_Badge_061115

Lou Reed creó el álbum más cruel, emocionante y oscuro de toda la historia. Nada se asemeja a este conjunto de diez canciones dirigidas a lo más podrido y a lo más bello del alma humana, aunque parezca una contradicción. A muchos, nos cambió la vida. A otros, no tanto. En aquella época, decepcionó. Da igual. Una vez entras dentro estás perdido y lo sabes. No tienes nada que hacer. Tan solo seguir vivo y aparentar que nada ha cambiado, que todo sigue igual, que tú estás roto por dentro y que no sabes la causa.

Up

  • Lou Reed creó una de las obras cumbres del arte del siglo pasado. Literatura, música y cine se fusionan para crear un artefacto único, demoledor y revolucionario que dejó miles de corazones rotos tras su escucha.
  • Un baño de fuego para todo aquel insensato que osa adentrarse en la sórdida historia que esconden sus pistas.
  • A pesar de que se trata de un álbum con ninguna canción menor y para escuchar de principio a fin, “Caroline Says II” sobresale por encima del resto por su interpretación (tanto vocal y musical), el enorme poema que contiene y la inmensa sensación de abatimiento que crea con cuatro pequeños versos.
  • El comienzo y el final. “Berlin” como puerta de acceso al placer, al calor nocturno, la paz, el romance, la tranquilidad, la armonía. “Sad Song”, como todo lo contrario: la ansiedad, la furia, el descontrol, la neurosis, la crueldad y la absoluta indiferencia.
  • El álbum más personal y ambicioso de su autor, con el que nadie estuvo de acuerdo en su época y por el que en su madurez se le reconoció.