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Los celos te hacen descarrilar, las obsesiones. Tú descarrilas y el país descarrila. La tradición, patas arriba, por los suelos. Todo cabe, igual que cabe el fuego, el toro, Buñuel, lo kinki, el tabacazo negro, el anís del mono, la virgen, la violencia, la porcelana y un bodegón, la imaginería de gasolinera, de estación de camioneros, de vía de servicio… El mal querer tan español, el que nos define, el que nos pierde, el que nos condena. ¿Del que no podemos redimirnos?

Menos mal que Rosalía nos da vaselina para cada bofetada, porque con esas uñas afiladas el arañazo puede hundirse hasta lo más profundo de la piel. Por ahí pululaba “Antes de Morirme” para que no olvidáramos que antes de que la encumbráramos casi hipnotizados como una masa adormecida, atolondrada, como camiones en un circuito de choque, ella ya podía jugar a hacerse pasar por Rihanna. Y para eso estaba “Brillo”, gloss para que el beso de “Malamente, envenenado y a una temperatura insoportable, no te prendiera fuego los labios. Protección para cada uno de los lanzamientos que van desvelando de “El Mal Querer” y porque lo que esta chica está haciendo, si no, costaría de interiorizar.

Aun puestos en preaviso, “Malamente” partía cualquier esquema o concepción previa. ¿Música urbana con palmas flamencas haciendo de beat? ¿ad-libs agitanaos? ¿”illo”? ¿”mira”? ¿”trá-trá”? Sí, y una producción pulcrísima a punto de quebrar como el cristal contra el suelo. Rosalía tiene fuerza para tumbar un camión. Y los de CANADA lo saben. La productora de Barcelona (¿la mejor del mundo right now?) ha concebido, producido, rodado y dirigido tanto el videoclip para aquel primer capítulo de “El Mal Querer”, el que versa sobre el augurio y se lleva la electrónica de El Guincho a una ambientación lorquiana sacada de “La casa de Bernarda Alba”, como para este nuevo, el tercero, el que desentraña los celos. 

La vaselina para “Pienso En Tu Mirá” la ha extendido la propia Rosalía presentándose en directo en el Sónar y en el Cultura Inquieta… Ya no está la sorpresa más purísima de “Malamente” porque ésta que la sucede ya estaba puesta de largo, y además llamaba la atención por la coreografía, una metáfora de la floración con tintes de pasión cristiana y paradoja virginal incluida, pero aun así duele como la primera vez. Por esa fuerza arrolladora de Rosalía, la de tumbar camiones.

Desde “Malamente” se han ido sucediendo estos conciertos, ha llegado el aclamo general y hasta asaltar medios internacionales. El mundo se ha rendido a Rosalía y no debería haber sorpresa. Salvo porque todo lo que va a hacer esta chica, aunque estés bien prevenido, te va a coger a contrapié.

Ya sabes de lo que es capaz ella vocalmente, de lo que va a ir el disco y te puedes hacer una idea del concepto. Has visto el primer vídeo de CANADA y ya has repasado ese bestiario de tradiciones patrias que conecta el polígono con el fervor religioso, la pasión con la violencia, la dignidad con el sufrimiento y el amor con los celos. Y has entendido la libreproducción de El Guincho, una finísima amalgama de pop urbano y ramalazos flamencos. Pero arranca a cantar sobre un simplísimo patrón de cuatro notas de épico pop eclesial y se te olvida todo lo que sabes.

Hasta el vídeo se te pasa (la segunda parte de la obra maestra que ha facturado CANADA) porque tienes que cerrar los ojos y montarte en su fraseo agitanao y desacompasado, mucho más melódico para esta ocasión. Montarte en él y empezar a moverte con el fandango de palmas loopeadas y tiros al aire, y seguir subiendo por este inmersivo y emocionante, suplicante ejercicio de vanguardia hasta que se empiezan a repetir, como pesadillas en el aire, como fantasmas amenazadores, esos “Pienso en tu mirá, tu mirá clavá eh una bala en el pecho (pum) (trá-trá)”.

Luego ves el vídeo y ves a Rosalía sobre el camión y lo entiendes todo. Nosotros descarrilamos; ella nos salva la vida. Los celos te hacen descarrilar, las obsesiones. Tú descarrilas y el país descarrila. La tradición, patas arriba, por los suelos. Rosalía lo sube a Instagram. Vamos como cabras a por la flamenquita del retrovisor y acabamos rezando porque con su beso no prenda los rastros de gasolina. Todo eso cabe, igual que cabe el fuego, el toro, Buñuel, lo kinki, el tabacazo negro, el anís del mono, la virgen, la violencia, la porcelana y un bodegón, la imaginería de gasolinera, de estación de camioneros, de vía de servicio… El mal querer tan español, el que nos define, el que nos pierde, el que nos condena. ¿Del que no podemos redimirnos?

Prepárense, que lo que se viene, seguro, no hay corderito que vaya a querérselo perder. Eso sí, que te pille confesao.