Hay una serie de asociaciones imposibles que aceptar antes de ponerse uno a escuchar “DAYTONA”. O imposibles no. Inmorales. Oscuras. Sucias. Y reales. Pusha T avisa desde el principio: “If You Know You Know”. Y cierra así el círculo para los más enfervorecidos creyentes, los trve (que dirían por la calle algunos). Sólo los que estén dispuestos a entender entenderán “DAYTONA”, y lo entenderán de verdad, más allá de todas las consideraciones superficiales. No son estas las que hacen gigante a este trabajo pero sin ellas tampoco se entendería, pues son las relaciones que establecen entre sí y el complejo sistema que estructura lo que le da el último sentido.

Uno que está concentrado hasta lo obsesivo en la propia portada, desde donde podemos empezar a desplegarlo. Es una foto del baño de Whitney Houston en 2006, en el punto álgido de su decadencia, completamente enganchada a la cocaína, al crack, al alcohol, a las pastillas y a la marihuana, pero también justo antes de retomar –en parte– las riendas de su vida. Y es una foto elegida expresamente por Kanye West, que la compró en una subasta por 85.000 dólares y que sustituyó a la portada original del disco un par de noches antes de su lanzamiento, como le reconoció el propio Push a Angie Martínez. “No lo veo”, le dijo Kanye al teléfono a eso de la una de la madrugada. “Esto es lo que necesita ver la gente en relación con esta música… lo pago yo”.

“DAYTONA”: una gran metáfora de dualidades

No es que Kanye West haya hecho un disco tomando el control de Pusha T ni es que Pusha T se haya limitado a lanzar un disco producido (o dirigido artísticamente si se prefiere) por West; no es un disco conjunto como el que sí ha sacado junto a Kid Cudi. Es un híbrido casi perfecto fruto de la prestidigitación, eso sí, de Kanye a la hora de manejar su propia identidad artística. Es magia negra, es voodoo, es un tipo de posesión pudiera parecer diabólica.

Empiezan las conexiones. La primera, obvia, es la del propio West con Pusha T. Firmado desde prácticamente sus principios con el sello de Ye, G.O.O.D. Music, desde 2015 es su presidente, elegido por el propio Kanye, así que no resulta extraño que sea el productor principal de todo el trabajo y que se haya hecho un poco lo que a él le apeteciera, o como a él le gustaría, o ‘lo que Dios manda’, que podría decir él.

Y sin embargo es mucho más complejo que eso. No es que Kanye haya hecho un disco tomando el control de Pusha T ni es que Pusha T se haya limitado a lanzar un disco producido (o dirigido artísticamente si se prefiere) por West; no es un disco conjunto como el que sí ha sacado junto a Kid Cudi. Es un híbrido casi perfecto fruto de la prestidigitación, eso sí, de Kanye a la hora de manejar su propia identidad artística. Es magia negra, es voodoo, es un tipo de posesión pudiera parecer diabólica. Ye no sólo desarrolla los beats, gestiona los samples y cambia la portada en el último minuto, también convence a Pusha T de limitar el tracklist a sólo siete temas y una duración media cercana a los escasos 25 minutos, con lo que “DAYTONA” pasa de alguna manera a formar parte del pentáculo de discos con los que ha querido salir de su retiro y deja de lado el proyecto que todos esperábamos, el grueso de la historia de King Push que se suponía iba a suceder a “King Push – Darkest Before Dawn: The Prelude”.

¿La razón de los siete cortes? Algo divino que rodea al número de la suerte más convencional de todos. Muy bien tiene que hablar Kanye para convencer con eso, o a lo mejor es que es el jefe y al jefe no se le debe llevar la contraria. El caso es que de ese halo de divinidad llegamos a la segunda de las grandes conexiones: la de este disco con una suerte de espiritualidad, de pátina ceremonial. Algo que viene ya en la marca de Kanye West pero que sorprende en la tónica general de la lírica de Pusha T, más de hustler, de poeta del trapicheo y de traficante de drogas. Y que está conseguido como otra ramificación más de la posesión… El baño de Whitney empieza a parecer un altar y la enorme idea de Kanye sobre redenciones y librepensamiento parece cobrar forma. Una de las cinco formas en las que ha querido desdoblarse esta vez. Un altar de la droga, un altar del declive, un altar en honor al lado oscuro del ser humano. Y de un ser humano perdido que busca sentido o trascendencia en paraísos artificiales, además.

Fotografía: Fabien Montique

El altar de la decadencia puede estar en cualquier lado

“DAYTONA”, encerrándose en su propio círculo, trae los preceptos de un hip-hop más vieja escuela mientras se construye a base de dosis puristas de lírica trap, viaja en la misma baldosa del pasado hacia el futuro y asimila una nueva conquista que no puede ser considerada en sí misma por las máquinas 808 o por los ad-libs, sino más bien por el trasfondo cultural que atestigua: decadencia, inconformismo, nihilismo, materialismo.

El predicador se convierte en el dealer, en el capo, y sus historias son metáforas de la propia vida y distintos relatos de oscuridad, cerrando la tercera conexión, la que relaciona la espiritualidad con lo mundano, socialmente reprobable y decadente que puede ser vender drogas y hacerse rico con ello. Que se lo digan a Yung Beef, que recientemente decía en la famosa rueda de prensa del Primavera Sound que tampoco es que viviera mal antes de ganarse la vida con la música, que los kilos le daban prácticamente la misma pasta. También Yung Beef, nuestro epítome de hustler nacional, trascendió de lo mundano hacia lo divino por mediación de Los Planetas, así que ya teníamos alguna prueba de que no es descabellado.

The Lord is my shepherd, I am not sheep / I am just a short stone’s throw from the streets / I bring my offerin’, I will not preach / Awaken my demons, you can hear that man screaming / I’m no different than the priest”, dice en la mejor canción del disco, la maldicente y sibilina “Santeria”, dejando patente la paradoja. Y dejando clara también la vertiente espiritual del disco, en la que están contenidas la posesión, el voodoo. “Santeria” está dedicada al asesinato del amigo y road manager de Pusha T De’Von Picket, y en ella el rapero realiza uno de los ejercicios narrativos más ambiciosos de su carrera para tratar de establecer con él líricamente una relación espectral, utilizando los guiños a la famosa religión mágica cubana y un siniestro beat de Kanye, oscuro y malrollero, con esa guitarra doliente escurriéndose por detrás, que colapsa en el salvaje estribillo en castellano de 070 Shake.

Una irrupción que sigue la línea de otra de las canciones del disco, pero que en este otro caso, “Come Back Baby”, funciona como una metáfora de la cocaína. Mientras la canción versa, de nuevo sobre un beat grosso y tembloroso, acerca del ascenso desde las cloacas al estrellato por medio del tráfico de drogas y de cómo el juego se sustituye por la entrada en la industria musical, el sample de “I Can’t Do Without You” rompe la ambientación siniestra y oscura del tema con un pedacito cargado de soul que simboliza el hecho de que el hustler nunca deja de ser hustler como el adicto nunca deja de ser adicto, que pica volver al negocio. “Come back baby, try me one more time” parecer gritar la montaña blanca desde la mesa de cristal.

El trap como forma de vida

El predicador se convierte en el dealer, en el capo, y sus historias son metáforas de la propia vida y distintos relatos de oscuridad, cerrando la tercera conexión, la que relaciona la espiritualidad con lo mundano, socialmente reprobable y decadente que puede ser vender drogas y hacerse rico con ello.

If You Know You Know”… Ya sabías que Kanye gusta de romper sus canciones para tratar de representar una bipolaridad que es finalmente lo que reconoce en esta su nueva obra maestra dividida en cinco actos; ya sabías que Pusha T viene del trap y de vender drogas… y entre los dos han decidido dar un paso más allá y además relacionarlo todo con el sentido y dirección de la música urbana en la actualidad, retrotrayéndose de forma explícita además a la carrera de Jay-Z y a un disco como “American Gangster” que significara en parte la conquista del trono de la alta sociedad por parte del rap de la calle. “DAYTONA”, encerrándose en su propio círculo, trae los preceptos de un hip-hop más vieja escuela mientras se construye a base de dosis puristas de lírica trap, viaja en la misma baldosa del pasado hacia el futuro y asimila una nueva conquista que no puede ser considerada en sí misma por las máquinas 808 o por los ad-libs, sino más bien por el trasfondo cultural que atestigua: decadencia, inconformismo, nihilismo, materialismo. El trap es una forma de vida, no un género musical. Por eso “a rapper turned trapper can’t morph into us, but a trapper turned rapper can morph into Puff (Daddy)”. La misma fraternidad, esa corporación que ‘no es lo suficientemente corporativa’ de drug dealers y gangstercillos y que también entra en dicotomía con la empresa misma que regenta Push, ha conseguido dominar las listas mundiales más allá de apaños y payolas (el soborno ilegal que tradicionalmente hacen las compañías de discos a las radios para que pinchen sus temas), conceptos todos ellos atacados en un disco que, de nuevo, lo mejor que tiene es cómo se construye en torno a ideas paradójicas. Desde “The Games We Play” a “Infrared”, desde el círculo cerrado de los traficantes hasta el de los raperos, dos mundos bien diferenciados pero equiparables en la práctica y en las palabras de Pusha T.

En la segunda, por cierto, clausura del disco, está contenida la respuesta al ataque de Drake en “Two Birds, One Stone”, acusando al canadiense de tener ‘ghostwriters’ de una forma tan sutil y elegante como compararlo con el éxito de Trump en las elecciones por medio de intercesores invisibles (Rusia, Cambridge Analytica, etc.).

Pusha T se pone a los mandos de Kanye West durante su retiro en el Amangani Resort de Wyoming para ofrecer el que era uno de los discos más esperados del año y el que ha resultado ser un disco que nadie esperaba. Un gran complejo lírico que se va construyendo sobre los tópicos generales de la carrera del rapero del Bronx, drugdealing, cocaína, calle, competitividad, avatares positivos y negativos del éxito, pero que va a la vez desentrañando una interesantísima dualidad, varias paradojas y dicotomías que finalmente son lo que eleva la calidad del álbum como compendio sólido y cerrado (y breve) de siete cortes.

Paréntesis aquí, más allá de “DAYTONA”, Drake respondió a Pusha T sacando “Duppy Freestyle”, mofándose de Pusha T y reprochándole haberse dejado manipular por Kanye West (cosa que no deja de ser, aunque para bien, un poco cierta), y el rapero del Bronx respondía de la forma más salvaje posible. Con un corte grotesco y explícito en el que le acusa de estar acomplejado por no ser lo suficientemente negro, le pregunta por el estado de salud de su productor (aquejado de esclerosis múltiple), le recuerda los traumas infantiles que le causó el abandono de su padre cuando era un niño y se los devuelve escupidos a la cara sacando a la luz un supuesto hijo que Drake llevaba ocultando un tiempo y que tuvo con la actriz porno Sophie Brussaux, todo sobre la base de “The Story of O.J.”, de Jay-Z, por cierto. La respuesta de Drake hay que buscarla a lo largo de todo su nuevo “Scorpion”, así de influyente puede llegar a ser Pusha T. Por las buenas o por las malas. Al final, igual que el de Toronto podía tener razón, Push también, y muy pocos o ninguno se atreven a decir las cosas como él.

Sobre esa manera de hacer las cosas y casi en forma de manifiesto versa “What Would Meek Do?”, la canción que incluye el featuring de Kanye West y en la que ambos se dan la entrada con la construcción “Niggas talking shit (Push / Ye), how do you respond?”. Un tema en el que ambos dan vueltas sobre la idea de dualidad, jugando Pusha con la imagen del demonio y el ángel sobre cada hombro y Kanye identificando la paradoja de los negros con el eslogan trumpiano ‘Make America Great Again’ y oponiendo a 2Pac con los New Kids On The Block.

Los que puedan entender todo esto son aquellos para los que está especialmente diseñado “DAYTONA”. “The sneaker hoarders”. “The coke snorters”. “From Honda Accords to Grammy Awards”. A los que está dedicada la otra gran baza del disco, “Hard Piano”, construida sobre un piano emocional de Kanye West y dividida en dos partes clarísimas, la más afilada de Pusha T (¿la mejor rapeada del disco? Pelos de punta cuando dice eso de “The rooftop can host a paint and sip for like fourty / The Warhols on my wall paint a war story”) y la más grave y oscura de Rick Ross, cabeza del sello Maybach Music, por un estribillo en boca de The World Famous Tony Williams, primo de West, en el que se sitúa la acción de forma épicamente cinematográfica en Santo Domingo, una de las ‘mecas’ modernas de la droga.

En resumen, “DAYTONA” es, sobre todo, absolutamente auténtico y paradójicamente brillante

Una enorme metáfora de cómo la salvación puede encontrar su camino en la decadencia, y viceversa. Una oda a los desheredados. Es un Rolex manchado de farlopa abandonado encima de un altar. Es libre, como Kanye. Dejadle volar.

Pusha T se pone a los mandos de Kanye West durante su retiro en el Amangani Resort de Wyoming para ofrecer el que era uno de los discos más esperados del año y el que ha resultado ser un disco que nadie esperaba. Un gran complejo lírico que se va construyendo sobre los tópicos generales de la carrera del rapero del Bronx, drugdealing, cocaína, calle, competitividad, avatares positivos y negativos del éxito, pero que va a la vez desentrañando una interesantísima dualidad, varias paradojas y dicotomías que finalmente son lo que eleva la calidad del álbum como compendio sólido y cerrado (y breve) de siete cortes en los que la industria de la música se pone al nivel de la mafia del tráfico de drogas, las formas más artificiales de estas llegan a tener un lado espiritual y los tabúes se explicitan de forma transgresora, cercando a la audiencia pero también ofreciéndole un producto mucho más personal, mucho más real, llegando a generar incluso una sensación de confidencia, de círculo cerrado. Violenta, eso sí, nunca frágil y siempre defensiva.

Pusha T – DAYTONA

8.7

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“DAYTONA” es, por encima de todo y como sugiere su espectacular portada, una enorme metáfora de cómo la salvación puede encontrar su camino en la decadencia, y viceversa. Una oda a los desheredados. Es un Rolex manchado de farlopa abandonado encima de un altar. Es libre, como Kanye. Dejadle volar.

Up

  • La portada, una foto del baño de Whitney Houston en 2006 que Kanye compró en una subasta por 85.000 dólares. Consiguió tan sólo un par de noches antes del lanzamiento de “DAYTONA” que Pusha T cambiara por esta foto la portada que estaba preparada.
  • Los beats de Kanye, limpísimos y depurados, pensados especialmente para acompañar el ánimo necesario en cada fraseo. Igual que el trabajo de minería que parece haber detrás de cada sample y de cada decisión en el plano artístico y musical. Cómo entra la parte gangsta de “Santeria”, cómo se fractura “Come Back Baby”, el piano incendiario de “Hard Piano”, cada colaboración vocal, la llamada-respuesta de Ye y Push en “What Would Meek Do?”…
  • El flow de Pusha T, que está en “DAYTONA” mejor y más cómodo que nunca.
  • Que Ye consigue imprimirle parte del ánimo que le ha dado a su pentáculo de discos, una encarnación mucho más personal y en la que habla abiertamente sobre su bipolaridad y otros problemas mentales, algo que está reflejado por ejemplo en los cortes radicales de temas como “Come Back Baby”.
  • “Santeria” (y ese “Ya te vas a la mañana–a–ah” que pone en el estribillo 070 Shake) y “Hard Piano”.

Down

  • Que es demasiado corto, aunque esto sea tema de Kanye en su obsesión, a saber por qué, de hacer que los cinco discos en los que ha participado este año (el suyo propio, este “DAYTONA”, uno colaborativo con Kid Cudi al frente de Kids See Ghosts, el retorno de Nas y el de Teyana Taylor) tengan una duración media que ronda los 24/25 minutos y sólo siete cortes, dinámica que (tampoco sabemos por qué) West ha decidido romper en el disco de Teyana, que contiene ocho canciones.
  • La sensación de que hay más de Kanye West en “DAYTONA” que de Pusha T.