Fotografía: Andrés Iglesias

A estas alturas es imposible no asociar las palabras caos o estafa al Mad Cool Festival 2018. Es como si de pronto mucha gente se hubiera dado cuenta de que esto es un negocio, que los festivales tienen su parte menos bonita, que la masificación de un evento también trae consigo consecuencias negativas y que, definitivamente, no vamos a cambiar el mundo por reunirnos a cantarle al amor en una noche de verano. Sí, el salto que Live Nation pretendió dar con la tercera edición del Mad Cool no ha estado exento de inconvenientes; pero después de leer comparaciones con eventos tan trágicos como el del Madrid Arena y el Love Parade o ver cómo se repite hasta la saciedad eso de que “en el fondo, lo que les importa es el dinero” creo que se está siendo algo injustos con el Mad Cool, y seguro que hay quien sacará algún rédito de ello.

Precios altos, colas eternas, cancelaciones de última hora, restricciones de acceso con comida y bebida, conciertos abarrotados, zonas VIP que ocupan las primeras filas de medio escenario… Todo eso ya existía en 2015, así que no puede haberlo inventado el Mad Cool Festival.

He asistido a varios festivales y jamás he estado en uno en el que no hubiera ninguna queja expresada en caliente durante la misma semana del evento. Y, aunque las quejas y reclamaciones que ha suscitado el Mad Cool estén, en su mayoría, bien fundamentadas, haríamos mal si sólo pusiéramos al festival madrileño en el punto de mira. Precios altos, colas eternas, cancelaciones de última hora, restricciones de acceso con comida y bebida, conciertos abarrotados, zonas VIP que ocupan las primeras filas de medio escenario… Todo eso ya existía en 2015, así que no puede haberlo inventado el Mad Cool Festival.

1. Jueves 12 de julio

Fotografía: Andrés Iglesias

El primer día del festival madrileño fue, sin duda, el peor en el apartado organizativo. Está claro que gestionar una masa de ochenta mil personas que desean entrar en un recinto prácticamente a la vez no debe ser tarea fácil; y precisamente lo peor en este sentido para el espectador fue verse tratado como una masa, un poco desinformada y abandonada, y no como un cliente con una serie de derechos que, además, ha pagado un precio cada vez más cercano a los 200 euros. Los grandes perjudicados de la jornada fueron aquellos que debían canjear su entrada por la típica pulsera, mientras que, para el resto de ‘mortales’ (no VIP ni acreditados), una vez recorrido el kilómetro que separa IFEMA de la puerta del festival bajo un sol de justicia la cola era algo menor (de unos veinte minutos). A lo mejor abriendo más pronto IFEMA o habilitando otros puntos o alternativas para efectuar el referido canje la experiencia hubiera resultado menos incómoda.

Slaves

Quizá la culpa era del calor, pero, en líneas generales, diría que el concierto de Slaves fue de lo más tostón del festival. Y mira que el dúo lo intentó… pero al final el punk postureta de los británicos quedo raquítico sobre el inmenso escenario principal. Seguramente los discursos eternos antes de cada canción, el sol de las seis de la tarde y los viejos truquitos como el de poner las manos en el aire no ayudaron en absoluto al disfrute de su música. Al final aquello resultó bastante parecido al balconing: a unos cuantos guiris cocidos a cervezas les hacía gracia, pero la mayoría no terminábamos de verle el sentido al asunto.

Toundra

Antes de que Slaves terminaran aquello que estaban perpetrando sobre el escenario principal ya éramos unos cuantos los que habíamos apostado por el producto local a la sombra del escenario Radio Station. Los madrileños traían debajo del brazo su reciente “Vortex” y, aunque seguro que habrá alguna otra oportunidad de verles en el futuro cercano, no éramos pocos los que, conocedores de la perfección de este conjunto sobre las tablas, no dudamos en recibir un contundente y atronador masaje sonoro. “Cobra” cayó como una descarga eléctrica que adquiría cierta sutileza con el transcurrir de los minutos, perfectamente hilvanada con una “Tuareg” en la que se asoman más que nunca a su perfil más shoegaze. Por supuesto, también hubo espacio para piezas ya clásicas de su discografía post-rock como  “Bizancio” o “Requiem”. Una demostración de precisión técnica e intensidad emocional con ciertos aires de celebración que el público supo valorar con aplausos y vítores que fueron agradecidos gritando un ‘muchas gracias’ directamente a las pastillas de sus guitarras.

Fotografía: Marcos Marx

EELS

Mark Oliver Everett, músico multitarea al frente del proyecto EELS, tiene dos horizontes definidos: composiciones breves en las que prima la innovación dentro del rock alternativo-indie y otros números menos originales pero fáciles de seguir. Durante su concierto hubo una interesante mezcla de ambos. Aunque su último trabajo se inscriba más bien en esta segunda senda, no faltó la creativa reinterpretación de muchos de sus éxitos, como fue el caso de la archiconocida “Novocaine for the Soul” o el medley final en el que se cruzaron “Love and Mercy”, “Blinking Lights (For Me)”, “Wonderful, Glorious” o “Beautiful Freak”. Sin embargo, se echaron de menos algunos de los temas característicos de la agrupación.

Fleet Foxes

Resulta bastante chocante amalgamar la naturaleza folclórica de los Fleet Foxes con el sonido amplificado de un festival. Sin embargo, el repaso que dieron a sus temas, contando con los del ya clásico “Crack-Up”, fue bastante acertado. Escogiendo cortes de sus tres LPs y el brillante primer EP lograron formar un entramado que si no sonaban a los vaqueros y las islas soleadas de Grecia por lo menos era un regalo para los fanáticos de la banda. No faltaron el encanto y los cuidados coros de “White Winter Hymnal”, “Mykonos” o “Helplessness Blues”, que se volvieron tremendamente creíbles entre el modesto grupo de personas que se reunió a escucharles en el Mad Cool Stage.

Fotografía: Andrés Iglesias

Tame Impala

El misticismo alucinógeno llegó de la mano de otro de los proyectos en solitario acompañados en el directo: el de Kevin Parker. Las travesuras sintéticas y la introspección convirtieron el césped artificial en una pista de despegue en la que la psicodelia se vio algo desplazada por el synth-pop y una absoluta remasterización del sonido que por momentos parecía una verdadera fiesta electrónica dentro de nuestra propia cabeza, eslogan que el artista lleva casi a extremos. No faltaron los temas clásicos y el balance entre los discos y los temas estuvo muy bien llevado. Quizá quedaron algo fríos aquellos asistentes que esperaban encontrar el lado más sesentero del australiano, pero desde el suelo y con una mentalidad abierta la música establecía una conexión perfecta.

Yo La Tengo

Sí, se solapaban con Tame Impala, pero eso no impidió que uno cuantos indies viejales y otros pocos millennials con buen gusto (que los hay) no quisiéramos desaprovechar la oportunidad de ver al mítico trío de Hoboken en nuestro país. Pese a su estética desenfadada y vestir la misma ropa que en 1992, Yo La Tengo ya hace tiempo que peinan canas y uno nunca sabe si será la última vez (y también primera, en el caso de un servidor) que podrá disfrutar de su directo. La excusa era la presentación de su notable “There’s a Riot Going On”, pero al final sólo cayeron unos pocos highlights del mismo como “For You Too”, “Shades of Blue” o “Ashes”, dando forma a un setlist bastante ecléctico. Entre los momentos más destacados: la distorsión y mala uva de “The Story of Jazz”, el adictivo riff de “Some Kinda Fatigue” (dos agradables sorpresas) y la delicadeza y perfección pop de una joya como “Stockholm Syndrome”, especialmente coreada por un creciente público que llegó a anegar las proximidades del Koko Stage.

Durante apenas una docena de canciones los norteamericanos mezclaron sin pudor momentos casi ambientales con estribillos pop redondos y episodios de noise desatado. Para el recuerdo queda una recta final con la imprescindible “Tom Courtenay” y una “Ohm” que se alargó hasta el infinito en la que Ira decidió bajar del escenario y entregar su guitarra al público ante los resoplidos y miradas de incredulidad del personal de seguridad.

Fotografía: Selector Marx

Pearl Jam

El mayor evento del festival fue probablemente la intervención de Pearl Jam. Después de un vídeo contra la violencia machista, del que por supuesto se hicieron partícipes Eddie Vedder y compañía, se estiraron generosamente los minutos prometidos por los americanos. Como otros participantes, hicieron acopio de un cariño y aprecio al público manifiesto, pero en este caso, además, se les cedió el capricho a los fans. No faltó uno slo de los temas clásicos, enlazados de una manera fantástica y consiguiendo que el auditorio vibrara de por sí de emoción. Un buen repaso de los primeros discos y de las canciones más exitosas: “Given to Fly”, “Corduroy”, “Animal”, “Do the Evolution” y por supuesto “Even Flow”, “Black” o “Better Man”. Los miembros de la banda estuvieron pletóricos, parecía que por ellos no había pasado el tiempo, incluso los gritos desgarrados de la breve “Lukin” estuvieron a la altura de la versión de los noventa. Mike McCready estuvo soberbio en su interpretación del clásico solo de guitarra de Van Halen, “Eruption”, al igual que Stone Gossard a la guitarra rítmica y Jeff Ament al bajo. El batería Matt Cameron, el único miembro no original, estuvo a la altura de sus predecesores. Vedder leyó para el público unas emotivas y divertidas palabras en español entre corte y corte, estableciendo un guión perfecto en el que insertarlos, sin enrollarse en exceso, y siempre con las máximas del amor, la tolerancia y la comunicación humana, lo cual quedó más que confirmado con la interpretación final del clásico de Neil Young: “Rockin’ in the Free World”.

Justice

Como claros sucesores de Daft Punk, Justice propusieron un universo bailable y fácil, entretejido por repeticiones sistemáticas, sacando menos lustre a las interpretaciones que en las versiones de estudio pero logrando que un público agotado a lo largo de la jornada les entregara su último aliento en el escenario que sólo un día después se quedaría vacío a la hora programada de un concierto.

Fotografía: Andrés Iglesias

Japandroids

Como alternativa guitarrera a Kasabian (con perdón), a eso de las dos y media de la mañana lo que el cuerpo pedía era unos cuantos pildorazos de rock sin artificios. El Koko Stage volvió a dar refugio a quienes preferían alejarse de las multitudes, y allí esperaba el dúo canadiense Japandroids. No se arrugaron en un solo instante, inaugurando la traca con un primer petardazo realmente efectivo: “Near to the Wild Heart of Life”. Aquello se convirtió en una auténtica “Celebration Rock” (a la postre, el álbum al que más recurrieron) a base de cañonazos de garage-punk, noise-pop enrabietado y post-hardcore melódico. Notable actuación de la banda que consiguió mantener altas las pulsaciones cuando el cuerpo ya pedía una tregua.

MGMT

Fueron los encargados de poner el punto final a la primera jornada llenando de luces los doscientos mil metros cuadrados del recién estrenado recinto. Pese a la expectación y el renombre de la banda, lo cierto es que se confirmó la sensación de que MGMT era un grupo con un sonido demasiado bizarro para las masas. Más allá de los hitazos de su debut (especialmente “Kids” y “Time to Pretend”) y algún tema suelto de su reciente “Little Dark Age”, el dúo pareció incapaz de convencer a buena parte del público de que aún era demasiado pronto para volver a casa. Esto, por supuesto, nada tiene que ver con la calidad de su directo, especialmente cautivador y donde el esfuerzo de la organización en mejorar escenarios, pantallas y sonido se hizo verdaderamente patente.

Fotografía: Andrés Iglesias

2. Viernes 13 de julio

Fotografía: Andrés Iglesias

El jueves había dejado sensaciones encontradas: por un lado, un sonido nada reprochable, una puntualidad que se echa de menos en muchos festivales y un recinto atractivo y equipado con grandes pantallas; por otro, largas colas, datáfonos estropeados y una escasez de agua que se hizo notar a partir de la media noche. Y, pese a que la jornada del viernes no estuvo exenta de polémica, lo cierto es que la respuesta de la organización fue mucho mejor, ya que, aunque había que armarse de paciencia para comer algo –cosa normal si vas a cenar justo después del cabeza de cartel– la entrada al recinto del Mad Cool fue de lo más ágil y fluida.

Kevin Morby

El texano afincado de Nueva York es uno de nuestros imprescindibles, así que no quisimos perdernos la presentación de su “City Music”. Precisamente con la canción de título homónimo dio comienzo su concierto en el que se sucedieron baladas de pop-folk (“Harlem River” o “Cut Me Down”) con ejercicios de noise-pop más inmediato (“1234” o “Dorothy). Kevin no es un tío tonto y seguramente ya podría explicarse él solito que la presencia de quinceañeras entre las primeras filas de su concierto se debiera a la posterior actuación (unas cinco horas después) de los Arctic Monkeys, así que no hacía ninguna falta ese cartel con la palabra M O N K E Y S que presidió el escenario principal durante todo su show.  El bueno de Morby mostró un gran sentido del humor al dejar un recado al festival presentando a su banda: “Thank you! We are THE MONKEYS!”.

At the Drive-In

Toda la brutalidad y técnica de los tejanos se desdobló en uno de los conciertos más breves de la programación, pues a pesar de que en sus cuatro álbumes de estudio (entre los que se encuentra el brillante “Relationship of Command”) y múltiples EPs hay cortes suficientes para llenar el espacio acordado, la banda se retiró unos quince minutos antes de la hora. Sin embargo, durante su estancia algunos asistentes tuvieron que huir confundidos ante la aplastante habilidad matemática. En la labor interpretativa, Bixler-Zavala, Omar Rodríguez-López y compañía están en plena forma. Resultaba difícil bailar a su desquiciado ritmo, y cuando llegó “One Armed Scissor” nadie en el público puedo resistir la tentación de liberar sus energías y bailar como un demente.

Fotografía: Andrés Iglesias

Jack White

Tras una discreta actuación de Marmozets en el Madrid Station y Snow Patrol en el Mad Cool Stage, iba a aparecer en el escenario Madrid Te Abraza (lo del naming, ya tal) el primer finalista de aquella batalla intercontinental del rock de masas 2018 que debía librarse en la segunda jornada del festival. Jack White despejó las dudas que habían aparecido tras la publicación del experimental y desquiciado “Boarding House Reach”. De hecho, temas como “Corporation” (con esa improvisación funk y aires hip hop) encontraron un perfecto y estimulante acomodo en un setlist que alcanzó la veintena de canciones, con una nada desdeñable presencia de temas de los White Stripes: “Black Math”, “Cannon”, “Hotel Yorba”, “Slowly Turning Into You”, “Ball And Biscuit”, entre otros varios.

Jack White ofreció un auténtico recital de rock vigorizante, descargas de fuzz y guitarrazos afilados de blues-rock de pulso punkie aderezado con momentos más baladeros de soul-pop y folk añejo. Baño de masas para el de Detroit, con un personalizado escenario y el trabajo de una gran banda de acompañamiento para desarrollar un espectáculo con más oficio que artificio.

El norteamericano dio un auténtico recital de rock vigorizante, descargas de fuzz y guitarrazos afilados de blues-rock de pulso punkie aderezado con momentos más baladeros de soul-pop y folk añejo. Baño de masas para el de Detroit, con un personalizado escenario y el trabajo de una gran banda de acompañamiento para desarrollar un espectáculo con más oficio que artificio. Y, como siempre, todo concluyó con el lolololo: placer culpable, himno rock del siglo XXI o el peaje que pagar para disfrutar del talento de este genio en directo, según se mire.

Fotografía: Andrés Iglesias

Arctic Monkeys

Tras la primera actuación de uno de los cabezones de cartel de la noche, aquello parecía insuperable. Claro que aún no habían saltado al ruedo unos Arctic Monkeys que, al menos a nivel de atención y densidad de festivaleros por metro cuadrado, marcaron el récord absoluto del festival. Los británicos también presentaban un álbum que no había recibido el apoyo unánime de crítica y público, pero en cuanto se apagaron las luces rojas y empezó a brillar el cartel de MONKEYS todo el Mad Cool estaba recorriendo de memoria las líneas de “Four Out of Five”. Le siguió una vigorizante “Brianstorm” que desató grandes pogos en varias zonas del recinto, los cuales encontrarían su réplica en otras canciones del setlist provenientes su etapa más efervescente como “Teddy Picker”, “From the Ritz to the Rubble” y “I Bet You Look Good on the Dancefloor”.

El cancionero exhibió una equilibrada presencia de todos los discos de su colección, con especial énfasis en aquellas piezas de desarrollo más lento y progresivo, cuasi-stoner-rock, que tan bien encajan con el tono de su último disco (“Don’t Sit Down Cause I’ve Moved Your Chair”, “Crying Lightning” o “Pretty Visitors”). A un servidor le sobraron alguna que otra balada, pero a ver quién es el guapo que dice no a “Cornerstone”. En la última media docena del total de veinte pistas que interpretaron las dosis de chulería y galanería macarra se incrementaron con un Alex Turner ya sin americana y descamisado dando buena cuenta de las muy rockeras “Do I Wanna Know?”, “Arabella” y la final “R U Mine?”. En resumen, un concierto que dejó muy claro que lo de los monos está a otro nivel.

Fotografía: Andrés Iglesias

Alice in Chains

Otro de los grandes referentes del grunge estuvo presente en la edición. Con su mezcla oscura y característica, pero muy inteligente, Alice in Chains sacaron lo mejor de su carrera. William DuVall demostró ser un más que sobresaliente sucesor de Layne Staley y, por momentos, su voz resultaba indiferenciable de la de éste. Jerry Cantrell recibió ovaciones muy merecidas y el resto de la banda estuvo indudablemente a la altura. El setlist estuvo plagado de éxitos y, aunque no fue un repaso tan concienzudo como el que ofrecieron Pearl Jam, hizo las delicias de los acérrimos y fue lo suficientemente variado, con su mezcla de baladas y temas rockeros tan característica (se puede percibir perfectamente en el EP “Jar of Flies”) como para agradar y enganchar al neófito.

Imprescindibles como “Again” o “Them Bones” dejaron marca de la valía de los músicos, mientras que “Would?” y “Rooster” cerraron con interesantes variaciones un concierto que destacó por su heterogeneidad. La coincidencia de esta actuación con la de Arctic Monkeys tuvo sus ventajas e inconvenientes. Los segundos son evidentes, especialmente si se tiene en cuenta que las entradas salen a la venta antes de conocer los horarios y las coincidencias entre los artistas. El pequeño porcentaje de los asistentes que fuera seguidor de ambas bandas tuvo que enfrentarse a una difícil decisión. Sin embargo, poder disfrutar en primera fila de un espectáculo como éste e integrarse con el público supone una experiencia que sólo una coyuntura como ésta pudo proporcionar.

Franz Ferdinand

No son pocos los festivales que, aún en el último lustro, han traído a Franz Ferdinand como uno de los platos fuertes del cartel. Entre tanto talento, actuaciones de grandes artistas y regresos de leyendas del indie el nombre de los escoceses pasó, en cierto modo, inadvertido. A pesar de todo, resulta en cierta manera imposible evitar bailotear torpemente al ritmo de “Do You Want To”, “Lazy Boy” o “Take Me Out”. Los de Alex Kapranos pagaron los platos rotos del cansancio acumulado por el público, ya que gran parte del mismo decidió que su concierto en el Madrid Te Abraza coincidía de lleno con la hora de ir a cenar. Para Massive Attack, por lo que sea, el concierto de la mítica banda de Glasgow no pasó inadvertido, ni mucho menos.

Fotografía: Marcos Marx

Massive Attack

A los cincuenta minutos de permanecer frente a un escenario vacío, tras los silbidos de gran parte del público, que se unió manifestando su descontento, decidí abandonar mi puesto en The Loop. Por experiencia propia sabía que no iban a salir, se lo comenté a una pareja. Supongo que existirá una especie de recompensa para aquellas personas que estaban deseosas de ver en directo a una de las bandas que inventó el trip-hop y que no se concedió ante la ausencia de la banda, durante la cual nadie apareció dando unas explicaciones que al menos hubieran servido para que el público se dirigiera a otros escenarios y no perdiera su tiempo en el egotismo de una vieja gloria. La simpatía con la que las cabezas de cartel trataron a su público marcó más la brecha.

La M.O.D.A.

Otros habituales en el circuito festivalero nacional (por derecho propio) como La Maravillosa Orquesta Del Alcohol fueron los encargados de poner el pistoletazo final –uno de ellos– a la noche del viernes sobre las tablas del Koko Stage. La agrupación burgalesa hizo acto de presencia a eso de las tres, con unos diez minutillos de retraso: “¡Qué típico! Los únicos impuntuales son los españoles” comentaban con cierta sorna en las inmediaciones del escenario algunos festivaleros que aún no estaban al tanto de la espantada de Massive Attack. El conocido septeto comandado por David Ruiz interpretó un total de veintiún temas con momentos destacados como “1932”, “Los Hijos de Johnny Cash”, “Hay un fuego” y la aplaudida “Héroes del Sábado”.

Fotografía: Andrés Iglesias

3. Sábado 14 de julio

Fotografía: Paco Poyato

Cuando la jornada menos accidentada del Mad Cool arrancó, el sambenito –bastante exagerado– de festival-desastroso parecía haber sido asumido por todos los medios, festivaleros y enteradillos en general. Las fuerzas ya empezaban a flaquear (todos nos hacemos viejos), pero la jornada exigía una prolongada presencia en el recinto para disfrutar de los shows de jóvenes sorpresas de los últimos años como Wolf Alice o Frankie Cosmos y el trío de cabezas formado por QOTSA, Depeche Mode y NiN.

Wolf Alice

El rock alternativo de los británicos comandados por la estupenda y talentosa Ellie Rowsell bien merecía aguantar un poco de calor, el césped artificial casi pegándose a nuestras suelas y acortar una siesta que ya sólo debía separarse del sueño ‘nocturno’ por medio de una copiosa comida. Pese a comprender y aceptar el sacrificio, un servidor acabó perdiéndose la primera canción del concierto, pero eso no es ningún problema si eres recibido con la potente y Sonic-Youthera “Yuk Foo” seguida de la melódica y desenfadada “Beautifully Unconventional”. Canción a canción, recorriendo un breve pero irresistible cancionero que transita del dream-pop al noise sin despeinarse, Wolf Alice fueron dibujando un convincente setlist con el que se ganaron poco a poco a los MadCooleros más madrugadores y confirmaron las sospechas de quienes estábamos deseando pillarlos en directo: Wolf Alice son una cosa muy seria.

Hurray for the Riff Raff

El primer concierto de la de Nueva Orleans en nuestro país fue como un refrescante ungüento para el acalorado cuerpo de los asistentes. A la sombra, en el Radio Station Stage, la banda de Alynda Lee Segarra hizo gala de un folk y country-pop, que en ocasiones rozaba el spaghetti western (“The Navigator”), el cual acabó atrayendo a más de un curioso. Además de dirigirse al público en un torpe spanglish antes de brindarnos la vitalista “Living in the City”, Alynda dedicó a su hispano público una animada y reivindicativa “Pa’lante” que encendió el corazón y el espíritu de todos los Manueles, Juanes, Migueles, Julias y Milagros que se encontraban entre el público.

Fotografía: Andrés Iglesias

Frankie Cosmos

Los cimientos del heteropatriarcado se tambalearon cuando sumamos el tercer concierto consecutivo liderado por una mujer. La tímida y simpática Greta Kline apenas levantó la vista hacia el público antes de empezar a entonar con delicadeza los primeros versos de “Caramelize”. “Esto es Beat Happening total” se pudo escuchar con satisfacción entre un público entregado a las breves y delicadas gemas azucaradas de la compositora de Nueva York. “Wow, sorry, I’m a little nervours. There’s a lot of you…” exclamó con sinceridad Greta justo antes de interpretar “Bus Bus Train Train” y eso sólo hizo que se metiera a los asistentes un poco más en el bolsillo. Pronto llegarían temas de su época de Bandcamp como “Floated In”, “On The Lips” o “Fool” de impecable estética juvenil e inocente. En resumen, un gran concierto de lo-fi pop de guitarras delicadas. Frankie Cosmos siempre van al grano y eso es justo lo que todos le pedimos a una canción pop.

Queens of the Stone Age

Apenas habían pasado las nueve y media, una hora algo extraña para el concierto de una banda de la talla de Queens of the Stone Age, pero el público del Mad Cool respondió con creces a la magnitud del evento. Estaba cayendo el sol cuando dejó de sonar la BSO de La Naranja Mecánica y el repiqueteo de unas campanas nos anunciaba la llegada de “If I Had A Tail”, coreada, saltada y vitoreada por un creciente número de asistentes que llegó a confirmar a las Reinas como el plato fuerte del día.

Los petardazos de stoner y rock poderoso y desértico se fueron sucediendo para recorrer temas de hasta cinco de sus siete álbumes de estudio. Hubo momentos para bailar (“The Way You Used To Do”), poguear con rabia (“Go With The Flow”), desgañitarse y saltar (“Millionaire”), marcarse un headbanging (“Little Sister”) o hacer todas esas cosas al mismo tiempo (“No One Knows”). Uno de los momentos más destacados del recital vino de la mano de esa última canción. Y es que Josh Homme, en un alarde de sentido común, chulería y demagogia rockera se negó a continuar el concierto si el personal de seguridad no dejaba acceder a los fans que se amontonaban al lado derecho del escenario a una casi desierta zona VIP. El líder de QOTSA verbalizó lo que muchos pensábamos: ¿Tiene sentido mantener la separación entre el público general y los VIPs una vez comenzado el concierto si la zona reservada a estos últimos está medio vacía?. “Tonight you work for me. LET THEM IN!”.

Josh Homme, en un alarde de sentido común, chulería y demagogia rockera se negó a continuar el concierto si el personal de seguridad no dejaba acceder a los fans que se amontonaban al lado derecho del escenario a una casi desierta zona VIP. El líder de QOTSA verbalizó lo que muchos pensábamos: ¿Tiene sentido mantener la separación entre el público general y los VIPs una vez comenzado el concierto si la zona reservada a estos últimos está medio vacía?

Tras hacer apología de la anarquía y el descontrol en “Domesticated Animals” y agradecer una y otra vez las muestras de cariño a un público con el que no dejaron de interactuar en la hora y veinte minutos de que dispusieron, pusieron punto y final al recital desapareciendo entre el caos y el humo que habían dejado tras de sí al interpretar la mítica “Song For The Dead”. No esperábamos menos. Estupendo.

Depeche Mode

Tras una intro en la que sonó la conformista “Revolution” de los Beatles, Depeche Mode iniciaron uno de los conciertos más profundos del festival, en el que la androginia de sus líderes, Martin L. Gore y Dave Gahan, presentados ante unos acertados vídeos, logró que la inmensa masa del público bailara de las formas más personales posibles. Un espectáculo de luces magnífico y un sonido envolvente de lo más logrado. El recorrido de los temas no dejó ninguno de los álbumes sin tocar, aunque revelara mínimas muestras de algunos. Entre las baladas al piano y los segmentos más discotequeros el despliegue de emociones llegó a su máximo esplendor cuando la banda tocó “Personal Jesus” y “Never Let Me Down Again”, que dejaron el escenario desierto. Pero como no podía ser de otra forma, pues dos de los grandes éxitos del grupo habían quedado sin interpretar, el cuarteto retomó la actuación con un vídeo inclusivo que sirvió de fondo a “Walking in My Shoes”, a los que siguieron las imprescindibles “Enjoy the Silence” y “Just Can’t Get Enough”.

Fotografía: Andrés Iglesias

Rival Sons

Los californianos venían defendiendo su todavía último “Hollow Bones”. Congregaron a un buen número de festivaleros en torno al Madrid Station y estamos seguros de que ninguno salió defraudado. Rival Sons son así, no pueden llevarte a engaño, cumplen justo con lo que prometen, que no es poco: un pasional y reverencial tributo al mejor blues y hard rock de hace más de cuarenta años. Y si había algún incrédulo o apóstata de los revival entre el público seguro que no tardó en asumir el Credo de Jay Buchanan y compañía más de lo que duran dos compases de aquella fantástica “Electric Man” con la que abrieron su concierto. Led Zeppelin, Cream, AC/DC, Black Sabbath, Doors, Bad Company… Todos agitados y bien mezclados en piezas que cobran personalidad propia gracias a la particular voz de Buchanan. Ya sabes, it’s only rock and roll

Nine Inch Nails

La última de las grandes actuaciones tuvo lugar con una notoria e inmerecida disminución de los asistentes. Trent Reznor no es para todo el mundo, eso está claro. Su mezcla de violencia industrial, electrónica dura y compleja, y canciones melódicas tan personales y experimentales como “Piggy” o la brillante “Hurt” puede alejar al principio, pero acaba convirtiéndose en una revelación. Ninguno de los temas esenciales quedaron sin tocar: “March of the Pigs”, “Closer”, “The Hand that Feeds”… a la par que Trent presentó tres cortes de su nuevo “Bad Witch” bastante prometedores y experimentales. En todos ellos se dejó cuerpo y alma, felicitando al público y entregándoles todos sus registros y su sinceridad. Pocos momentos en un festival son tan humanos como lo fue éste, especialmente en el registro de la música extrema.

Trent Reznor no es para todo el mundo, eso está claro. Su mezcla de violencia industrial, electrónica dura y canciones melódicas tan personales como experimentales puede alejar al principio, pero acaba convirtiéndose en una revelación.

Por su parte, el público se dejó llevar por los ritmos más intrincados, los timbres extraños y la brutalidad cuando era menester, atendiendo a las instancias del fabuloso cerebro del cantante. Atticus Ross, su recién adquirido compañero, supo estar a la altura y entre los demás invitados al escenario ofrecieron un espectáculo redondo, que sirvió como colofón a una noche de verdaderas estrellas.

Jet

Un buen fin de fiesta. Pocas personas conocerán a Jet más allá de ser uno de los múltiples revivals del garage-rock o por su exitoso sencillo “Are You Gonna Be My Girl”. Una banda entregada, cuyo principal objetivo fue el de hacernos pasar un buen rato hasta que llegó el momento clave, el de la canción previamente mencionada, exprimida hasta doblar su duración original, pero que logró sumar a todos los asistentes en una ola de despedida.

Fotografía: Andrés Iglesias