Un rayo de luz inunda la estancia. La voz se hunde en un naufragio. Sacas la cabeza por la ventana para respirar. Es un amanecer precioso, en el que el Sol parece emerger del interior de la Tierra. Lo Blanco aparece. Es puro, agradable. Te gustaría quedarte a vivir allí. Nada te detiene. Persigues la sensación que aflora en tu interior como una carrera desesperada contra la noche. Tus venas se abren, pero de ellas no emana sangre, sino luz. Al instante, todo a tu alrededor queda bendecido, y sabes que se trata de un momento eterno que jamás desaparecerá de tu cabeza.

Liz Harris. La dueña de una congoja sin nombre

Escuchar la voz de Liz Harris es mirarla a los ojos y conocer cosas de ti mismo y del mundo que antes desconocías. Y nada vuelve a ser igual. Su rostro es uno acongojado, pero de una congoja distinta a la pena; una congoja noble, pusilánime, agradable, como la de los grandes artistas que dieron con la tecla intermedia entre luz y oscuridad, pena y alegría, desolación y felicidad, caos y tranquilidad.

Liz Harris es una de esas artistas que aparecen cada cierto tiempo, casi de sorpresa, con un nuevo disco bajo el brazo. Sus dedos chocan contra las teclas del piano con suavidad y armonía. Escuchar su voz es mirarla a los ojos y conocer cosas de ti mismo y del mundo que antes desconocías. Y nada vuelve a ser igual. Su rostro es uno acongojado, pero de una congoja distinta a la pena; una congoja noble, pusilánime, agradable, como la de los grandes artistas que dieron con la tecla intermedia entre luz y oscuridad, pena y alegría, desolación y felicidad, caos y tranquilidad. Todo unido.

Harris es una artista irrepetible de la cabeza a los pies. Si atendiésemos a su tiempo histórico podríamos englobarla en una de esas pésimas listas de artistas que casan con ‘dream-pop’. Pero sería injusto, ya que ella está totalmente por encima. Dueña de una sensibilidad única y absolutamente insólita, gusta de desplegar una maraña de voces en armónico que chocan y se fusionan en un inigualable torbellino místico que no atiende a un final.

“Grid of Points”: un baile de coros que se pierden en el viento

“Grid of Points” es un lírico testamento de su enorme capacidad para hacer una música contemplativa, abstracta, en tan sólo veintidós minutos de duración.

Harris, quien en su obra musical gusta de llamarse Grouper, tiene discos en los que te gustaría quedarte a vivir para siempre: el maratoniano e imposible de abarcar “A I A: Alien Observer & Dream Loss” (2011), el luminoso e irradiante “Paradise Valley” (2016), el desgarrador “The Man Who Died in His Boat” (2013), el complejo y a la vez sencillo “Dragging a Dead Deer Up a Hill” (2008) o el somnífero y noctámbulo “Ruins” (2014). Su producción abarca desde discos dobles hasta EPs de antología. Este año, mientras estaba enferma, volvió a sentarse al piano para grabar “Grid of Points” (2018), un lírico testamento de su enorme capacidad para hacer una música contemplativa, abstracta, en tan sólo veintidós minutos de duración.

A pesar de la simpleza aparente de sus nuevos temas y la frugal instrumentación de este nuevo álbum, su producción contiene muchísimos detalles, sólo apreciables a la hora de sumergirse en él en soledad y con el volumen muy alto. Harris es muy reservada y apenas concede entrevistas. Sin embargo, le gusta definir sus composiciones por sí misma:

Escribí estas canciones durante una semana y media. Se detuvieron abruptamente cuando me entró una fiebre altísima. Aunque es bastante breve, creo que está completo. Este disco habla del espacio que queda después de que la materia y los personajes se hayan ido, del hueco de alguna columna vertebral que falta.

Fotografía: Promo

Un compendio de melodías para reconectar con nosotros mismos y el mundo que nos envuelve

A pesar de la simpleza aparente de sus nuevos temas y la frugal instrumentación de este nuevo álbum, su producción contiene muchísimos detalles, sólo apreciables a la hora de sumergirse en él en soledad y con el volumen muy alto.

Así, el disco se abre con The Races, un potente chorro de voz a capela barnizado por el delay. La melodía parece recoger un cántico tradicional, pero sin embargo se rompe, algo muy propio de las creaciones de Grouper, de ahí que muchos críticos vean en ella rasgos del shoegaze, en los que el juego de engañar a los oídos se repite de principio a fin. Parking Lot es más frágil. Casi indescifrable, incluso para los oídos más acostumbrados al inglés de Oregon, su ciudad natal, es perfecta para adentrarse en este “Grid of Points” como prólogo de todo lo que viene a continuación. Por su parte, “Driving” es más contenida y reposada, mucho más fácil de asimilar, en la que la voz no parece estar tan rota, sino que se mueve en capas de armonías más cómodas y tranquilas. Según su autora, recibió la inspiración de una imagen de “tres túneles en una carretera con gente conduciendo hacia un funeral, y muchas más cosas”Algo parecido surge en Thanksgiving Song, un claro avance o progreso de la anterior. En ella, las voces se acumulan y juegan unas con otras en un desarrollo sin fin. De igual forma, hay que prestar atención también al papel que tienen los silencios: tímidos, inmediatos, finitos. Harris parece recrearse en un baile de coros que se pierden en el viento.

Una música escrita a lapicero cuya escucha trasciende más allá de lo físico

Se trata de la misma canción escrita y proyectada desde diferentes ángulos de una habitación, un mismo sentimiento o un paisaje anclado en lo más oculto de la memoria.

A medida que avanzamos en la escucha, sentimos una cierta homogeneidad en las canciones. A decir verdad, todas parecen ser la misma canción tocada desde diferentes ángulos. Tal vez, de ahí derive el nombre que engloba al álbum en su totalidad: “Cuadro de Puntos”. Dicho término también viene inspirado por su vasta y espléndida colección de imágenes artísticas creadas por ella misma, su otra faceta al margen de la música. Birthday Song vuelve al desgarro de “Parking Lot” y su final sabe amargo, como algo que la autora desea confesar pero por cualquier extraña razón, le es imposible o no debería. En este punto, la función estética del álbum parece desenterrar del polvo las narraciones de Raymond Carver y su escritura hecha a lapicero; en el caso de Grouper, canciones compuestas a carboncillo, si se admite la metáfora. Blouse”, la penúltima del disco, quizás contiene la melodía más evocadora de todo el álbum. Anclada en una maravillosa cadencia lenta y armoniosa, entona conmovedoras subidas y bajadas de pentagrama, consiguiendo un resultado paisajístico, etéreo e inmersivo.

Llegamos al final. Breathing es un epílogo sencillo y continuista con el aura del resto de canciones. Tranquila, serena y diáfana, nos depara una grata sorpresa en sus últimos instantes. Lo que parece una locomotora o tren abandonando un andén o meros sonidos experimentales sin una fuente natural conocida. De este modo acaba este “Grid of Points”, dejándonos un pacífico, emocional y cándido final a este viaje que se traza de fuera hacia dentro.

Grouper – Grid of Points

7.6

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Grouper nos entrega siete canciones en formato breve. Vuelve a sentarse al piano en una colección en la que destaca la sencillez y la armonía. Un compendio de melodías para reconectar con nosotros mismos y el mundo que nos envuelve, sin duda más complejo y profundo del modo en que lo vemos a simple vista. Una artista única e irrepetible que se sumerge en lo más profundo del alma humana y las situaciones aparentemente comunes para irradiar todo de una luz etérea, bondadosa e inmersiva.

Up

  • La capacidad para llegar a lo más hondo del alma humana sirviéndose solamente de su voz y sus manos al piano.
  • Una música escrita a lapicero cuya escucha relajada trasciende más allá de lo físico.
  • La homogeneidad en las composiciones. Se trata de la misma canción escrita y proyectada desde diferentes ángulos de una habitación, un mismo sentimiento o un paisaje anclado en lo más oculto de la memoria.

Down

  • La ausencia de más experimentación, algo que se echa de menos y que estaba de forma más presente en sus anteriores álbumes.