Hay muchos trabajos que pasan a la historia por constituirse como génesis de un fenómeno, un punto de inflexión en la carrera de cierto artista o por suponer una ruptura con todo lo establecido hasta el momento dentro de una determinada escena. Se cuentan por decenas los álbumes que cumplen alguna de estas características, pero realmente son pocos los que hacen pleno y cambian el paradigma para siempre. Hace más de dos décadas, una joven de nombre exótico y difícilmente pronunciable para muchos se abría hueco en la primera línea desde una tierra volcánica, helada y llena misterio: llegó la islandesa Björk para conquistar el mundo. Así, los 300.000 habitantes de la isla comenzaron a darse de hostias por encontrar lazos familiares que los unieran con la máxima representante de su país, encargada de mostrar la entrañable peculiaridad de una población que resultaba extraña a nuestra sociedad occidental, sumida inesperadamente y de lleno en una nueva dimensión musical protagonizada por una chica que emitía sonidos extraños mientras jugueteaba con huevos o se fundía con la naturaleza.

Decir que con “Debut” nacía una estrella sería errar completamente el tiro. Lo que parecen excentricidades salidas de la nada y desvaríos melódicos sin apenas congruencia argumental son el resultado de su aprendizaje a lo largo de los años y la desaparición de las fronteras entre las cuales se quería encerrar las distintas tendencias musicales de la época. El pop estaba condenado a ser de cierta manera y resultaba impensable que se utilizaran partes vocales que no fueran grabadas en las mejores condiciones, que aparecieran elementos del jazz o de ese género que empezaba a forjarse en Reino Unido: el trip-hop. Desde la inocencia y la candidez, Björk construyó un álbum con el cual, sin saberlo, cambió la historia del pop contemporáneo.

Fotografía: Jean-Baptiste Mondino
Fotografía: Jean-Baptiste Mondino

De cómo una islandesa cambió la historia del pop casi sin quererlo

Para entender la amalgama sonora que da lugar a las canciones de “Debut” hay que profundizar en la evolución artística de esta islandesa que nació con estrella. Es innegable que gracias a la labor de producción de Nelly Hooper se pudieron dar forma y contexto actual a las idas y venidas de Björk. Hooper consiguió equiparar el sonido de “Debut” a otro trabajo que había producido (“Protection” de Massive Attack), pero la islandesa tenía las ideas claras partiendo de la siguiente premisa:

Quería incluir una mezcla de sonidos, como arpas, saxofones y ritmos techno. […] Mi objetivo era derribar las barreras estúpidas que existían. Quería un álbum de música pop que todo el mundo pudiera escuchar.

Lo que parecen excentricidades salidas de la nada y desvaríos melódicos sin apenas congruencia argumental son el resultado de su aprendizaje a lo largo de los años y la desaparición de las fronteras entre las cuales se quería encerrar las distintas tendencias musicales de la época. El pop estaba condenado a ser de cierta manera y resultaba impensable que se emplearan partes vocales que no fueran grabadas en las mejores condiciones, que aparecieran elementos del jazz o de ese género que empezaba a forjarse en Reino Unido: el trip-hop.

Esta idea no nace a la ligera, sino que es fruto de un proceso de autodescubrimiento musical. Desde pequeña Björk estuvo inmersa en un ambiente musical debido a sus padres y su colegio, entidad gracias a la que, cuando tenía once años y tras haber enviado unas grabaciones a la radio, pudo grabar su primer álbum de estudio. Su homónimo “Björk” no aportó nada a nivel musical (simples versiones en islandés de The Beatles y Stevie Wonder mezclando pop con instrumentación folk), pero sirvió para ubicar a Björk en el mapa e introducirle la ambición de perseguir una carrera en la música.

Con los años pudimos ver a una Björk adolescente deambular por diferentes grupos de su Reikiavik natal. Así añadió nuevas sonoridades a su mochila, ya fuera el rock oscuro y alternativo de K.U.K.L, el toque más punk y accesible de Tappi Tíkarrass, la influencia jazz del Tríó Guðmundar Ingólfssonar o la esencia más post-punk/new wave de The Sugarcubes, grupo con el cual conoció la fama mundial gracias a un debut que llegó a Reino Unido y, Elektra Records mediante, a Estados Unidos, país que invitó a la formación a tocar en el celebérrimo Saturday Night Live. Las aportaciones de Björk con todas estas bandas quedaron registradas y, en el caso de The Sugarcubes, aún son celebradas. Otras más desconocidas, por suerte, en lugar de desaparecer con el tiempo se rescataron en “Rokk í Reykjavík”, un recopilatorio que muestra a una jovencísima Björk en portada, anticipando la futura repercusión de una artista todavía en ciernes por entonces.

Björk comenzó a trabajar en sus propias maquetas después del segundo trabajo de The Sugarcubes, pero no pudo iniciar su andadura hasta que lanzaron y promocionaron correspondientemente “Stick Around For Joy” en 1992. Durante este tiempo, Bad Taste (el sello más importante de Islandia) y One Little Indian mostraron interés en Björk y pudieron escuchar de primera mano el potencial de unas demos que recibieron de la islandesa: aquellas primigenias “The Anchor Song” y “Aeroplane”. Cuando ésta se vio libre de ataduras con su discográfica, marchó a Londres con todas esas influencias y el apoyo de dos grandes sellos que apostaron por su música desde el minuto cero. Es entonces cuando comenzaba el mito.

Fotografía: Jean-Baptiste Mondino
Fotografía: Jean-Baptiste Mondino

“Debut”: redefiniendo el pop contemporáneo desde la inocencia y el instinto

Desde la inocencia y la candidez, Björk construyó un álbum con el cual, sin saberlo, cambió la historia del pop contemporáneo.

Ahora ya estamos en condiciones de poder responder a la siguiente pregunta: ¿a qué suena el “Debut” de Björk? Como decía, Hooper puso orden en las composiciones para llenarlas de la influencia clubbera que Björk buscaba, pero es ella quien trae las excentricidades y particularidades que llevan el álbum a nuevos niveles: desde el uso del vocal roto influenciado por Kate Bush hasta los sintetizadores pesados en la línea de Aphex Twin, pasando por las percusiones tribales que recuerdan a su Islandia natal o la incursión de una orquesta de cine india para grabar ciertos pasajes de cuerda del álbum.

“Debut” no es, ni de lejos, un álbum perfecto, pero sí planta las semillas de todas las ideas que culminarían en su primera gran obra maestra: “Homogenic” (1997). Los violines de la tercera referencia de la islandesa, agresivos en ocasiones y siempre acompañados de percusiones electrónicas, resultan suaves en este primer trabajo, como vemos en el final de “Like Someone In Love”, ese estándar de jazz llevado a lo exótico gracias al toque dulce de arpa y las grabaciones de campo. Más increíble resulta que los arreglos de saxofón de esas “Aeroplane” y “The Anchor Song” –la mejor canción de la placa con diferencia– pasaran a ser metales agresivos y estridentes en el reivindicativo “Volta” (2007), demostrando que los ingredientes estaban ahí desde hace años, esperando esa chispa que propiciase una transgresión como la de los dos imprescindibles discos mencionados.

Björk puso de manifiesto que es posible confeccionar álbumes pop tomando ingredientes de otros géneros, pero lejos de quedarse sólo en el conjunto también explora a nivel individual las canciones para demostrar que no todo estaba inventado, que aún había espacio para la vanguardia y para sorprender al oyente.

Adentrarse en “Debut” es explorar terrenos desconocidos, donde todo te suena pero termina por resultar extraño. Como guía en este viaje uno se aferra a lo analógico y bailable de “Crying”, pieza que nos conquista con sus teclados ligeros y coros algo house, y a los singles más accesibles del elepé, “Violently Happy” y “Big Time Sensuality”, ante los cuales el oyente cae rendido gracias a esa amalgama de pop, oscuridad y techno. Lo que encontramos en el camino que separa estos temas es vanguardia y experimentación, aspectos que en ocasiones se convierten en un producto fácil de digerir y otras veces te sumergen en un mar de sintetizadores monotonales hipnóticos sobre los que imaginas la figura de Björk contorsionándose mientras te invita a llegar más lejos en este viaje psicotrópico. Basta escuchar “Come to Me” o “One Day”, cuyo arpegiador de entrada conduce a una progresión ambient en la línea de los primeros trabajos de Aphex Twin.

Björk puso de manifiesto que es posible confeccionar álbumes pop tomando ingredientes de otros géneros, pero lejos de quedarse sólo en el conjunto también explora a nivel individual las canciones para demostrar que no todo estaba inventado, que aún había espacio para la vanguardia y para sorprender al oyente en el single de rigor. De menos a más, podríamos empezar hablando de “There’s More to Life Than This”, un tema que encaja en los cánones de canción pop con bases techno del disco, sí, pero cuya magia reside en cómo voz, letra y música se fusionan transportando al oyente al baño del Milk Bar, club donde se grabó la parte vocal. Siempre se tenía conciencia del pop como algo reñido con lo aséptico, confeccionado lejos de los núcleos de vida nocturna; aquí Björk consiguió romper la cuarta pared y sumergir de lleno al oyente en aquella pista de baile en la que estaba cuando registró su voz.

Björk canta sobre la vida en la ciudad, la cultura de club y el amor, pero no sólo hacia la pareja sino hacia las personas que la rodean y a un nivel más espiritual (algo constante en su obra). Tal vez la narrativa deje que desear y quizás en las letras abuse demasiado del verso libre, pero ésta no es más que una característica intrínseca de la producción de Björk que se ha ido perfeccionando con los años.

Siguiendo con la capacidad de transportarnos a otros parajes encontramos “Venus As a Boy” y “Human Behaviour”, los cortes más auténticos en cuanto a representación del carácter exótico con el que nos conquistó Björk hace más de veinte años. Sus vídeos se convirtieron en auténticas obras icónicas al mezclar surrealismo, vanguardia y naturaleza, erigiéndose como perfectas piezas audiovisuales para acompañar a estas composiciones. “Human Behaviour” nos abre las puertas del universo Björk invocando a nuestros instintos primarios, expulsándolos de nuestro cuerpo con un ritmo tribal acelerado y haciéndolos bailar en la noche con un ritmo final distorsionado que invade y deja sin aliento. Una vez que no somos más que cuerpos a merced de Björk, la islandesa nos deleita con una delicada “Venus As a Boy” de ritmos marcados, percusiones reconocibles y un juego brillante de violines acompañados de un arpa sedosa. Nos insufla de nuevo vida en este momento y, sin saberlo, ya somos parte de su obra. “Debut” nos deja marca para siempre.

La piedra angular del pop de vanguardia

Es la génesis de todo, la primera piedra de esa catedral que es la producción discográfica de una artista que siempre ha estado en la vanguardia de todo y a la que no le ha importado la opinión de nadie: Björk actúa por instintos y, en todo momento, ha demostrado estar un paso por delante de todos. El debut de Björk abrió las puertas ya no sólo a todo lo que vino después en su obra, sino a todo el pop que se facturó desde la segunda mitad de los noventa, que vio en las canciones de la islandesa la posibilidad de introducir nuevos elementos en sus fórmulas comerciales

A lo largo de estas once composiciones Björk canta sobre la vida en la ciudad, la cultura de club y el amor, pero no sólo hacia la pareja sino hacia las personas que la rodean y a un nivel más espiritual (algo constante en su obra). Tal vez la narrativa deje que desear y quizás en las letras abuse demasiado del verso libre (ya vendría tiempo después el momento de abrirse en canal para descubrir una cara más auténtica de Björk gracias a una lírica más elaborada), pero ésta no es más que una característica intrínseca de la producción de Björk que se ha ido perfeccionando con los años: las letras se acomodan a su voz, posándose sobre cada sílaba para hacer sus excentricidades vocales tan icónicas y conquistar a propios y extraños.

Como digo, ya vendrían tiempos mejores para la islandesa: más reconocimiento, más transgresión y mayor habilidad en la producción de su obra. “Debut” no es el trabajo al que acudiríamos si buscásemos mayor presencia de metales y maderas (para eso tenemos “Volta” y “Utopia” respectivamente). Tampoco lo pondríamos como adalid del equilibrio entre bases electrónicas contundentes y violines atractivos (por ahí “Homogenic”, “Vulnicura” y “Vespertine” tienen algo que decir), ni tampoco se alzaría como claro ejemplo de pop vanguardista sin parangón (tocaría reivindicar el vocal “Medúlla” y el conceptual “Biophilia”). No es el máximo exponente de nada de lo anteriormente mencionado, pero sí es la génesis de todo, la primera piedra de esa catedral que es la producción discográfica de una artista que siempre ha estado en la vanguardia de todo y a la que no le ha importado la opinión de nadie: Björk actúa por instintos y, en todo momento, ha demostrado estar un paso por delante de todos.

Björk es considerada por muchos de nosotros una alienígena, una persona fuera de nuestro tiempo con inquietudes distintas a las nuestras desde “Debut”. Sin embargo, todo esto sólo es el fruto de la ruptura de prejuicios y la ambición por hacer un nuevo pop. El debut de Björk abrió las puertas ya no sólo a todo lo que vino después en su obra, sino a todo el pop que se facturó desde la segunda mitad de los noventa, que vio en las canciones de la islandesa la posibilidad de introducir nuevos elementos en sus fórmulas comerciales. Sin quererlo, Björk cambió el panorama musical y nosotros estamos sumidos en las consecuencias de las perfectas imperfecciones de “Debut”.

Björk – Debut

9.0

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En 1993 una islandesa irrumpió en el panorama internacional con un álbum debut que rompió todos los esquemas: mezcló el pop de la época con secciones de cuerda, jazz, melodías tribales y lo hilvanó con un vocal roto cantando sobre las relaciones sentimentales desde un punto de vista casi espiritual. Björk con “Debut” revolucionó el mundo al demostrar que era posible confeccionar un nuevo pop.

Up

  • Los singles son grandes ejercicios de pop vanguardista: “Human Behaviour”, “Venus As a Boy”, “Violently Happy”…
  • Las primeras exploraciones en el trip-hop con canciones como “One Day” o “Come to Me”.
  • “The Anchor Song”, simplemente una de las mejores canciones de Björk.
  • El juego técnico de “There’s More to Life Than This”.
  • El equilibrio entre los momentos más experimentales para la época y los más accesibles.

Down

  • La falta de una mayor profundidad lírica.
  • “Like Someone In Love” podría haber sido desarrollada algo más, dejando patente la influencia jazz en Björk.