Chvrches son chicos raros del pop. Y millennials. Seguramente han crecido escuchando a Paramore (y a Linkin Park, etc.), y qué raro tiene que ser ver cómo una de tus bandas favoritas, emblema del rock emo alternativo comercial de mediados de los 2000, se acaba reinventando ripeándote el sonido. Probablemente les gustara la cultura japonesa en su adolescencia, algo que podemos deducir de videoclips como el de “Bury It”, tema en el que además cantan con Hayley Williams, precisamente la vocalista de Paramore. Jugaron a videojuegos, por lo que acabaron poniendo la canción promocional del último ‘Mirror’s Edge: Catalyst’, y se dejaron seducir por esa estética de género mecha, robots cuquísimos y anacronizados adaptados a la pompa estética de lo que apetezca en según qué momento. Tampoco me parecería descabellado que se echaran sus buenos vicios al ‘Kingdom Hearts’, una joya que es casi de culto para una generación, viendo el título de su nuevo trabajo y, sobre todo, el logotipo con el que han decidido anunciar que se ha terminado el amor. Recuerda bastante al emblema de los sincorazón, los malos de aquella maravillosa aventura RPG en la que se cruzaban mágicamente el libro artístico de Disney con el de la mítica desarrolladora nipona Square Enix, responsable de la marca ‘Final Fantasy’. Una bonita y precisa imagen de la que partir a la hora de enfrentar al trío escocés: la ambientación futurista urbano-distópica de su música, synth-pop en chiribitas con las dosis justas de pop asiático, EDM y tradición electropop más europea, junto a la delicadeza comercial y aparentemente inocente de Lauren Mayberry, su voz de chicle de fresa.

Mascar tanto el chicle que acabe perdiendo el sabor

“Love Is Dead” está disfrazado de pérdida de empatía, de egoísmo y de enemigos, pero al final el nuevo disco de Chvrches orbita, como los demás, en torno a lo que convenzan o no sus melodías, sus canciones (por mucho que se hayan empeñado en darle una leve pátina de crítica social tirando un poco del modelo Blade Runner 2049).

En mayor o menor medida, todas estas ideas han rondado el trabajo de Chvrches desde que irrumpieran en la escena en 2013 con aquel excelente, desenfadado y desacomplejado “Bones of What You Believe” que se hacía grande entre una paleta de tópicos de pop electrónico, por poner la melodía por encima de todo, regalándonos un hit imperecedero como “The Mother We Share”, casi un moderno “Kids”, y otra buena batería de temas que les convertían en imprescindibles abanderados del género y que incluso les granjeaban comparaciones de las buenas con Depeche Mode. No habían introducido guitarras ni habían explorado en serio ambientes realmente oscuros, y estaban lejos del sonido industrial, pero algo había de ellos, algo en la forma de enfrentar los pulsos, de concebir los estribillos y sus transiciones, los ritmos, que les dejaba diferentes caminos por recorrer, abiertas casi todas las puertas de su propio estilo y de sus mismas referencias.

Pero para “Every Open Eye” (2015) quisieron mojarse y ahondar en esa responsabilidad. No reinventarse (para qué si la sangre aún estaba fresca), sino centrarse en encontrar sus parecidos razonables con Depeche Mode. El resultado es una cápsula de canciones que se sumergen con instinto y con cabeza en el universo inabarcable de “Just Can’t Get Enough”, ofreciendo las infinitas posibilidades que le consiguen sacar a su actualización. Un muy buen disco, pero quizá no todo lo atrevido que le presuponíamos a Chvrches al principio.

Igual que poco atrevido era “Get Out” como primer sencillo de su tercer trabajo, aunque poco a poco se acabe convirtiendo en un temazo por ese estribillo desarrollado ad libitum y la entonación del “you are a kaleidoscope”. Es esa dicotomía lo que vas a tener que aprender a amar de Chvrches, el placer de lo culpable.

Si el amor está muerto, ¿la creatividad de Chvrches también?

El resultado deja bastante que desear. Porque, descartado cualquier ápice de riesgo, sólo queda ver la fórmula tripitida y perfilada ahora además por las manos de Greg Kurstin, el limbo entre los artistas alternativos que coquetean con el mainstream tanto como para querer asaltarlo de vez en cuando, y las de Steve Mac, que produce a Shakira, Ed Sheeran o Demi Lobato, en lo que también es una evidente declaración de intenciones.

De eso va “Love Is Dead”, por mucho que se hayan empeñado en darle una leve pátina de crítica social tirando un poco del modelo Blade Runner 2049, que también pone, además de un punto callejero y futurista, paleta cromática. Está disfrazado de pérdida de empatía, de egoísmo y de enemigos, pero al final el nuevo disco de Chvrches orbita, como los demás, en torno a lo que convenzan o no sus melodías, sus canciones.

Y el resultado deja bastante que desear. Porque, descartado cualquier ápice de riesgo, sólo queda ver la fórmula tripitida y perfilada ahora además por las manos de Greg Kurstin, el limbo entre los artistas alternativos que coquetean con el mainstream tanto como para querer asaltarlo de vez en cuando, y las de Steve Mac, que produce a Shakira, Ed Sheeran o Demi Lobato, en lo que también es una evidente declaración de intenciones. Que bien hasta “Forever”, hacia los veinte minutos de recorrido y pese a que ya haya que haber aguantado un par de veces el ripio “never-ever” que, vamos Mayberry, le pertenece por derecho a Taylor Swift, pero poquito más allá.

Fotografía: Rob Berry

Y se va la culpa, y se va el placer

Pese a algunas canciones muy buenas como “Graffiti” o “Get Out” y alguna bastante disfrutable como “Forever” o “Deliverance”, el tercer disco de Chvrches supone una importantísima decepción, de las más duras del año.

Graffiti” arranca bien, brillante, creciéndose en un estribillo expansivo en el que se deja una de las imágenes más potentes del disco, esos amantes que escribieron sus nombres entre paredes de baños públicos, que grafitearon sus corazones por las esquinas y que ven como su amor se esfuma (como lágrimas en la lluvia), y “Get Out” la sigue manteniendo el nivel pese a que sólo van dos canciones y Lauren ya ha dicho lo menos cuarenta veces “never” y “get out” unas veinticinco (no las he contado pero no te habrá pasado desapercibido). Por si fuera poco, en la ochentera y conseguida “Deliverance”, con esa base trémula de trance con espíritu de carretera, Mayberry va con el “deliver-iver-iverance” y con el “never-ever”, en contraposición de nuevo chocante y maravillosa con un verso tan redondo como “if you hurt me in exchange”, y en “Forever”, inspirada descaradamente en Haim y en Twin Shadow (no por casualidad le toma prestado el riff de sintetizador al “Isn’t It Midnight” de Fleetwood Mac), se ceba con lo de “forever-ever-ever-forever”.

Antes ha sonado la interesante “My Enemy”, dúo remoto con Matt Berninger de The National que habla sobre la tensión entre la seguridad que da el amor y la desconfianza que transmite el hecho de bajar la guardia para el otro, mostrarse vulnerable y resultar herido. Pero lo más interesante es cómo construye su cuerpo de sintetizadores nocturnos sobre tres estructuras rítmicas progresivas: en la primera, que acompaña a la voz de Matt durante la fase más reposada del tema, se van al post R&B y a una subdivisión más amplia para ofrecer justo lo que esperarías de un giro electrónico de The National, adaptándose perfectamente al estilo meditabundo de su cantante. En la segunda, el delicioso estribillo que canta Lauren Mayberry, la subdvisión es más líquida y más estrecha, muy en la tónica del hip-hop actual. Y después del estribillo, en el puente instrumental, tiran al acid con una rítmica secante y subdividida en semicorcheas.

Mayberry se muestra más desenfocada que nunca en lo lírico, perdida entre tópicos no sólo conceptuales sino melódicos, mientras la banda no parece tener capacidad para encontrar la cohesión en la épica perfeccionista que Kurstin y Steve Mac han diseñado, como primeros productores externos en intervenir en el trabajo del trío escocés.

Espera, ¿creías que era suficiente de “never-ever”? No, porque la siguiente canción se llama “Never Say Die”, y es bastante difícil que no diga “never” en algún momento. No es sólo uno, ya que el estribillo básicamente dice “never-never-never-ever-never-ever-ever say die”. Y cuando suena la siguiente, “Miracle”, ese intento de coro épico electrónico de baratillo a lo Imagine Dragons, el milagro de verdad es no quitar el disco para no volver a ponértelo en tu vida. Por su parte, Graves” se entrega después de nuevo a los ochenta y a un estribillo de esos que le salen letales a Mayberry, con algo que trae a Cindy Lauper, mientras “Heaven/Hell” viene a suponer la particular incursión de Chvrches en el urban pop contemporáneo, con una producción burbujeante en la línea de Halsey, Tove Lo o, en menor medida, Charli XCX.

Es ya costumbre que Martin Doherty se ponga a la voz cantante en alguna canción de los discos del trío escocés, adoptando además una faceta más oscura que contrasta con el brillo a veces infantil de Lauren, y esta vez es “God’s Plan”, un tema que marca con claridad la orientación más clubber del final de “Love Is Dead”. La balada “Really Gone”, de hecho, se presta perfectamente a una remezcla en forma de cantadita trancera.

Tras el innecesario interludio “!!” llega “Wonderland” para tratar de cerrar como puede el concepto del disco y para sintetizar de alguna manera sus manías, los riffs de teclado más ochenteros, los ritmos más épicos, la inspiración new wave en las marchas de bajo o los hábitos coreables en un tótum revolútum sin demasiado sentido. Como “Love Is Dead” en general.

Chvrches – Love Is Dead

5.8

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El tercer disco de Chvrches supone una importantísima decepción, de las más duras del año, por mostrar a una Lauren Mayberry más desenfocada que nunca en lo lírico, perdida entre tópicos no sólo conceptuales sino melódicos, y a la banda sin capacidad para encontrar la cohesión en la épica perfeccionista que Greg Kurstin y Steve Mac han diseñado, como primeros productores externos en intervenir en el trabajo del trío escocés, para que aborden el mainstream.

Up

  • Los primeros veinte minutos.
  • Pese a topicazos de todos los colores, “Get Out” y “Graffiti” son grandes canciones, con todos los ingredientes que definen a Chvrches en su justa medida y mucho más placer que culpa en su ADN.

Down

  • La media hora restante.
  • La épica de baratillo de “Miracle”, engendro más propio de Imagine Dragons.
  • Las cincuenta veces que Lauren repite la coletilla “never-ever” o ripios semejantes.
  • Que han querido dar el salto al mainstream y no han medido bien, y se han dado una buena hostia contra el suelo por quedarse a medias y en tierra de nadie.