Un álbum de Kanye nunca se escucha igual. No lo digo por su reciente manía de modificar el disco una vez ha salido éste al mercado, sino más bien por el hecho de que lo que Kanye hace sólo lo entiende Kanye. Es por esto que cada obra suya se convierte en un jeroglífico a descifrar a través de los años, tras cientos de escuchas repetidas con su correspondiente confrontación de sentimientos, porque en cierto modo Ye es, ante todo, un adelantado a su tiempo, un visionario con la boca grande y un cerebro cuyo tamaño está aún por determinar. Con esto no quiero decir que sea un genio, ni un revolucionario, ni mucho menos un dios de ningún tipo. Tampoco me gustaría dar a entender que su obra sea extremadamente experimental o que su originalidad no conozca límites. De hecho, si se me tira de la lengua acabaré diciendo que la obra de Kanye es en realidad bastante limitada y, hasta cierto punto, convencional según qué estándares. Una cosa, sin embargo, no quita la otra, y por lo tanto tenemos que darle al César lo que es del César y aceptar el hecho de que, si alguien ha llevado la batuta del hip-hop internacional de los últimos diez años, ese ha sido Ye.

“Yeezus”: trágate esa, mainstream

“Yeezus” es el génesis del Kanye West que conocemos hoy, un punto de no retorno en su carrera, que comienza aquí su etapa más libre y, por lo tanto, la más interesante.

Él mismo se comparaba con Warhol en la ya inolvidable entrevista con Sway y puede que no andara tan desafinado si tenemos en cuenta que, de la misma manera que el artista se convirtió en mito disimulando el olor de su discutible mediocridad con el aliño de la provocación, el kitsch y la post-modernidad, Kanye ha hecho lo propio usando herramientas muy similares. Digo esto y no lo limito a una mera comparación abstracta. ¿Hasta que punto no se parece la Marilyn kitsch de Warhol al “Gold Digger” de Kanye o la lata de tomate Heinz a “Stronger”? Ahí lo dejo. El caso es que de entre todo ese batiburrillo de samples troceados y versos provocadores que compone la obra de West, “Yeezus” constituye sin duda una parada esencial en el camino del explorador Westiano, no sólo porque se ha convertido ya en un clásico indiscutible de nuestro tiempo, sino también porque, si queremos hablar de provocación y de deconstrucción, no hay mejor modo de hacerlo que a través de un trabajo que, contando el discutible honor de suceder al éxito crítico y comercial de “My Beautiful Dark Twisted Fantasy”, supuso un antes y un después en la carrera de un artista que se sumergiría en los años venideros en una deliciosa locura la cual, unas veces para beneficio y otras para disgusto de los espectadores, no ha dejado nunca indiferente a nadie.

Fotografía: Press

Hip-hop, punk, industrial… Un clásico contemporáneo en toda regla

Libertad de elección, riqueza, capital, fama, raza… son temas que el Kanye emprendedor junto con el Kanye artista no dejan de tratar a su manera y que cobran un nuevo significado bajo la luz agresiva de “Yeezus”. Kanye significa muchas cosas, pero todas estas se puede resumir en una división: líderes y siervos, esclavos y amos.

Sin duda uno de los aciertos de los que Kanye puede presumir y presume es de su facilidad para rodearse de un séquito creativo en el que podemos ver nombres tan gigantes como Daft Punk o Rick Rubin. Tan increíble suena esto que no nos lo llegamos a creer del todo, incluso después de reconocer los sintetizadores serrados de “On Sight”, que abre el álbum con un WTF gigante que nos deja aún hoy con la boca abierta, como si no nos lo esperáramos incluso después de haberlo escuchado decenas de veces, intercalando su agresividad industrial con ese sample coral sacado de la nada. La tríada de apertura continúa con una igualmente agresiva “Black Skinhead” que, en retrospectiva, podemos entender como una advertencia de la actitud cada vez más enfrentada que Kanye presenta ante un mundo que incluye negros, blancos y, en general, todo el que no es él. Kanye pretende ser el ‘anti’ por excelencia y, si bien es cierto que su rabieta contra el mainstream difícilmente consigue salirse de los márgenes que lo vieron crecer, también lo es que uno no puede evitar acordarse más de Bad Brains que de JAY-Z cuando ve a Ye pegar voces distorsionadas en NSL con un cancerbero detrás. Es una patadita insignificante a lo convencional, pero una que nos hace sonreír.

“Yeezus” es un clásico instantáneo de la carrera de Kanye West y del ¿hip-hop? de nuestro tiempo. Sintetizando tradición y vanguardia de un modo digerible para el gran público, Kanye aseguró su posición en la historia allá por 2013 con un trabajo conciso, renovador y, hasta cierto punto, arriesgado.

También hace que, manteniendo la sonrisa, le permitamos travesuras ególatras como la de “I Am a God”, porque no es ninguna locura decir que es “el único rapero comparable a Michael”, especialmente si lo dice él sobre una instrumental oscura, minimalista y con texturas de película de terror que, rematadas con gritos y jadeos, componen uno de los momentos más oscuros del trabajo, cerrando así la tríada de apertura que expone las obsesiones que atraviesan a ese Kanye oscuro que “Yeezus” presenta. Quizás podríamos entender “New Slaves” como una coda que sintetiza este arranque y lanza a nuestra cara una instrumental bounce sobre la que el tema de la esclavitud intangible que nos rodea anuncia lo que está destinado a convertirse en constante controversia cuando se trata de Kanye. Libertad de elección, riqueza, capital, fama, raza… son temas que el Kanye emprendedor junto con el Kanye artista no dejan de tratar a su manera y que cobran un nuevo significado bajo la luz agresiva de “Yeezus”. Kanye significa muchas cosas, pero todas estas se puede resumir en una división: líderes y siervos, esclavos y amos. Su discurso no ganará precisamente en profundidad, como ya vimos hace unos meses con su afirmación de que la “esclavitud era una opción”, pero eso no le quita interés.

La agresividad deja paso eventualmente al sonido más atmosférico en el que sobresalen en la producción nombres como Arca y Justin Vernon, teniendo el último especial presencia en “Hold My Liquor”, introspectivo corte que anuncia algunas de las texturas vocoder que nos sorprenderían luego en su polarizador “22, A Million” y que hace virtud del minimalismo sobre bombo continuo y tormentas de sintetizadores ondulantes. El sobresalto viene con un corte infiltrado que nos pilla con las defensas bajas. Más que sexy, I’m In It” es directamente porno musical, extremadamente visual en sus descripciones, empujando sus límites con la increíble fuerza jamaicana de Assassin mientras Kanye habla de comer salsa agridulce directamente desde… en fin, un espectáculo sexual que no se dulcifica precisamente con bombos distorsionados y sirenas que anuncian incendio. “Blood On the Leaves” inmortaliza a Nina Simone y la pone a dúo post-mortem con Kanye, robotizado y sintético. La mezcla explosiva se construye con paciencia hasta llegar al memorable final, punto álgido de “Yeezus” con sus secciones de vientos sintetizados y los desvaríos autotuneicos de Kanye –“WE COULDA BEEN SOMEBODY”— que se prolongan hasta la caótica “Guilt Trip”, menos memorable, pero efectiva como tentempié de media velocidad antes de llegar a la recta final.

I feel kind of free…

Pasarán los años que pasen y seguiremos escuchándolo con asombro, poniéndolo en contexto con el cuadro que pinta Kanye, siempre cambiante. Algún día, ya mayores, nos acordaremos, quizás, de que esto vino de un artista en primerísima línea que hizo tragar al mainstream las acelgas que nunca quiso. En definitiva, sonreiremos de nuevo al acordarnos de Kanye, ese pretencioso Yeezus que, nos guste o no, es ya parte indiscutible del ADN del siglo XXI.

Con Daft Punk de vuelta, Kanye conjuga en clave industrial uno de los temas más hip-hop del tracklist, pese a su vocación de banger discotequero. En “Send it Up” vuelven los sintetizadores ondulantes y los ecos cacofónicos en un tema contundente, con fuerza que sabe medirse y no necesita de artificios. En definitiva, es una muestra de cómo el nuevo sonido de Kanye puede hacer que balanceemos el cuello a ritmo destructor, un ‘ya te lo dije’ que se desvía momentáneamente antes de llegar al final perfecto, melancólica vuelta al Kanye más clásico. “Bound 2” samplea soul como sólo Kanye sabe hacerlo y lo interpola con un estribillo que pivota entre el EDM y el R&B, superponiendo la voz cálida de Charlie Wilson sobre bajo distorsionado, nueva vuelta de minimalismo que es, a su vez, maximalista en todos sus aspectos. Kanye pone punto final con un clásico a lo que es, sin duda, un clásico instantáneo de su carrera y del ¿hip-hop? de nuestro tiempo. Sintetizando tradición y vanguardia de un modo digerible para el gran público, Kanye aseguró su posición en la historia allá por 2013 con un trabajo conciso, renovador y, hasta cierto punto, arriesgado. Pasarán los años que pasen y seguiremos escuchándolo con asombro, poniéndolo en contexto con el cuadro que pinta Kanye, siempre cambiante. Algún día, ya mayores, nos acordaremos, quizás, de que esto vino de un artista en primerísima línea que hizo tragar al mainstream las acelgas que nunca quiso. En definitiva, sonreiremos de nuevo al acordarnos de Kanye, ese pretencioso Yeezus que, nos guste o no, es ya parte indiscutible del ADN del siglo XXI.

Kanye West – Yeezus

9.1

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“Yeezus” es el génesis del Kanye que conocemos hoy, un punto de no retorno dentro de una carrera que no dejará desde este momento de provocar y de sorprender. Es, además, un álbum que, contra todo pronostico, ha conseguido mantener su relevancia, sobreviviendo a los entusiasmos de unos y otros y abriéndose paso a codazos en la historia musical de la última década para quedarse.

Up

  • Apuesta arriesgada teniendo en cuenta la posición de Kanye en ese momento de su carrera.
  • Magnífica producción que suena hoy casi tan actual como el primer día.
  • Sin duda un punto de no retorno en la carrera de Kanye, que comienza aquí su etapa más libre y, por lo tanto, la más interesante.

Down

  • Como siempre, desde el punto de vista lírico Kanye no ofrece mucho más allá de un par de rimas ingeniosas, aunque sin mucho sentido.
  • Se pierde el norte en ocasiones, quizás debido a la tendencia del collage sonoro, que a veces puede resultar caótico.