Metidos como estamos hasta la pantorrilla en la temporada Ye (asumiendo que alguna vez deje de serlo), llegamos por fin al que parece el punto álgido de un proceso cuyo origen aún es discutido por los especialistas Westianos: ¿Qué fue? ¿La foto con Trump? ¿La entrevista con Ellen? ¿La afirmación de que la esclavitud era una opción? ¿El scoop-di-poop? Sea lo que sea, por fin hemos llegado a algo tangible, la solidificación del Kanye que lleva desde hace tiempo ocupando titulares sensacionalistas con sus tweets, sus alegaciones y sus digresiones sin sentido. Aunque parezca imposible, Kanye ha vuelto más impredecible, loco y controvertido que nunca, mandándole besis a su colega Trump, actuando de profeta sin rebaño, gritando desesperado ante un público que se pregunta si el fuego es parte del espectáculo o si, por el contrario, alguien debería subir al escenario con un extintor y poner fin a la grotesca (aunque morbosa) escena.

“ye”: introspección tramposa

No hay manera de entender a Kanye si uno no acepta esta condición de personaje público, de construcción simbólica y artística. Aunque se compare con Gandhi, Kanye pretende ser más bien una suerte de Nietzsche de nuestro tiempo, haciendo hip-hop a martillazos, convirtiendo el excentricismo en arte y subvirtiendo la moral de todos esos mojigatos que, conformando la nueva clase religiosa, permanecen alerta para mandar a la hoguera a cualquiera que se atreva a saltarse las sagradas escrituras de la corrección política.

Podemos estar asistiendo perfectamente a la caída del ídolo que hablaba con Dios en un magnífico y cambiante “The Life of Pablo”, pero que parece ahora obsesionado con convertirse él mismo en ese dios, o quizás se trate más bien de un ejercicio de exorcismo que pretende extraer el espíritu de Kanye de sí mismo y encerrarlo en un frasquito que, con la etiqueta de ye, encierra lo misterioso e inexplicable de un personaje el cual, aunque nos cueste admitirlo, nos fascina, porque parafraseando lo que dijo alguien alguna vez: Kanye será un imbécil, pero es nuestro imbécil. También puede darse la situación de que intentemos leer de un modo demasiado profundo algo que es esencialmente transitorio y efímero, como lo era “TLOP” y como lo es la identidad misma de un Kanye superficial que se reinventa en cada lanzamiento, siempre con una controversia nueva bajo el brazo, siempre acompañado de un evento mediático del que se aprovecha para darle una nueva dimensión a su música. Supongo que la portada, una foto que el rapero sacó el día antes del lanzamiento oficial mientras se dirigía a la fiesta de presentación del disco, no dice nada y lo dice todo. Kanye vuelve a hacer música que oscila entre la genialidad y la tontería improvisada y a nosotros no nos queda otra que recibir su obra como el que recibe un chiste por fascículos, riéndonos, pero siendo conscientes de que todo chiste incluye una reflexión soterrada sobre la condición humana.

Fotografía: Promo

Un ejercicio de exorcismo que pretende extraer el espíritu de Kanye y encerrarlo en un frasquito con la etiqueta “ye”

“ye” es el punto medio entre la oscuridad y la luz de alguien quien, en sus propias palabras, no tendría sombras si no brillara tanto.

“ye” es el punto medio entre la oscuridad y la luz de alguien quien, en sus propias palabras, no tendría sombras si no brillara tanto. Bonito, ¿verdad? Eso pienso yo. Precisamente de contrastes va esto, ya que es siempre en ese punto medio donde creo que es necesario situarse para entender el mensaje de una figura que, como todo lo humano, es difícil de explicar desde un punto de vista puramente literal. Propongo por lo tanto un distanciamiento el cual, proporcionado por las drogas (metafóricas, claro) que pueblan letras como la del potente y violento corte Yikes, nos permita entender que la bipolaridad no es una enfermedad sino más bien un superpoder:

That’s why I fuck with Ye
That’s my third person
That’s my bipolar shit, nigga what?
That’s my superpower, nigga ain’t no disability”

A nivel de sonido quizás sea este el álbum que menos evoluciona con respecto a su predecesor, ya que la mezcla de 808’s y densidad sampleada no deja de ser reminiscente de “TLOP”, que a la vez es la suma de toda una carrera. Pese a todo, uno no deja de notar cierta desgana vocal que contrasta con la potencia sentimental y vocal de “TLOP”, puestos a comparar.

Es precisamente esta tercera persona, ese Ye a medio camino entre la ficción y la realidad, lo que constituye el pilar central del nuevo trabajo de Kanye. Podemos entenderlo como una especie de espíritu que posee al Kanye famoso, al de la prensa y medios de comunicación, que no es más que una versión simplificada de un hombre de carne y hueso que explora en temas como Wouldn’t Leave las miserias personales de alguien que no es capaz de mantener su boca callada y que, como un niño, dice lo que le pasa por la mente sin importarle si ‘los mayores’ se van a escandalizar o no. Con un sentido estribillo de PARTYNEXTDOOR, Kanye da las gracias a Kim por aguantar el chaparrón de la masa, enfurecida por su bocaza, que por otra parte no ha hecho más que verbalizar lo que mucha gente no se atreve a decir por miedo o vergüenza, al menos en su opinión.

Kanye no reniega de esa tercera persona, como ya hemos visto, sino que más bien se abraza a ella e intenta entenderse a sí mismo como un artista que visualiza por primera vez una obra producida por él mismo en un estado alterado de conciencia. No pretende esconder sus sombras, sino que prefiere aceptarlas como suyas que son, consciente de que los pensamientos más bonitos van casi siempre al lado de los más oscuros. Esto último no lo digo yo, sino que lo dice él en I Thought About Killing You”, una introducción perfecta que, si bien es cierto que se hace simplona en una primera escucha, adquiere profundidad conforme uno entiende su lugar en el universo perturbado de la psicopatía descafeinada de Kanye. El mensaje es claro: Say it out loud to see how it feels”, sermón predicado sobre una base de voces sintetizadas que llevan a la canción a romper con un bajo envolvente y estremecedor que nos hace desear que ojalá sea Kanye capaz de mantener la misma energía a través de todo el álbum. Spoiler: no es capaz.

Kanye intenta entenderse a sí mismo como un artista que visualiza por primera vez una obra producida por él mismo en un estado alterado de conciencia. No pretende esconder sus sombras, sino que prefiere aceptarlas como suyas que son, consciente de que los pensamientos más bonitos van casi siempre al lado de los más oscuros. Así, sólo se puede entender lo que dice Kanye a través de la voz de ‘ye’, lo cual podría simbolizar que Kanye ya no existe porque nunca existió, y si lo hizo hace tiempo que fue devorado por la exposición pública.

A nivel de sonido, quizás sea este el álbum que menos evoluciona con respecto a su predecesor, ya que la mezcla de 808’s y densidad sampleada no deja de ser reminiscente de “TLOP”, que a la vez es la suma de toda una carrera. Entre los cortes de firma más reconocible se encuentra sin duda No Mistakes, de innegable sabor Westiano, que contribuye al fuego de Pusha T y su beef con Drake de puntillas mientras construye una reafirmante pieza que recuerda al Kanye clásico, al samplero, positivo y energético Kanye que saca lo mejor de nosotros. Pese a todo, uno no deja de notar cierta desgana vocal que contrasta con la potencia sentimental y vocal de “TLOP”, puestos a comparar, aunque bien es cierto que no es éste el caso de otro potente clasicazo Westiano instantáneo como es Ghost Town, donde Kid Cudi y Kanye ofrecen una muestra de su próximo proyecto en una fusión explosiva de góspel, soul, rock y todo lo que uno quiera. En una de las composiciones más completas del trabajo, Kanye profundiza en la intangibilidad de su existencia artística, libre, experimentadora, atrapada entre el espacio y el tiempo. 070 Shake remata el tema con un outro que es carne de concierto y que deja uno de los mejores regustos del álbum.

No hay manera de entender a Kanye si uno no acepta esta condición de personaje público, de construcción simbólica y artística. Aunque se compare con Gandhi, Kanye pretende ser más bien una suerte de Nietzsche de nuestro tiempo, haciendo hip-hop a martillazos, convirtiendo el excentricismo en arte y subvirtiendo la moral de todos esos mojigatos que, conformando la nueva clase religiosa, permanecen alerta para mandar a la hoguera a cualquiera que se atreva a saltarse las sagradas escrituras de la corrección política. Si empiezo a sonar como Jordan Peterson, me justificaré diciendo que no pretendo entender a Kanye como una suerte de intelectual cuya opinión debe ser tomada en serio, error que quizás esté detrás de lo que ha llevado a tantos a lanzarse a las calles de las redes sociales con sus antorchas justicieras para criticar lo que, al menos para mí, no es más que el acto artístico de un personaje que es arte puro, no en un sentido cualitativo sino más bien cuantitativo. Es precisamente por eso que sólo se puede entender lo que dice Kanye a través de la voz de ‘ye’, lo cual bien podría simbolizar que Kanye ya no existe porque nunca existió, y si lo hizo ya hace tiempo que fue devorado por la exposición pública.

Escuchar a Kanye, con su música desordenada y sus letras medio cocinadas, es observar la esquizofrenia bipolar de un hombre partido en dos o, mejor dicho, en tres. ¿Por qué lo seguimos observando? Porque, en el fondo, nos recuerda a nosotros mismos.

La pena es que, líricamente, Kanye no parece ser capaz de trasladar reflexiones que vayan más allá de un eslogan el cual, sin reflexión, se convierte en mera gilipollez. Uno puede reírse con atrevimientos como “I love your titties, ‘cause they prove / I can focus on two things at once”, pero se queda en nada si no vemos un horizonte mayor en el que todo esto adquiere un sentido artístico. Al lado por ejemplo de Childish Gambino y su “This is America” las provocaciones de Kanye palidecen, rebajándose al nivel de los eructos inconscientes de alguien que no es capaz de digerir sus propias reflexiones incompletas. Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿A quién hacemos caso? ¿Al Kanye que habla de engañar y de agarrar tetas en All Mineo al padre protector de Violent Crimes? En la primera, un sexy Valee se desliza sobre el estribillo que acompaña a ese Kanye lírico y salvaje como pocas veces tenemos ocasión de verlo, aunque sólo sea para hablar de guarrerías de todo menos sutiles. La segunda clausura el álbum con un sentido homenaje por parte de Kanye a sus hijas, confesando que no ha sabido tratar bien a las mujeres hasta que las ha tenido a ellas, todo rodeado por una atmósfera de algodón de azúcar que no parece ser más que otra ilusión ficticia del universo Kanye.

En cualquier caso, me inclino a pensar que la tensión entre estas dos canciones representa bien al Kanye contradictorio e impulsivo, al niño que tiene un micrófono en sus manos y libertad completa para poner en palabras todos esos pensamientos contradictorios que en realidad habitan en todos nosotros, aunque la mayoría prefiramos esconderlos bajo la alfombra del subconsciente. Escuchar a Kanye, con su música desordenada y sus letras medio cocinadas, es observar la esquizofrenia bipolar de un hombre partido en dos o, mejor dicho, en tres. ¿Por qué lo seguimos observando? Porque, en el fondo, nos recuerda a nosotros mismos.

Kanye West – ye

6.5

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Kanye vuelve por sorpresa (aunque no es tan sorpresa) y lanza un nuevo trabajo que no es tan nuevo, pero que invita a la reflexión sobre un icono que se ha trascendido a sí mismo, convirtiéndose en una especie de sustancia que actúa, compone y, en definitiva, vive como un ente descontrolado en pensamiento y obra.

Up

  • El orden que, como en todos los discos de Kanye, se esconde entre el caos.
  • Lo interesante del álbum como proyecto que trasciende la música que contiene.

Down

  • Lift Yourself” merecía un lugar en este disco.
  • La duración es insuficiente. El planteamiento de las canciones parece ser atropellado.
  • No se ve mucha evolución en un disco que apenas explora nuevas coordenadas musicales.