En un mundo de mumble-rappers y ad-libs como el nuestro, lo que otro día fue la regla hoy se observa como una rareza, un fenómeno en peligro de extinción. Hablo del rap de siempre, del que tiene mensaje y lo transmite a través de un instrumento arcaico y primitivo para nosotros millennials: la letra. Hasta tal punto se ha convertido este artefacto en algo obsoleto que cualquiera que lo utiliza con un mínimo de destreza es automáticamente lanzado al mismo cubo de deshechos musicales, razón por la cual corren por ahí deshonestas asociaciones entre toda clase de raperos sólo conectados por el hecho mínimo de que uno puede extraer algún mensaje, y digo más, entender alguna palabra de sus canciones.

“KOD” o cómo las drogas pueden ser aburridas

Aún le queda un largo camino para hacer un álbum redondo y consistente, tan sutil y redondo como los de ese con el que tanto se le compara y al que parece seguir empeñado en imitar. Cada uno a lo suyo.

De entre estas asociaciones la que probablemente sea más ultrajante es la que une a Kendrick Lamar y J. Cole, como si por el hecho de ser coetáneos tuviéramos que establecer una conexión inevitable entre ellos, poniéndolos a la misma altura aun cuando está claro que no tiene nada que ver el uno con el otro; o mejor dicho, que mientras el primero se ve como un puntito en la lejanía el segundo desarrolla una carrera a rebufo en la que intenta sin éxito ponerse a su altura, fallando esfuerzo tras esfuerzo, quedándose un poquitín más atrás con cada intento de acelerón. “KOD” es el último de estos esfuerzos (sucesor de “4 Your Eyez Only”) y, si bien no lo deja en la cuneta, tampoco le proporciona una ayuda tremenda, ya que vuelve a caer en los mismos baches de siempre con sus letras explícitas, su estilo predecible y su falta de detallismo.

Fotografía: Press

Los mismos baches de siempre con letras explícitas, estilo predecible y falta de detallismo

Da un poco igual que el acrónimo signifique eso de Kids on Drugs, King Overdosed o Killo Otro Día, porque al final lo que se presenta como un álbum conceptual acaba siendo un batiburrillo de canciones inconexas que apenas se pueden hilar con un mínimo de honestidad, especialmente en la primera parte.

No tarda mucho uno en darse cuenta de que da un poco igual que el acrónimo signifique eso de Kids on Drugs, King Overdosed o Killo Otro Día, porque al final lo que se presenta como un álbum conceptual acaba siendo un batiburrillo de canciones inconexas que apenas se pueden hilar con un mínimo de honestidad, especialmente en la primera parte. Al principio hablaba de Kendrick y me reafirmo en esto, porque es innegable que cuando Cole se intenta poner conceptual parece no darse cuenta de lo dolorosamente obvio que resulta verle crear un alter ego con voz distorsionada al más puro estilo “Swimming Pools”, que no sólo se inspira en la forma sino también en el contenido, usando a kiLL edward para dar voz al adicto y a sí mismo para responder con un tema sólo ínfimamente conectado con la adicción de su alter ego. “The Cut Offsupone pues una poco convincente introducción del personaje con pitch bajo sobre base chill-out que volverá a aparecer en el tema “FRIENDS” de un modo poco justificado mientras que Cole nos explica el concepto del proyecto en un intento desesperado de conectarlo todo. Es una pena, ya que temas como este último encierran partes brillantes que acaban quedando enterradas en diatribas simplonas del líder Cole a sus jóvenes fieles: “Without the drugs I want you to be comfortable in your skin / I know you so I know you still keep a lot of shit in”.

Y cuando digo explicar me refiero a que explica literal y claramente sus palabras, tratando al oyente como idiota, algo que, por otra parte, viene siendo desde hace tiempo característico de su ‘conscious rap para dummies’. Cole se empeña en huir de la metáfora y apuesta por lo concreto hasta tal punto que temas potencialmente interesantes y profundos como el que se trata “BRACKETS” no pasan de ser publicaciones de Facebook glorificadas en las que Cole parece escribir en crudo lo primero que le viene a la mente. Es, como digo, potencialmente interesante hablar sobre la manera en la que el racismo se materializa en estructuras como el sistema fiscal estadounidense, pero el esfuerzo se queda en peo flojo cuando se atreve a usar líneas como “Yeah, I pay taxes, so much taxes, shit don’t make sense”. Mejor es esto, claro, que escuchar alguno de los momentos más bajos y arrastrados del trabajo como puede ser la adolescente y predecible “Photograph” o una noventera “Motiv8” que, aunque instrumentalmente añade un toque fresco con su rollo G-funk, dice poco o nada entre las infinitas repeticiones de un estribillo que, si lo empujamos, suena un poco a la palabra “levitate”. Saquen sus conclusiones.

Es innegable que cuando Cole se intenta poner conceptual parece no darse cuenta de lo dolorosamente obvio que resulta verle crear un alter ego con voz distorsionada al más puro estilo “Swimming Pools” de Kendrick, que no sólo se inspira en la forma sino también en el contenido, usando a kiLL edward para dar voz al adicto y a sí mismo para responder con un tema sólo ínfimamente conectado con la adicción de su alter ego.

No vamos tampoco a negarle méritos a J. Cole, porque lo cierto es que, pese a todo, el buen hombre se las apaña para entretener y poner de vez en cuando cosas interesantes sobre la mesa. Supongo que no será coincidencia que los tres obvios pilares musicales del álbum hayan sido elegidos como punta de lanza de la promoción, empezando por “Kevin’s Heart” y sus ingeniosos paralelismos entre el amor y la droga que, aunque ya más que vistos (lo usaría hasta M-Clan en su “Carolina”), no deja de resultar uno de los temas con más seso de “KOD” (¡por fin un poco de materia gris!). Tampoco se puede ignorar el homónimo “KOD”, con pegada y mucho estilo, aunque sorprende que el tema que da nombre al álbum no hable de nada, dejándose el aliento en un estribillo plano y vacuo que apenas conecta con dos versos. Pensándolo mejor, quizás sea precisamente porque se llama como el álbum que el tema no habla de nada. Aun así, gran banger, como lo es “ATM”, otro acrónimo que pega bien fuerte y se mete en el cuerpo con facilidad mientras Cole cuenta billetes y los lanza sin rodeos en forma de versos cortos y directos, divertidos incluso: “My niggas beside me like Tony and Martin / We ball on your court and then skate with your bitch like we Tonya Harding”. Vuelve a repetir hasta la saciedad el estribillo, pero lo cierto es que algo tan pegadizo y coreable como Can’t take it when you die, but you can’t live without it no puede más que repetirse una y otra vez. A veces, como dijo el poeta (creo), belleza es simpleza.

Un par de momentos sentidos como el de “Once an Addict” o la poderosa “Window Pain” inflan la segunda parte del álbum con letras que, por fin, van más allá de estribillos repetitivos ahogados en conceptos vacíos y superficiales, mejorando considerablemente una experiencia que va de lo superficial a lo profundo y de lo predeciblemente dramático a lo melancólico, en el mejor sentido. Pero sin duda no hay nada en este álbum como la respuesta de J. Cole a Lil Pump en “1985 (Intro to “The Fall Off”)”, que pese a adolecer de la ya mencionada falta de sutileza de Cole, poco importa cuando uno se encuentra un diss-track como los de antes donde Cole no desperdicia ni una barra para arremeter una y otra vez contra el jovenzuelo. Citaría algunas de las frases si no fuera porque hay demasiadas y porque llegados a este punto sólo queda decir una cosa: ¿tiene J. Cole el estatus de sabio del rap del que presume en su último track? Indudablemente. Sin embargo, aún le queda un largo camino para hacer un álbum redondo y consistente, tan sutil y redondo como los de ese con el que tanto se le compara y al que parece seguir empeñado en imitar. Cada uno a lo suyo.

J. Cole – KOD

6.0

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J. Cole se pone conceptual para quedarse en el concepto en un desesperado intento de engancharse al rebufo de ese contemporáneo que hace tiempo que lo dejó atrás. Rimas predecibles y estilo más que visto componen un álbum que da alegrías, pero también deja frío (o más bien dormido). A los que busquen la línea que conecta unos temas con otros, que no pierdan su tiempo y se limiten a disfrutar los temas disfrutables, que los hay, sin duda.

Up

  • Musicalmente contundente y estiloso, poniéndonos fácil el dejarnos llevar a través de sus ritmos, a ratos modernos y a ratos vieja escuela.
  • Repetitivo, sí, pero grandes estribillos que prometen ser ya clásicos del repertorio futuro.
  • Momentos de brillantez, pese a todo.

Down

  • Es difícil sorprenderse más allá de la segunda barra, especialmente desde el punto de vista lírico.
  • Demasiada mediocridad que parece deberse más a la pereza que a la falta de competencia de un J. Cole excesivamente seguro de sí mismo.