Una niña sube a un ascensor. Se dirige al último piso del edificio. Va sola y lo agradece, porque necesita tiempo y soledad. El ascensor es viejo y hace un ruido constante. Cuando se pone en marcha, el sonido no cesa hasta llegar al destino. La niña aprovecha la caja de ruido en ascenso para cantar melodías, una tras otra. Le gusta poder improvisar sobre una base sostenida, cambiando ritmos e intensidades.

Artesanía electrónica

En “Halo”, la artista bonaerense confirma su ya probada artesanía electrónica y ofrece una continuación estilística a sus anteriores trabajos. Publicado al igual que su anterior disco, “Wed 21” (2013), en Crammed Records, Molina sigue demostrando una mezcla de influencias musicales y recursos tecnológicos que la convierten en una figura difícil de catalogar.

Juana Molina narraba (algo parecido a) esta escena como uno de sus primeros recuerdos asociados a la música y en ella encontramos muchos de los rasgos que definen su obra. Por un lado, una base constante, reforzada por loops y creada con guitarras, sintetizadores, voces y percusión. Sobre ella, melodías sincopadas que juegan a entrar y salir de escena.

En “Halo”, la artista bonaerense confirma su ya probada artesanía electrónica y ofrece una continuación estilística a sus anteriores trabajos. Publicado al igual que su anterior disco, “Wed 21” (2013), en Crammed Records, Molina sigue demostrando una mezcla de influencias musicales y recursos tecnológicos que la convierten en una figura difícil de catalogar. Quizás por eso su música no es tan conocida como debería para alguien que ya hace quince años ubicaba su disco “Tres cosas” entre los más importantes del año para The New York Times, al lado de nombres como Björk o U2. Tal vez por ello encontró fuera de su propio país, en culturas tan distintas como la estadounidense o la japonesa, un amplio reconocimiento que sólo con el tiempo adquirió en Argentina. Este viaje de ida y vuelta, en el que recogió adjetivos como ‘folktrónica’, tiene en “Halo” su última parada.

Fotografía: Alejandro Ros

La voz rítmica, las letras sin palabras

Las melodías con espíritu improvisatorio se adhieren fácilmente a la memoria. Los adornos, inflexiones y acentos de la voz constituyen un manual de talento creativo.

El folclore tecnificado se hace presente en “Paraguaya”, canción que abre el LP, que actúa como conjuro de amor fallido a través de su letra, sobre un fondo rítmico constante. La melodía que, según Molina, tiene influencia guaraní, crea un contrapunto con los arreglos de cuerda obtenidos con un Mellotron digital. La tradición musical y la tecnología se integran con una forma de cantar que no obtiene la tensión con el volumen, sino con la intención y el acento. El vídeo de “Paraguaya”, dirigido por la propia Molina y Alejandro Ros, enmarca esta narración del embrujo en una estancia donde los rostros se confunden con las sombras.  (Video de Paraguaya)

El reflejo de la voz en múltiples capas se potencia en “Sin Dones”, siguiente pieza del disco, jugando a ser un coro de instrumentos mientras los sintetizadores juegan a cantar. La entrada de batería avanzado el ecuador del tema, junto con la aceleración de las palabras, dan lugar a un cambio de ritmo que se rompe definitivamente en “Lentísimo Halo”.

El pulso se dilata ampliamente por primera vez en “Halo” y es dictado mayormente por las inflexiones y los adornos de la voz. Se presenta un vacío dentro del cual los sonidos se suceden con parsimonia y el eco se alimenta de una melodía más improvisada. La interrupción súbita o la duración casi imposible de algunas silabas acompañan este paisaje calmado donde las palabras desfilan sin las obligaciones habituales hasta acabar en susurro.

Un viaje plácido para disfrutar las melodías rítmicas que diseña Juana Molina. Hay numerosos momentos de brillantez y de artesanía a la hora de distribuir el arsenal tecnológico puesto en práctica. No obstante, la duración de los temas es en general demasiado extensa, teniendo en cuenta que se basan en la repetición y variación de recursos muy concretos. Además, en algunos momentos se puede echar en falta la participación de otros instrumentos. Puede que el proyecto perdiese parte de su esencia personal, pero el resultado sería más rico musicalmente.

Las palabras no se recuperan en “In the Lassa”, dando paso a sílabas ordenadas sin significado y adaptadas a las necesidades sonoras. Este proceso se vuelve a repetir en otros dos cortes del disco, “A00 B01” y “Andó”. La narración, que en todo el LP oscila entre el amor, la magia y el humor, pierde aquí su peso en favor del detalle sonoro y la superposición de ritmos de diferente cadencia. Liberada la atención del significado, el oyente puede disfrutar de los recursos ornamentales que conectan a Molina con trovadores más propios de otros estilos musicales, pudiendo cantar hablando de una forma sencilla pero hipnótica.

Cosoco” reintegra las palabras junto con la melodía, ofreciendo el tema más bailable de todo el trabajo. En el videoclip que lo acompaña, Juana Molina baila representando a multitud de personajes. Alguno de ellos recuerdan a los que dio vida a lo largo de su carrera como humorista en Argentina a principios de los años 90, consiguiendo un gran éxito pero también asociando su nombre a la actuación. Este hecho no la ayudó en sus primeros pasos dentro del circuito musical, ya que el público la percibía como una intrusa e incluso buscaba en sus conciertos al personaje que representaba en la televisión.

Mezcla de roles y guitarras matemáticas

Liberada la atención del significado, el oyente puede disfrutar de los recursos ornamentales que conectan a Molina con trovadores más propios de otros estilos musicales, pudiendo cantar hablando de una forma sencilla pero hipnótica.

Tras la danza de “Cosoco”, “Cálculos y Oráculos” supone un nuevo descargo de pulso, sin una base rítmica constante y con unos versos especialmente cuidados relacionados con la naturaleza y los sentidos.

Este alivio de peso se recupera con la guitarra de “Los Pies Helados”, en este caso acompañada por pequeños detalles de percusión que oscilan en presencia y volumen, desembocando en una fuga donde se combinan sonidos, idiomas y métricas. Tras “Cara de Espejo”, quizás el tema menos inspirado de “Halo”, las guitarras vuelven para cerrar este trabajo. En “Estalactitas” se encuentra el riff más oscuro del disco, ayudado en su recorrido por una melodía descendente que incide en la atmósfera melancólica de los acordes junto con una percusión marcial.

Por último, “Al Oeste”, menos recargada de sintetizadores y sencilla en sus arreglos. El final de esta composición, con la guitarra y la melodía fundiéndose en un solo sonido, sirve como ejemplo del intercambio de roles entre instrumentos y voces que ofrece Juana Molina a lo largo de este disco. El edificio compositivo es preciso en sus intenciones y resultados, sin que se reprima la improvisación o el instinto.

Juana Molina – Halo

8.5

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Un viaje plácido para disfrutar las melodías rítmicas que diseña Juana Molina. Hay numerosos momentos de brillantez y de artesanía a la hora de distribuir el arsenal tecnológico puesto en práctica. Obra para escuchar con atención, que merece ser revisitada para apreciar todos los detalles que la componen.

Up

  • El ritmo como motor engrasado gracias al que se desplaza el resto de la construcción musical. Es especialmente elaborada la suma de capas métricas controladas para dirigir la canción hacia el clímax y la parada súbita.
  • Melodías con espíritu improvisatorio que se adhieren fácilmente a la memoria. Los adornos, inflexiones y acentos de la voz son variados, constituyendo un manual de talento creativo.
  • La forma de integrar distintas influencias con pocos elementos pero mucha creatividad. Cada canción es un ejemplo de aprovechamiento de limitados sonidos y silencios para crear un paisaje sonoro interesante.

Down

  • La duración de los temas es en general demasiado extensa, teniendo en cuenta que se basan en la repetición y variación de recursos muy concretos. Los cambios de intensidad y la interacción entre los músicos en un proyecto minimalista y con tanta atención al detalle son mucho más apreciables en la actuación en vivo que en la grabación en el estudio.
  • En algunos momentos se puede echar en falta la participación de otros instrumentos (cuerda, vientos). Puede que el proyecto perdiese parte de su esencia personal, pero el resultado sería más rico musicalmente.