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Hay un antes y un después en el indie español con Nacho Vegas. “Ideología” es un tema adelantado a su tiempo que llega en uno de los momentos políticos más convulsos y complejos para el país. Una canción que da voz a temas urgentes para el contexto aciago en el cual vivimos. Cada uno de sus versos es una puerta para cuestionarnos nuestro modo de vida convertido en ideología, pero, ante todo, el segundo adelanto de “Violética” es un rayo de esperanza y lucidez para una época de neurosis, confusión y espectáculo.

El telón se abre, pero no hay nadie. Un color gris inunda la estancia. Aparece una cita de Franz Kafka. Se trata del nuevo adelanto de “Violética” (Marxophone, 2018), próximo disco del músico asturiano Nacho Vegas. El título y la portada de este nuevo single, que llega después de “Ser árbol”, prometían un tema de alto calibre. Y no es para menos: Vegas ha vuelto a dejarnos sin palabras.

Un grupo de ancianas velan a una especie de ciborg masculino que yace en la cama. Por el tono del color y los rostros se puede decir que pertenecen a un entorno rural. Podemos deducir aquí que lo que Vegas intenta mostrar es un choque entre dos mundos. Haciendo un símil literario, sería como si el mundo de Cela o Delibes chocase con el de Philip K. Dick o William Gibson.

“Ideología” lleva un ritmo post-punk poco habitual en la obra de Vegas. Aunque el bajo queda en un segundo plano en detrimento del resto de instrumentación, es inevitable no sentirse anclado a ese ritmo a contratiempo tan típico del género. En el tema ha participado el coro antifascista Al Altu La Lleva. Los efectos del sintetizador, tímidos pero maravillosos, van a cargo de Abraham Boba (León Benavente). Nacho Vegas también ha decidido jugar en casa a la hora de grabar, recurriendo a Paco Loco y su estudio en El Puerto de Santa María (Cádiz), territorio en el que ha creado muchos de sus álbumes. El vídeo de la canción, dirigido por Carlos Balbuena, también es de sobresaliente. Compuesto por imágenes fijas que muestran no-lugares, zonas urbanas despobladas y máximas reivindicativas abandonadas, recuerda mucho al cine, por ejemplo, del ruso Andréi Tarkovski.

Volvamos a la canción. Su larga duración (7 minutos) nos hace presagiar uno de esos temas extensos, narrativos, complejos, tan propios del inicio de la carrera del artista, al más puro estilo de “Cajas de Música Difíciles de Parar” (Limbo Starr, 2003). Se corre el telón: la ideología está por todas partes.

El repertorio del gijonés ha tomado diferentes caminos a lo largo de su trayectoria. Ya desde Manta Ray mostró un firme compromiso con la vanguardia. Después, en solitario, ahondó en la figura del maldito y del dandi bohemio. Un cóctel irresistible con el que llegó al gran público indie y con el se ganó todos nuestros corazones. “El Manifiesto Desastre” (2008) y “La Zona Sucia” (2011), dos discos difíciles de olvidar, sirvieron de colofón a toda esa etapa. Años después, la crisis económica y el auge de los movimientos sociales impregnaron la temática de cada uno de sus álbumes. Desveló su lado reivindicativo y se afilió al partido que decía representar al 15M. Ahora, en el presente, todo apunta a la inauguración de una nueva época artística con “Violética” en la que, atendiendo solamente al título, muestra un desengaño político claro con el ‘partido del cambio’ que culminó con su renuncia a Podemos de hace solo unos meses.

“Ideología” contiene demasiados sentidos. La complejidad para abordar su contenido resulta titánica. Una de las ideas de fondo es con la que arranca y prosigue en el estribillo: “Ideología en tus manos frías / Ideología en tu mirada atroz” (la neurosis colectiva fruto de la precariedad, la explotación laboral, el machismo, el desempleo, la falta de oportunidades y también del impacto espectacular de ciertas noticias que muestran lo peor de nuestra sociedad y que producen ansiedad, estrés, enfado e indignación) y “Qué puedo hacer / Tengo una conciencia y va a estallar” (el auge de los nacionalismos como respuesta a la latente frustración que supone esa neurosis y como consecuencia del fracaso y consiguiente desilusión del tan ansiado cambio político de izquierdas).

La ideología está por todas partes, en la vida pública y privada, y parece imposible no salir impregnados por los poderes aun haciéndote invisible en toda la masa social: “Ideología sin salir de casa / y cuando atraviesas el portal / Ideología en los escaparates / en cada esquina de cada ciudad”. El poder permea en todos los aspectos de la vida, y sobre todo en lo referente a la familia y los afectos: “Dime si esto que siento es amor, mi amor / o es un reflejo de lo que podríamos sentir”. Aquí, se expresa la imperiosa necesidad de reformular los códigos y significados afectivos para desechar el peso de la tradición que sitúa a la monogamia heterosexual en la cúspide del sistema capitalista productivo y que conlleva a tantos problemas: relaciones posesivas, celos y el consiguiente machismo de raíz.

Nacho Vegas ataca también al sistema mediático. La sociedad del espectáculo en la cual vivimos nos hace habitar en un espacio en el que siempre pasan cosas terribles, como una doctrina del shock con la que convivimos cada día: “Hay un crimen por cada pantalla / Hay violadores en la red social”. De igual modo, la hipocresía –tan occidental– condensada en la absurda necesidad de los individuos de mostrar a ultranza lo positivo en sus redes sociales, presente en ese flujo constante de emociones por los canales de comunicación en fechas señaladas: “Ideología del Día de la Madre / cuando hay motivos de sobra para llorar”.

El estribillo alude a esa gran pregunta de la que nadie puede escapar y que aparece en la mencionada conciencia personal de cada uno: “La ideología es de los vencedores, la conciencia es para el perdedor”. Esa pregunta no es más que la siguiente: “¿Qué hacer? ¿Qué puedo hacer?”, a lo que el asturiano sugiere: “Confeccionar postales a mano en mi casa en Perlín para el día de San Valentín / Vivir aislado en tinta roja y carbón a salvo de la vida en mi rincón”. ¿Irse al entorno rural lejos de la civilización y, por tanto, condenarse a la nostalgia (reflejadas en esas postales de amor)? ¿Afiliarse a un partido político con otros tantos que te represente y defienda los derechos de los trabajadores? Al fin y al cabo, ya sabemos todos en qué derivan estas aspiraciones: diluidas por el capital y los medios y, con suerte, recluidas a un espacio de actuación muy reducido en el que lo único que comparten sus miembros es la soledad y la frustración de no poder llegar a crear una “conciencia colectiva” contra esa “ideología de los poderosos”.

Pero el verso más certero se deja ver en una de las estrofas: “Se libra una batalla cada día, tenemos una sola vida y hoy es el terror”. La ‘democracia virtual’ producto de la autocomunicación de masas, reencarnada en plataformas como Twitter, ha originado que los hechos se sobredimensionen y adquieran proporciones histriónicas, exageradas, desorbitadas. Todo ello dirigido a un solo fin: el miedo individual y el pánico colectivo. Antes, las movilizaciones se organizaban desde asociaciones sindicales, ahora es la ciudadanía la que toma el rumbo, como por ejemplo vimos en las manifestaciones feministas del 8M. La democracia ciudadana tiene sin duda efectos positivos, como este último; sin embargo, sus efectos negativos son menos alentadores: el cortoplacismo de los debates que solo originan ruido y que no afrontan la situación desde una dimensión global.

El problema no está fuera, el problema somos nosotros.