No soy una persona que sienta especial apego por el pasado. No me refiero a mi propio pasado, sino al histórico, aquel que yo nunca he tenido la oportunidad de vivir. Lo admiro, me interesa cada vez más y soy consciente de su importancia en la actualidad, pero creo que hace años una parte de mi debió pensar de manera inconsciente (o no tanto) que tenía poco sentido lamentarme por no haber podido vivir algo que me habría hecho ilusión mientras dejaba pasar delante de mis narices el aquí y el ahora. Porque yo también quiero ser partícipe de cosas que reviviré dentro de unos años o unas décadas exagerándolas unos cuantos peldaños ahogado por la nostalgia y la emoción del momento.

Por eso, si me pusiera a enumerar mis discos favoritos y los que guardo con más cariño, sacaría un buen puñado más de este siglo que del anterior, incluso viviendo tan sólo dieciocho de este siglo XXI. Siempre ha sido una especie de reivindicación personal; demostrar que el pasado no tuvo por qué ser mejor y que actualmente tenemos trabajos igual de buenos o incluso mejores que los de antes. Y precisamente entre esos discos que siempre tendrán un lugar especial en mi corazón figura el que ocupa esta reseña: “Modern Vampires of the City”, tercer larga duración de Vampire Weekend que, por cierto, es mi favorito de 2013.

Los vampiros contaminados por la urbe

Todos los miembros de Vampire Weekend querían desmarcarse de sus grabaciones anteriores (cada vez que daban con una idea que se acercaba mínimamente a lo anterior la desechaban) y tenían claro el sonido que querían alcanzar en este nuevo “Modern Vampires of the City”, dando como resultado un distanciamiento con los ritmos africanos de su debut y con la electrónica ponderante del segundo para lograr una de las evoluciones más coherentes, naturales y satisfactorias del siglo XXI.

A finales de 2010 y tras finalizar la gira de “Contra” Ezra Koenig y compañía se dieron cuenta de que llevaban unos cuantos años sin descansar lo más mínimo, por lo que decidieron parar antes de enfrentarse a lo que sería su tercer álbum de estudio. Durante este periodo de tiempo cada miembro de la banda recompuso su vida y trabajó en diferentes proyectos: Ezra volvió a Nueva York y colaboró con Major Lazer, Baio compuso la banda sonora de “Somebody Up There Likes Me” y Rostam produjo a Das Racist, además de grabar material en solitario.

Cuando volvieron a juntarse en 2011 ya tenían suficiente material como para grabar un nuevo álbum, aunque tenían claro que no querían que fuese como los anteriores. Decididos a continuar con la experimentación característica de sus anteriores trabajos, el cuarteto grabaría las canciones de este tercer LP en diversos lugares como los Downtown Studios de Nueva York o los Vox Studios de Los Ángeles, además del apartamento de Rostam. Otra novedad importante en este sentido fue la participación, por primera vez, de un productor externo: Ariel Rechtshaid, relacionado con el mundo del hip-hop, y productor de, entre otros, “Climax” de Usher.

Buscando un equilibrio entre la calidez orgánica del pasado y las técnicas de grabación más modernas

Vampire Weekend consiguieron con “Modern Vampires of the City” un disco envidiablemente maduro y, para ello, experimentaron con todo lo que pudieron durante la grabación. No obstante, el objetivo era conseguir un álbum que captara la calidez de los discos antiguos, algo que, según ellos, se había perdido con la grabación digital moderna.

Todos querían desmarcarse de sus grabaciones anteriores (cada vez que daban con una idea que se acercaba mínimamente a lo anterior la desechaban) y tenían claro el sonido que querían alcanzar en este nuevo álbum, dando como resultado un distanciamiento con los ritmos africanos de su debut y con la electrónica ponderante del segundo para lograr una de las evoluciones más coherentes, naturales y satisfactorias que recuerdo. Vampire Weekend consiguieron con “Modern Vampires of the City” un disco envidiablemente maduro y, para ello, experimentaron con todo lo que pudieron durante la grabación. La configuración utilizada para los micrófonos en la batería no sería la habitual, al igual que para el resto de instrumentos. El bajo se grabaría a varios palmos de distancia del micro y las guitarras se conectarían directamente al ProTools sin ningún micrófono.

El objetivo era conseguir un álbum que captara la calidez de los discos antiguos, algo que, según ellos, se había perdido con la grabación digital moderna. Su obsesión fue tal que escucharon el elepé numerosas veces en distintos dispositivos para asegurarse de que en todos se mantenía esa calidez.

Pero eso no quiere decir que abandonasen por completo las técnicas de grabación más modernas con las que habían experimentado en “Contra”. La batería se retocó con plugins de Ableton Live, mientras que la voz de Ezra se grabó cuando lo necesitaron en tonalidades y velocidades más bajas modificándola a posteriori para aportar un efecto de vocoder mucho más natural y menos robotizado y volvieron a utilizar samples (aunque todavía en menor medida).

El resultado final es un álbum que junto con su contenido e incluso su carátula consiguió dar forma a uno de esos trabajos con atmósfera propia y con capacidad para transportarte a su propio microuniverso. Pero, además, sirvió de manera más o menos consciente para cerrar una etapa y como última parte de una trilogía que observada con perspectiva tiene más sentido del que puede parecer a simple vista.

La portada del disco es una fotografía de Nueva York tomada desde el Empire State Building por Neal Boenzi en 1966 para el New York Times, con esa niebla tóxica fruto de la contaminación que aporta el carácter apocalíptico que tan bien le sienta al disco, complementado por su propio título. “Modern Vampires of the City” está tomado de los primeros versos de la canción “One Blood” de Junior Reid, que muestra ese paso a la madurez a la par que refleja un mundo gris en proceso de deterioro, devastado por la modernidad y la vida urbana.

Fotografía: Søren Solkær

Una mejora notable respecto a sus álbumes anteriores es la sensación de espacio que tiene este disco. Las canciones suenan muy armoniosas y se toman el tiempo necesario para arrancar y para detenerse cuando tienen que hacerlo, casi como si pudiésemos oírlas respirar.

Una mejora notable respecto a sus álbumes anteriores es la sensación de espacio que tiene este disco. Las canciones suenan muy armoniosas y se toman el tiempo necesario para arrancar y para detenerse cuando tienen que hacerlo, casi como si pudiésemos oírlas respirar. Es algo que creo que ya intentaron en “Diplomat’s Song” y no les salió del todo bien y que en cambio aquí me cautivó desde la primera vez que escuché “Obvious Bicycle”. Tan sólo el piano y el sample de batería de “Keep Cool Babylon” de Ras Michael and The Sons of Negus son suficiente para llenar la canción sin saturar. Este medio tempo introduce a una persona en plena crisis tras entrar en la edad adulta y darse cuenta de lo insignificante que es: “Oh you ought to spare your face the razor / Because no one’s gonna spare their time for you. Es destacable la conexión de esta pieza con aquella “Campus” de su álbum debut, ya que podrían compartir protagonista (una persona durante su etapa universitaria y tras el salto al mundo ‘adulto’). Este tipo de conexiones son bastante frecuentes a lo largo de todo “Modern Vampires of the City”.

Sin embargo, esta cara más elegante de Vampire Weekend no significa que ya no suenen frescos ni divertidos. “Unbelievers” es posiblemente una de sus mejores canciones. A través del piano, la guitarra y una batería al galope Ezra cuestiona nuestra relación con el mundo en el que vivimos, el sentido de tener creencias religiosas y cómo pueden afectar a nuestras relaciones con los demás, manteniendo ese tono pesimista del tema anterior: “We know the fire awaits unbelievers / All of the sinners the same. Magistral la parte instrumental a la que se unen los vientos para otorgarle un toque de chamber-pop épico que también se mantiene muy presente en todo el disco. En “Step”, bajo numerosas referencias a una figura femenina, se esconde en realidad una reflexión bastante compleja sobre el vínculo de Ezra con la música que toma forma a partir de un piano y un órgano que devuelven ese aire clásico e íntimo tan especial gracias también a esos ecos angelicales.

Tiene la capacidad de conquistar desde la primera escucha gracias a las temáticas que trata, a las intrincadas letras (llenas de referencias históricas, literarias, culturales y religiosas en las que perderse durante horas), a la evolución y consolidación de lo que el grupo había hecho en sus dos discos anteriores, a su conexión con estos y a su manera de cerrar todo como una especie de trilogía. Pero, ante todo, gracias a su sonido.

Por su parte, “Diane Young” nos devuelve a los Vampire Weekend más urgentes a partir de lo que es una reinterpretación moderna del rockabilly con una batería y un saxofón muy saturados y Ezra mostrándonos esas modificaciones en la voz que aportan un toque absurdamente divertido. Porque “Diane Young” precisamente es eso, una composición francamente divertida que en realidad está hablándonos de la muerte, ya que el título es un juego de palabras con la frase “dying young”. Pero eso no quiere decir que la muerte deba tomarse literalmente, ya que aquí se expresa en mayor medida por ese sentimiento de urgencia, de tener una vida frenética y buscar nuevas emociones constantemente, tal y como se cuenta en la terriblemente simpática y pop “Don’t Lie”, cuyo último conflicto es, inevitablemente, el paso del tiempo (ese “I want to know, does it bother you? / The low click of a ticking clock con las manecillas de un reloj sonando de fondo es una genialidad). Muchas de las canciones de este disco están compuestas en tonalidades mayores y de hecho contienen melodías bastante alegres, pero contrastan con ese toque ambiguo y oscuro de las letras.

Probablemente “Hannah Hunt” es la mejor canción del LP. Un murmullo introduce la canción junto con una línea de bajo a la que pronto se une el piano, proporcionando un sonido muy retro que casi da la sensación de estar escuchando los instrumentos bajo el agua. Se trata de una pieza pausada que conecta directamente con “Run”, de su anterior disco, explicándonos el deterioro de aquella relación como si Ezra estuviera intentando encontrarle una explicación y asimilarlo hasta que llega ese break instrumental en manos del piano y Ezra se desgarra para ofrecernos el momento más emocionante y delicado del disco, donde acepta con resignación el fin de esa relación: “If I can’t trust you then damn it, Hannah / There’s no future, there’s no answer.

¿La comunión perfecta entre pop e indie?

Esa combinación de chamber-pop épico y minimalista y ese intento de conseguir un disco que captase la cercanía de las grabaciones antiguas sin ignorar los sonidos modernos con los que ya habían trabajado confluyeron en un conjunto de canciones que en su momento percibí como la evolución y definición perfectas del pop moderno.

En la segunda mitad tenemos un tramo de canciones que se mueven entre el minimalismo de “Everlasting Arms”, que continúa reflexionando sobre esa encrucijada con la religión y recuerda a aquella “I Stand Corrected” del primer álbum, los juegos de batería y piano con Ezra desenfrenado en “Finger Back” (como una “Walcott” llevada al extremo) y las melodías persas de los sintetizadores, el cuestionamiento de la existencia de Dios en un mundo lleno de violencia y el ritmo western trasladado a la urbe vampírica en “Worship You”. Los cambios de ritmo entre canción y canción dotan a este disco de un dinamismo que nunca sobrepasa al oyente gracias a una instrumental comedida y elegante que respeta esos espacios dentro de cada tema. Pero lo mejor de esta parte es cómo nos conduce hacia una “Ya Hey” que se rinde por completo a la épica minimalista que el cuarteto neoyorquino ha conseguido dominar con tanta maestría en este trabajo. “Ya Hey” es una canción tremendamente ambigua que juega con la dicotomía del Dios omnipresente en un mundo que ha dejado de creer en él y su reflejo en la humanidad, que es quien lo ha creado y a su vez ha causado este mundo lleno de conflictos y violencia. No en vano “Ya Hey” un juego de palabras con Yahveh, el Dios de las religiones judeocristianas. Y maravilloso también es ese juego entre la voz retocada de Ezra –nunca pensé que el efecto globo de helio pudiese quedar tan bien una canción– y su voz natural cantando por encima, además de los coros góspel al fondo.

Casi al final, “Hudson” refleja una América postapocalíptica que reflexiona sobre el colonialismo, el concepto de patria, la necesidad de poseer un territorio y sobre cómo esto ha tenido un resultado devastador en el mundo. Es la pieza más oscura de “Modern Vampires Of The City”, con una batería rota, un bajo y unas cuerdas que la acercan al dancehall y al industrial y unos coros que enfatizan ese escenario postapocalíptico. La canción que cierra el disco, “Young Lion”, se trata de un breve corte a piano repitiendo una frase que un desconocido le dijo a Ezra Koenig mientras caminaba por la calle: “You take your time, young lion. Aquí funciona como una especie de mantra y de punto final para nuestro protagonista, que ha entrado en la edad adulta sin ser capaz de encontrar ni su lugar en el mundo ni sentido a su vida.

Creo que “Modern Vampires Of The City” es uno de esos discos que me pillaron en el lugar adecuado y en el momento preciso. Sin ser un grupo que hasta entonces me hubiera encandilado en exceso, este trabajo me conquistó desde la primera escucha y creo que tiene herramientas de sobra para ello: las temáticas que trata, las intrincadas letras (llenas una vez más de referencias históricas, literarias, culturales y religiosas en las que perderse durante horas y en las que hay cabida para múltiples interpretaciones), la evolución y consolidación de lo que el grupo había hecho en sus dos discos anteriores, su conexión con estos y su manera de cerrar todo como una especie de trilogía. Pero, ante todo, su sonido. Esa combinación de chamber-pop épico y minimalista y ese intento de conseguir un disco que captase la cercanía de las grabaciones antiguas sin ignorar los sonidos modernos con los que ya habían trabajado confluyeron en un conjunto de canciones que en su momento percibí como la evolución y definición perfectas del pop moderno. Parece que al final el indie y el pop tomaron rutas bastante distintas y que han sido trabajos como “Currents” de Tame Impala los que han marcado el camino a seguir, pero, en un mundo sometido cada vez más a todo lo digital, “Modern Vampires of the City” es un álbum que no tuvo miedo de mostrarse como un trabajo sencillamente humano.

Vampire Weekend – Modern Vampires of the City

9.6

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“Modern Vampires of the City” es la guinda de un pastel cocinado con mucho mimo y paciencia. Vampire Weekend redefinieron su sonido en un trabajo que combina el minimalismo, la electrónica y el clasicismo de sus anteriores discos a través de un universo urbano dominado por la incertidumbre y un apocalipsis inminente. Uno de los mejores álbumes de la década.

Up

  • La culminación y consolidación definitiva del grupo.
  • Ni una sola mala canción, tanto si las coges en conjunto como por separado.
  • La mezcla de sonidos más ornamentales con otros más electrónicos.
  • Las letras y su conexión con los discos anteriores.
  • La amplitud del álbum, cómo llena los espacios sin sobrecargarlos y consigue envolver al oyente en su propio universo.