Actriz, modelo, activista, librepensadora y música polifacética, Janelle Monáe siempre ha destacado por aportar teatralidad y una compleja y elaborada escenificación a su discurso. De eso iba la obra magna “The ArchAndroid”, un disco arrollador para ser debut y en el que ya estaba prácticamente expuesta la sublimación artística a la que aspiraba su autora. Un álbum en el que Monáe ya introduce y desarrolla extensamente toda la imaginería que ha construido a lo largo de su carrera sobre una fantasía distópica postapocalíptica robótica y que por lo tanto daba la sensación de empezar la casa por el tejado.

Y en cierto modo lo hacía. “The ArchAndroid” narraba la plenitud (tras el ascenso de “Metropolis”, su EP debut de 2007) de Cindi Mayweather como robot mesiánico elegido para liberar a los suyos, a la minoría, desde su posición de súper estrella del pop y se glorificaba con esa estética de neobarroquismo imperial, como cruzando el lujo perplejo de El Gran Gatsby con Metrópolis de Fritz Lang (en la que está directamente inspirada toda la obra de Monáe) y con toda la ciencia ficción en general. Los suyos, los robots, esclavizados y maltratados por una sociedad secreta conocida como The Great Divide que maneja la historia a placer a través de viajes espaciotemporales, se convierten fuera del discurso artístico en un reflejo de las minorías étnicas (en general, de la comunidad afroamericana en particular), con lo que la de Atlanta dejaba entrar en su trabajo conceptos traídos del afrofuturismo y una, aunque alegórica, preocupación política. No extraña, de hecho, que la última emotion picture que ha estrenado para acompañar conceptualmente a “Dirty Computer” se emitiera en EEUU en salas de cine previa proyección de Black Panther, uno de los ejemplos contemporáneos más claros de afrofurismo.

Pero su segundo disco, “The Electric Lady”, en lugar de poner fin a la historia de Cindi buceaba en sus orígenes y en el camino de autoconocimiento (y por tanto autoreafirmación) que siguió hasta convertirse en la elegida, la estrella del entretenimiento que aparece en el primer videoclip de Monáe, “Many Moons”. Y ocupaba por tanto el espacio más sobrio que debería haber reclamado como hipotético primer disco, limando además algunos excesos conscientes de “The ArchAndroid”. Era más directo, incluso dentro de sus peculiaridades a la hora de mezclar géneros con inclemencia, desde el hip-hop al soul, al funk, al swing, al pop, al jazz, al R&B alternativo o al art-rock (un rasgo también estructural en la carrera de Janelle), y lo que reflejaba de verdad, tras haber dejado sentadas ya las bases de su distopía androide, era la rebeldía de Janelle Monáe. Su liberación y su paulatina toma de control.

Janelle Solo: una historia de Metrópolis

Es ahora, con “Dirty Computer”, cuando la rebeldía adquiere un tono más explícitamente reivindicativo, y lo hace siguiendo un poco la línea que abrió St. Vincent con “MASSEDUCTION” el año pasado, logrando firmar su disco más consciente y también el más eminentemente pop, más accesible a primera oída.

Es ahora, con “Dirty Computer”, cuando la rebeldía adquiere un tono más explícitamente reivindicativo, y lo hace siguiendo un poco la línea que abrió St. Vincent con “MASSEDUCTION” el año pasado, logrando firmar su disco más consciente y también el más eminentemente pop, más accesible a primera oída. Pero también separándose de la sobrecargada línea argumental de la historia de Metropolis, abandonando el alter ego de Cindi Mayweather y poniendo su propia carne en el asador. Al menos un poco, y desde luego más que en sus discos pretéritos, porque detrás de “Dirty Computer” también hay un concepto unificado en forma de distopía, un escenario metafórico en el que los diferentes son considerados ‘dirty computers’, máquinas estropeadas, máquinas sucias, y son desactivados, y esto lógicamente sirve para disfrazar muchas de las confesiones personales de Monáe. Un concepto que la propia Janelle se ha esforzado en clarificar a través de la ya comentada emotion picture de casi cincuenta minutos.

Fotografía: Promo

Janelle también se separa de la sobrecargada línea argumental de la historia de Metropolis, abandonando el alter ego de Cindi Mayweather y poniendo su propia carne en el asador. Al menos un poco, y desde luego más que en sus discos pretéritos, porque detrás de “Dirty Computer” también hay un concepto unificado en forma de distopía, un escenario metafórico en el que los diferentes son considerados ‘dirty computers’, máquinas estropeadas, máquinas sucias, y son desactivados, y esto lógicamente sirve para disfrazar muchas de las confesiones personales de Monáe.

Y que está de algún modo resumido en la canción que sigue inmediatamente a la introducción (un intrascendente pasaje con coros de Brian Wilson), la brillante y resultona “Crazy, Classic, Life”. Un número de pop con coda psicodélica sostenido por un sinte comunional y silbantes 808’s y levantado por una melodía ultrapegadiza que recuerda a Taylor Swift (no será la única vez que lo haga algún tema del disco, ahí está “PYNK”) que hace gala en su videoclip además de una fuerte estética urbana y rebelde. Un cóctel ecléctico de cyber punk, lujo oriental, glam y romanticismo, entre lo clásico, lo barroco, lo retro y lo futurista para hablar de esa dicotomía que expone en la frase “I’m not America’s nightmare / I’m the American dream, el pulso entre el sueño americano y la pesadilla que acarrea, la dominación, el apropiacionismo cultural, la imposición de un modelo único e innegociable de sociedad y de cultura a nivel global.

La misma línea sigue “Take A Byte”, haciendo “Jane’s Dream” las veces de outro psicodélico, y ya introduce otro de los temas que se desarrolla ampliamente en el disco, instigado por esos bajos no newtonianos, sexuales y funkies en los que ha participado Thundercat: la libertad sexual. Poquito antes de lanzar “Dirty Computer” Janelle Monáe se confesó pansexual en Rolling Stone, y precisamente una de las cosas que reivindica con más intensidad en el largo es el valor de lo lúbrico como fuente de liberación, asumiendo que uno de los principales métodos de represión de la libertad individual ha consistido en la imposición de tabúes, especialmente en el sexo, uno de los canales de alienación más importantes de la historia. De ahí viene un poco el propio título, “Dirty Computer”, en el que Janelle genera esa identificación con la que reprime la sociedad de la libertad absoluta con algo sucio, pecaminoso.

Episodio I: Reconocimiento y afirmación personal

Una de las cosas que Monáe reivindica con más intensidad en “Dirty Computer” es el valor de lo lúbrico como fuente de liberación, asumiendo que uno de los principales métodos de represión de la libertad individual ha consistido en la imposición de tabúes, especialmente en el sexo, como uno de los canales de alienación más importantes de la historia. De ahí viene un poco el propio título, “Dirty Computer”, en el que Janelle genera esa identificación con la que reprime la sociedad de la libertad absoluta con algo sucio.

A través del pecado llegamos a otro de los grandes temas: la religión. En la película incluso utiliza imágenes religiosas para poner de manifiesto la importancia que tiene en el asentamiento de esos prejuicios, de esa dicotomía entre lo puro y lo sucio. La reivindicación empieza, de hecho, por emplear sin tapujos lenguaje explícito en todos los temas, que tienen además títulos sugerentes como “I Got The Juice”, “Make Me Feel”, “I Like That”, “Don’t Judge Me” o “Take A Byte”, que por su parte hace un juego de palabras con un mordisco y un byte, la unidad mínima de información en lenguaje computacional.

La primera parte del álbum trata un poco de esa tensión entre ser desconectada y los recuerdos de vida a todo trapo, de no me importa. Ese “Let’s get screwed / I don’t care de “Screwed” que representa el nihilismo de la sociedad actual y que se completa con el interludio final del tema, en el que se concluye que todo en la vida es sexo excepto el sexo, que es poder, cuando el poder es sexo. La misma Monáe empieza a rapear en un claro alegato a la libertad sexual de la mujer que termina tocando de lado temas políticos del mundo en el que vivimos, Trump o Rusia incluidos. Ese rapeo que empieza en “Screwed” alcanza maximización en la que le sigue, “Django Jane”, demostrando además la gran coherencia narrativa del disco y desatando el monólogo de la vagina justo en su epicentro. Un tema en el que ella rapea con agresividad (y bastante flow) sobre un beat de trap una letra en la que se recrea en tópicos y típico autobombo del hip-hop y presume de sí misma. Pero que lucha también contra la dirección del mundo que ha creado su distopía (“For the culture I kamikaze), ese universo androide en el que poco a poco, a través del mitigado de los instintos y del borrado de los recuerdos, nos van domesticando y controlando. Y que representa el empoderamiento de la mujer negra en EEUU, con éxito, polifacética pero a la vez rebelde, ‘kamikaze’.

Episodio II: La vida tiene que ser celebrada

Una Janelle casi divinizada y convertida en una especie de icono sexual futurista y misterioso aparece en la carátula del disco, cubierto el rostro por esa máscara de inspiración persa que vuelve a guardar relación con los lujos orientales y con la construcción perfecta del ambiente del disco. Las canciones de “Dirty Computer”, entendemos, son memorias a las que este ‘imperio’ de turno está accediendo y que está borrando, de alguna manera los pecados de la sociedad y de la propia Monáe.

En el filme que acompaña al LP, tras “Django Djane” se produce la limpieza, la transformación, y si tomamos de referencia lo que la propia Janelle Monáe contaba a The New York Times (que “Dirty Computer” está proyectado en tres bloques: Reconocimiento, Celebración y Reconquista) podemos decir que arranca la segunda parte. La celebración. “PYNK” lo es, aparte de una de las mejores canciones del disco, con coros de Grimes de por medio y una guitarra, también de la canadiense, que consigue apagarse sutilísima, casi dreamy y a dos kilómetros en la mezcla durante la segunda estrofa y dar la tralla justa en el estribillo. Una celebración del ‘Pussy Power’ y una canción interesantísima en lo lírico por dibujar una alegoría que identifica el tópico del rosa y su relación con el mundo de lo femenino con la idea de que las partes más físicamente esenciales de la vida, de lo vital, vienen del color rosa (referencia a la vagina incluida). Todo empieza en el color rosa, en la carne, en las entrañas y en las vísceras. En el coño, si nos ponemos tan explícitos como Monáe empezando a tratar su sexualidad, poniendo imágenes claras a su ambigüedad.

No extraña por tanto que después suene “Make Me Feel”, el resultado de traer “Kiss” a 2018, a un club que parece sacado de San Junipero (el famoso episodio de la segunda juventud de Black Mirror que ha apadrinado Netflix) y que no por casualidad está iluminado con los colores de la bandera del colectivo bisexual, la escala de púrpuras y azules. Monáe ha contado que Prince trabajó en las ideas previas del disco antes de morir, que es suya la línea de sintetizador tan característica del tema, y qué interesante que decida conectar con la parte Prince de “Dirty Computer” a través de la ambigüedad sexual, precisamente uno de los valores fundamentales que el de Minneapolis siempre hizo suyo.

De hecho la propia Janelle liberada es la que aparece en el videoclip de “Make Me Feel”, la que también aparece en la portada del disco, una Janelle casi divinizada y convertida en una especie de icono sexual futurista y misterioso, cubierto el rostro por esa máscara de inspiración persa que vuelve a guardar relación con los lujos orientales y con la construcción perfecta del ambiente del disco. Las canciones de “Dirty Computer”, entendemos, son memorias a las que este ‘imperio’ de turno está accediendo y que está borrando, de alguna manera los pecados de la sociedad y de la propia Monáe.

Deja una reflexión interesante aquí en el trascurso del emotion picture (que tiene algo de Interstellar, además), y es que podemos renunciar a todo, que es posible que el ser humano esté preparado para darlo todo por perdido, para dejarse limpiar, pero que lo único que nos cuesta olvidar, lo único a lo que de verdad nos costaría renunciar, sería al amor.

Deja una interesante reflexión Monáe, y es que es posible que el ser humano esté preparado para darlo todo por perdido, para dejarse limpiar, pero que lo único que nos cuesta olvidar, lo único a lo que de verdad nos costaría renunciar, sería al amor.

I Like That”, después (me ahorro el excedente tropical que es la innecesaria colaboración con Pharrell Williams en I Got The Juice”), supone otra autoreafirmación por parte de Monáe (y uno de los grandes growers del trabajo) pero mucho más sutil y pop que la acometida en “Django Jane”, menos rabiosa y reivindicativa y más pasota, con esa actitud “I don’t give a fuck que se relaciona muy bien con el beat cansado y casi tropical de la canción, en la estela del “Lemonade” de Beyoncé. De hecho, al final, antes de una coda un poco más espacial, se da un baño en leche de burra, a lo Cleopatra (habéis visto Coachella, ¿verdad?), y se permite otro pequeño fraseo en el que repasa motivos como el bullying o el rechazo inicial en otra insuficiente reivindicación de Janelle como persona y como artista.

La idea en general de “Dirty Computer” también toma conceptos de The Handmaid’s Tale, especialmente en los temas del lavado de cerebro y la hermandad entre mujeres, o ese espacio de prisión mental conocido como ‘The Sunken Place’ extraído de una película tan importante para la narrativa afroamericana contemporánea como ha sido Déjame Salir y que también ha abordado recientemente Kanye, pero es necesario el visionado del minifilme para llegar a ellos y no quedan lo suficientemente evidenciados ni en las letras ni en la música.

Episodio III: Reconquistar la voz interior, proyectarla hacia la sociedad

Izar la bandera de Prince en 2018, dos años después de su muerte, puede ser una de las cosas más necesarias para el mundo tal y como lo conocemos, un mundo que se queda sin héroes y sin la capacidad de crear los suyos propios. Janelle se queda en el medio, demasiado enmascarada (en sus propios miedos o en la contemplación idealista y nostálgica del pasado) para ser heroína por sí misma, pero por lo menos lucha por cambiarlo.

La última parte del disco trata sobre el juicio y la exposición pública (“Don’t Judge Me”, una balada de neo R&B con recuerdo a la Solange más ordenada), y retoma los motivos religiosos en un interludio hablado de Stevie Wonder (“Stevie’s Dream”) en el que el mítico músico apela a la igualdad de las religiones del mundo, fundadas en definitiva en el amor como máxima religiosa universal. El discurso estalla en “So Afraid”, una progresión instrumental chorreante de epicidad y con algo de la teatralidad de Lady Gaga en la que Janelle Monáe expone sus miedos, al escarnio y al fracaso, a mostrarse ante el mundo tal y como es, pero que se abre a la esperanza en “Americans”, otra readaptación de un clásico de Prince (con, qué raro, gran parte de imaginería eclesial, ese góspel synth que es uno de los pilares fundamentales de “Purple Rain”) auspiciada por el propio genio de color púrpura, “Let’s Go Crazy”. Hay esperanza si todos juntos nos revelamos. Eso es “Americans”, la reconquista del control, de la voz, una llamada a la acción que sienta cátedra sobre el conjunto de “Dirty Computer” y que cierra todas las reivindicaciones idealistas con realismo, culminando todos los defectos de la sociedad que están tratados a lo largo del álbum: racismo, homofobia, represión sexual, imperio de la desinformación, locura colectiva o manipulación sociopolítica.

Izar la bandera de Prince en 2018, dos años después de su muerte, puede ser una de las cosas más necesarias para el mundo tal y como lo conocemos, un mundo que se queda sin héroes y sin la capacidad de crear los suyos propios. Janelle se queda en el medio, demasiado enmascarada (en sus propios miedos o en la contemplación idealista y nostálgica del pasado) para ser heroína por sí misma, pero por lo menos lucha por cambiarlo.

Janelle Monáe – Dirty Computer

8.2

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Janelle Monáe se aparta de la compleja narrativa de su ópera de ciencia ficción afrofuturista y de su personaje de Cindi Mayweather para ahondar un poco más en su propia personalidad, como mujer, negra, artista y pansexual, firmando su disco más personal, reivindicativo y eminentemente pop. Una pequeña suite en tres actos que narra desde los recuerdos el reconocimiento personal, la celebración de la libertad sexual y la proyección social de un modelo encaminado al amor como máxima.

Up

  • La narrativa interna del trabajo, claramente dividido en tres partes que representan el reconocimiento de Monáe como persona, mujer, artista y afroamericana de éxito en EEUU a través de un repaso virtual por sus recuerdos; la celebración de la vida, del conocimiento personal, el amor y la libertad sexual y la reconquista de la voz, de la consciencia.
  • Como trae a Prince, que trabajó en el disco antes de morir, precisamente cuando más se abre a temas relacionados con la libertad y la ambigüedad sexuales.
  • Los bajos de Thundercat en la primera parte y cómo se relacionan con la idea de libertad sexual.
  • La imaginería conseguidísima: sexo, religión, rebelión, pecado, represión, alienación… todo puesto al servicio de una reflexión que concluye que el amor es el fin último de todas las cosas.

Down

  • Muchas de las ideas no quedan lo suficientemente expuestas en el disco en sí, están desarrolladas visualmente en el emotion picture que lo acompaña. Puede estar bien porque demuestra la polivalencia de Monáe o por considerar valiente el hecho de que ambas piezas funcionen de forma inseparable y sean de obligado consumo para entender la historia al completo, pero es que tampoco da para tanto ni el disco ni el concepto, así que mejor que se hubiera quedado como simple complemento.
  • Canciones como “Don’t Judge Me”, la introducción, los dos interludios o “I Got The Juice” lastran quizá el resultado general de un trabajo que, además de ser el más directo de Monáe, es el más breve.
  • Janelle ha abandonado el personaje de Cindi Mayweather para ofrecer una versión más personal de sí misma y, aunque el intento es loable, termina volviéndose a esconder en una máscara robotizada de sí misma que no deja de ser un alter ego diferente, pero alter ego al fin y al cabo.