Escribir sobre “Una Semana en el Motor de un Autobús” es para mí uno de los retos más grandes a los que me he enfrentado como periodista musical. Primero porque toda la intrahistoria que merece ser contada de este disco está expuesta de manera maravillosa en el libro del mismo nombre que firma, con precisión, contexto y fuentes envidiables, Nando Cruz, así como en el recientemente publicado y totalmente recomendable “Cuatro millones de golpes”, donde el propio Eric Jiménez, batería del grupo, cuenta cómo vivió la grabación desde dentro.

Segundo, porque cuando descubrí este disco (y por ende redescubrí a unos Planetas de los que sólo había escuchado “Un Buen Día”) vi abrirse ante mí un universo sonoro por primera vez, y eso siempre es complicado de contar por escrito. Esto hizo replantearme mi vida, como cuando descubrí que me gustaba el fútbol con once años o el brócoli con treinta. En ese periodo que tardé en escuchar el disco, reescucharlo y enamorarme de él y de la banda que lo había creado, realicé un viaje sonoro que me conectó de nuevo con mi Granada natal y con los grandes grupos que habían brotado a la sombra de ese árbol plantado por Jota y compañía, que a su vez habían brotado a la sombra del árbol de otros como 091 o KGB en los albores de los ochenta.

¿El mejor disco de pop en español?

El éxito de Los Planetas reside precisamente en que no siguieron la senda de lo que se estaba haciendo en ese momento en España.

Sin embargo, el éxito de Los Planetas reside precisamente en que no siguieron la senda de lo que se estaba haciendo en ese momento en España. Ellos tenían influencias extranjeras de grupos de shoegaze y noise como Mercury Rev, The Jesus and Mary Chain o Ultra Vivid Scene. Por eso, al hacer algo de pop clásico cortado con ruido alternativo, se consideran normalmente por público y crítica como la primera banda indie en España. Por eso golpearon primero y por eso golpearon dos veces.

Fotografía: Archivo
Fotografía: Archivo

“Una Semana en el Motor de un Autobús”: una resaca química que demuestra que es necesario tocar fondo para subir al espacio

Las canciones iban preparadas desde casa en su mayoría, aunque faltaba darles el toque final, lo cual parece que no se le dio nada mal al bueno de Kurt Ralske en sus estudios de Nueva York, más experimentado en eso del shoegaze y la música ruidosa que en España sólo acabábamos de empezar a descubrir. Una de las ventajas de conocer el ruido es que sabes en qué lugar tiene que ir cada uno de los elementos para que todo esté en su sitio sin que la saturación de las guitarras tape por completo al resto de la banda.

Pero hablemos de música. Tal y como Bob Dylan decidió comenzar el mejor tema de la historia del rock –y ese disco– con un golpe de batería que es “como una patada que abre la puerta de tu mente” (tal y como dijo –según cuenta la leyenda– Bruce Springsteen). De la misma forma que Dinosaur Jr. descorcha la primera canción de su potentísimo “Whithout a Sound. Así llama Eric a las puertas del infierno con un redoble de batería que inaugura “Segundo Premio” y, de paso, el mejor disco de pop español de la historia. Ya está, ya lo he dicho y podemos seguir con la crítica. No sabemos si es un titán el que está tratando de sacar la baqueta por el otro lado de la caja, pero ese imparable ritmo nos acompañará toda la canción como una base sólida sobre la que se edifica un muro de sonido inquebrantable. Lleno de capas y texturas. Como unos violines percusivos que nadie sabe qué demonios pintan ahí, en un tema de shoegaze ruidoso y caótico, pero sin los que no se puede concebir esta obra maestra. Según cuenta Eric, en esa época rompía entre siete u ocho baquetas por concierto (y se nota). Tampoco se puede imaginar esta pieza sin las guitarras hipersaturadas que acompañan la estrofa casi como palmeros por sevillanas en un compás flamenco. La melodía va creciendo con cada desgarradora frase de Jota, que va contando cómo se ha hartado de las jugarretas de Florent. A pesar de que pueda parecer una canción de desamor es más bien un canto contra la amistad pisoteada por el abuso de las drogas. Un abuso que casi les cuesta el disco de sus vidas, la continuidad del grupo –recordemos que tras “Pop” (1996) se marcharon el batería Raúl Santos y la carismática bajista May Oliver– y, por lo tanto, la mayoría de su carrera.

Pero volvamos a 1997. Los Planetas habían jugado en casa con Kurt Ralske, productor que ellos mismos habían sugerido para “Pop” en una lista a la discográfica junto con varios que ni siquiera respondieron a la llamada, como Mitch Easter (R.E.M., Pavement), Ian Broudie (Big in Japan, The Lightning Seeds) y Brad Wood, que estaba grabando con los Smashing Pumpkins. El por entonces miembro de Ultra Vivid Scene, al que le gustaba el trabajo de la banda, aceptó el encargo, pero dijo que para el siguiente ya si eso se iban a su estudio. Así que allí tenemos a cuatro jóvenes de Granada viajando a Nueva York a finales de diciembre para grabar en Zabriskie Point, el estudio de este peculiar productor. Las canciones iban preparadas desde casa en su mayoría, aunque faltaba darles el toque final, lo cual parece que no se le dio nada mal al bueno de Ralske, más experimentado en eso del shoegaze y la música ruidosa que en España sólo acabábamos de empezar a descubrir. Una de las ventajas de conocer el ruido es que sabes en qué lugar tiene que ir cada uno de los elementos para que todo esté en su sitio sin que la saturación de las guitarras tape por completo al resto de la banda. Por eso la voz de Jota se entiende en este disco por primera –y casi única– vez a pesar de estar más o menos al mismo volumen que el resto de instrumentos. Hay dos maneras de mezclar la voz: como el instrumento principal o como uno más. Este segundo camino es el que se eligió para este disco. Es algo que entendió bastante bien Ralske y que abriría un sendero que la banda empezaría a recorrer con los años, aunque siempre defendieran que “la voz se escucharía cuando tuvieran algo interesante que decir”. Palabra de Jota.

Un disco brutal en todos los sentidos, de subidas y bajadas, con letras que no necesitan de una complejidad lírica para llegar a calar hondo. Con música que abusa del ruido y la distorsión pero que sigue siendo accesible y pop. Y con un concepto que trasciende los años y las personas porque es a la vez personal y universal.

Como si no hubieran firmado ya algunos himnos para adolescentes problemáticos en “Super 8” (“Jesús”, “Rey Sombra”, “Desorden”) o en “Pop” (“DB”, “Himno generacional Nº 83”). Todo con un importante respaldo de la crítica, por lo underground o independiente de su música, y también de la discográfica, con la que estuvieron siempre peleados pero a la que no se puede negar que les diera todos los caprichos. Aun así, a veces había que contentarlos y vaya si lo hicieron con “Desaparecer” y sobre todo con “La Playa”. La primera es el contrapunto perfecto y taciturno a la inmensidad del primer tema del álbum y vuelve sobre la idea de amor-odio que se traía Jota con su guitarrista y amigo Florent. Fundadores de la banda y almas gemelas creativas que a punto estuvieron de disolver el grupo. Pero de una gran catarsis emocional –y química– también se pueden sacar buenas conclusiones y, sobre todo, buenas canciones. Y es justo lo que hacen en el segundo corte, donde también reflexionan sobre las mentiras y los navajazos entre hermanos. En la tercera pista de “Una Semana en el Motor de un Autobús” nos acercan a su particular visión de un single radiable que les pedía Sony. Melodías más accesibles, letra sobre desamor y celos… lugares comunes más vendibles (o eso pensaban en la major) y una canción perfecta para meterla en la radio durante el verano que iba a llegar próximamente. Pero no sería este el primer single (¡faltaría más!) ni tampoco la canción con la que presentarían su nuevo trabajo. Había mucha más enjundia en este tercer largo de la banda granadina y ellos lo sabían.

Como en “Parte de Lo Que Me Debes”, otra brillante canción que va de lo diminuto a lo gigante, tal y como les gusta a los granadinos. El final, con una guitarra melancólica y emocionante de Florent, deja patente que el grupo está a mil jodidas millas de separarse o de dejarlo. La conexión es total. También en “Un Mundo de Gente Incompleta”, donde vuelven a invitarnos a transitar un camino de autoconocimiento, de miedo al fracaso, y también a mostrar lo que realmente somos –ellos como músicos y nosotros como oyentes– en lo que cada uno se pueda identificar. En lo musical podría ser la segunda parte de la anterior composición, con una potente base rítmica y una guitarra que estalla al final, pero en la parcela lírica van dejando entrever la mecánica de este disco. Un viaje en el que hay que soltar lastre entre el “Segundo Premio”, el más duro de recibir, el de consolación, hasta llegar a “La Copa de Europa”, el mayor de los triunfos en el mundo del fútbol, al que Jota es tan aficionado.

Un viaje en el que hay que soltar lastre entre el “Segundo Premio”, el más duro de recibir, el de consolación, hasta llegar a “La Copa de Europa”, el mayor de los triunfos en el mundo del fútbol, al que Jota es tan aficionado.

Pero este trabajo no sólo habla de éxito y fracaso, de amor y odio, también tiene sus piezas de crítica social. En “Ciencia Ficción” se hace un pequeño break de llamada a la acción. En ésta, que originariamente se tituló “Día internacional del Orgullo Gay”, se habla de rebelión, de derrocar al sistema porque somos más. Finalmente y para evitar confusiones (ya que la canción no habla explícitamente del movimiento homosexual, pero sí de rebelión) decidieron cambiarle el título para evocar esa utopía, ese mundo de ciencia ficción que nunca será posible sin una gran revolución. Esa gran revolución podría ser la del movimiento ‘indie’ (o mejor dicho alternativo) que ya empezaba a despuntar en España. ¿Un mundo dominado por indies? Esa podría ser la idea aunque Jota siga con sus inseguridades en “Montañas de Basura”, donde sigue rondándole la cabeza la idea de que todo el esfuerzo que está depositando en su banda y en el nuevo disco no sea suficiente. Pero, como todos los viajes, este disco también tiene su momento de desconexión y desfase: “Cumpleaños Total” es una oda al hedonismo de juventud y a algunas peligrosas y estimulantes aficiones que en esta ocasión aparecen más explícitas que nunca. La fiesta del cumpleaños de Jota es una de las canciones más celebradas de este álbum y uno de los temas más conocidos de la banda.

Y justo después del subidón llega el momento más perfecto de “Una Semana en el Motor de un Autobús”: “Toxicosmos“. Pocas veces Los Planetas han alcanzado tan bien ese estado de creatividad extrema, de letra tan perfecta y de melodía tan sobresaliente. La voz de Jota se entiende sílaba a sílaba, va susurrando mientras evoca las maravillas de un viaje psicodélico como nadie antes lo ha contado en nuestro idioma. El bajo de Kieran y la batería de Eric aguantan el pulso lento y absorbente de una pieza que termina por reventar en un puente ruidoso y explosivo. Pero en la dinámica está la magia de esta canción, que vuelve a lo más bajo para empezar a crecer de nuevo, recreando oleadas de sonido que transmiten a la perfección las de un viaje, también en el estribillo, donde “estallan los sentidos, en colores aun por inventar”. Los paisajes oníricos siguen sucediéndose hasta volver a estallar en una supernova de noise-pop que desemboca, con pasos certeros, como de una resaca, en el siguiente punto de esta historia de excesos: “Línea 1”. Este tema, que en la maqueta suena eléctrico, terminó siendo una sublime balada folk con deliciosos arreglos de cuerda. La letra vuelve a hacer referencia a los excesos y, de hecho, el título proviene de la línea de autobús con la que se llegaba a la zona marginal de Granada, donde se va a “pillar un poco más”. Hay sitio hasta para un piano sobre la mitad, terminando de redondear otra de sus mejores canciones que quizá por falta de ruido casi nunca tocan en directo. Pero esta claro: el viaje ha terminado y nadie puede aguantar un cumpleaños total y flotar en el toxicosmos –palabra acuñada por Kieran, bajista guiri que tocó con ellos en este disco y la respectiva gira– demasiado tiempo.

Los Planetas alcanzan su madurez y el cénit de sus composiciones en el mejor escenario posible y con un productor entregado. Un trabajo que por su influencia posterior y por las influencias que incorpora se erige como uno de los más importantes de la década de los noventa en España.

La redención está a punto de llegar y con ella el final de este viaje conceptual por los miedos y las aficiones peligrosas de la banda. “La Copa de Europa” supone un épico cierre de casi diez minutos en el que vuelven a crecer desde lo diminuto hasta lo planetario, pasando por ritmos más lentos que se aceleran al máximo dentro de una supernova eléctrica y ruidosa con una letra introspectiva llena de resignación, pero también de optimismo: “Por lo menos tendré la certeza, de que existo, de que puedo decidir, de que elijo por mí, sólo por mí”. Nuevamente los violines, de los que Jota tiene bastante culpa (armónicamente hablando), acompañan durante toda la composición, cerrando así el círculo de los rabiosos chillidos de “Segundo Premio”, de la medalla que nadie quiere recibir, a la épica y la amplitud de “La Copa de Europa”. El final de un viaje autodestructivo y liberador que a veces hay que vivir: tocar fondo para subir con más fuerza.

Al volver de Nueva York a Granada, un amigo de Jota al que acaban de detectar epilepsia le cuenta que ha estado “una semana en el motor de un autobús” y el cantante no duda que eso debe parecerse bastante a lo que ha vivido en los últimos meses durante la creación de este su tercer álbum de estudio. Y precisamente eso es “Una Semana en el Motor de un Autobús”: Un disco brutal en todos los sentidos, de subidas y bajadas, con letras que no necesitan de una complejidad lírica para llegar a calar hondo. Con música que abusa del ruido y la distorsión pero que sigue siendo accesible y pop. Y con un concepto que trasciende los años y las personas porque es a la vez personal y universal. Los Planetas alcanzan su madurez y el cénit de sus composiciones en el mejor escenario posible y con un productor entregado. El disco que siempre soñaron hacer ahora les quemaba en las manos. Un trabajo que debido a su influencia posterior y por las referencias que incorpora se erige como uno de los más importantes de la década de los noventa en España.

Los Planetas – Una Semana en el Motor de un Autobús

9.8

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Los Planetas culminan su ascenso hacia el hiperespacio del ‘indie’ con “Una Semana en el Motor de un Autobús”, su tercer álbum en el que vuelcan todo lo bueno que tienen musicalmente dentro, sus viscerales letras sobre adicciones y miedo al éxito y lo mejoran con la incorporación de Eric a la batería. Sin duda, uno de los discos en español más influyentes de la década de los noventa.

Up

  • Los Planetas en estado puro: canciones potentes, joyas pop con mensaje y mesiánicas óperas rock al consumo de estupefacientes y psicodélicos.
  • Jota alcanza el culmen de su creatividad y firma doce canciones casi perfectas.
  • La legendaria pegada de Eric, que destroza la batería en cada canción, sobre todo en la enérgica “Segundo Premio”.
  • Las perfectas obras de pop épico: “La Copa de Europa” y “Toxicosmos”: la mejor canción sobre un viaje que se haya hecho nunca en nuestro idioma.
  • La llamada a la acción ‘indie’ de “Ciencia Ficción”.
  • La carátula. Un icono gráfico de los noventa que perdura veinte años después y sigue siendo un referente de diseño. Obra del genial Javier Aramburu.