Asomado a un cuenco con agua e influenciado por dios sabe qué sustancias, Nostradamus previó ya que “de lo más profundo del Occidente de Europa, de gente pobre un niño nacerá, que por su lengua seducirá a las masas”. Aunque ese señor era francés y por lo tanto no tenía mucha idea de nada, lo cierto es que uno no puede negar lo cerca que estuvo de averiguar el nombre de este líder que aparece en sus escritos como ‘Hister’. No nos confundamos. Durante años se ha creído, de manera precipitada, que con este nombre Nostradamus hacía referencia a Hitler. Sin embargo, estudios recientes aseguran que esta suposición tiene poca base científica y es por esto que los académicos han empezado a contemplar otras posibilidades, entre ellas la de que Nostradamus se estuviera refiriendo más bien a los hipsters. Esta raza social que en sus inicios se contemplaba con ternura e incluso cierta simpatía se ha convertido hoy en una sombra que abarca todo, desde los pasillos de H&M hasta los supermercados veganos, pasando por supuesto por esos cientos de festivales que proliferan en el país como setas venenosas, intercambiándose entre sí grupos que son más bien cromos de beisbol para atraer a los mismos barbudos treintañeros con camisas floridas que recorren las explanadas festivaleras con gafas de sol y vasos de cubalitro.

‘Lo hipster’ se ha convertido en una etiqueta comercial sin sentido alguno más allá de lo estético, una sección de El Corte Inglés entre las de ‘joven’ y ‘caballero’ que, como un agujero negro, atrae hacia su centro gravitatorio cientos de satélites que se someten sin rechistar a su influencia. Uno de estos satélites es el ‘indi’e, otra de esas etiquetas comercializables que, de significar tantas cosas, se ha quedado en no ser nada más allá de un nicho comercial en el que encasillar a adolescentes y no tan adolescentes deseosos de ponerse una corona de flores o una camisa estampada y colgar una foto en Instagram con un título sugestivo rollo: “Sólo quedará sin probar un sentido: el del ridículo por sentirnos libres y vivos”. Considerando el panorama, no es de extrañar que algunos de los grandes del indie español –Love of Lesbian, Vetusta Morla, Lori Meyers o Izal– se hayan convertido en poco más que repositorios de “mensajes coelhistas”, como lo definía con agudeza el gran Mané López hace poco. Son grupos marcados por la ruta del festivaleo y la cultura del profundismo tumblerero, moldeados por un mercado muy concreto en el que el riesgo y la originalidad brillan por su ausencia. ¿Para qué vamos a cambiar si sabemos que esto lo peta en el Arenal Sound?

Introspección y sinceridad en el ¿nuevo? disco de Izal

Grupos como Izal son difícilmente criticables en sí. No hacen nada fundamentalmente mal, lo que quizás sea peor, porque cuando uno no hace las cosas ni bien ni mal se vuelve mediocre de la misma manera que cuando uno tiene cuatro discos que suenan igual, por mucho que se esfuerce en maquillarlo con el violín de Ara Malikian o con la flauta del flautista de Hamelín.

Establecería, no obstante, una diferencia crucial entre Izal y el resto de los mencionados. Pese a que forman parte desde hace tiempo del juego de las multis y el sonido radiofónico, lo cierto es que a grupos como Lori Meyers o Love of Lesbian hay que reconocerles el honor de haber sido a su modo pioneros de un sonido renovador que abrió hasta cierto punto un sendero comercial escarbado antes por grupos como Los Planetas, pero nunca en tanta profundidad y con tanto arraigo. Es por eso que, cuando uno escucha ahora los desvaríos poperos de sus nuevos trabajos lo hace con cierto respeto, sabiendo de dónde vienen y mordiéndonos la lengua por ello. El problema con Izal es que, apoyándose de un modo dolorosamente obvio en los arquetipos del ‘indie’ español (que a su vez se apoya en los arquetipos de Kings of Leon, The Killers y demás viejas glorias), no consigue más que regurgitar la misma papilla que nos llevan sirviendo en cantidades industriales desde que el género es género.

Fotografía: Jesús Romero de Luque

“Autoterapia”: música de fondo, cabeza de cartel

Es de alegrarse que haya público suficiente para llenar estadios y premiar el esfuerzo de grupos que, como Izal, se lo han currado para llegar a donde están. Pero de ahí a considerar que ‘indie’ es sinónimo de calidad, o que por tener barba y escuchar a Bowie uno es fundamentalmente diferente de lo que otro día fueron los triunfitos, va un paso.

Probando esto, Autoterapiaarranca con el tema homónimo: “Prueba de estilo, autoterapia, vómito tranquilo interminable” (lo dice Mikel, no yo). En este tributo descarado a Vetusta Morla, la batería frenética prepara al público para una escalada intensita a la cumbre del olimpo izalesco, convenciendo a medias por ser el primero de muchos clones cortados por el mismo patrón: tensión a tope — estribillo — outro con desarrollo épico — final sudoroso. No es de las peores, sin duda, quizás por ser la primera. Pese a que en todas se nota cierta pretensión de querer reventar estadios rebosantes de hormonas, hay algunas en las que el plumero se ve de un modo demasiado descarado, lo que las hace directamente insoportables. Es este el caso de la empalagosa Ruido Blanco, con su estribillo extraído del manual de “Canciones festivaleras para dummies”: “Somos rachas de viento eléctrico” También lo podemos ver en Temas Amables, un tema amable hasta el hastío que se lleva la palma en eso de tener frases inconexas y que lleva uno de los estribillos más insufribles del disco, remachado por un falsete muy a lo Lori Meyers; o incluso en Bill Murray, cuyo final a lo Leiva resulta molestamente coreable.

Lo de la obviedad de sus influencias es un tema recurrente y, por lo tanto, manido. Sin embargo, es inevitable mencionarlo de la misma manera que es inevitable acordarse de todos los ya mencionados. La presencia de Vetusta Morla es especialmente fuerte al principio, pero también en el interludio Pausao en el terremoto impostado de El Temblor, donde los temblores de la voz de Mikel son, sin lugar a dudas, una pretendida copia exacta de la inconfundible voz de Pucho de Vetusta. Lo mismo ocurre con Lori Meyers, que viven entre el pulso acelerado de La Increíble Historia del Hombre Que Podía Volar Pero No Sabía Cómo como un espíritu atrapado en el cuerpo de una canción de título pretencioso y desarrollo perezoso, como si ni siquiera el propio grupo pudiera llegados a ese punto tomarse en serio su propia épica de corchopan. Mejor esto, claro, que cuando los de Mikel se van por los palos latinos y adquieren un tufillo a Juanes que echa para atrás, puntuado todo por un molesto coro chillón que se repite como una urraca con gripe en Santa Paz. “Autoterapia” se convierte así en un pastiche de versiones mal disimuladas que gustan (o no) no tanto por lo que son sino por lo que evocan, presente siempre entre las estructuras arquetípicas y las guitarras multiorgásmicas de Izal.

Por muy indies que nos pongamos, los de Mikel no dejan de ser un producto con fecha de caducidad; una broma manida que hace tiempo dejó de hacer gracia. En definitiva, se hunden Izal en su propio fango con este nuevo álbum que ahonda en el estereotipo y ahoga sus exprimidas influencias.

Decía hace poco Fernando Navarro que Izal vienen de otro territorio bien distinto al de Operación Triunfo, estableciendo una especie de división rígida entre el público que llena los conciertos de Izal y el público de OT. El problema es que, si uno hace las cuentas, llegará a la conclusión de que el mercado patrio no es tan grande para tener en simultaneidad dos fenómenos de masas de estas características sin que lleguen a tocarse. Es más, basta con echar un vistazo rápido a Twitter para percatarse de que el estereotipo de fan de Izal no anda tan lejos del de espectador del OT de cara lavada que veíamos cautivar a media España hace unos meses. Es así porque ambos responden a un mismo patrón: el pop casposo de toda la vida, el de los Cuarenta Latino, se ha adaptado a los tiempos, metamorfoseando en una mariposa millennial que ciega los juicios con su purpurina y sus neones ultravioleta. Por supuesto es de felicitarse que hablemos de grupos que componen, graban y tocan sus propios temas. Por supuesto es de alegrarse que haya público suficiente para llenar estadios y premiar el esfuerzo de grupos que, como Izal, se lo han currado para llegar a donde están. Pero de ahí a considerar que ‘indie’ es sinónimo de calidad, o que por tener barba y escuchar a Bowie uno es fundamentalmente diferente de lo que otro día fueron los triunfitos, va un paso.

Afirmaciones polémicas aparte, clarificaré que grupos como Izal son difícilmente criticables en sí. No hacen nada fundamentalmente mal, lo que quizás sea peor, porque cuando uno no hace las cosas ni bien ni mal se vuelve mediocre de la misma manera que cuando uno tiene cuatro discos que suenan igual, por mucho que se esfuerce en maquillarlo con el violín de Ara Malikian o con la flauta del flautista de Hamelín. Están bien para un rato, claro. Son disfrutables en dosis como Canción para Nadieo el final Variables, que huye del estereotipo de las demás canciones y place por su simpleza. Ahora sí, es a partir de la tercera o la cuarta ración cuando uno empieza a darse cuenta de que por muy indies que nos pongamos, los de Mikel no dejan de ser un producto con fecha de caducidad; una broma manida que hace tiempo dejó de hacer gracia. En definitiva, se hunden Izal en su propio fango con este nuevo álbum que ahonda en el estereotipo y ahoga sus exprimidas influencias. Supongo que sólo queda decir: nos vemos en los festivales.

Izal – Autoterapia

4.3

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Izal vuelven con “Autoterapia”, un álbum que se anuncia como un gran cambio respecto a sus predecesores y se prueba como una mera repetición de la fórmula del éxito que los ha traído hasta aquí y que, al parecer, seguirán exprimiendo hasta que no quede ni una gota de ese elixir musical el cual, reciclando los desechos de un género rancio, consigue llenar estadios y explanadas de festival.

Up

  • Producción previsible pero agradable.
  • Arreglos de Ara Malikian que se agradecen en contraste a sus flirteos con el sonido electrónico.

Down

  • Disco árido, repetitivo y sin alma.
  • Frases que intentan arrancar exclamación y sólo provocan bostezos.
  • Influencias dolorosamente obvias en el peor de los sentidos.