Creo que no pillo a nadie por sorpresa si digo que The White Stripes son –posiblemente– lo mejor y –sin duda alguna– lo más excitante que le ha pasado al rock en el siglo XXI. Quizá a alguno de vosotros os pase como a mí, que ya estoy cansado de reivindicar el rock en este nuevo siglo y de tratar de buscar con lupa a esa ‘última gran estrella’ antes de firmar el certificado de defunción de este estilo. En primer lugar, porque el tiempo me ha ido dando una apertura de miras (también en lo musical) que me permiten evitar la necesidad de hacer apología de ningún género; en segundo lugar, porque llegados a este punto el concepto de ‘rock’ me parece tan vago que, si de verdad necesito acudir a las etiquetas, esas cuatro letras se me quedan cortas; pero, sobre todo, porque si cuando hablamos de rock queremos referirnos a gente que hace música con guitarra, percusión y otros aditivos lo cierto es que a día de hoy no dejan de salir grupos que con mayor o menor talento y éxito desarrollan una carrera musical que encaja perfectamente en ese u otro acuerdo de mínimos al que podríamos acudir para definir qué es el rock.

Desde el nacimiento del rock and roll cada diez o doce años hay un soplo de aire fresco y una nueva inyección de lo que se podría llamar “actitud punk”, o algo así. Algo salvaje. Y entonces el panorama se vuelve loco y más loco durante unos cuantos años, y luego se tranquiliza. Entonces tienes que esperar a que llegue la próxima ola y hacer que la gente realmente se emocione y grite sobre eso otra vez.

Jack White sabe bien de lo que habla, y es que la suya fue una revolución que apareció de la nada (tanto que la Rolling Stone despachó su debut con una nota más bien tibia a pesar de colocarlo diez años después como uno de los mejores discos de la década) y tuvo una repercusión indiscutible en términos artísticos, mediáticos y estéticos. Más de quince años después de que el garage, el punk-blues y los duetos batería-guitarra se volvieran a poner de moda, el diagnóstico de Jack White es claro: “El rock necesita sangre nueva”. ¿Pero será él capaz de protagonizar dos revoluciones? Las notas de prensa, las entrevistas e incluso unos adelantos bastante heterogéneos parecían querer responder afirmativamente a esta última pregunta. De alguna manera, el mensaje de fondo era algo así como: Jack White tiene talento de sobra para que os volváis a caer de culo y eso es justo lo que va a conseguir con “Boarding House Reach”. Con la primera parte de este titular inventado estoy bastante de acuerdo, pero me temo que no puedo decir lo mismo de la segunda.

Revolución o barbarie, ¿acaso hay diferencia?

Están muy bien todas esas ganas de pegarle un revolcón al rock and roll, pero uno acude a una canción de Jack White a disfrutar, a sudar, a hacer air-guitar y berrear el estribillo (susurrarlo si se pone tierno), a dejarse atrapar por la música y venirse arriba, aunque sólo esté machacando tus oídos con un una escala pentatónica.

Además de talentoso, Jack White se ha forjado una más que merecida fama de currante dentro del panorama mainstream. El norteamericano nos ha acostumbrado a no dejar de verle aportando su creatividad a multitud de proyectos que van desde la formación de bandas como The Dead Weather o The Raconteurs, la fundación y desarrollo de su mítica Third Man Records, además de su desempeño en las labores de producción para artistas tan dispares como Loretta Lynn, Beyoncé y A Tribe Called Quest. Todas esas aventuras, unidas a un poco disimulado amor por la música tradicional norteamericana han acabado configurando una personalidad musical arrolladora, capaz de encarnar el perfecto matrimonio entre lo añejo y lo actual, siempre desde una pose alejada de lo intelectual, sino carburando a base de pasión, energía y una enorme facilidad para encontrar la melodía perfecta. En este sentido hay que entender que si Jack White ha abierto caminos no ha sido a base de inventar nada, más bien por recopilar, tratar y mezclar con respeto y criterio propio varias de las cosas que más gustan al oyente medio de música-de-guitarras. En otras palabras, Jack White no es Frank Zappa, pero, al menos que yo sepa, éste último nunca puso a votar y corear a miles a ultras un riff de guitarra.

Por eso, cuando advertí la ambición desbordante con la que se vendía el sonido de “Boarding House Reach” tuve que tragar saliva. Están muy bien todas esas ganas de pegarle un revolcón al rock and roll, pero uno acude a una canción de Jack White a disfrutar, a sudar, a hacer air-guitar y berrear el estribillo (susurrarlo si se pone tierno), a dejarse atrapar por la música y venirse arriba, aunque sólo esté machacando tus oídos con un una escala pentatónica. Ha sido partiendo de premisas sencillas como White ha parido algunos temas que merecen ser calificados de imprescindibles.

Fotografía: David James Swanson

“Boarding House Reach”: un collage a partir de diferentes elementos sonoros que pocas veces termina de cuajar

Es hasta frustrante ver cómo Jack White se saca de la chistera hasta cinco bocetos de grandes canciones en cuatro minutos sin terminar de desarrollar ninguna. De alguna manera es como si se hubiera producido una inversión en la forma de plantearse los temas. Ahora el ‘relleno’, lo que suele añadir algo de cohesión y empaque al conjunto, algún detalle curioso, un arreglo característico, se ha convertido en lo principal de cada canción, mientras que las melodías, las buenas ideas y todo lo que normalmente actúa de leitmotiv no son más que meros puntos de apoyo.

El disco arranca por todo lo alto con “Connected by Love”, una estupenda fusión de texturas electrónicas y góspel que se mueve entre unas sentidas estrofas y un estribillo luminoso y cautivador. “Why Walk a Dog?”, notablemente menos inspirada pero igualmente atractiva, utiliza ingredientes parecidos en una receta algo más sensual y sombría. Se trata de dos de las pocas canciones de verdad (en el sentido de repetir la estructura convencional de estrofas y estribillo) de todo el álbum, que no tardará en perderse en un escabroso collage sonoro que acabará resultando asombroso e incordiante a partes iguales.

¿Quién está conmigo?”, exclama el norteamericano al arrancar “Corporation”. Yo, Jack, yo siempre he estado contigo y no voy a decir que me disguste cómo combinas ese beat hip-hop con tus gritos de locura, o esa manera en que un órgano funk a lo Stevie Wonder se funde con una escala descendente de guitarra marca de la casa, por no hablar de la percusión africana… Precisamente por todas esas cosas “Corporation” o el experimento de los-Doors-con-anfetas que se marca en “Everything You’ve Ever Learned” deberían haber sido dos temazos, pero al final resulta inevitable la sensación de batiburrillo y de ausencia de una dirección clara. En “Hypermisophoniac”, menos mal, se centra en componer un canción y el resultado es igual de sugerente pero infinitamente más disfrutable. No hace falta renunciar al piano atonal, los ruiditos, los robots y demás bizarradas para traernos una canción consistente de principio a fin.

Al final, en lugar de una gran revolución a base de la fusión de elementos sonoros dispares lo que tenemos es a un Jack White oscilando entre acertadas ocurrencias melódicas, atorándose entre ellas y dejando tras de sí un rompecabezas desdibujado que casi siempre resulta difícil de digerir, y es normal que sea así, porque gran parte de los platos del menú están casi crudos.

Pero volvemos a las andadas con “Ice Station Zebra”, su flamante nuevo single, esta vez pivotando entre el hip-hop y el jazz. Dejando de lado que White no es el mejor rapero que hay ahí fuera, la verdad es que todos esos fragmentos de menos de medio minuto resultan ciertamente brillantes e inspirados, ahora sólo falta que construya una canción verdad con ellos. Es hasta frustrante ver cómo Jack White se saca de la chistera hasta cinco bocetos de grandes canciones en cuatro minutos sin terminar de desarrollar ninguna. Podría algo parecido de “Respect Commander”, con la que no dudo que White haya disfrutado en el estudio durante su grabación, pero al final esto está hecho para ser escuchado, ¿no? De alguna manera es como si se hubiera producido una inversión en la forma de plantearse los temas. Ahora el ‘relleno’, lo que suele añadir algo de cohesión y empaque al conjunto, algún detalle curioso, un arreglo característico, se ha convertido en lo principal de cada canción, mientras que las melodías, las buenas ideas y todo lo que normalmente actúa de leitmotiv no son más que meros puntos de apoyo. Al final, en lugar de una gran revolución a base de la fusión de elementos sonoros dispares lo que tenemos es a un Jack White oscilando entre acertadas ocurrencias melódicas, atorándose entre ellas y dejando tras de sí un rompecabezas desdibujado que casi siempre resulta difícil de digerir, y es normal que sea así, porque gran parte de los platos del menú están casi crudos.

Pese a todo, el talento y la creatividad siguen ahí

Con su tercer disco en solitario White nos presenta su registro más experimental y ecléctico hasta la fecha: rock ‘n’ roll, electro y hard-funk, proto-punk, hip-hop, góspel, blues e incluso country o jazz. Sin embargo, el principal problema de “Boarding House Reach” es un Jack White encantado de haberse conocido a sí mismo que abarca más de lo que puede ofrecer y cuya megalomanía parece haberle convencido de que cada vez que hace pirotecnia con su guitarra y juguetea con sus cacharritos en el estudio (siendo éste el primer álbum en el que la producción orgánica deja paso a Pro Tools) está dando a luz una obra de arte contemporáneo.

Over and Over and Over” trabaja sobre una tema que nunca se llegó a publicar con White Stripes y el producto final, sin ser una exquisitez, supone una vueltita de tuerca de lo más pertinente a su sonido de la década pasada. Dame riffs y dime tonto. En Get in the Mind Shaft”, otra pieza destacable del conjunto, sus intenciones de hacer el rock del futuro le harán dar con un electro-funk que podría haber firmado el mismísimo Thundercat. El resto del tracklist lo completan dos breves interludios hablados que no merecen demasiada atención (“Abulia and Akrasia” y “Ezmeralda Steals the Show”) y un par de baladas acústicas: “Humoresque”, cuyo principal atractivo (además de la necesaria calma que transmite) pasa por ser consciente de que se trata de la musicalización de un manuscrito que Al Capone escribió en la cárcel y la fantástica y tradicional “What’s Done is Done” con la que el de Detroit se lava las manos entregándonos una composición sólida antes de echar el cierre.

Qué duda cabe que con su tercer disco en solitario White nos presenta su registro más experimental y ecléctico hasta la fecha: rock ‘n’ roll, electro y hard-funk, proto-punk, hip-hop, góspel, blues e incluso country o jazz. Sin embargo, el principal problema de “Boarding House Reach” es un Jack White encantado de haberse conocido a sí mismo que abarca más de lo que puede ofrecer y cuya megalomanía parece haberle convencido de que cada vez que hace pirotecnia con su guitarra y juguetea con sus cacharritos en el estudio (siendo éste el primer álbum en el que la producción orgánica deja paso a Pro Tools) está dando a luz una obra de arte contemporáneo. Ya he dicho que soy el primero en rendirme a su descomunal talento cuando sabe dar con la tecla adecuada, pero ser un genio rara vez implica que cada cosa que se te pase por la cabeza sea una genialidad. ¿Que si tengo algún problema con que White empiece deconstruyendo un blues y acabe enfangado en una jam que parece interminable? En absoluto. Ahí quedan temas como “Death Letter”, “Dead Leaves on the Dirty Ground” y sobre todo “Catch Hell Blues” que en directo atrapaban a cualquiera, sin que la exhibición y la experimentación subyuguen en ningún momento el componente de diversión inherente a toda composición de Jack White. Al final, la mejor noticia que nos deja este LP es la impresión de que el talento y la creatividad siguen ahí, sólo tiene que olvidarse de cuántos Grammys ha ganado y ponerse a hacer grandes canciones.

Jack White – Boarding House Reach

5.9

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El número y caché de los músicos de estudio y la ambición alcanzan sus cotas más altas en el tercer disco de Jack White en solitario. Pese a dejar unas pocas buenas composiciones, gran parte del álbum está construido como un collage a partir de la mezcla de diferentes elementos sonoros que pocas veces termina de cuajar del todo.

Up

  • Jack White está de vuelta de todo, no tiene filtro y le importa bien poco lo que pensemos de él.
  • Cuando la canción funciona de principio a fin. Además, incluso en los momentos en los que el engrudo experimental es más árido, aparecen sonidos interesantes que podrían dar pie a un buen trabajo en el futuro si se centra algo más.
  • La corazonada de que en directo la jam va a resultar más coherente y funcionar mucho mejor.

Down

  • La ausencia de filtros, precisamente.
  • La sensación de impotencia al ver cómo cada vez que tu oído se ha agarrado a una idea con gancho (¡por fin encontré la canción!) Jack White vuelve la mirada y le da por hacer otra cosa. Así cada treinta segundos.
  • Que encima termine diciendo que ‘lo hecho, hecho está’.