Creo estar seguro de mi propia filosofía cuando digo que la vida entera es evolución pero, quizás por cuestiones biológicas que tiendo ahora mismo a simplemente intuir, la adolescencia es el periodo vital donde esa evolución es más trascendental. Y el amor, uno de los conceptos y fenómenos clave en el ser humano, seguramente marque muchos de los momentos de aquesta evolución. No es fácil a estas alturas hablar de términos como el crecimiento, el amor o la adolescencia. Lo es menos incluso hacerlo sin caer en tópicos o redundancias. A causa de la desgraciada imposibilidad de tener a Borges, Cortázar o Arrabal para que vengan a hablarnos de los dos grandes momentos que voy desgranar (intentando no mitificar) de Call Me By Your Name, yo lo intentaré.

Sufjan Stevens, a quien yo mismo me he encargado de aclamar en este medio, recibió un día una llamada para participar en el acompañamiento musical de la película de Luca Guadagnino, ya con cierto renombre en el cine de autor de los últimos años. Esta película cuenta con el guión de James Ivory, basado en el libro homónimo de André Aciman. Al principio con cierto escepticismo, Sufjan acabó accediendo a la oferta, probablemente viéndola como más que una simple oferta de trabajo. Cuenta Guadagnino que cuando escuchó las dos canciones que Stevens había grabado estaba junto a los dos protagonistas de la película y su editor, y la emoción de la música llegó a arrebatarles el alma. Probablemente existan pocas personas además de Sufjan que fuesen más adecuados para el trabajo que se encargó de realizar. Si conocemos de antemano el mundo del músico, no tardaremos ni un segundo en reconocer sus aportaciones cuando veamos la película. El aura que las envuelve es personal y característico de él mismo y de nadie más. El resto de tiempo musical en el largometraje es igual de brillante, contando con alguna composición de John Adams y una espléndida aparición de The Psychedelic Furs. Este largometraje es un claro ejemplo de buen uso del arte sonoro, un elemento imprescindible aquí, llegando incluso la propia música a hablar por sí misma en algunos momentos, ocupando así a veces el puesto narrativo principal.

Fotografía: Promo
Fotografía: Promo

En Call Me By Your Name asistimos al descubrimiento de la propia sexualidad de Elio durante su adolescencia. Ese florecimiento toma forma a partir de la aparición de Oliver, un doctorando que llega a la villa familiar para trabajar con el padre del muchacho en la época estival. La construcción del amor entre ellos a lo largo de la película resulta perfecta. Elio y Oliver caminan por sus propias veredas pero agarrados de la mano, andando poco a poco pero con intensidad en cada uno de sus pasos.

Hacia el comienzo del último cuarto de película, después de encontrar cada uno el vacío que debían llenar en el otro y tras haber confesado ambos su anhelo por amarse y convertirlo en realidad, se hace explícito el elefante que destrozaba la habitación: Oliver debe irse, pues se acaba el verano. En este momento, los padres de Elio deciden que podría ser buena idea enviar a su hijo con Oliver, quien antes de irse va a pasar unos días en un pueblo cercano trabajando. El clímax del largometraje comienza aquí, con “Mystery of Love”, una de las dos composiciones de Stevens. La canción empieza a sonar y se funde con los divinos aunque naturales paisajes montañosos del norte de Italia, donde Elio y Oliver disfrutan por primera vez de la absoluta libertad de su amor, extasiados por la inmensidad de la nada. La importancia de “Mystery of Love” reside en la dualidad que deja entrever su letra: por un lado la felicidad y el placer que les proporciona su amor, besarse por primera vez, y por otro la angustia y el dolor de saber que es la última vez que se besan, recordando que su amor se acaba. Oliver se tiene que ir y Elio lo sabe. Todo está llegando a su fin de una manera terriblemente silenciosa y la música nos lo está anticipando sin que nos demos cuenta.

En una escena tierna y muda, bajo el amparo del puro clasicismo de una despedida en una estación de tren, Oliver emprende su vuelta a casa dejando sin techo a Elio, para quien su hogar era el mismo Oliver. El joven vuelve entonces con sus padres y un pequeño discurso de su padre nos deja a todos conmovidos, dejando paso a un epílogo en el que encontraremos ese plano final que quedará en la historia del cine.

Nos adentramos en el contraste. Ahora es invierno. Nos sentamos mirando a Elio sin saber qué piensa y de repente suena el teléfono. Elio responde. Es Oliver. La felicidad regresa momentáneamente sobre algún lugar en el norte de Italia, pero el motivo –desconocido realmente para Elio– por el que Oliver ha decidido llamar es pronunciado irónicamente por el propio joven al saber que su amado tenía una noticia que darle: Oliver se va a casar. La esperanza que siempre mantenemos por que los deseos que desencadenan la llamada se acaben cumpliendo es destruida de un seco martillazo. Tras una breve conversación, Elio camina hacia la chimenea y se sienta para observarla durante cuatro largos minutos. En este preciso instante quienes estamos frente a la pantalla sentimos lo mismo que Elio, y mientras observamos sus ojos el llanto se apodera progresivamente de nosotros. Todo este fragmento se va acompañando magistralmente de “Visions of Gideon”, la segunda composición de Stevens. De nuevo su música nos sirve como elemento narrativo, en este caso para cerrar la historia de Elio (o al menos este capítulo). La letra de esta canción es breve y no contiene muchas palabras diferentes, pero no hace falta; en una perfecta atmósfera celestial, Sufjan, en la piel de Elio, se pregunta si todo lo que recuerda no es más que un vídeo que no forma parte de la realidad, uno que no se corresponde con lo que ha vivido. Pese a todo, ha llegado a la redención y se ha liberado a sí mismo al igual que Gedeón liberó al pueblo de Israel de la barbarie. Aún no habrá llegado el momento de pensar acerca de ello, pues el dolor es reciente, pero es ahora cuando sabe lo que verdaderamente es el amor y conoce todo lo que conlleva.

Imagen destacada: Amanda Penley.