No puedo entenderlo sino como un ejercicio de romanticismo: hacer piña con un par de amigos, elegir el nombre más genérico que se os ocurra para la banda que queréis formar juntos y dedicaros a homenajear y experimentar con todo lo que el rock underground ha dado de sí hasta los últimos coletazos del siglo XX. La historia de The Men debería haber sido distinta (¿soy el único que piensa que sólo podrían molar más si fueran aún menos conocidos?). En el fondo eso es lo que se merecen, el aura de exclusividad y misterio que el tiempo y el fracaso conceden a ciertas bandas de culto. En serio, todo este asunto tendría mucha más gracia si Google, YouTube y Rate Your Music me lo pusieran aún más difícil al preguntarme a cuál de las siete u ocho bandas que comparten el mismo nombre me refiero cuando introduzco ‘The Men’ en la barra del buscador. Pero no podemos echar la culpa a Mark Perro, Nick Chiericozzi y Rich Samis (a quienes desde hace tiempo se suma Kevin Faulkner), ya que lo cierto es que el cuarteto ha realizado ímprobos esfuerzos para ir a lo suyo, hacer su música y despistar al personal. Y es que, si un nombre irrastreable en el mercado era poca garantía de éxito comercial, los neoyorquinos se han empeñado, además, en hacer cuanto ha estado en su mano para evitar consolidar una imagen de marca. Ya lo dije a propósito de “Devil Music” hace menos de año y medio: cuando The Men se encierran a grabar un disco uno nunca sabe con qué puede encontrarse. De un shoegaze hiperfuzzeado al heartland rock, pasando por el garage, post-hardore, pop, noise, cowpunk y hasta el krautrock; la cantidad de registros que el cuarteto ha exhibido es tan variopinta que bien podría decirse que The Men es en realidad un proyecto artístico que ha servido como excusa para que Chiericozzi y Perro monten una banda diferente cada año y medio.

The Men y el mito de la tabula rasa

A pesar de la adición de instrumentos como el saxo, los sintetizadores y otros como la armónica y el steel ya presentes en discos como el “New Moon”, The Men han optado en “Drift” por un sonido claro y envolvente, huyendo de una excesiva superposición de capas y consiguiendo con ello no sólo sacar mayor partido a más instrumentos, sino un aspecto misterioso y fantasmal.

¿Quiénes son The Men? ¿Son o existen? ¿Tienen una naturaleza innata y definida? Con estas y otras preguntas llegamos al acertadamente títulado  “Drift”, su séptimo álbum de estudio que coindice con su décimo aniversario como banda. Esta vez la corriente les ha llevado a abandonar la autoproducción de su corrosivo último disco y contar con la –mínima– promoción de Sacred Bones. Tras medirnos el lomo a guantazos garage-punk, la sociedad creativa Perro-Chiericozzi parece haber decidido rebajar las revoluciones (que no la tensión) al ofrecernos esta colección de canciones en las que recuperan una experimentación que apunta a multitud de objetivos al mismo tiempo destacando como común denominador del conjunto una infrecuente pérdida de protagonismo de la guitarra eléctrica (excepción hecha de la brutal y punkarra “Killed Someone”) y una especie de menos es más que guía la progresión del trabajo. A pesar de la adición de instrumentos como el saxo, los sintetizadores y otros como la armónica y el steel ya presentes en discos como el “New Moon”, The Men han optado en “Drift” por un sonido claro y envolvente, huyendo de una excesiva superposición de capas en sus composiciones y consiguiendo con ello no sólo sacar mayor partido a más instrumentos, sino un aspecto misterioso y fantasmal, como de ceremonia mística, que impregna la mayor parte de los cortes del LP.

Fotografía: Josh Goleman

The Men se retan a sí mismos una y otra vez ofreciendo buenos resultados

La cantidad de registros que el cuarteto ha exhibido es tan variopinta que bien podría decirse que The Men es en realidad un proyecto artístico que ha servido como excusa para que Chiericozzi y Perro monten una banda diferente cada año y medio.

Con unos sintetizadores casi industriales y una voz arrastrada y exhausta se presenta “Maybe I’m Crazy”, una especie de homenaje a la No Wave neoyorquina en forma de un funk oscuro y espacial demasiado cercano al krautrock cuyo saxo atonal volverá a aparecer en el post-punk noir de “Secret Light”, esta vez en una pelea cuerpo a cuerpo contra los teclados, dando como resultado algo excitante y a medio camino entre The Doors y los Can de 1973. Justo entremedias, y haciendo alarde de su esencia multifacética dentro de un mismo disco, nos habrán entregado la romántica y psicodélica “When I Held You in My Arms” en la que el órgano y un marcado bajo acaparan casi toda la atención cocinando a fuego lento un canto a la melancolía y el arrepentimiento:

With you I was some kind of human being…”

La sociedad creativa Perro-Chiericozzi parece haber decidido rebajar las revoluciones (que no la tensión) al ofrecernos esta colección de canciones en las que recuperan una experimentación que apunta a multitud de objetivos al mismo tiempo destacando como común denominador del conjunto una infrecuente pérdida de protagonismo de la guitarra eléctrica y una especie de menos es más que guía la progresión del trabajo.

Rose on Top of the World” y “So High” recuperan su faceta más country, perfectamente rastreable en su cuarto disco. La primera resulta mucho más cercana a un folk pop con ciertos dejes a lo The Microphones, mientras que la segunda entra de lleno en el terreno del tributo a la Americana que ejecutan aquellos que imitan a Neil Young, tan llena de lugares comunes (la letra, el steel, la armónica) como maravillosa. La cosa se pone aún más interesante en “Sleep”, donde deciden llevarse la psicodelia drone de la Velvet al desierto obteniendo una pieza absolutamente evocadora a través de un sencillo arpegio acústico y unos pocos psicotrópicos. La ambientación narcótica no nos abandona en la artie “Final Prayer”, construida a través del trémolo de una reverberada guitarra y una percusión uniforme y sugerente reforzados por un saxo tímido y un spoken word que añaden al asunto un aspecto ritual y solemne. Casi fundida a ella, cuando “Final Prayer” ha terminado de derretirse por completo, aparece la suave “Come to Me” con la que no saben si decirnos hola o adiós; otra balada psych-folk que nos sume en el delirio para dejarnos ligeramente aturdidos y con ganas de más cuando todo haya acabado.

Quizá “Drift” peque de poca coherencia interna, falta de gancho en comparación con discos como “Leave Home”, “Open Your Heart” o “Tomorrows Hits” o de no-inventar-nada, siendo éste uno de los principales peros que normalmente se ponen a la discografía de The Men. De lo que no se puede dudar es de la valentía y el compromiso que esta banda tiene consigo misma y su manera de hacer las cosas. No es fácil aparecer siete veces en menos de diez años y hacerlo adoptando cada vez una cara diferente. Sí, ya lo señaló la Pitchfork a principios de esta década (cuando el indie-rock aún molaba): todos conocemos los referentes que pueblan los discos de esta banda, algunos tienen más de 45 años, pero pocos grupos saben mezclarlos y saltar de unos a otros con tanta facilidad como The Men. Es una buena noticia que aún haya grupos de rock por ahí que no se conformen con repetir la misma jugada y estén dispuestos a retarse a sí mismos una y otra vez ofreciendo tan buenos resultados.

The Men – Drift

7.7

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The Men regresan a Sacred Bones para lanzar su séptimo álbum. Sólo han pasado ocho años desde su debut en largo, pero el ruidismo de aquel “Immaculada” parece haber quedado en el Pleistoceno. “Drift” es un disco suave, sugerente, lleno de momentos de una tensión espectacular cuyas canciones tendrían mucha menos fuerza si fueran interpretadas desde la urgencia y la agresividad de otras veces.

Up

  • Seguir sonando impactantes reduciendo velocidad y músculo.
  • Maleabilidad sin límites: han confeccionado un nuevo disfraz con remiendos de varios de sus ídolos
  • Exhibición de su crecimiento como músicos: las canciones funcionan, los experimentos llegan a buen término e incluso se muestran variados dentro del mismo disco.

Down

  • La falta de un hit claro.
  • Su versión acústica-drone-kraut puede ser más difícil de digerir que la punkie.