La vida que le dieron a Charlotte Gainsbourg sería actualmente ilegal, así de claro. A sus dos ilustres progenitores (Serge Gainsbourg y Jane Birkin) los habrían enchironado, y las canciones pseudoincestuosas y pseudopedófilas escritas en su honor las habrían prohibido alrededor de Europa y convertido consecuentemente en número uno en ventas en Amazon por efecto Barbra Streisand, que aunque no tuviera nombre oficial es un fenómeno que seguro existía ya en 1984.

Obviamente, esto se debe en parte a que vivimos en tiempos malos para la lírica y, en general, para cualquier cosa divertida y con capacidad de paliar momentáneamente la angustia existencial; a no ser que sea totalmente insípido, inodoro e incoloro, alguien hallará la forma de sentirse ofendido por ello, es decir, el ideal hoy en día es ser como un cacho de tofu humano. Pero, ojo, mejor que sea un cacho de tofu humano crudo, de la nevera, porque si ya nos metemos a cortarlo en tiras largas y freírlo puede parecer que se están introduciendo formas fálicas en aceite hirviendo como alegoría de un deseable y cruento genocidio masculino y, por supuesto, ¿quién no se ofendería por algo así?

Se mire por donde se mire y dejando a un lado el resurgimiento de cierto puritanismo laico virtual que prohíbe todo aquello por lo que vale la pena estar en Twitter, la vida que le han dado a Charlotte Gainsbourg no es ni medio normal, o sea, demasiado bien ha salido la muchacha con semejantes padre y madre que, sí, muy sensuales y bohemios ambos, icónico todo, gracias por la mejora de la relaciones francobritánicas, pero a ver quién es el guapo que contrata a esos dos de canguro una noche.

Charlotte Gainsbourg, la ‘hija de’ que sobrevivió

Charlotte Gainsbourg se ha convertido en toda una adulta con talento, dignidad e ideas muy firmes, capaz de desarrollar algo que casi se asemeja a una identidad personal y artística independiente de la de sus mitológicos progenitores.

Aunque a Charlotte, muy comprensiblemente, no le debe de encantar la idea (¿o sí?), es inevitable que parte de la fascinación despertada alrededor de “Rest”, su quinto y (con diferencia) más sobresaliente trabajo discográfico hasta la fecha, se deba precisamente a eso; a la saludable morbosidad que reside en la contemplación de una niña de apariencia dócil y ultratímida, intuitivamente destinada a convertirse en un ser disfuncional hijo de los del “Je t’aime… moi non plus, convertida en toda una adulta con talento, dignidad e ideas muy firmes, capaz de desarrollar algo que casi se asemeja a una identidad personal y artística independiente de la de sus mitológicos progenitores.

Fotografía: Collier Schorr

“Rest”: espantando fantasmas familiares a ritmo de banda sonora para discotecas

Gainsbourg parece estar atravesando una etapa particularmente inspirada de su vida tras más de media juventud existiendo a la sombra de un pasado familiar turbulento y excesivamente mediatizado.

Si su barbilla en alza de la portada no es suficiente para dejar clarinete que Charlie (como la llaman cariñosamente en entornos familiares) ya no es la icónica e introvertida novia del indie parisino incapaz de mirar a los ojos de la gente, si deberían serlo los primeros versos firmados por ella en francés de la disco/trágica “Ring-a-Ring O’ Roses”. Gesto simbólico de la superación de la muerte de su adorado padre, Gainsbourg hija se atreve por fin a ningunear la alargada sombra que suponía tener a papá, Monsieur Tesoro Nacional, como competencia directa. Combina estrofas en su lengua materna con un estribillo en el inglés aristocrático heredado de su aristocrática madre, y pese a su declarada creencia en la lengua de Napoleón como vehículo demasiado crudo y honesto para dibujar imágenes y expresar emociones, Charlotte se lanza a entonar en su lánguida voz de siempre una autobiografía en verso tetrasílabo, desde el “primer beso/ Puramente maternal” (“Premier baiser / Purement maternelle) al “último suspiro / Que sea placentero” (“Dernier soupir/Qu’il soit de plaisir). Y esto sólo era el calentamiento, porque “Lying with You” es la descripción algo morbosa del encuentro de una Charlotte de 19 años con el cadáver aún tibio de su propio padre (reproducido alegóricamente en uno de los seis videoclips dirigidos por la propia artista, como un recorrido por el antiguo y polvoriento piso en París del mitológico artista francés):

J’ai touché un visage de cire
Qui certainement t’a fait fuir.
Ta jambe nue sortait du drap,
Sans pudeur et le sang froid.
Au coin de ta bouche, une traînée,
Tu n’aurais pas aimé.
J’étais allongée contre toi,
J’ai pris ce droit, sans foi”

“Rest” es lo que su título sugiere: un descanso, un que-le-den-por-culo-a-todo, la culminación exitosa de años de esfuerzo tratando de dejar atrás a fantasmas, ídolos y profundas inseguridades.

Y de duelo a duelo y tiro porque me toca, se pasa de un ser querido difunto del que la protagonista nunca quiso hablar a otro del que nunca pudo dejar de hacerlo. En “Kate”, elegía por la muerte de su hermanastra Kate Barry (fotógrafa e hija de Birkin y del compositor John Barry), quien cometió un supuesto suicidio en 2013, abandona incluso más que en la anterior el espíritu energético del resto de “Rest” y lo sustituye por un extra de grandilocuente amargura, evidenciando la influencia de las bandas sonoras de películas de terror y de Béla Bartók que el músico también francés SebastiAn le ayudó a gestar como productor.

Para no caer en una depresión perfecta, la cuarta pista acoge “Deadly Valentine”, segundo single e himno bailongo a la melancolía judeocristiana definitivo. En el vídeo se trae a Blood Orange para hacer de novio mientras recita unos votos matrimoniales enteramente en inglés y enteramente ininteligibles, porque sorprende (y, a veces, hasta molesta) lo enterrado de la voz de Gainsbourg en la mayoría de sus letras en inglés, como si de veras se avergonzara tanto de su acento pijo que quisiera disimularlo bajo capas de orquestación digital. I’m a Lie”, en una suerte de mitad del álbum, es quizás el episodio más desangelado y falto de la honestidad elegante que fascina del proyecto en su conjunto, mientras que la canción homónima del disco, “Rest”, consigue preservar la necesidad de confesionalidad alejándose excepcionalmente de la grandilocuencia melódica que empapaba los títulos previos. Primer single, y producido y coescrito por Guy-Manuel de Homem-Christo, mitad de Daft Punk, es una canción de cuna electrónica a un amante que se quiere ir mientras Charlotte le suplica que no lo haga con su antigua voz de niña forzada a ser un prodigio (“Prends-moi la main, s’il te plaît / Ne me laisse pas m’envoler, o “Dame la mano, por favor / No dejes que desaparezca”).

Una celebración de todo lo que ha sufrido y lo que le queda por sufrir a la eterna hija de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, con la única diferencia de poder contar a partir de ahora con mejores armas emocionales para sobrellevarlo todo. Ojalá esta Charlotte se mantenga de verdad for ever.

Aunque para verdadero prodigio el tanto que se marca “Rest” al crear un tema que no sólo es apto para cualquier workout playlist, sino que a su vez cita en él a Sylvia Plath en su poema “Mad Girl’s Love Song”, por quien “Sylvia Says” recibe su nombre. Desconcertantemente adictivo, hay algo absolutamente genial y conmovedor en la escucha de un rompepistas alternativo acerca de la vida cotidiana de una mujer con depresión crónica. Entonando cada frase de lo grave a lo agudo, en un guiño muy halagador al “Funky Town” de Lips Inc., se permite un paréntesis en su francesidad melódica y temática para pronunciar frases tan irónicas y británicas como “Picking my socks for the day / Quietly states my mood (“escogiendo mis calcetines para hoy / Que representan mi estado de ánimo silenciosamente”). El estribillo, por su lado, hace de contrapunto anímico entre unos arreglos sintéticos que gritan ‘épica’ y unas palabras que susurran ‘introspección’. Otra que no cabe en una lista de reproducción para ir al gimnasio por los pelos, pero quizás más por respeto a lo ilustre de su talante y de su autor, Paul McCartney, es “Songbird in a Cage”, que tampoco podría ser más inglesa ni esforzándose y que da cabezazos a ritmo de punk en un jardín inglés literario con pajaritos, té, pastas y esperanza.

Para cuando se alcanza la trilogía conclusiva de “Rest” se ha abandonado completamente cualquier elemento anglosajón, empezando por una “Dans vos airs” de intensa inspiración en la chanson más folklórica que pop y un tanto agitanada de leyendas francófonas como Georges Brassens. Con la excusa de la melancolía provocada por ver a sus hijos crecer deja paso a “Les crocodiles”, el ejercicio más ambiguo y autocomplaciente del largo, que mezcla toques de electrónica industrial con rimbombantes respingos de orquestación de cuerda clásica. Finalmente, el final de los finales que representa “Les Oxalis” (que por su parte hace referencia al nombre de una flor y a los paseos por el cementerio de Montparnasse, donde visita la tumba de su hermana y, no tan frecuentemente, la de su padre) parece una regresión a estructuras compositivas menos atrevidas y atrapadas por la moda, algo parecidas a una versión dance remix de su “5:55” de 2007. Sigue manteniendo unos mínimos de tensión entre ritmo y melodía club-friendly contra una letra tétrica y nada celebratoria, pero a partir del minuto cinco y seguido de una espiral instrumental agradable y un silencio, la madre tigre que hay en Charlotte Gainsbourg la lía un poco bastante: se escucha a su hija menor preguntándole a su maman si ha escuchado su canción. La pequeña le asegura (literalmente) que a ella le parece un coñazo (“Elle est chiante, ma musique. Je trouve que tu aimes pas, que en español podría traducirse como “Mi canción es un rollo. Creo que no te gusta”), y el resto del universo estará en total acuerdo con la criaturita tan pronto empieza a berrear el abecedario contra un piano entumecido. Todos sabemos que nadie durante producción, postproducción ni mastering tuvo lo que hay que tener para decirle a la Gainsbourg que, si metía eso, se cargaba un poco el álbum, principalmente porque el feature es menor de edad y está consanguíneamente emparentado con la cantante, pero nosotros podemos decir con plena libertad y en voz muy alta que sí, efectivamente, son dos minutos de puro coñazo rematador.

Charlotte Gainsbourg parece estar atravesando una etapa particularmente inspirada de su vida tras más de media juventud existiendo a la sombra de un pasado familiar turbulento y excesivamente mediatizado. “Rest” es lo que su mismo título sugiere: un descanso, un que-le-den-por-culo-a-todo, la culminación exitosa de años de esfuerzo tratando de dejar atrás a fantasmas, ídolos y profundas inseguridades. “Rest” es una celebración de todo lo que ha sufrido y lo que le queda por sufrir a la eterna hija de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, con la única diferencia de poder contar a partir de ahora con mejores armas emocionales para sobrellevarlo todo. Ojalá esta Charlotte se mantenga de verdad for ever.

Charlotte Gainsbourg – Rest

8.8

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A partir del instante en que Charlotte Gainsbourg decidió componer por primera vez en la cruda honestidad de su francés nativo todo lo demás le salió rodado: “Rest” descubre al icono de la Francia aristocraticoalternativa abrazando sin pudor el bagaje familiar del que con tanta fuerza intentó distanciarse, y dando como resultado un álbum con ademanes de excelencia, claridad de ideas y madurez conmovedora, conducido por un claroscuro de palabras suicidas y melodías vitalistas.

Up

  • La confesionalidad lacerante pero enternecedora de la poesía autobiográfica que escribe Charlotte Gainsbourg.
  • La frescura con la que la producción carga con temáticas líricas tan pesadas como la muerte de seres queridos, la inamovilidad de los compromisos afectivos o el miedo al paso del tiempo.
  • La imperante necesidad y pertinencia de (casi) cada momento del álbum, reflejo de una madurez y firmeza de objetivos absoluta.

Down

  • El final con la niña cantando el abecedario en inglés y el piano nevado rollo Brit pop acompañándola en una cacofonía raruna, desubicada e innecesaria. Todo era bastante ideal hasta ese preciso minuto pero, en fin, son cosas que pasan cuando se es madre y se cree que cualquier chorrada con macarrones y cola blanca hecha por los hijos propios merece un Pulitzer.