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Debemos resaltar que aquí Frank Ocean no se dedica simplemente a versionar la canción original y a ponerla un lacito de San Valentín ideal para la ocasión, sino que la reimagina como le da la gana, a su imagen y semejanza o, mejor dicho, a la de “Blonde”.

If you liked 2017, you’ll love… 2018”. Con ese críptico mensaje Frank Ocean despidió un año en el que, a diferencia del periodo transcurrido entre “channel ORANGE” (2012) y “Blonde” (2016), nos ha ido entregando diversos singles por sorpresa en su programa de radio. Sin embargo, cuando tú mismo elaboras una pequeña –o incluso diminuta– campaña de marketing alrededor de dicha cita, es normal que el público comience a prepararse para analizar milimétricamente tus siguientes pasos. Y más después de aquella agonía a la que nos sometió; primero en forma de “Boys Don’t Cry”, luego que si influencias de los Beatles y de los Beach Boys por aquí y después que si posibles colaboraciones con Tame Impala y King Krule por allá. A fin de cuentas y lo que verdaderamente nos importa: demasiado tiempo esperando. Menos mal que, por supuesto, mereció la pena.

El caso es que para celebrar el pasado día de San Valentín (o eso creemos) Frank decidió reimaginar el clásico de principios de los sesenta “Moon River”, compuesto originalmente por Henry Mancini –con letras de Johnny Mercer– y popularizado por Audrey Hepburn en el largometraje de 1961 Desayuno con diamantes. Pero, insisto, debemos resaltar que aquí Frank Ocean no se dedica simplemente a versionar la canción original y a ponerla un lacito de San Valentín ideal para la ocasión, sino que la reimagina como le da la gana, a su imagen y semejanza o, mejor dicho, a la de “Blonde”. Juega de forma excepcional con esas reconocibles modulaciones vocales que tanto le gustan y que ya se han convertido casi en un sello propio  (“Nikes”, “Ivy”) y con una ambientación orquestal que aparece casi al final, justo antes de que emerja un sintetizador celestial para redondear esta “Moon River” à la “Blonde”. Pero es que también incorpora sensacionales matices que nos van atrapando progresivamente durante sus tres minutos, como unas voces dobladas que se entrecruzan (“What I see, who I become / What I see, who I become”) y una guitarra eléctrica que le sienta francamente bien. En definitiva, una auténtica delicia. ¿Os acordáis de la escena con Holly Golightly sentada en la ventana de su apartamento? Pues resulta que Audrey Hepburn has left the building y ya sabemos quién es el nuevo inquilino.

Cuando en su momento se publicó “Blonde” no me dejó una sensación plenamente satisfactoria, pero puedo afirmar casi dos años después que, tal y como expusimos en su momento, es un registro destinado a comprenderse y disfrutarse poco a poco, como las mejores obras. De ese tipo de discos sobre los cuales suele decirse que envejecen bien y que cuando los revisitas cada cierto tiempo mejoran más y más por la cantidad de matices nuevos que descubres. Ese es uno de los grandes triunfos de Frank Ocean, inigualable genio creativo de la cultura popular del siglo XXI.

Nature has cunning ways of finding our weakest spot” dice Michael Stuhlbarg casi al final de Call Me By Your Name durante una del las escenas más desgarradoras y emotivas de la película de Luca Guadagnino; Frank, por lo visto, posee esa misma habilidad. Y para muestra, “Moon River”.