No transcurrió ni una semana entre el octavo aniversario del fallecimiento de ese mártir de la escena garage-punk americana que fue Jay Reatard y el estreno adelantado del último disco de Ty Segall. Precisamente la espectacular ascensión cualitativa y de producción de este último propició que no pocos aficionados de los sonidos underground vieran en él el heredero natural del líder de The Reatards. Cogiendo referentes más conocidos para esos primeros punkarras y freaks del lo-fi, disfrutar del directo de aquel adolescente rubio en formato one-man-band en 2008 era como ver a Messi meter un hat-trick en el Clásico con Ronaldinho aún en el campo. De eso hace ya mucho tiempo, diez años exactamente desde que Ty fichara por la Castle Face del también sanfranciscano John Dwyer (Thee Oh Sees) para publicar su debut homónimo y que poco a poco el garage y la psicodelia más sucia volvieran a estar de moda y toda la prensa indie especializada no quitara sus ojos de una California que estaba actualizando el intrincado mensaje de 1967. Diez años en los que aquel emergente y ruidoso artista no ha dejado de crecer publicando hoy su décimo disco de estudio en solitario (eso sin contar EPs, 7’, discos colaborativos y múltiples proyectos alternativos que nos darían para superar más que holgadamente la treintena de lanzamientos). Hoy, por desgracia, pocos se acuerdan de Jay Reatard mientras que Ty Segall, aún sin haber conquistado el rock mainstream –es probable que nunca lo haga– goza de una popularidad, un reconocimiento y una simpatía crecientes que le llevan a girar por todo el mundo, sobrevivir en su casa de Los Ángeles junto a su esposa y su perra Fanny, y dar la bienvenida a sus discos y conciertos a gente cada vez más ‘normal’. Todo esto a muchos les parece horrible, sobre todo al venir acompañado de uno y mil cambios de sonido que han alejado a Segall de ese garage surfero autoproducido tan crudo como pegadizo. Yo, adelantándome a la crítica, me desentiendo de esta polémica más propia de talibanes que de amantes de la música: hasta el día de hoy Ty Segall no ha sacado un mal disco y, mientras lo haga todo tan bien, puede tocar lo que se proponga y ganar el dinero que merezca y más.

El hombre de las mil caras del rock independiente

¿Quién le mandaba a Ty lanzar un disco doble que roza las veinte pistas a estas alturas? Pues lo ha hecho, soltando una ristra de temas que no sólo componen uno de sus mejores LPs, sino que evidencian que su fórmula se encuentra lejos de mostrar algún viso de agotamiento.

El hombre de las mil caras del rock independiente nos ha vuelto a sorprender con un lanzamiento en el primer mes del año y esta vez, por mucho que se empeñen sus detractores, es evidente que no estamos ante un disco más de Ty Segall. El de Palo Alto celebra sus diez años de carrera desde una posición de madurez y estabilidad económica y sentimental con un disco al que, en un primer vistazo, podríamos atribuir el adjetivo de excesivo. ¿Quién le mandaba a Ty lanzar un disco doble que roza las veinte pistas a estas alturas? Pues lo ha hecho, soltando una ristra de temas que no sólo componen uno de los mejores LPs de su carrera, sino que evidencian que su fórmula se encuentra lejos de mostrar algún viso de caducidad o agotamiento. Así es “Freedom’s Goblin”.

La única regla de “Freedom’s Goblin” es que no tiene reglas o restricciones. La idea a la hora de afrontar este disco era: “¿Cuáles son las formas más libres en que podemos grabar o explorar esto?”. Nunca fue algo como “No deberíamos hacer esto”, sino más bien: “No, podríamos hacerlo, probémoslo y si no funciona, no funciona”. Nunca hubo un momento en que una idea se catalogara como mala, inapropiada o se descartara antes de probarla. Ese fue el único parámetro.

Fotografía: Denée Segall

“Freedom’s Goblin”: más libre, más ecléctico, más prolífico y más Ty Segall que nunca

Los diecinueve tracks se sucederán uno tras otro, casi entre codazos, sin más coherencia interna que la resultante de confeccionar una lista de buenas canciones con las que presumir de polifacetismo y efectividad melódica sin desperdiciar un solo minuto.

El tema de apertura, “Fanny Dog”, es un petardazo que confirma la intención de Segall de poner toda la carne en el asador desde el principio y la búsqueda por expandir y perfeccionar su sonido (ay, esos metales) aunque sepamos de sobra que se está mirando en los setenta. Le sigue “Rain”, una balada rock que es apaciblemente introducida por un delicado piano para después perderse en compases de grandiosidad, potencia y armonía. Por su parte, “Every 1’s A Winner” nos tiene preparado un nuevo quiebro con Ty y su Freedom Band marcándose una versión de la banda de música disco Hot Chocolate, lo que nos reporta una nueva faceta funk-rock corrosiva de Ty que ya se intuía en algunos momentos de su “Emotional Mugger”. Apenas llevamos tres canciones y ya ha quedado claro a qué se refiere su autor cuando dice que aquí no hay reglas. Así, de manera algo enredada, los diecinueve tracks se sucederán uno tras otro, casi entre codazos, sin más coherencia interna que la resultante de confeccionar una lista de buenas canciones con las que presumir de polifacetismo y efectividad melódica sin desperdiciar un solo minuto.

Como si quisiera excusarse frente a todos los que alguna vez lo han mirado de reojo y acusado de hiperprolífico y de no haber terminado una cosa y ya estar pensando en la siguiente, Ty se demuestra capaz de entregar una abundante y diversa colección de pistas en las que cada detalle cuenta. ¿Cómo si no explicar la perfección que encarna ese combo entre la acústica y springsteeniana  “My Lady’s On Fire” y la salvaje y emotiva “Alta”? Otra prueba al respecto la encontramos en el hecho de que “Freedom’s Goblin” haya sido grabado –de manera interrumpida– durante catorce meses en varias sesiones distribuidas entre cinco estudios diferentes, algo verdaderamente impensable viniendo de un lofi-rocker como Ty Segall.

Tras años huyendo de las etiquetas de la crítica musical, “Freedom’s Goblin” sólo puede entenderse como la celebración de la libertad que él mismo se ha construido.

Otro punto clave para que hoy podamos hablar de un nuevo éxito del californiano reside en su costumbre de juntarse con buenas compañías. Y es que, además de repetir colaboración con Steve Albini a la producción, Segall se rodea de los músicos que le han venido acompañando en sus directos durante los últimos años (junto a ellos está grabada buena parte del material de este disco), siendo especialmente destacable la mejora que ha experimentado el saxo de Mikal Cronin. Esto último resulta fundamental a la hora de abrir nuevas vías de experimentación a la banda, ya sea por terrenos cercanos a un jazz-punk al que no le sobra el adjetivo free (“Talkin 3”), invitándonos a romper la pista adoptando su ya mencionada nueva careta disco-funk (“Despoiler of Cadaver”) o juntando un poco todo lo anterior y espolvoreándolo con dejes glam del mejor Marc Bolan en “The Main Pretender”.

Y aunque disfrutamos viendo cómo nuestro frenético goblin de la libertad retuerce y enmascara su sonido, se nos hace imposible hacerle ascos cuando va a lo fácil y se limita a jugar a ser un cantautor folk; ahí tenéis como ejemplos (además de la referida “My Lady’s On Fire”) la evocadora y harrisoniana “Cry, Cry, Cry”, “I’m Free” o la psicodelia tímida y somnolienta de “You Say All The Nice Things”.

Resulta especialmente destacable la mejora que ha experimentado el saxo de Mikal Cronin, fundamental a la hora de abrir nuevas vías de experimentación a la banda, ya sea por terrenos cercanos a un jazz-punk al que no le sobra el adjetivo free (“Talkin 3”), invitándonos a romper la pista adoptando su ya mencionada nueva careta disco-funk (“Despoiler of Cadaver”) o juntando un poco todo lo anterior y espolvoreándolo con dejes glam del mejor Marc Bolan en “The Main Pretender”.

También merecen colarse entre lo más destacado del conjunto, a modo de reivindicación del Segall más garage-rocker, la directa “When Mommy Kills You” o el demencial punk que se marca junto a su señora en “Meaning”. ¿Te parece demasiado? Pues para ti va el mensaje de Denée Segall: “I see fear in freedom!”. Reduciendo un poco las revoluciones y aumentando mucho las toneladas arrastradas por cada riff se presentan “She” y “And Goodnight”, valedoras del Ty Segall heavy-psych que sueña con tocar junto a Black Sabbath. Cabe reseñar con más fuerza todavía la última, una psicodélica despedida de doce minutos que reviste de épica, espíritu y moderadas dosis de fuzz un tema publicado en 2013 en su fantástico “Sleeper”.

Una década después de mirarse al espejo y de preguntarse a sí mismo quién es en realidad en aquella “You’re Not Me” incluida en su debut, Ty Segall sigue sin tenerlo demasiado claro, ofreciendo respuestas que pueden parecer, incluso, contradictorias: garage, psych-pop, estrella glam, noise-punk, autor folkie, heavy-psych… Tras años huyendo de las etiquetas de la crítica musical, “Freedom’s Goblin” sólo puede entenderse como la celebración de la libertad que él mismo se ha construido a base de montar grupos, forzar sus propios límites y acumular una extensísima cantidad de referencias con las que ha configurado una personalidad artística tan maleable como propia y auténtica. ¡Bendito loco!

Ty Segall – Freedom’s Goblin

8.7

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Diez años después de lanzar su disco debut con Castle Face Records, Ty Segall es ya una marca consolidada en el panorama del rock independiente. La grabación de un álbum doble queda más que justificada a través de una soberbia colección de canciones en las que juega a cambiar de disfraz una y otra vez.

Up

  • Increíble estado de forma pese a la cantidad de discos y conciertos que lleva a sus espaldas.
  • Exhibición de polivalencia y tino melódico a través de una notable cantidad de buenas canciones.
  • El uso del saxo puede marcar un devenir interesante para la evolución de su sonido.

Down

  • La fórmula de ‘no hay reglas’ implica un setlist alocado en su estructura.