Recuerdo que una vez leí un tuit que decía “¿pero qué narices es esto?” junto a un vídeo de YouTube. “Esto” era una canción de Vampire Weekend. “A-Punk” para ser exactos. El mensaje en cuestión procedía de una persona que había empezado a escuchar al grupo por curiosidad al ser uno de los cabezas de un festival al que iría, y acostumbrado a escuchar un tipo de música completamente diferente se quedó sencillamente descolocado. En otra ocasión (no sé exactamente si se trataba de otro tuit, de un comentario en una página web o directamente de un artículo) recuerdo leer “esto es música para pijos”, aludiendo, una vez más, al cuarteto norteamericano. Desde entonces, en numerosas ocasiones he oído comentarios por el estilo, siendo casi siempre las reacciones más comunes ante el grupo de Ezra Koenig. La mezcla de una sofisticación aparentemente tan compleja que acaba resultando snob y elitista. ¿Pero de verdad son Vampire Weekend la cima de la cultura hipster? Yo creo que no.

El pop de los millennials universitarios

Una de las propuestas más elegantes y originales del pop de la pasada década, con la frescura propia de la juventud de sus componentes y lo suficientemente divertida y enérgica como para no dejar de ser accesible.

Para hablar del debut de la banda neoyorquina debemos remontarnos a 2006, cuando Ezra Koenig (voz y guitarra), Rostam Batmanglij (guitarra y teclados), Christopher Tomson (batería) y Chris Baio (bajo) forman la banda durante sus últimos años de carrera y empiezan a dar conciertos en la Universidad de Columbia. Durante este periodo empezarían también a configurar las canciones que darían forma a su primer trabajo de estudio homónimo, el cual autoproducirían en 2007, una vez acabaron la carrera y trabajaban a jornada completa. Cuando empezaron a grabar el disco ya habían compuesto la mayor parte y tenían una idea bastante clara del sonido que querían alcanzar, por lo que se dedicaron a experimentar con la grabación para dar con el resultado adecuado, probando en varios sitios como un sótano, un establo, el apartamento de un par de miembros del grupo y el estudio Tree Fort de Brooklyn.

¿Qué es lo que salió del primer álbum de una banda que empezó como un proyecto que combinaba música africana y rap? Una de las propuestas más elegantes y originales del pop de la pasada década, con la frescura propia de la juventud de sus componentes y lo suficientemente divertida y enérgica como para no dejar de ser accesible. Si unos años antes The Strokes habían encabezado la vuelta de las guitarras y volver a ensuciarnos las botas en un bar con el suelo pegajoso de todas las bebidas derramadas, Vampire Weekend sacaron a relucir un pop cristalino con el que sacarnos a un salón de baile de instituto, que si bien tampoco fue su única faceta sí resultó la más destacable y la que probablemente hizo que se les acabara tildando como un grupo de pijos para pijos.

Uno de los discos de indie-pop más frescos y entretenidos de la primera década del siglo XXI

“Vampire Weekend” es un disco de indie-pop que combina sonidos africanos, arreglos orquestales, guitarras limpias y minimalismo sin perder la energía propia de una banda juvenil.

Pero Vampire Weekend son divertidos. Muy divertidos. Para empezar porque son los primeros que juegan con esa apariencia hipster y elitista. “Mansard Roof” nos llama la atención con varios toques de batería y teclado, pero una vez estamos dentro se muestra crítica precisamente hacia el elitismo y el imperialismo americanos (“The ground beneath their feet is a nautically-mapped sheet / as thin as paper while it slips away from view) a través de una batería desbocada y unos arreglos de cuerda que le dan ese toque refinado. “Oxford Comma” sigue la misma línea argumental contra el elitismo, criticando el uso que se hace de la mala ortografía como motivo para invalidar a otra persona (“So if there’s any other way to spell the word / it’s fine with me / with me), esta vez con una estructura mucho más uniforme y clásica marcada por la batería y una instrumentación más minimalista pero muy efectiva.

Sin embargo, los neoyorquinos también saben revolucionar una fiesta universitaria, y “A-Punk” es la mayor y mejor muestra de ello, un pildorazo guitarrero de dos minutos que suena como una canción post-punk de juguete, con un estribillo más calmado en el que se emplean instrumentos como el chamberlin y multitud de referencias literarias muy poco propias de temas así.

La característica voz de Ezra, su falso elitismo lleno de múltiples referencias, el gusto estético de Rostam y su maestría en los arreglos, la capacidad de Chris Tomson para condensar ritmos africanos y mucho más rockeros y la de Baio para sostener el peso de sus compañeros con un bajo que marca las bases del toque juguetón de las canciones confluyen en una mezcla de chamber-pop y world music que dieron como resultado uno de los trabajos de indie-pop más frescos y entretenidos de la primera década del siglo XXI.

La influencia africana se hace especialmente notoria en “Cape Cod Kwassa Kwassa”, con un ritmo a base de bongos y otras percusiones y un riff de guitarra que se repite sin cesar y nos atrapa gracias a ese intercambio constante con la melodía de voz y un Ezra enloquecido en el estribillo: “Do you want to fuck? / like you know I do. La sofisticación vuelve con el clave y los arreglos de cuerda a manos de Rostam en “M79”, un tema que combina la música orquestal con las influencias africanas del grupo, dejándonos la sensación de estar escuchando una vuelta de tuerca de la música de los bailes de máscaras del siglo XVIII.

En contraposición, uno de los momentos menos barrocos en todos los sentidos es “Campus”, una pieza de pop con una letra mucho más clara en la que Ezra describe el dolor de tener que ver por la universidad a una chica con la que tuvo sexo casual y por la que él sentía algo más que no era correspondido (“How am I supposed to pretend / I never want to see you again?), quizás la canción con la que más fácil se conecta y que sin embargo no ha permanecido como una de las más recordadas con el paso del tiempo. Por su parte, “Bryn” –dedicada a una amiga de Ezra– da muestras de esa épica contenida que más tarde explotarían Vampire Weekend, con unas guitarras y un estribillo cercanos a un himno de estadio.

Si unos años antes The Strokes habían encabezado la vuelta de las guitarras y volver a ensuciarnos las botas en un bar con el suelo pegajoso de todas las bebidas derramadas, Vampire Weekend sacaron a relucir un pop cristalino con el que sacarnos a un salón de baile de instituto, que si bien tampoco fue su única faceta sí resultó la más destacable.

One (Blake’s Got a New Face)” es la canción que más ahonda y se deja llevar por los sonidos africanos (y el sintetizador); un tema divertido que no obstante da la sensación de estar situado más a modo de transición. Otro de los momentos más clásicos viene con “I Stand Corrected”, un corte más suave, de esos que esconden mucho más de lo que parece y que se cuece lentamente dentro de un continuo in crescendo en el que Ezra busca su redención en una relación que parece perdida: “Lord knows I haven’t tried / I’ll take my stand / one last time. Una vez más, la épica grandilocuente llevada al chamber-pop. Seguidamente, la imaginería americana, el deseo de huir de todo lo que te rodea y el inconformismo juvenil (“Walcott, don’t you know that’s insane? / Don’t you want to get out of Cape Cod, out of Cape Cod tonight?) explotan en una “Walcott” apoteósica que reúne todas las virtudes de Vampire Weekend y nos presenta a la banda fuera de sí, como una orquesta en la que hasta el pianista se ha levantado para bailar y saltar. Un último retazo que sólo puede concluir con una canción de madrugada como “The Kids Don’t Stand a Chance”, cuando la fiesta está a punto de terminar y te resignas a celebrar tu miseria. Una crítica al capitalismo más agresivo de nuestro siglo, a la explotación y al colonialismo (“The pin-striped men of morning / coming forward to dance / forty million dollars / the kids don’t have a chance”) a través de melodías dulces, como si de una canción para niños se tratase, para despedir el disco de forma felizmente agridulce.

El debut de Vampire Weekend es un conjunto de buenas ideas bien ejecutadas. La característica voz de Ezra, su falso elitismo lleno de múltiples referencias literarias y pasajes de obras propiamente suyas empleados como dardos con los que acertar en el centro de la diana, el gusto estético de Rostam y su maestría en los arreglos, la capacidad de Chris Tomson para condensar ritmos africanos y mucho más rockeros en el indie-pop y la de Baio para sostener el peso de sus compañeros con un bajo que marca las bases del toque juguetón de las canciones confluyen en una mezcla de chamber-pop y world music que dieron como resultado uno de los trabajos de indie-pop más frescos y entretenidos de la primera década del siglo XXI.

Vampire Weekend – Vampire Weekend

8.6

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En una época en la que el rock volvía a estar en auge dentro del panorama alternativo, Vampire Weekend –con su apariencia de niños ricos– se sacaron de la manga un disco de indie-pop que combina sonidos africanos, arreglos orquestales, guitarras limpias y minimalismo sin perder la energía propia de una banda juvenil, dando como resultado uno de los mejores debuts que se recuerdan de la primera década del siglo XXI.

Up

  • La capacidad para combinar influencias totalmente dispares de manera exitosa.
  • Una propuesta original y refrescante.
  • Himnos del indie-pop como “Oxford Comma”, “A-Punk” o “Walcott”.
  • Los arreglos de Rostam son una delicia.

Down

  • Algún pequeño altibajo como “One (Blake’s Got a New Face)”.
  • Que te dejes guiar por la imagen y/o primeras impresiones del grupo. Tienen mucho que ofrecer.