Sí, creo que todos nosotros y nosotras, periodistas musicales de todas partes en general, teníamos ganas de ilusionarnos con algo este último 2017. Porque también somos víctimas del hype, en ocasiones más incluso que el público general, e incluso cuando la cosa sale bien se nos puede ir un tanto de las manos. Puedo imaginarme el alboroto que debió darse en infinidad de redacciones con el lanzamiento de ciertos álbumes, el estruendo de cientos de teclados de medios grandes y pequeños de básicamente todas partes que debían llevar días calentando para mostrar su amor incondicional por los artistas de turno. Ni en esta casa ni en ninguna otra debería haber vergüenza en reconocer esto; al fin y al cabo, ¿quién no tiene sus debilidades? ¿A quién no le gusta ilusionarse?

Insisto en que esto no implica hacer mala crítica. Bueno, no siempre. A veces el amor puede cegarnos, y no quiero mirar (aunque quizá lo haga) a la mayoría de medios que en su momento analizaron “Drones” o “Lust For Life”, porque repito que nadie está libre de pecado. El hype y la propia valoración personal siempre están presentes, y hacer (auto)crítica durante y después no siempre es sencillo. Por eso, no culpo a nadie de haber puesto “Melodrama” entre los mejores puestos de sus tops de 2017. Al fin y al cabo, yo también lo pensaría, y quiero creer que tampoco estaría equivocado del todo. Además, a ver quién es el guapo que le lleva la contraria a The Guardian (porque a la NME hace ya tiempo que no hay quien le ría ciertas gracias).

Hablemos con honestidad: teníamos ganas de Lorde. En los cuatro años que transcurrieron desde que entró pisando fuerte en lo más alto del pop internacional debutando con “Pure Heroine” la neozelandesa había desaparecido del panorama sin hacer demasiado ruido, como quien tira una granada en medio de una plaza y considera que el mejor sitio para observar los resultados es a varios kilómetros de distancia. Se mantuvo alejada del cotilleo, del beef innecesario (sin contar aquel breve encontronazo con Lana Del Rey) y del propio mundo musical, porque la por aquel entonces adolescente artista estaba destinada a romper moldes también en su vida personal. Y, cuando se anunció su regreso, teníamos la seguridad generalizada de que Lorde iba a llegar y partir el mundo del pop por la jodida mitad, y lo cierto es que quiero creer que así ha sido.

Ya lo dije en su momento, cuando analicé este álbum, y me reitero: creo que “Melodrama” es un ejercicio de juego y subversión del pop desde dentro, un trabajo que abraza y al mismo tiempo parodia su propio género. Es un truco de engaño: parece mainstream, y creo que está expresamente dotado de pequeños detalles que hacen pensar que lo es, pero luego aprovecha que bajas la guardia para demostrar cuánto ha ampliado Lorde su paleta sonora en apenas un disco, permitiéndose licencias casi inadmisibles en la escena comercial (y nótese que aquí englobo sin miramientos el dancehall, el R&B alternativo, buena parte del hip-hop y otros tantos por su idiosincrasia no tanto creativa como de público objetivo).

Pero, como también dije, no es el disco más valiente ni original ni maduro del mundo, pero creía que eso ya lo sabíamos. Creía que éramos conscientes de que este es un disco de pop, y que por eso podíamos darle toda esta validez y amarlo tanto y tirarle flores como si no hubiera un mañana: porque sabíamos que era un disco de pop. Y, oye, no digo esto como un descalificativo, en absoluto. Respeto muchísimo el buen pop, porque en un mercado como éste es difícil facturar un buen producto para las masas en el que este hecho no implique perder calidad. Y creo que hablo por todas y todos cuando digo que también necesitamos relajarnos. Podemos pasarnos horas haciéndole la ola a Kendrick Lamar o discutiendo sobre cuál de los trescientos cincuenta y nueve mil discos de King Gizzard & The Lizard Wizard es mejor, pero a todo el mundo le gusta disfrutar del buen pop de vez en cuando. No hay (mejor dicho, no debería haber) vergüenza en reconocer que también hay que dejar descansar el cerebro, el oído y el aparato crítico en general, y el buen pop es una herramienta cojonuda para conseguir esto. Pero eso no significa dejar de analizar ni de apreciar referencias ni examinar la producción; significa que, en ocasiones, hay que dejar de pensar en qué posición ocupará este o aquel elepé en el recuento de final de año, y centrarse en si funciona en este mismo momento, si su significado en el aquí y el ahora es importante. Porque el de “Melodrama” lo es. Desde luego que lo es.

Lorde me parece una de las mejores figuras del mainstream precisamente por lo poco mainstream que debería ser, pero… ahí está. Dando que hablar, alzándose hasta los primeros puestos de los rankings, recibiendo alabanzas de la crítica y el público, y conservando su esencia. “Melodrama” es un disco en el que la neozelandesa no sólo no se ha pasado de lista, sino que ha vuelto a demostrar que otro pop es posible, que queda mucho por hacer y que tanto el género como ella necesitan caminar mucho todavía para madurar. Porque nadie dijo que hacer pop deba ser fácil.

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