De pedir humildemente a su amante que lubrique a que el gobierno intervenga de una vez con los tanques en el conflicto catalán. De follar en el seno del fascismo español con su “amor obrero y crítico” a protagonizar una epifanía bíblica en el corazón de Galicia. El imaginario de Ángel Stanich, digno de una película de Terry Gilliam o de M. Night Shyamalan, o bien de una crónica periodística de Hunter S. Thompson, suma y divide, incomoda y excita, emociona y enfada a partes iguales. El fraseo de Dylan le queda de puta madre, armónica incluida. Ya lo comprobamos con el tema “¿Quién Ha Elegido Muerte?” de su EP “Siboney” (2017), en el que en apenas dos minutos y medio le da tiempo a votar a un nuevo edil, mandar a tomar por culo el polémico muro de Trump –ese “Magneto del universo Marvel con tupé”– y, como no podía ser de otra forma, acordarse de Luis Bárcenas.

Nada se le escapa a este tipo delgado y barbudo venido de Sun Thunder, como a él le gusta llamar a su querida Santander. Como casi siempre sucede, sólo somos conscientes del éxito cuando llega. La carrera de Stanich, apócrifa en todos los sentidos, responde a una historia de inconformismo y voluntad. A viajar de ciudad en ciudad, de micrófono abierto y de bar en bar, acompañado solamente de su guitarra acústica, a fichar por una multinacional como Sony y recorrerse toda España y el extranjero con su fiel y flamante orquesta.

Largas y resplandecientes noches de ácido en Pucela

Aún recuerdan las viejas crónicas de ese crepuscular bareto llamado Borsalino, cuna e iglesia de la tan menospreciada y exquisita escena pucelana de los últimos años, las ceremonias de folk lisérgico impartidas por el chamán de “Camino Ácido” (2014). Algo de ello supo capturar el que me sigue pareciendo su mejor trabajo hasta la fecha, “Las Demos del Ácido”, un ensayo desnudo e íntimo de lo que vendría después, grabado para el concurso local DemoExpress. Ahora, tres o cuatro años más tarde, sólo nos quedan legajos de aquel trabajo dispersos por la red, ya que borró su cuenta de Bandcamp donde se localizaba esta maqueta sucia y desangelada. En ella incluía una versión larga y etílica de su mayor y primer himno, “Metralleta Joe”, así como también esa “Camino Ácido” en la que parecía haber ingerido un Tom Waits con resaca para desayunar:

Rápidamente, todas estas canciones no sólo se propagaron por la red, sino también entre los círculos de artistas callejeros vallisoletanos. Es el auge y resplandor de la escena musical pucelana. La mítica plaza de Cantarranas se convirtió de la noche a la mañana en un hervidero de arte joven con actuaciones en vivo con o sin escenario en las que, entre otros temas, ya se tocaban los primeros éxitos de Stanich a base de palmas y en el formato de círculo de amigos. En la esquina de la plaza se encontraba el modesto y precioso Beluga, donde se organizaban recitales, conciertos, performances y ferias de autoedición. Recuerdo, por ejemplo, a Mike Terry, bluesman castellano por antonomasia, interpretar ese himno tan Black Keys de “El Hombre Metralleta” a pie de calle. Otro de los puntos de referencia por el que tanto Stanich como otros artistas dejaron su seña de identidad fue el Café Teatro y sus noches de acústicos en directo. Todo ello, como no podía ser de otra forma, promovido y organizado por la familia Arizona Baby, para quienes es de alabar el enorme esfuerzo y empuje a las bandas emergentes de esta ciudad de provincias señorial y aburrida hasta la médula que es Valladolid.

Hasta el culo de peyote

Con ánimo de proseguir nuestro viaje en el tiempo por la discografía de Stanich, es necesario hacer una parada en la que me parece una de las mejores baladas escritas en castellano de los últimos años: “La Noche del Coyote”, una alucinada parábola beatnik hilvanada en sótanos y tugurios, noctámbula, hermética y directa al tuétano, que habla de la muerte en su más plena esencia. La letra es una auténtica lección de poesía cuyas metáforas e imágenes llegan a lo más profundo del alma para los que consideran la vida como un viaje más allá del inconsciente, sin traicionar a ese humor irónico que le caracteriza:

“La noche que el coyote pilla al correcaminos
tendrás que ser revólver, dejar de hacer el indio.
La noche que el coyote aprieta ya el gatillo
te pisa los talones, pisa tu cigarrillo.
Huida en vertical, llegamos hasta Killburn,
tuvimos que besar los labios al peligro.
El bueno del Chacal, ese viejo pistolero,
fue en busca del chamán. Ha muerto el hechicero.
El caso es que le vi anoche en el granero
justo detrás de ti, oliéndote el cabello.
No es un lugar seguro, el campo de los sueños
tú vuelve al viejo mundo caballo blanco y negro.
La noche que el coyote pilla al correcaminos
habrá que hacer deporte, habrá que andar muy finos.
La noche que el coyote entrena a los bandidos,
hasta el culo de peyote. Saquean los caminos”

Un guiño a Johnny Cash y Miguel Ríos

Otra de las características que definen el sonido Stanich es su apego y respeto a los clásicos. Esta resulta ser sin duda una gran cualidad, ya que revela el carácter atemporal de su cancionero y su adaptación al tiempo presente. Lo podemos observar en los bonus tracks “Mezcalito” y “El Río”. La primera, una apisonadora folk que hace pensar en un Johnny Cash puesto de anfetaminas recorriéndose en moto la Ruta 66. De nuevo, la pluma de Stanich está en su más alto estado de gracia: “[…] Iremos a por ti hasta el muro del sonido, cegados por el sol, el cielo es de vinilo[…]”.

La segunda es una antigua canción de Miguel Ríos, de cuando las televisiones eran en blanco y negro y el Caudillo aún respiraba. Es el año 1969 y Miguel Ríos editaba su primer disco “Mira hacia ti”, convirtiéndose así en el mayor pionero del rock en español. La censura de Fraga todavía imperaba y la revolucionaria figura de Ríos no sentó nada bien a las filas franquistas. En su biografía “Cosas que siempre quise contarte”, publicada en 2013 por la editorial Planeta, desgrana los momentos más duros de su vida en prisión por fumar marihuana. Sin duda, estamos ante un adelantado a su tiempo por el que el rock español estará siempre en deuda.

Un detalle más que conecta a Stanich con la tradición del pop-rock español es la admiración que despierta entre artistas que hicieron andadura en los 80. Es el caso de Mikel Erentxun, quien en un tuit, afirmó sentirse “enganchado” a “Carbura!”. Fuentes no oficiales revelan que incluso ha llegado a interpretar una versión de la misma en directo.

“… ¿Y ahora qué hago yo con esta independencia?”

¿Cuál es la fórmula del éxito? ¿Constancia? ¿Trabajo? ¿Fracaso? En el caso de Stanich, diríamos que encarna la figura del músico que todo el mundo pedía a voces y apareció de improviso y sin avisar. Con todo ello, supo tocar la fibra sensible que aún no había sido pulsada, la canción que todos ansiábamos pero que aún no había sido compuesta. Tan sólo tuvo que apostar por sus creaciones, escuchar esas voces interiores –educadas y amaestradas por unas influencias de primera– y poner en marcha el camión; meter primera y despegar a toda pastilla.

Cuando la multinacional Sony compró los derechos de “Camino Ácido” ante la avalancha de seguidores que invadieron sus conciertos, quizás pensó que el sueño estaba cumplido: vivir de la música. Hay que recordar, como ya deja entrever en sus letras, que Stanich partió de un desencanto vital y profesional por el periodismo, la carrera que estudió. De ahí que prefiera, como dice en “Hula Hula”, el remedio a la enfermedad. Y es que esta canción, alojada en su último disco “Antigua y Barbuda” (2017), posee unos mensajes transcendentales sobre qué hacer en un escenario en el que la precariedad y el desempleo juvenil son los protagonistas principales, grandes males de esta época histórica para jóvenes como Stanich, quienes nada más acabar los estudios se dieron de frente con la crisis económica. Una crisis que, por cierto, se hará eterna a no ser que encontremos un nuevo modelo económico, algo más propio de la fantasía que del progreso en este país, como también deja caer el artista en “Señor Tosco”.

Fotografía: Bitz Sanz Photography
Fotografía: Bitz Sanz Photography

En “Hula Hula” hay una frase que determina todo: Prefiero ser Bob Dylan que Manuel Campo Vidal”. Lo que para muchos puede resultar ser un gesto vanidoso y arrogante, al compararse con la sombra de uno de los más grandes artistas de la humanidad, tiene varias lecturas. Podríamos decir que ambos –Bob Dylan y Manuel Campo Vidal– son la cara de una misma moneda: el reflejo de una cultura que ya no existe y que todavía perdura por mero fetichismo o coleccionismo. De un lado, el viejo y trasnochado periodismo de academia, sepultado por la revolución tecnológica de Internet y las exigencias de un nuevo mercado de consumidores; de otro, el espectro del folk americano y bohemio de comienzos de los 60, de igual modo sepultado por un paradigma socioeconómico que en nada se parece al de antaño. Dos auras se entrecruzan aquí: la del cantautor nómada y romántico, y la del periodista con olor a papel de periódico, entusiasta por contar lo que pasa, exponerse a peligros y llevar una vida repleta de aventuras.

Por tanto, el significado de “Hula Hula” no es más que la ausencia de referentes para esta nueva época ya que, aunque la historia sigue siendo la misma, las reglas del juego han cambiado. De nuevo, valiéndose de su formidable ironía, pone estas dos identidades en relación entre el periodista que podría haber sido y el folk-singer que ha llegado a ser. También lo podemos ver en otras canciones como la antes mencionada “Señor Tosco”. Bajo unos acordes propios del mejor Lou Reed y con una de las mejores interpretaciones vocales de su carrera, desgrana los siguientes versos:

“¿Y qué tal te va, en aquel diario?
¿Ya te han hecho encargado?
Tu felicidad sí tenía un precio,
marioneta del imperio.
Leo el editorial, ¿qué es lo que ha pasado?
Nos invaden los marcianos”

Aunque puede verse como una aguda crítica al sistema periodístico español, Stanich no hace más que hablar de sí mismo, de lo que podría haber sido si no se colgara la guitarra a la espalda y no cogiera, como se dice coloquialmente, el toro por los cuernos. Un texto que también sirve de autocrítica, como del mismo sucede en “Un Día Épico”, donde afirma haberse comido a Bukowski y cenado con Janis Joplin, dos de sus máximos referentes (en “Camino Ácido” hay una canción que se llama “Chinaski” y cuando usaba Facebook como el común de los mortales se hacía llamar Stanich Joplin).

Todo ello visualiza un mensaje de superación artística y personal que toma forma en “Antigua y Barbuda”, en el que resuelve las deudas pendientes con los fantasmas que han poblado sus canciones y con la pretensión de constituirse como un creador único y singular que ha dado carpetazo a todos esos viejos mitos tan presentes hoy en día, pero ya completamente extinguidos y superados en los albores de este nuevo milenio.

En la Granja del Tío Sam

Como broche final a este reportaje quisiera incluir una antigua canción de su repertorio que nunca más ha tocado y que seguramente sorprenderá a algún que otro fan. Se trata de “En la Granja del Tío Sam”, un tema de casi siete minutos con una introducción de armónica prodigiosa. Aunque existía por ahí una versión de estudio incluiré su versión en directo, grabada precariamente con un móvil, pero en la que Stanich –aún sin la barba tan larga que le caracteriza– hacía gala de su enorme talento que años más tarde evolucionaría hasta hoy.

Por último, hago un llamamiento desde aquí para que rescate este temazo y lo incluya en sus futuras grabaciones o conciertos. Espero que así sea y reciba el desafío.

¡¡DISPARAD A TODO LO QUE SE MUEVA, DISPARAD A TODO LO QUE SE MUEVA!!”