Parece que 2017 va a consolidarse como un año ahogado en la nostalgia, dónde lo viejo prevalece en detrimento de lo nuevo y nos aferramos con todas nuestras fuerzas a tiempos mejores. Muchas de las obras artísticas que he podido consumir este año pecan en parte de ser una especie de ‘spin-off’ de algo que se había creado con anterioridad. En ese grupo existen dos lados bien diferenciados: los que fallan estrepitosamente en emular un producto fuera de su espacio y tiempo, y los que ofrecen, con una forma similar, un fondo muy distinto e innovador.

“The World’s Best American Band”: forma similar para un fondo muy distinto e innovador

“The World’s Best American Band”, el tercer larga duración de White Reaper, es un viaje vertiginoso entre los estribillos y los riffs de guitarra. Un regreso al concepto que tenemos sobre el rock de los setenta sin perder ni un ápice de frescura.

Este último parece ser el caso particular del tercer álbum de estudio del grupo de Kentucky White Reaper. Un prófugo muy interesante que ha viajado desde su época para retumbar con fuerza en la actualidad. Lanzado a través de Polyvinyl, se confirma como un paso adelante a través de un acercamiento descarado y efectivo a la melodía y dejando sin escrúpulos sus raíces más punk.

No es que me considere fan de los efectos efectistas del glam-rock, pero a las cosas por su nombre: “The World’s Best American Band” es un viaje vertiginoso entre los estribillos y los riffs de guitarra. Un regreso al concepto que tenemos sobre el rock de los setenta sin perder ni un ápice de frescura. Sin más dilación, dejemos crecer nuestro pelo hasta los hombros y movamos nuestra cabeza antes de que la noche muera.

Es asombroso lo asequible y divertido que resulta este álbum. Los sonidos de rock añejo son constantes de principio a fin, pero al mismo tiempo resultan refrescantes e imprevisibles.

Como si de un concierto en un estadio se tratara, el clamor de la muchedumbre sirve de ambiente para lo que está por venir. El show abre con el trueno de la batería y unos acordes sueltos de las guitarras. “The World’s Best American Band” arranca el espectáculo consiguiendo transmitirnos por momentos lo que creen ser: la mejor banda estadounidense del mundo. De forma grandilocuente da paso a un glam mastodóntico que se queda impregnado en nuestro cerebro. Casi hasta podemos ver las luces del escenario. Después de la pieza homónima nos dejamos llevar por la dulce y divertida “Judy French”, una oda a las canciones románticas de rock de estadio. Si la primera pista servía para calentar al público, esta ya nos hace bailar sin control olvidando todos nuestros problemas.

Pero la función tiene que continuar, y White Reaper lo consiguen sin despeinarse lo más mínimo gracias al magnífico riff de “Eagle Beach”, un apasionante road-trip en nuestra Volkswagen. No puedo ocultar mi asombro con lo asequible y divertido que resulta este álbum. Los sonidos de rock añejo son constantes de principio a fin, pero al mismo tiempo resultan refrescantes e imprevisibles. Así, dejamos uno de mis momentos preferidos para cantar a pleno pulmón “Little Silver Cross”, un corte en el que las teclas proporcionan a los de Kentucky el combustible que necesitan.

Estos cuatro muchachos de Kentucky son capaces de recoger el testigo de tantas bandas y ondearlo hasta donde acaba la vista. Una odisea pegadiza y guitarrera para los amantes de los géneros más clásicos pero con ese aporte de novedad.

Nos vamos acercando al ecuador del esfuerzo y es el momento de bajar un poco el ritmo. Por eso, la dinámica de “The World’s Best American Band” fluye con delicadeza, imitando de forma muy precisa la narrativa que podría proporcionarnos un concierto de rock multitudinario. El cuarteto nos deja unos momentos de respiro en “The Stack” para regresar al baile con el juego de batería y voz de los primeros compases de “Party Next Door”. Puro banger. Cabe destacar el enorme trabajo vocal de de Tony Esposito, un timbre sacado de “That 70’s Show” que nos dirigirá por este torbellino de emociones. Con la grandeza y la brevedad con las que vino “Party Next Door” la fiesta parece apagarse pero nos la devuelven con otro giro igual de coreable. Aunque quizás no tenga ese aura de himno, “Crystal Pistol” logra levantar el vuelo de manera correcta y… ¿hasta se escucha una botella romperse? Seguidamente nos encontramos con otro de los grandes aciertos de la placa, una sinuosa y bluesera “Tell Me” que nos anticipa el gran final que aún está por llegar. De esta forma, el octavo corte del registro sirve como una formidable transición, con unos vaivenes instrumentales muy ricos en matices.

Por su parte, “Daisies” se constituye como el punto en el que estamos más plenamente embriagados por la nostalgia. Ese instante del concierto en el que tocan el temazo que nos encoge el corazón. Ese sentimiento de salir una noche a disfrutar sin importar qué pasará mañana. Entonces ahí está tu gran grupo, ese que llevas años queriendo ver y sabes que es el concierto de tu vida. Sin ponerme más empalagoso sólo puedo dar las gracias a White Reaper por un elepé así, con la gran capacidad que tiene de transmitir este empaque de emociones. El “1,2,3,4” gritado al arrancar “Another Day” es un presagio de que hasta aquí hemos llegado. La canción más gamberra del conjunto sirve para soltar toda la adrenalina y cerrar con broche de oro nuestra apasionante velada.

Con esta breve experiencia queda claro la importancia musical que tienen y pueden tener de aquí en adelante estos cuatro muchachos de Kentucky capaces de recoger el testigo de tantas bandas y ondearlo hasta donde acaba la vista. Una odisea pegadiza y guitarrera para los amantes de los géneros más clásicos pero con ese aporte de novedad y frescura que les sienta como anillo al dedo.

White Reaper – The World’s Best American Band

8.0

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Emocionante, cargado de nostalgia, pero repleto de capas heterogéneas que lo convierten en un trabajo equilibrado y potente. White Reaper nos traen en “The World’s Best American Band” un glam garajero que no olvida de dónde viene, pero que también sabe a dónde va.

Up

  • La dinámica del disco. Fluye como un directo.
  • Los estribillos, altamente adictivos.
  • Los riffs y las teclas.

Down

  • Quizá a alguien le suene a refrito, demasiado añejo o simple acopio de sonidos de décadas pasadas.