Años 90. Menuda década. Finales de siglo. Fin de la Unión Soviética. Primeros ordenadores. Últimos tiempos de lo analógico. El inicio de la globalización. Profecías, distopías, teorías frente a lo que iba a pasar una vez llegásemos al siglo XXI. Algunos presagiaban el fin del mundo, otros su comienzo. Diferentes posturas ante una incógnita nacida del nerviosismo por el contador a cero después de diez siglos en suma. En líneas generales y como de todos es sabido, los años 90 precipitaron a la humanidad hacia un nuevo paradigma socioeconómico y tecnológico con el mayor invento de la historia hasta la fecha: Internet. Nada sería igual desde entonces.

Los 90: grunge, britpop, shoegaze y la muerte del indie

“Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space” engloba lo que parece ser un testamento de toda la música popular del siglo XX, salpicando todas las pistas de free jazz, coros góspel, rock sinfónico y música ambient.

Musicalmente, los 90 no tienen nada que envidiar a  décadas anteriores. Un colega virtual asegura que en ese intervalo de diez años nació y murió el indie. La fecha de defunción, el día en el que el cantautor Daniel Johnston firmó por una multinacional. Por otro lado, el britpop de Oasis, Blur, The Verve y Stone Roses surgió como respuesta definitiva a toda esa ola decadente, nihilista y tan marcada por los excesos que representaron Nirvana, Alice In Chains o Smashing Pumpkins, entre muchos otros. De igual modo y algunos años atrás, la proliferación de bandas que experimentaron con el ruido y la música de ambiente, como Sonic Youth y su hijo predilecto: el shoegaze. Slowdive, My Bloody Valentine o The Jesus & Mary Chain llevaron la dulzura del pop hacia terrenos resbaladizos, donde el feedback, el flanger y el reverb se hicieron los absolutos protagonistas en la búsqueda de un sonido onírico, chirriante, envolvente y, en muchas ocasiones, espacial.

Es el caso de Spacemen 3, el grupo liderado por Jason Pierce (a.k.a. J. Spaceman) y Peter Kember (a.k.a. Sonic Boom) cuyos temas como “Revolution”, “Mary Anne” o “Walkin’ With Jesus” desvelaban ese amor salvaje y autodestructivo hacia las drogas duras, así como por la retroalimentación y los sonidos envolventes, y que tuvo su mayor y mejor representación en el disco de maquetas “Taking Drugs to Make Music to Take Drugs To” (1990). La despedida del dúo compositivo llegó un año después con “Recurring” (1991), cuando Pierce tomó al equipo de Spacemen 3 y formó el grupo que más tarde se conocería como Spiritualized. Por su parte, Kember hizo lo propio con Spectrum, renovando su apuesta por un estilo mucho más experimental que Pierce centrado en el uso de sintetizadores analógicos antiguos e inspirado por aquella frase de Alan Vega (líder de la narcótica Suicide): “minimal is maximal”.

Tres álbumes para un final de década impresionante

Un disco radical que sintetizó perfectamente la más reciente ola, desde el credo espacial de su anterior formación, pasando por las corrientes de vanguardia noise hasta el britpop de más calado entre la multitud.

Tras este breve repaso histórico-musical por los 90 nos centraremos en un año clave para la música: 1997. Uno de los volantazos más importantes en toda la escena internacional lo dio Radiohead con el increíble e impredecible “OK Computer”. El britpop todavía presente en su segundo disco “The Bends” (1995) dio paso a una angustia agorafóbica anclada en un universo distópico cercano a las narraciones de Aldous Huxley donde la alienación social y la deshumanización tecnológica fueron los principales combustibles de tan monumental proyecto. Un trabajo que veinte años después conserva vigencia total y cuyos ecos resuenan en el presente, tanto en forma como en contenido.

Otro de los grandes álbumes de 1997 fue “Be Here Now” de los hermanos Gallagher. A pesar de no gozar de tanta repercusión como su anterior “(What’s the Story) Morning Glory?” (1995) logró batir el récord del disco más vendido en una semana en Reino Unido. Y es que en ese momento Oasis eran el centro de la música británica, donde convergían todos los estilos. Sin embargo, no ha logrado envejecer tan bien como “OK Computer” y el propio Noel Gallagher lo ha llegado a calificar como “una estafa al rock and roll”. Ahora mismo “Be Here Now” se contempla como el certificado de muerte del britpop entre algunos sectores de la crítica.

Y es en este preciso momento donde el monstruo dormido vuelve a despertar en un renacimiento de antología que figurará como inmortal para las generaciones futuras. La vuelta a la cumbre de Jason Pierce con Spiritualized y su “Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space”, un disco radical que sintetizó perfectamente la más reciente ola, desde el credo espacial de su anterior formación, pasando por las corrientes de vanguardia noise hasta el britpop de más calado entre la multitud. Y no sólo eso, sino que engloba lo que parece ser un testamento de toda la música popular del siglo XX, salpicando todas las pistas de free jazz, coros góspel, rock sinfónico y música ambient.

Cabe mencionar algunos lanzamientos discográficos notables al margen de estos tres discos, que le suman todavía más valor y proeza a las creaciones de Yorke, Gallagher y Pierce. Estos son, por ejemplo, el tercer disco homónimo de Portishead, el apoteósico regreso de Misfits con Michael Graves a la voz en “American Psycho” o el cuádruple “Zaireeka” de los Flaming Lips, el cual se posicionó como uno de los álbumes más revolucionarios jamás creados ya que sólo se podía escuchar al reproducir los cuatro elepés a la vez.

Un comprimido. 70 minutos de efecto

La obsesión de Jason Pierce por la farmacología tuvo su punto álgido en este deslumbrante LP que sitúa al amor como el garante de esa lucha imposible contra la muerte.

Para tratar el corazón y el alma”. Así se descubría “Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space”, una cura sin paliativos en formato cápsulas que en su día se presentó como una caja de medicamentos. Y es que la obsesión de Jason Pierce por la farmacología tuvo su punto álgido en este deslumbrante LP que sitúa al amor como el garante de esa lucha imposible contra la muerte: “All I want in life’s a little bit of love to take the pain away […] And float in space and drift in time / All the time until I die”. Con esta primera canción homónima Pierce resumía el significado global del álbum. Tres líneas argumentativas que se yuxtaponen una y otra vez a lo largo del recorrido: el amor, las drogas y Dios.

Algunas de las grandes obras de arte nacen de un dolor agudo en el fondo del alma. En este caso, como en tantos otros, la máxima se cumple. Jason Pierce fue abandonado por su pareja y antigua teclista de la banda, Kate Radley, quien le sustituyó por el cantante de The Verve (Richard Ashcroft). En esos duros momentos de despecho y desamor Jason decidió encerrarse en el estudio a componer y éste fue el resultado.

El proceso de grabación fue bastante complejo. Jason Pierce se aisló en un estudio de la ciudad de Bath en Somerset con su compañero Sean Cook, y juntos grabaron las primeras maquetas. Más tarde, se mudó a Londres a los estudios The Church para trabajar con Darren Allison, famoso y estelar productor de My Bloody Valentine. Allí grabaron voces, guitarras, teclados y coros, interpretados por el London Community Gospel Choir. También se movieron a los estudios Olympic para grabar la sección de cuerdas con el Balanescu Quartet. Al poco tiempo se mudaron a los Estados Unidos para pedir la colaboración del instrumentista Dr. John al piano en “Cop Shoot Cop…”, la estratosférica canción de cierre del disco.

Un agujero sinfónico desprovisto de toda gravedad

Se desata el conflicto que ahonda en lo que más tarde se podría llamar el espíritu del siglo XXI. Esa contraposición de sensaciones y pensamientos, del desenfreno a la quietud, de la euforia a la angustia, del aburrimiento y la soledad al exceso. Aquí vemos rasgos existenciales que luego se mostrarán con toda su crudeza y que sirven de prolegómeno de las sensaciones que vendrán en los años siguientes: desconexión, marginación, prisión del yo y, por tanto, desconfianza e incertidumbre ante un futuro que no se ve por empacho de presente.

Mucho se ha analizado respecto al álbum que nos reúne. Por ello, haremos un repaso breve sobre los mejores momentos del disco y los detalles que hicieron de él una auténtica obra de arte que redefinió la música en 1997. El primer track a modo de presentación regresa a los Spiritualized más clásicos de sus álbumes anteriores, “Lazer Guided Melodies” (1992) y “Pure Phase” (1995). La voz adormecida de Pierce –muy en la línea de Lou Reed– ejerce un loop que nos sume en un profundo ensimismamiento donde el amor y la muerte se alternan como protagonistas principales.

Es en “Come Together” donde podemos intuir las diferencias claves que hacen a este disco uno tan especial. La irrupción de los coros góspel y unas envolventes guitarras con un fondo de ambiente de sintetizador marcan la tónica general del elepé y nos abren paso a esta obra cósmica forjada en las estrellas. “I Think I’m in Love” resulta un perezoso tema que desentierra las guitarras etéreas de Roger Waters a medida que Pierce hace apología de estupefacientes como el DMT o la heroína (“Solo yo y mi pico en el brazo y mi cuchara”) mientras el amor se confunde con el colocón y hablan en los mismos términos: “Amor en la mitad de la tarde, creo que estoy enamorado”. Más de lo mismo en una “All of My Thoughts” que, a pesar de tener un inicio reposado y calmado, adquiere un vigor insólito con la súbita entrada de ruido blanco para más tarde regresar al órgano y la música celestial. Aquí los estilos viran de la música clásica a la concreta, con un Karlheinz Stockhausen que nos sonríe desde detrás de las pistas. Y es en esta pieza donde se desata el conflicto que ahonda en lo que más tarde se podría llamar el espíritu del siglo XXI. Esa contraposición de sensaciones y pensamientos, del desenfreno a la quietud, de la euforia a la angustia, del aburrimiento y la soledad al exceso. Aquí vemos rasgos existenciales que luego se mostrarán con toda su crudeza y que sirven de prolegómeno de las sensaciones que vendrán en los años siguientes: desconexión, marginación, prisión del yo y, por tanto, desconfianza e incertidumbre ante un futuro que no se ve por empacho de presente.

Los fantasmas de Spacemen 3, The Velvet Underground, Karlheinz Stockhausen, Suicide, Brian Eno, My Bloody Valentine, Iggy Pop o MC5 aparecen tras las pistas, acompañados de una colosal instrumentación orquestal que engrandece la obra hasta lo épico.

Mucho más inocente se muestra “Stay With Me”, en la que vuelven las guitarras psicodélicas setenteras. Inevitable no recordar grupos como Pink Floyd o King Crimson. El tema progresa hasta fundirse en un nuevo caos espacial pero “Electricity”, sin embargo, rompe con una guitarra brusca y rockera que hace pensar en un punto intermedio entre los mejores Stones y una reversión del “I’m Waiting for the Man” de la Velvet Underground. También recuerda mucho a bandas hermanadas en el estilo, como los geniales y rupturistas Crocodiles. Después de la furia descarnada y el desenfreno anfetamínico, llega la resaca: “Home of the Brave” representa ese estado ensimismado de la noche siguiente con una base ligera y sencilla de piano y guitarra en la que la voz tiembla desconcertada. De nuevo y más que nunca, el piano resuena a John Cale y la voz, dormida en Placidyl, a Lou Reed. La letra es un regreso a esa contraposición entre amor y odio, drogas y abstinencia, paraíso e infierno. Sin avisar llega “The Individual”, un corte instrumental en el que la producción musical resulta mastodóntica. Esto constituye una vez más “Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space” como una enciclopedia de los géneros musicales que sacudieron la música contemporánea del siglo XX: ruido blanco, música concreta, free jazz (trompetas y saxo), orquestas sinfónicas…

Broken Heart”, sorprendente y efímera, vuelve al reposo atmosférico; un tema muy cercano a los trabajos electrónicos de Brian Eno o Aphex Twin. Indiscutiblemente es la balada del disco, y su progreso sinfónico lo podemos ver en influencias posteriores de nuestra música, como en “Una Semana en el Motor de un Autobus” (1998) de Los Planetas y su impactante y arrebatadora “Línea 1”. Los arreglos de cuerda y viento se van sumando hasta alcanzar una cumbre melódica insospechada que deja sin palabras.

Una cura para el alma. Un medicamento expedido sin receta que llegó de sopetón para quedarse para siempre. El amor desde 1997.

El álbum avanza hasta llegar a “No God Only Religion”, un abismo sinfónico difícil de digerir y categorizar. Un agujero negro despojado de toda gravedad que va tragándose toda la instrumentación como un apocalipsis musical que precipita todo hasta un silencio mudo pero no definitivo. Aquí notamos que el disco va descomponiéndose en las letras, llegando a cotas instrumentales en las que la voz naufraga para dar paso a un universo sonoro hipnótico y destructivo que planea sobre el espacio. En algún punto puede recordar a los momentos más turbios de los Swans de Michael Gira. Por su parte, “Cool Waves” es una pieza de ensoñación preciosa y delicada, en la que Pierce susurra al oído una canción de amor y muerte: “Baby, when you gotta sleep / Lay your head down low / Don’t let the world lay heavy on your soul”. Un coro celestial inunda el estribillo al son de la orquesta de cuerdas y piano. Quizás una de las mejores baladas de todos los tiempos, un no-final para este viaje por el espacio.

Y así llegamos a la última canción, “Cop Shoot Cop…”, un complejísimo track de 17 minutos de duración que arranca con una base de piano interpretada por Dr. John y lo que parece un guiño a Patti Smith: “Jesucristo murió por nada, supongo”. También, como no podía ser de otra forma, otro llamamiento al hampa de la droga: “Hay un agujero en mi brazo por donde se cuela todo el dinero”. La canción adquiere una estructura circular y redundante sobre estas mismas ideas, incluyendo en sus estrofas posteriores las variaciones de estos dos versos. Primero “Todos mis amigos murieron por nada, supongo” y luego “Porque todo mi amor murió por nada, supongo”. De igual forma, “Hay un agujero en mi mente donde se cuela toda información” y “Hay un agujero en mi razón que debo cerrar”. De nuevo, esas tres líneas de discurso: amor, drogas y Dios. En cuanto a los rasgos formales, la canción se pierde en un solo estridente de guitarra que prosigue hacia el ruido ensordecedor. Ruido en estado puro. Una cura para el alma. Un medicamento expedido sin receta que llegó de sopetón para quedarse para siempre. El amor desde 1997.

Spiritualized – Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space

10

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Después de la resaca grunge y britpop, Jason Pierce volvió a sorprender al mundo con un álbum antológico y definitivo que reunió todas las corrientes de música alternativa, llevando a cabo una obra total en mayúsculas para un fin de siglo deslumbrante. Los fantasmas de Spacemen 3, The Velvet Underground, Karlheinz Stockhausen, Suicide, Brian Eno, My Bloody Valentine, Iggy Pop o MC5 aparecen tras las pistas, acompañados de una colosal instrumentación orquestal que engrandece la obra hasta lo épico.

Up

  • La adormecedora balada de inicio que supone despertar y dejar atrás las telarañas del sueño, y su imprevisible guiño a Elvis en la segunda voz que recita: “Wise men say / Only fools rush in / Only fools rush in… But I / I can’t help / I can’t help falling / Falling in love with you”.
  • El estallido noise de “All of My Thoughts” y sus paisajes oníricos.
  • Las letras y sus giros irónicos que convergen a lo largo de los tres grandes temas: amor, drogas y Dios.
  • “Broken Heart”, una emotiva balada cargada de épica orquestal.
  • La capacidad de resucitar y sacar a la palestra géneros que van desde la música concreta, música clásica, space rock, free jazz o góspel.
  • “The Individual” y “No God Only Religion” como epítomes de la música más experimental y abrasiva.
  • Un final increíble y cinematográfico donde se pasa de la dulzura a la destrucción, de la paz sosegada al caos más histriónico, del amor al odio, de la abstinencia al exceso, de la fe al nihilismo.