No fue gran cosa aquel esperpento sonoro de 2013, “Magna Carta… Holy Grail”, en el que JAY-Z se las daba de artista conceptual y nos intentaba vender un disco pasado de moda desde su fecha de salida. Lo cierto es que se puede decir que en los últimos años la leyenda de Brooklyn no ha ocupado precisamente las portadas de los periódicos (¿existen aún?), al menos en su faceta de artista. Otro tema distinto es el de la personalidad del mundo de los negocios en la que el viejo Hov se está convirtiendo. Sus venturas empresariales le alejan del mundo del artisteo y le acercan al de la oficina, codeándose con multinacionales y chantajeándoles con lanzamientos exclusivos como el de Beyoncé el año pasado o como el suyo propio este año.

“4:44”: I got 99 problems but my business ain’t one

“4:44” está fuertemente influenciado por el JAY-Z emprendedor (que no Jay Z) y no tanto por el Jay Z de “Big Pimpin’”, que sólo aparece aquí como cameo nostálgico.

Visto en esta luz, no es de extrañar que “4:44” esté fuertemente influenciado por el JAY-Z emprendedor (que no Jay Z) y no tanto por el Jay Z de “Big Pimpin’”, que sólo aparece aquí como cameo nostálgico. Es este un disco concebido en el crepúsculo artístico del artista, enfocado más en el pasado que en el presente, describiendo su legado y no su plan de futuro. Jay Z responde a la industria, al ‘beef’ con su mujer (pongámoslo entre comillas) y a toda una carrera que se traduce en millones. Responde porque sabe que callará pronto. Es un hombre ocupado y tiene cosas mejores que hacer.

Fotografía: Kevin Mazur (Getty Images for Live Nation)

Este es un disco concebido en el crepúsculo artístico del artista, enfocado más en el pasado que en el presente, describiendo su legado y no su plan de futuro. Jay Z responde a la industria, al ‘beef’ con su mujer (pongámoslo entre comillas) y a toda una carrera que se traduce en millones. Responde porque sabe que callará pronto. Es un hombre ocupado y tiene cosas mejores que hacer.

Jay Z ha muerto. Se ha matado a sí mismo, destrozado por la evidencia que tantas veces le ha golpeado ya: los tiempos han cambiado. La vieja gloria ahora es eso, vieja, en desuso, apenas tres minutos para terminar la noche con noventa y nueve problemas. Toca reinventarse o morir, o morir y reinventarse, o morir y desnudarse, que es lo que pasa precisamente en “Kill Jay Z”, prólogo a modo de final y principio anunciado que hace un repaso del Jay Z que conocemos en mayor o menor medida, desintoxicado de sí mismo y pidiendo el perdón que lo reconcilie con un público que empezó a olvidarlo hace ya tiempo.

Luego está el JAY-Z empresarial, CEO, entrepreneur. A ese sí que no le falta ego, aunque lo ponga al servicio de la comunidad para concienciar, de aquella manera, a los que se gastan el parné en ferraris en vez de invertirlo en propiedad. Nunca invertir en suelo fue tan disfrutable, todo quede dicho, ya que pese a su letra esquemática y claramente con más potencial del que alcanza, “The Story of O.J. deja impresión duradera con su espíritu clásico y contemporáneo al mismo tiempo. El corte representa a la perfección el espíritu de “4:44”, sacando a relucir la producción exquisita de No I.D., quien se luce en cada track con su sonido analógico y sus samples de Nina Simone o Stevie Wonder. ‘Acompaña’ el último a Jay en “Smile”, tema profundamente personal, lleno de alma tanto en el sentido espiritual como el musical. Nadando en dobles significados y “uuh uuhs” adictivos de Stevie, JAY-Z habla sobre raza, multinacionales y la orientación sexual de su madre, quien aparece al final recitando las mejores líneas de todo el track, con todo el respeto. Los temas tratados suenan dispersos porque lo son, y aunque es cierto que el álbum se beneficia a ratos de su tono intimista y libre, escrito en una especie de improvisación continua, no deja uno de sentirse confundido ante la constante interrelación entre los negocios, la música y la vida personal. Supongo que dice mucho de un Carter atrapado entre mundos que el éxito ha entrelazado con cadenas irrompibles. La marca y el hombre, ficción y realidad, vida y negocio, todo en un mismo sitio.

Los temas tratados suenan dispersos porque lo son, y aunque es cierto que el álbum se beneficia a ratos de su tono intimista y libre, escrito en una especie de improvisación continua, no deja uno de sentirse confundido ante la constante interrelación entre los negocios, la música y la vida personal. Dice mucho de un Carter atrapado entre mundos que el éxito ha entrelazado con cadenas irrompibles. La marca y el hombre, ficción y realidad, vida y negocio, todo en un mismo sitio.

No falta, por supuesto, la colaboración de rigor de un Frank Ocean escueto y certero en “Caught Their Eyes”, el tema diss dirigido a nadie y a todos, temáticamente compacto y musicalmente redondo. Destaca no por su originalidad, sino por su efectividad a la hora de hablar de los tiburones de la industria, ¿o debería decir parásitos? Tema recurrente donde los haya, Jay habla de mantener los ojos abiertos con la sutileza necesaria para evitar el mal gusto, haciendo mención directa e indirecta a las traiciones con las que alguien de su estatura se ve obligado a lidiar. “Don’t big bro me don’t “Big Homie” / I’ve Seen Pure Admiration Become Rivals”. Casi me imagino a Kanye mordiéndose los nudillos en el sofá.

No deja de resultar curioso que un álbum producido en el punto más bajo de su relación con Kanye West se caracterice precisamente por no dejar de hacerle referencias musicales a su estilo, algo que se contradice con sus menciones negativas al que fuera su ahijado y oveja negra de Tidal. Temas como “4:44” dejan claro la intertextualidad entre los dos artistas, mezclando el estilo anecdótico y el soul sampleado de Kanye con la perspectiva madura del que podría ser su padre en años y estilo. Por supuesto no es esto lo más interesante del tema (es algo que podría ser comentario de casi cualquier canción), así como no es esta la relación que lo define. Lo que hace a “4:44” interesante es más bien su carácter confesionario y de disculpa, admitiendo las acusaciones que Beyoncé le lanzara en su álbum “Lemonade” y pidiendo perdón por sus errores (nunca unos cuernos dieron tanta pasta). No puede uno más que sentirse blando ante las lágrimas que Jay vierte sobre la inocencia de su mujer y la traición a su hija, incluso cuando parece obvio que el casanovismo de Hov va más allá de un par de noches locas. Pese a todo, no parece que la pareja de oro haya sufrido heridas incurables y a la vista queda en “Family Feud”, donde marido y mujer vuelven a hacer equipo para hablar sobre las divisiones raciales y el abismo aún existente entre los que triunfan y los que siguen vendiendo droga en la calle. Bien es cierto que la aparición de Beyoncé es una de las menos convencionales del álbum, sampleada e introducida a cachos en la instrumental, pero proporcionando sin duda un toque de distinción a uno de los beats más coloridos y llenos de soul del álbum.

Este álbum no es tanto una piedra angular de su carrera sino más bien uno de sus suspiros finales como artista, más interesante por su carácter histórico y documental que por su interés musical. No nos engañemos. Ha quedado ya dicho que JAY-Z es, ante todo, un hombre de negocios.

Bam” es sin duda lo más parecido a un banger que Jay nos ofrece en “4:44”, acompañado del mismísimo… ¿Damian Marley? La asociación funciona, eso sí, aunque no vaya más allá de un tema típico de ego-trip sazonado por toques dancehall e inmerso en deliciosos 808’s. Comienza el álbum aquí un declive con altibajos en el que la producción se va haciendo progresivamente menos extravagante mientras JAY-Z se olvida cada vez más de los versos introspectivos para volver a arremeter contra la nueva hornada de raperos de skrts y sonido uniforme. En referencia al polémico Óscar a mejor película a principios de este año, “Moonlight” vuelve a hablar sobre la falta de empuje emprendedor y sobre cómo la comunidad negra adquiere éxitos vacíos que benefician a la industria blanca, todo con la alegoría del enfrentamiento entre La La Land y Moonlight de fondo. Desde luego Jay se ha tomado en serio eso de ser el abuelo del hip-hop y no deja de recordarlo en cada una de las rimas que usa para aleccionar a todos esos jóvenes incautos que penetran la industria en masa. Su última estocada la da en “Marcy Me”, probablemente el tema más convencional de “4:44”, donde JAY-Z, atacado por la nostalgia que le provocan estos jovenzuelos, recuerda con añoranza sus tiempos en el barrio de Marcy. Una especie de “en mis tiempos esto no pasaba” que no puede faltar en el álbum de una vieja leyenda y que se escucha con más ironía que gusto.

Del pasado al futuro, Jay pone punto y seguido a “4:44” con “Legacy”, su testamento hablado que deja claro de donde viene y hacia donde va. No nos engañemos. Ha quedado ya dicho que JAY-Z es, ante todo, un hombre de negocios. Su carrera en la música desemboca en el despacho, fumando puros y dejando billetes por cada camino que transita. De vez en cuando tiene tiempo para la música, con resultados notables como este disco demuestra. Sin embargo, está mayor, y sus letras, anecdóticas y flácidas, demuestran que este disco no es tanto una piedra angular de su carrera sino más bien uno de sus suspiros finales como artista, más interesante por su carácter histórico y documental que por su interés musical. Esto no quiere decir que el estilo lo-fi y casi experimental que adquiere Jay no resulte renovador, pero sí que pierde fuerza hacia el final para desembocar en “Legacy” y explicarnos de lo que todo esto se trata: Jay Z no es un artista, sino un empresario.

JAY-Z – 4:44

7.3

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 Jay Z muere y vuelve JAY-Z, millionario y CEO, leyenda del hip-hop y abuelo del género. Reflexiona sobre sus logros y fallos sobre una producción exquisita y el estilo libre del que, tras años de carrera, basta con dejar el boli sobre el papel para que fluyan los recuerdos y las reflexiones de toda una vida. Un documento histórico y curiosidad musical.

Up

  • La producción, a ratos conservadora y a ratos aventurera, pero siempre con un toque experimental e intrigante.
  • JAY-Z se olvida de fachadas y se desnuda como nunca lo ha hecho antes.
  • Sin dejarse influenciar por las corrientes del skrt, Jay ha sabido renovarse de un modo que resulta contemporáneo y vieja escuela al mismo tiempo.

Down

  • El tono intimista se pierde pronto y el cambio estilístico se queda en maquillaje.
  • El álbum pierde fuerza conforme avanza, dejándose todo el fuego al principio.
  • El estilo es tan libre que a veces se echa de menos estructura y detalle en temas que apenas flotan sobre las canciones y no llegan a adquirir forma.