Cuando nuestros queridos amigos de King Gizzard & The Lizard Wizard contaban el proceso tan largo que les había llevado a realizar “Nonagon Infinity”, un trabajo que tardaron dos años en completar y con el que incluso se dieron varios descansos (si es que los podemos llamar así, puesto que aprovecharon para editar mientras tanto “Quarters” y “Paper Mâché Dream Balloon”), pensé que habían alcanzado el cénit de su carrera. Para mí aquel disco era su obra maestra, el culmen de todos los alocados experimentos que habían ido desarrollando hasta confluir en una obra magnífica desde su concepto. Creía que habían completado un ciclo y que, tras él, por fin vendría un más que merecido descanso para planear su siguiente gran movimiento. Pero qué equivocado estaba. King Gizzard & The Lizard Wizard (bendito nombre) no entienden de descansos ni de parones y la infinidad no estaba dispuesta a contenerse en un trozo de plástico redondo. La infinidad debía trascender la propia obra.

“Polygondwanaland”: traspasando todos los límites

“Polygondwanaland”, ha ido un paso más allá en prácticamente todo. Es, además, el trabajo con la mejor producción que han tenido los australianos hasta el momento.

Ya hemos hablado del ambicioso proyecto de los australianos en numerosas ocasiones así que no vamos a seguir reincidiendo en que estos muchachos llevan la friolera de nada más y nada menos que cuatro discos en un solo año, a falta de uno con el que cumplir su propósito inicial (vaya, al final lo he hecho, espero que me perdonéis). Pero es que resulta necesario recalcarlo una vez más, y no por la cantidad, sino por la calidad. Cualquiera pensaría que la consistencia no puede ser algo presente en un grupo que lanza tanta música en tan sólo doce meses, pero es que –adelantando acontecimientos– ninguno de estos trabajos baja del notable, y eso es algo digno de aplaudir.

Y no únicamente eso. Su cuarto larga duración, “Polygondwanaland”, ha ido un paso más allá en prácticamente todo. Para empezar está su atrevido a la par que inteligente movimiento para ganar publicidad y extender la devoción por los mesías del Gizzverse hacia nuevas fronteras. Regalar un disco permitiendo hacer copias de éste de manera legal y sacar beneficios de ello sin pagarle nada a sus creadores es algo que hasta donde yo sé nunca antes se había hecho. Poniéndolo un poco en perspectiva, me parece el siguiente paso a lo que Radiohead hicieron con “In Rainbows” diez años atrás, sólo que como esta vez no hablamos del quinteto de Oxford no ha tenido la repercusión que se merece.

Aunque lo más sorprendente no es eso, sino que es, además, el trabajo con la mejor producción que han tenido hasta el momento. Supongo que el sonido del grupo ha ido mutando no sólo a la vez que los miembros adquirían mayor destreza, sino también de acuerdo con las necesidades de cada disco. En este caso hablamos de un sonido mucho menos saturado, con una instrumentación cristalina y unas voces menos cargadas de reverb, aparte de una mayor presencia de los sintetizadores y otros elementos electrónicos que hasta ahora habían sido más bien escasos.

Fotografía: Jason Galea

El sonido del grupo ha ido mutando no sólo a la vez que los miembros adquirían mayor destreza, sino también de acuerdo con las necesidades de cada disco. En este caso hablamos de un sonido mucho menos saturado, con una instrumentación cristalina y unas voces menos cargadas de reverb, aparte de una mayor presencia de los sintetizadores y otros elementos electrónicos que hasta ahora habían sido más bien escasos.

Puede que al escuchar “Crumbling Castle” parezca que estamos ante otro disco más del Rey Molleja, ya que es el tema que más conserva las características clásicas del grupo a pesar de introducirnos en la atmósfera polirrítmica que gobierna este trabajo. Diez minutazos de desarrollo para cautivarnos con un carácter místico cercano al de “Flying Microtonal Banana”, con los riffs más machacones de “Murder of the Universe” y al ritmo de las baterías de “Sketches of Brunswick East”, conformando una de las piezas más redondas y épicas que el grupo nos ha entregado hasta la fecha. Pero la magia de este disco reside en las sorpresas que vienen después, con una “Polygondwanaland” que rebaja las revoluciones tras semejante tormenta y se deja llevar por los ritmos cruzados y las melodías que galopan entre una batería y otra, como si Stu y el resto hubiesen ganado la suficiente confianza como para tirarse a la piscina de cabeza y desarrollar esas dotes que en otros discos se escudaban un poco en los riffs pegadizos y los versos paralelos a las guitarras. Aquí ya no hay estribillos para gritar en coro y hacer un pogo como los de “Gamma Knife” o “Rattlesnake”; las guitarras siguen su camino y las voces el suyo propio con un resultado tan efectivo que nos deja con ganas de más, dado que a partir de este segundo corte la mayoría de canciones navegan alrededor de los tres minutos.

A pesar de ello el carácter progresivo se mantiene, y el disco, como de costumbre, funciona mejor en conjunto que por separado, aunque cada pieza sea una joya y quede perfectamente diferenciada del resto. Así, “The Castle in the Air” cuenta con dos elementos que me gustaría destacar: primero la narrativa, jugando nuevamente con el spoken word de Leah Senior que ya explotaron en “Murder of the Universe” y dejando claro que este elepé también otorga importancia a las letras. No nos vamos a atrever a posicionarnos según dónde se coloca, pero las elucubraciones de un servidor –muy fan de toda esta teoría del Gizzverse– lo situarían quizás entre “Murder of the Universe” y “Nonagon Infinity”. El otro elemento señalado (además de la inspiración tomada de “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift y “El castillo ambulante” de Hayao Miyazaki) es la propia estructura de la canción, con una primera mitad que se muestra muy caótica –en la que las guitarras serpentean velozmente– y una segunda en la que toda la instrumentación confluye hacia un conjunto mucho más reconocible y satisfactorio, con momentos incluso muy world music.

“Polygondwanaland” sigue la misma senda experimental e inconformista y da otro paso de gigante más en el espectro musical del grupo, con un carácter prog que a ratos tiene retazos de Mike Oldfield, de Jethro Tull e incluso de Yes.

Deserted Dunes Welcome Weary Feet” recupera los riffs a toda velocidad para rendirse pronto al misticismo de la lírica, la cual nos habla de esa región mítica llamada Gondwana que existió durante la prehistoria (haciendo alusión a los dinosaurios) y que se escindió con el tiempo. Algo que me gusta de este disco es el tono de viaje épico que adquiere: Polygondwanaland parece el destino, el lugar utópico que el protagonista del que se habla en las canciones –y que a veces habla por sí mismo– quiere alcanzar, mientras que las canciones son el recorrido, desprendiendo ese ambiente de epopeya que bien podría servir como banda sonora de un Dark Souls (me estoy flipando, lo sé, dejadme).

Si antes hablábamos de misticismo, parémonos a escuchar la suite de tres partes que comienza con “Inner Cell” y dejémonos cautivar por su introspección, con momentos muy tensos y un protagonismo del sintetizador que vuelve a explotarse en “Loyalty”, cuyo arranque siempre me trae a la mente el de “Shine On You Crazy Diamond” de Pink Floyd, sólo que aquí King Gizzard tiran por la fantasía y la épica de aire medieval, jugando con la dicotomía hombre-dios que tanto les gusta. No quiero olvidarme tampoco del bajo, que hace un trabajo espléndido ya no simplemente en este tema, sino en todo el disco. De hecho, en la última parte de esta suite, “Horology”, es este instrumento al cual sigue la voz (en lugar de a la guitarra como acostumbran). Las estrofas tensas de ritmos abruptos y enrevesados vuelven a resolver en partes de mayor reposo que sirven para contrastar y conducir hacia una “Tetrachromacy” que nos devuelve a las guitarras acústicas y al imaginario folklórico fantástico, describiendo el empeño de este ser con ansias de poder conseguir ver el cuarto color que los ojos de un humano corriente no pueden percibir.

Lo mejor es que a pesar de todos los experimentos llevados a cabo siguen sonando a ellos mismos. Porque King Gizzard & The Lizard Wizard no es un grupo que viva de referencias a otros artistas ni que se base en el puro revivalismo, King Gizzard & The Lizard Wizard es una bestia con una identidad propia construida con mucha maestría.

Nos acercamos al final del viaje con esa “Searching…” en la que a través de los sintetizadores y las percusiones el grupo se adentra más que nunca en la oscuridad y nos conducen entre la penumbra hacia una “The 4th Colour” que retoma el vuelo con las guitarras eléctricas y los King Gizzard algo más clásicos, pero manteniendo esa atmósfera esotérica y tenebrosa gracias, en gran parte, a las voces y al uso que se hace de estas; algo de lo que apenas había hablado y que merece otra mención, ya que esta vez se alejan de los “yiup” y de los estribillos obvios y se recrean con unos Stu y Joey que cada vez sacan mayor partido. Pero para no olvidar que estamos ante un álbum de King Gizzard & The Lizard Wizard el conjunto australiano se permite una pequeña coda que cierra el LP con sus clásicas guitarras desquiciadas y su divertido caos, dejando así un sabor de boca agradable y familiar.

¿Os acordáis de cuando en 2013 se hablaba de un grupo con un temazo llamado “Head On/Pill” y un puñado de canciones apañadas? Parece mentira que en tan sólo cuatro años hayan sido capaces de experimentar tanto, pulir sus virtudes, reinventarse y construir todo un universo con su propio lore y teorías sobre las que los fans reflexionamos fervientemente. “Polygondwanaland” sigue la misma senda experimental e inconformista y da otro paso de gigante más en el espectro musical del grupo, con un carácter prog que a ratos tiene retazos de Mike Oldfield, de Jethro Tull e incluso de Yes. Y lo mejor es que a pesar de todos los experimentos llevados a cabo siguen sonando a ellos mismos. Porque King Gizzard & The Lizard Wizard no es un grupo que viva de referencias a otros artistas ni que se base en el puro revivalismo, King Gizzard & The Lizard Wizard es una bestia con una identidad propia construida con mucha maestría. Una bestia a la que si el tiempo pone en el sitio que merece será la que propicie muchas referencias en el futuro.

King Gizzard & The Lizard Wizard – Polygondwanaland

8.6

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Los microtonos, el spoken word y el jazz no eran suficiente, había que probar con la polirritmia y eso es lo que se dedican a explorar King Gizzard & The Lizard Wizard en “Polygondwanaland”, su cuarto disco consecutivo en 2017. Los riffs directos y los estribillos de una palabra repetida hasta el infinito dejan paso a una mayor introspección y riqueza instrumental que confirman una maestría digna de aplaudir.

Up

  • En conjunto es una gozada, ni un solo momento de relleno.
  • Encontrar un equilibrio entre el experimento y el exceso: la polirritmia es más otro elemento que el eje de las canciones.
  • “Crumbling Castle” es una de sus mejores canciones.
  • Ya van cuatro aciertos, y lo mejor es que aún falta uno.

Down

  • Si te gustan los King Gizzard que van con los riffs a piñón, mucho me temo que no vas a encontrarlos aquí.
  • Tantos trabajos en tan poco tiempo a veces parece diluir un poco todo lo que están haciendo y pueden acabar sobrepasando a los fans menos acérrimos.