Todas las estrellas de rock and roll del siglo pasado tienen su propia canción de muerte. ¿Qué es una canción de muerte? Una canción que avisa o antecede a ese último momento, una vez se es consciente del fin. Ya lo decían los filósofos, la muerte es el instante más íntimo, intransferible y privado en la vida de una persona. Jim Morrison, el que fuera uno de los primeros en abrir las puertas de la percepción, parecía amar la muerte por encima de la vida. Quizás la vio venir en una mística experiencia en el desierto, al ver los cadáveres de varios indios apostados en la carretera, y que luego transformaría en una de las death songs más perfectas que se hayan hecho jamás, aquella “The End”. De igual modo, salpicados por las arenas del desierto californiano, los Grateful Dead llevaron al terreno de la improvisación y del space rock aquel tema en el que una doncella se sumerge en la noche del adiós, titulado “Dark Star”. Por último y en un polo opuesto a toda esa onda hippie que aglutinaba a grupos desde Jefferson Airplane a The Mamas & The Papas, apareció aquel álbum en el que todas las canciones rezumaban ese sinsabor a hedonismo y muerte. Hablamos, claro está, del disco del plátano, fruto de la colisión de dos antológicos e irrepetibles compositores, Lou Reed y John Cale, apadrinados como no podía ser de otra forma por el artista plástico Andy Warhol.

Una revitalización de la música lisérgica y el garage

Aunque es una entrega más ligera y menos cañera que sus predecesoras, sirve para dar un golpe en la mesa y reafirmarse como una de las bandas herederas de toda esa corriente psych en la actualidad.

De la penúltima canción de tan oscuro y hermético álbum tomaron el nombre una de las bandas más ácidas de la actualidad, heredera de toda esa corriente psicodélica del suroeste de los Estados Unidos, The Black Angels. Formados en 2004, sorprendieron al mundo por su revitalización de la música lisérgica y el garage, con trabajos tan notables para el género como “Passover” (Light In The Attic, 2006) o “Phosphene Dream” (Blue Horizon Ventures, 2010), ambos muy recomendables para quienes disfruten al perderse en un mar de guitarras en fuzz y climas cálidos pasados por una trituradora espacial dirigida al corazón de la alucinación.

En estos términos aparece el último trabajo de la banda, “Death Song”, lo que resulta un claro homenaje a todas esas grandes canciones sobre el deceso escritas en el siglo pasado. Aunque es una entrega más ligera y menos cañera que sus predecesoras, sirve para dar un golpe en la mesa y reafirmarse como una de las bandas herederas de toda esa corriente psych en la actualidad. De igual modo, es inevitable pensar en bandas hermanadas en cuanto al género, como The Brian Jonestown Massacre, Black Mountain o Thee Ohh Sees.

Fotografía: Alexandra Valenti

Los temas de “Death Song” constituyen una serie de múltiples referencias al hard-rock y la música lisérgica de finales de los sesenta y principios de los setenta.

Un órgano nos da la bienvenida a este viaje entrópico por el desierto. Una estridente guitarra nace y así arranca “Currency”, un primer tema directo y salvaje con riffs de sabor stoner. La voz de Alex Maas, a camino entre Grace Slick –de los Jefferson Airplane– y la Nico más perturbadora se muestra en plena forma. Algo más ruidista e intensa, “I’d Kill for Her” mantiene el pulso y la emoción en las más altas cumbres del hard rock. La línea de guitarra acompaña durante todo el corte hasta deshacerse en un potente solo a modo vibrato. Mientras, “Half Believing” marca el punto de inflexión en el disco con una tónica más relajada. Paisajística y sostenida, las guitarras se funden con el sintetizador dando paso a una gran interpretación vocal de Maas. Al llegar al estribillo, es inevitable acordarse de las grandes leyendas del rock lisérgico como Cream, Iron Butterfly o la vertiente más intensa de Scorpions.

De igual manera, “Comanche Moon” entra en escena con un ligero rasgueo de guitarra acústica que rápidamente se rompe para dejar paso a un vitalísimo riff con una ecualización similar a grupos coetáneos de retro-rock como Wolfmother. Una estrofa progresiva de guitarra da paso a una envolvente base de sintetizador hacia el final, que devuelve a los Ángeles Negros a sus anteriores trabajos y a su corriente más inspiradora.

Una colección de canciones plagada de referencias

Si hay un punto negativo en todo el disco es que las canciones pueden sonar muy repetitivas. Sin embargo, hay que resaltar la perfecta ejecución de sus miembros, auténticos profesionales de la música desenfrenada y de las escalas, así como a la hora de crear paisajes envolventes a partir del sintetizador y las guitarras.

Por su parte, “Hunt Me Down” avanza con un bajo a contratiempo hasta que se deshace en un riff que parece firmado por Jimmy Page. Algunas partes también recuerdan en mayor o menor medida al vigoroso inicio del “Black Sabbath Vol. 4” y su “Wheels of Confusion”. Precisamente esta es la cualidad de la nueva entrega: una serie de múltiples referencias a la música de los sesenta y setenta.

Llegamos al ecuador del álbum con “Grab as Much (as You Can)”. Más de lo mismo. Si hay un punto negativo en esta media mitad y en general en todo el disco es que las canciones pueden sonar muy repetitivas. Sin embargo, hay que resaltar la perfecta ejecución de sus miembros, auténticos profesionales de la música desenfrenada y de las escalas, así como a la hora de crear paisajes envolventes a partir del sintetizador y las guitarras. “Estimate” es, quizás, la mejor canción del álbum, precisamente porque tiende a diferenciarse del resto. Un adictivo rasgueo de guitarras acústicas que nos traslada a viajes en carreteras por el Gran Cañón y una amplia sensación de libertad inunda las pistas con un aire western, como si fuéramos presos fugados en nuestra Harley Davidson dispuestos a enfrentarnos a la fría y solitaria noche del desierto.

El conjunto queda muy repetitivo y es difícil escucharlo entero a no ser que seas un apasionado del género. El álbum comienza a desinflarse en la tercera canción y resucita esporádicamente en algunos tramos del recorrido.

I Dreamt” se pierde en exabruptos armónicos para avanzar hacia un estribillo adictivo y fugaz. De nuevo, por la mente pasa la música de los finales de los sesenta y principios de los setenta, como una telaraña estilística de la que es imposible desprendernos. “Medicine” parece ser una oda a los paraísos artificiales, donde la alucinación nos sorprende tras las pistas. Pero más allá de eso, no termina de enganchar.

Llegamos a la parte final del álbum con dos títulos bastante significativos: “Death March” y “Life Song”. La primera juega a desorientarnos con sus ecos vocales y sus guitarras casi aleatorias. La batería no encuentra su hueco y sigue de cerca al bajo para no perderse. Hemos llegado a lo más profundo del trip. Ya no hay marcha atrás. Los rostros se confunden y mantener la vista al frente resulta difícil y confuso. El tema escogido para cerrar vuelve a humedecernos los labios con su sabor a whiskey y resaca. Los fantasmas de la alucinación parecen esconderse a lo largo de las líneas de sintetizador. Con la pretensión de balada, tras dos estrofas, la guitarra se queda sola en mitad del silencio mientras repite acordes en menor y séptima. Más tarde, los teclados se suman y poco a poco la canción va cogiendo ritmo hasta un final apoteósico donde el solo en fuzz es el invitado estrella. Esta última parte recuerda muchísimo a los solos de Roger Waters en Pink Floyd, una mala noticia, ya que siempre hemos sido más de Syd Barrett. El sintetizador pone el punto y final con un desvanecimiento al más puro estilo Jim Morrison, cuando solía fingir delante del micrófono que su subconsciente se había hecho con él sin vistas a la resurrección.

The Black Angels – Death Song

6.5

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The Black Angels entregan un trabajo mucho más relajado y ambiental que los anteriores sin perder la chispa garajera que les caracteriza. “Death Song” es un collage de múltiples referencias a la música lisérgica del pasado siglo.

Up

  • El buen estado de forma de sus miembros y la buena ejecución de los temas.
  • El inicio del álbum, con “Currency” y “I’d Kill for Her”. Un estallido perfecto que sólo regresa en “Estimate”.

Down

  • El conjunto queda muy repetitivo y es difícil escucharlo entero a no ser que seas un apasionado del género. El álbum comienza a desinflarse en la tercera canción y resucita esporádicamente en algunos tramos del recorrido.
  • Música que asienta sus bases en la más mera nostalgia de leyendas del hard rock de finales de los sesenta y principios de los setenta. Carencia de innovación y riesgo, apuesta por lo seguro.

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