Fotografía: Diego Moral

Sin bandera kilométrica de por medio, como muchos preferimos (probablemente el protagonista de la noche incluido), el Teatro Barceló fue el escenario de una aparición fantasmal la noche del pasado sábado. La de un hombre que hace unos años soñaba, o tenía pesadillas (que a menudo es lo mismo), con salir en la portada de Sounds, Smash Hits, Melody Maker o la NME. No lo ha conseguido, pero mientras tanto Destroyer abarrota salas y se convierte, ayudado por el boca a boca y la constante alabanza de los medios especializados, en una de las mejores cosas que le han pasado a la música independiente en las últimas dos décadas.

Lo de fantasmal aparición tiene dos motivos. El primero es el escalofrío que provoca la voz de Dan Bejar al arrancarse con algunos de sus pasajes más conseguidos y reconocibles. Y el segundo se debe a lo intangible de su concierto en general, en el que Destroyer no dejó más que un timidísimo “thank you” y reverencias constantes a un público que tampoco le exigió más interacción. Y es que en un directo como el del canadiense probablemente el saludo de rigor o el “grasias Madrid” de turno no hubieran aportado nada en absoluto.

Antes de todo ello, Nicholas Krgovich ofreció su peculiar y extremadamente íntimo show de calentamiento. A pesar de que no se puede decir que su sonido fuese especialmente fuerte ni que su propuesta resultase demasiado calmada como para funcionar de telonero, aquí tengo que romper una lanza en favor del bueno de Krgovich. Y es que en un concierto como el de Destroyer, con una media de edad en torno a los cuarenta años, resulta incomprensible que a estas alturas sigamos teniendo que recordar al personal que estar en un concierto (especialmente uno así) no es estar en un garito o en el salón de tu casa. Entrar en la sala con el espectáculo empezado y oír MUCHO más alto las conversaciones de la gente que la música del protagonista es un espectáculo lamentable que se sigue repitiendo en ciertos ámbitos. Es curioso como en el metal, mismamente, el respetable mantiene una actitud ideal hacia el músico (ejemplo de ello fue precisamente el concierto el día antes de Myrkur y Sólstafir), mientras que en músicas menos ruidosas buena parte del público da vergüenza ajena.

Obviamente la cháchara se redujo de Krgovich a Destroyer, aunque esta sigue significando una falta de respeto total hacia el telonero. Reducido el ruido y el cabreo, Destroyer, banda de ocho miembros contando a Bejar, arrancó su recital con “Sky’s Grey”. Le siguieron, en el mismo orden que el álbum, “In the Morning” y “Tinseltown Swimming in Blood”. Cuando algunos empezábamos a pensar que tocaría su reciente y estupendo ken en su totalidad, Destroyer nos dio una de las primeras sorpresas de la noche encadenando dos de sus mejores canciones de los anteriores discos, las extraordinarias “Kaputt” y “Times Square”.

En el escenario, bastante iluminado, Dan Bejar no se movió  ni un ápice del metro cuadrado que rodeaba su micrófono y sus múltiples tercios de cerveza en todo el show. Pese a que las propias acometidas de su banda le pedían algo más de actividad, especialmente de la fenomenal sección de viento, el cantante se mantuvo como una roca en su sitio. Aunque en interpretaciones como la de la sorprendente “Rome”, Bejar –o más bien su voz– mantuvo una batalla a brazo partido contra la batería furiosa, alejada de la calma que uno podría esperar. Una batalla que terminó por ganar firmando una de las mejores canciones de la noche.

A ella le siguió una serie de canciones algo más antiguas, aunque hay que decir que todo lo más que se retrotrajo el canadiense fue hasta “Looters’ Foolies” y “Rubies”, de su álbum homónimo, y con la que “acabó”. Entre ambas hubo tiempo para “Hell”, “Poor in Love”, “Cover from the Sun” y “Stay Lost” (se echó –o eché– en falta “La Regle du Jeu” visto el repaso casi completo que hizo a su último álbum). Destroyer tocó todas ellas con la misma cara de sueño, la misma explosiva energía por parte de sus escuderos y la misma técnica impecable. El final: un bis con esa mezcla perfecta de funk y soul que es “Suicide Demo for Kara Walker” que se prolongó lo justo y necesario para ayudarnos a digerir el pedazo de concierto que acabábamos de presenciar.

Esa tarde un amigo me preguntó a quién iba a ver tocar, y le dije que a Destroyer. “¿Y esos qué tocan?”, me dijo. Me quedé callado, incapaz de contestar en menos de doscientas palabras. Seis horas después saliendo por la puerta del Teatro Barceló se me ocurrió una buena respuesta (nunca he sido un tío muy rápido): Destroyer te toca el alma. Y lo peor es que lo hace mientras vacía cervezas como si no le importase nada en el mundo.