Noruega tiene el cuestionable privilegio de asistir cada día a una puesta de sol de veinte horas en la que la esfera de fuego apenas se sumerge para dejar recorrido a la noche, extendiendo un manto ocre y violáceo sobre las montañas y la nieve. Durante este escaso instante de bosque cerrado, una brecha se abre en el firmamento y danza invitando a los viajeros a encallar su barco. Es la aurora boreal. Avistada por los primeros pueblos nórdicos, esta apertura del celaje introdujo un nuevo concepto introspectivo y mágico en la mente de los bárbaros, y dado que su singladura continúa hoy día sin hallar conclusión, pese a la certidumbre científica, los caminantes no pueden evitar lanzar las mismas cuestiones al infinito y sus collares geométricos: ¿Dónde termina el trayecto? ¿Qué hay más allá de sus innumerables puertas brillantes? No resulta fácil para el ciudadano tropical o estepario suponerse en medio de las coníferas, agotado tras la perspicacia de una liebre, y hallar al abrirse las copas la estela de la muerte una revelación prematura.

Una delicada travesía por el corazón de los cristales y sus espejos, exento de la experimentación característica

Su acercamiento abstracto a la luminiscencia se llena de métricas irregulares, sutileza, estructuras jazzísticas y un amplio registro vocal.

El viaje introspectivo que llevan a cabo los noruegos Leprous es el propio de un caminante amilanado por la inmensidad, la carencia de una certeza y la inminente llamada de un estado transitorio o definitivo. Para ello, su acercamiento abstracto a la luminiscencia se llena de métricas irregulares, sutileza, estructuras jazzísticas y un amplio registro vocal. Las cuerdas invitadas retratan a la perfección los materiales de un entorno natural mientras que el abuso de sintetizadores propicia el ascenso espiritual y mecánico. Otros cambios incluyen la adhesión a la segunda guitarra de Robin Ognedal tras la partida de Øystein Landsverk. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, sobre la senda nevada y tenebrosa que tratan de inspeccionar ya existen huellas.

Las cuerdas invitadas retratan a la perfección los materiales de un entorno natural mientras que el abuso de sintetizadores propicia el ascenso espiritual y mecánico. Otros cambios incluyen la adhesión a la segunda guitarra de Robin Ognedal tras la partida de Øystein Landsverk. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, sobre la senda nevada y tenebrosa que tratan de inspeccionar ya existen huellas.

Los primeros segundos de “Bonneville” resultan indistinguibles de un trabajo de jazz. Prismático, cavernoso, el errante pisa la nieve con escasa firmeza, doblando una vocecilla trémula y que contempla las montañas con el corazón atestado de dudas. El bajo de “One of These Days” de Pink Floyd es una de las referencias de su melodía, que por momentos dulcifica la agresividad de bandas como Meshuggah y propicia el crecimiento de cristales en el músculo sanguíneo. Un tono más tradicional encierra el segundo corte, “Stuck”, en el que la carga de unas quiméricas montañas se adueña del desesperado caminante, que entre el frío y la soledad no logra encontrar el camino. Segundo sencillo del álbum y dada su composición accesible y pegadiza es fácil entender por qué. La voz de Einar Solberg matiza un contexto más popero que indagador, pero coherente, acompañado de sus inocentes teclados. Un aparente homenaje al glam metal de los ochenta cambia rápidamente su color para establecer el primer single extraído del álbum: “From the Flame” es presumiblemente el momento más comercial de “Malina” y paralelamente el menos creativo, aunque, como siempre, la melodía es sublime, saltando entre los escollos de cinco, seis y doce aristas. Precisamente el segundo pecado del trabajo reluce con orgullo aquí: la sobreexplotación de las métricas intrincadas devalúa ligeramente la calidad del diamante. “Captive” vuelve a sonar algo genérico, sobre un firme de baquetas atropellado y asfixiante que genera, junto a los hábiles dedos de Solberg, una atmósfera de videojuego espacial, presumiblemente alejada de la pretensión espiritual. Los coros son de lujo y la armonía flexible también mantiene un buen nivel.

Quizá uno de los puntos álgidos del receso interplanetario sea “Illuminate”, tercer y último sencillo donde la melodía imbricada en un tiempo insano proporciona una direccionalidad apreciable, esta vez cuestionando el papel del individuo en su propia fe. La condición pop aquí aceptada resulta beneficiosa y la delicadeza del piano y la fabulosa voz remejen sus digitaciones entre las emociones del oyente. El efecto inconcluso da paso a “Leashes”, una comedida bagatela que refuerza la convicción de que, como tiende a ocurrir en las bandas de metal progresivo tipo Opeth o Porcupine Tree, el abandono de la música extrema va siendo evidente a medida que evolucionan. Las segundas voces hacen un trabajo exquisito en los puntos donde es más necesario resaltar la voz.

Aquí se refuerza nuestra convicción de que, como tiende a ocurrir en las bandas de metal progresivo tipo Opeth o Porcupine Tree, el abandono de la música extrema va siendo evidente a medida que evolucionan. Lo nuevo de Leprous mezcla la profundidad con algunos esquemas ya conocidos del grupo y un peligroso acercamiento a la convencionalidad de su música.

Muse parecen despertar el inicio de una “Mirage” que vorazmente lleva la contraria con el empleo de agresivos sintetizadores. Los colores tímbricos y armónicos interactúan con maestría y una motivación claramente progresiva posiblemente constituyan el corte más creativo del trabajo. Las dudas regresan. Es imposible saber qué es cierto y qué mentiras del espacio. Los astros multiplican sus caras, las posibilidades son ingentes y sus orfebres prehistóricos pueden generar las geometrías que se les antojen, egipcias, orientales, cósmicas. Una académica recapitulación de los materiales concluye con la supernova y abre el tema que da nombre al álbum. “Malina” compone el melodrama que el contexto llevaba prometiendo desde el inicio. En esta coyuntura los instrumentos de cuerda cobran especial protagonismo y tratan de adquirir un aspecto carnoso, humano. El corazón sobrevive a base de latidos inducidos. Nuevamente la luz se extingue. Cada golpe de los timbales lo resucita un poco, hasta que la tensión es plenamente inyectada.

La pandemia de agresividad no afecta a la voz en “Coma” pero sí al resto de participantes, subidos a la montaña de ópalo. Una carne aderezada con metal sigue lamentándose permitiendo un soliloquio de las fracciones acústicas no robotizadas que termina con el acompañamiento coral tan deseado. “The Weight of Disaster” recupera el corte clásico que las disonancias no son capaces de disipar. La vocecita pronuncia ripios desde lo más hondo de la caverna, muy cerca del secreto de deslumbrante verdor. Algunos materiales nos suenan de cortes previos y empezamos a convencernos de que la experimentación no va a aparecer en el último momento. Llega “The Last Milestone” con la respuesta. Los pies del caminante ya no rozan la roca. Se eleva, como en la vidriera, como en el espectro cósmico, los arreglos del violín se acercan a un Henryk Górecki o a un Arvo Pärt mientras los versículos deambulan por encima. Una indudable actitud de trascendencia sobre el resto de la música, arabescos, reminiscencias de Dead Can Dance, una modesta apertura del firmamento y una asumible llegada con los brazos extendidos y la cabeza gacha, en lo que el agujero se cierra sin hacer ruido.

Unos segundos de silencio. Así concluye el último trabajo de Leprous, mezclando la profundidad con algunos esquemas ya conocidos del grupo y un acercamiento a la convencionalidad de su música (peligroso para una banda que se considera vanguardista). Una búsqueda incierta del significado último y de la oscuridad de las habitaciones. Recomiendo asomarse. Y por supuesto que nunca he visto la aurora boreal, pero no puedo morir sin hacerlo.

Leprous – Malina

7.7

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Será difícil comprobar si ha sido la partida del guitarrista Øystein Landsverk lo que ha acarreado un cambio de estilo hacia terrenos más complejos rítmicamente pero ya hollados por un sinnúmero de agrupaciones. La calidad melódica de Solberg es envidiable y la composición mantiene unos estándares muy altos. Sin embargo, hay un descenso creativo con respecto a “The Congregation” y a “Coal”, los dos álbumes previos.

Up

  • El trabajo melódico continúa siendo imbatible.
  • La atmósfera introspectiva es bastante patente.
  • Los cortes funcionan tanto aislados como dentro del álbum.

Down

  • El cambio de estilo hacia uno con menos posibilidades.
  • La ausencia de experimentación.