Estaba pensando en lo mucho que tienen que ver los terremotos y las cicatrices. El viaje de la vida provoca temblores que producen cuchilladas en el alma. Lucas lo sabía, no en vano había sido ella quien había tambaleado sus cimientos y abierto en vena sus viejas heridas, como grietas en tierra vieja y deshidratada.

Ya nada era igual, algo se había roto pero no sabía qué, cómo ni cuando. Su cabeza le decía que tenía que arreglarlo pero algo en sus tripas le hacía sentir que todo iba mal, que ya no había camino de vuelta y que en ese camino algo importante e inmaterial se había perdido. Pensó que no existía nada más sano que las cicatrices por atreverse a soñar por mucho que todo se tambalee. La parte negativa de los sueños es que pueden envolverte hasta convertirse en pesadilla, y cuando la mochila pesa y nadie responde a tus mensajes de auxilio todo son piedras. Para hacernos una idea sería como montar en bici sin la rueda de atrás, y gracias a nuestra enseñanza judeocristiana tenemos buenas dosis de culpabilidad para que todo nos remuerda bien fuerte. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Nadie nos enseña que amar también es dejar ir, que no existe un amor cerrado (lo cual ya es un oxímoron) que vendan en la planta cuarta de la Fnac.

Lucas había decido que no podía más, que ya todo carecía de sentido y que su felicidad no era tal, por lo tanto no podía dar aquello de lo que carecía. Ese fue su argumento. Tenía que expresar y volver a sentir unas emociones que estaban desgastadas e inertes. Necesitaba soltar sentimientos para recoger oxígeno. Ya no existía entendimiento y la distancia era un hecho. Con distancia no hay entendimiento ni seguridad”, pensó para sí. La distancia puede ser bonita y, a veces, incluso necesaria. Nada puede romper los lazos creados, pero sí puede desgastarlos, roerlos, acuchillarlos como cuando un barco necesita zarpar a toda prisa y es necesario cortar, soltar amarras para navegar lo más rápida e intensamente posible. Es más, necesitaba distancia porque ya no se sentía seguro de nada, ni siquiera de él. Sentía que cuando los pequeños problemas te sacuden es porque son terremotos que tambalean cimientos de paja. Necesitaba distancia, había sido todo tan intenso que no soportaba la idea de seguir teniendo como un algo esporádico lo que había sido el epicentro de su vida.

Comenzó a escribirle un pequeño texto de despedida que nunca le entregó, su profesor de literatura universal siempre decía que escribir era un buen remedio para soltar demonios:

La vida es comedia y drama. Reír para ir cerrando heridas provocadas por las circunstancias con dosis de malas decisiones, pero decisiones al fin y al cabo. No sé si será un largo camino cicatrizar esos malos momentos que nos han hecho crujir el ser. Creo que el humor es el remedio casero y la distancia son las pastillas para adormecer los sentidos. Aunque también es cierto que mi madre dice que el agua salada ayuda a cicatrizar más rápido, y es algo natural, pero ése es otro tema en el que no me conviene entrar ahora porque me jode la metáfora. Seguro que algún día nos reiremos de todo esto”.

Él ya sabía que todo aquello era como una huida hacia delante, pero tenía que elegir entre salir de ahí o quedarse en ese maldito bucle, enganchado como cuando descubres una canción que te atrapa. Quizás esto último no era lo más justo para ninguno y pensó que la soledad era un buen precio para tanto despropósito porque lo caótico avanzaba para regalar más fuerza a lo azaroso. Parecía que lo estaba dejando todo a la suerte, mientras un mundo, aún por construir, se derrumbaba.