Si hay algo que tiene claro el prolífico artista británico de dorada melena más deseado de los sesenta y setenta es que no le hace falta estar rodeado de rumores que apunten a su vuelta con la banda que le llevó a ser uno de los personajes más sexual y vocalmente desgarradores de la historia. A sus 69 años, Robert Plant puede hacer lo que le dé la real gana. El pasado forma parte de su vida y de su futuro pero no de manera integral; esto es, siguiendo la misma línea estilística que en sus primeros trabajos.

Todo aquel que conozca el trabajo de los creadores de hermosas baladas como “Since I’ve Been Loving You” o “The Rain Song” ha podido comprobar que, desde que se separaran tras la muerte del mejor batería de la historia, John Bonham, Plant se ha dejado absorber por el bluegrass, el folk y las influencias orientales. Un proceso similar, en el mejor sentido de la palabra, al que experimentó George Harrison a partir de 1968 con el más que experimental “Wonderwall Music”. Durante la época en activo de Led Zeppelin el hombre que personificó el símbolo de la pluma tuvo la oportunidad de rodear algunas de las canciones con ese halo de misterio tan suyo, siendo un caso claro la más que venerable “Kashmir”, una oda a la soledad viajera en un descapotable por el desierto. Por eso, no es de extrañar que cuando ‘el dios dorado’ se ha visto solo al mando de su música ha decidido tirar más por lo suyo.

El sucesor de “Lullaby and… The Ceaseless Roar” (Nonesuch Records, 2014) se desliga con suavidad de las claves de éste y llega a parecerse bien poco al inmediatamente anterior, “Band Of Joy” (Decca Records, 2010), con el que aún continuaba bebiendo del jugo del grupo con el que forró carpetas y paredes. Esta vez, con “Carry Fire (Nonesuch Records, 2017) se muestra mucho más pausado, soleado incluso, a la espera de lo que pueda venir. Y es que el número más erótico conocido le pesa a cualquiera.

Fotografía: Ed Miles

Irradiando historias del recuerdo

El sucesor de “Lullaby and… The Ceaseless Roar” se desliga con suavidad de las claves de éste y llega a parecerse bien poco al inmediatamente anterior, “Band Of Joy”, con el que aún continuaba bebiendo del jugo del grupo con el que forró carpetas y paredes.

Los primeros tres acordes de guitarra puntualizan desde el primer momento el estilo musical de este inconmensurable artista, que prefiere proponer una canción similar a varias de sus discografía para dibujar el camino del oyente con la clara dirección del recuerdo hacia las místicas guitarras de “Bron-Yr-Aur”. Con The May Queen Plant se muestra delicioso, delicado e idealista, facturando una de esas odas al amor sin fisuras, con un juego de cuerdas que entran con fuerza y se pausan para dar espacio a una voz que se cerciora de que con cada espacio del estribillo se suma un nuevo instrumento y, con ello, la potencia de la canción. El título del siguiente tema le viene al pelo, ya que en “New World” escuchamos una pieza de corte similar a algunos grupos (véase Kings of Leon) más actuales. En ella Plant propone un verdadero viaje con su voz sobre unas cuerdas menos enérgicas que las anteriores, narrando un camino nuevo, poniéndose en la piel de aquel que cruza hacia otro lado, a un nuevo mundo aparentemente paradisíaco donde el ser humano cree tener la capacidad de elegir la forma de vivir de los demás y el nuevo, el inmigrante, debe cambiar su modo de ver: “Across the planes and over mountains / Put plight to all who came before / They’re barely human / It’s time to move them / To let them kneel before the sword”.

Tampoco ofrece sobresaltos el corte íntimamente ligado a éste, “Season’s Song, el cual proyecta una imagen naturalista, una historia de amor adscrita a continuas y suaves referencias a cualquier elemento paisajístico susceptible de ser convertido en una moraleja. Los “Oh, my love” de fondo no hacen sino reforzar ese sentimiento de susurro y de roce de pieles, erizando sensaciones con esa voz tan nasal que en su día llegó a ser el rugido más amplio de la selva. Ya en el siguiente espacio musical, Dance With You Tonightsugiere un ambiente más sostenido y grumoso en el que refuerza su estructura con destellos digitales, entregando un sonido más abstracto y conceptual que, incluso, puede sonar a himno en su parte final, donde recurre al uso de unos coros que van dibujando un camino en progreso, en auge.

Con con “Carry Fire” Plant se muestra mucho más pausado, soleado incluso, a la espera de lo que pueda venir.

Todo lo contrario que en Carving up the World Again… A Wall and Not a Fence”, tema que abre con una contundente percusión, tan potente como su letra, algo más elaborada que las anteriores, cambiando el amor por la crítica sociopolítica. Si bien es cierto que Plant se decanta por una suave denuncia a nivel sonoro (no todos los reproches llegan a la agresividad de Rage Against The Machine o del más actual Kendrick Lamar), a través de su letra pone firme a todo aquel que le viene a la mente: rusos, estadounidenses, irlandeses, chinos, galeses, escoceses y franceses. También a autoridades sin marcada nacionalidad como presidentes, embajadores, reyes y dictadores. Todos están en el ajo. Con ello, Plant canta a la libertad, a la ruptura literal de muros y fronteras, a la autocrítica, advirtiendo de que si cae uno, caen todos: Ditch and wire and palisade in the line of fire / Call up the calvary and double up the guard / Preparing for catastrophe inside the house of cards”, dictamina en sus estrofas finales para dar paso a una canción de temple más pausado y prácticamente austera de instrumentación. Con un distorsionado y sutil sonido de guitarra, A Way with Wordsarranca sobre un piano que bien podría pertenecer a una banda sonora cinematográfica. Ideal para escuchar enrollado en una manta, la melodía se torna en una historia más negativa que sus predecesoras, donde el protagonista encuentra en la soledad el lugar más acogedor o, al menos, el más ejemplar. Reconoce un retorno, una inminente vuelta con arreglo a los errores del pasado escoltado por una delicada línea de violines que cierran el corte dando una continuación imaginaria a la narración.

Llegado el momento del corte que pone por título al disco, Carry Fire”, es hora de ponerse en pie, de adorar a un dios convertido al orientalismo y la satisfacción. Escucharlo invita a una danza que va más allá de lo físico, incita a la hipnosis y ofrece una combinación perfecta de sensaciones que van más allá de lo audible, dibujando líneas que se entrelazan de manera majestuosa y subyugante. En definitiva, huele a opio y a inspiración. Con ella, el británico marca un punto de inflexión, dirigiéndose hacia un camino brusco y electrónico, como bien permite observar Bones of Saints”. Sus baterías, huecas y ostentosamente sonoras, rememoran la atronadora despedida del “Led Zeppelin IV” con la insuperable percusión de John Bonham en “When The Levee Breaks”. Sólo recuerda a esta sampleada batería del bueno de Bonzo en el principio, ya que, conforme se sitúa en la canción, el cantante discierne entre dos senderos: el que viene acompañado por guitarras y cuerdas y el que sostienen los golpes secos de la mencionada percusión.

Robert Plant demuestra de nuevo su enorme capacidad para concentrar en un solo álbum diversas corrientes musicales e instrumentales.

Podríamos decir que Keep it Hid simboliza aquello del salto al vacío, del cambio sistemático y permanente. A pesar de que vuelve a hacer uso de un ritmo constante, en el que sobresale su incansable talento vocal, no deja de parecer una canción inconexa. Se despega por completo de la línea general del disco (de hecho, ni siquiera parece una canción suya) y lanza una propuesta actual, que no moderna, de su modo de ver las cosas. Es más, al final de esta pieza incluye resonancias más parecidas a un tema de Radiohead que al misticismo propio mencionado anteriormente. Ese cambio se nota incluso a nivel lírico, transformando su visión romántica, que evoluciona hacia un destino más morboso y sensual.

Si “Keep it Hid” era una clara alusión a una especie de mutación o rejuvenecimiento, Bluebirds Over The Mountaintermina por redondear el sentido completo de la palabra. Plant se sirve de un sonido motorizado y de una voz ajena con el fin de perfeccionar y concluir la posible ‘lista de tareas pendientes’ para forrar su último elepé. Se trata de Chrissie Hynde, la extraordinaria fundadora y única figura femenina de The Pretenders, que encadena de manera perfecta sus dotes al micrófono con la técnica de Plant, quien cierra la canción en varias direcciones, fundiendo sus gritos con los sonidos medievales que mejor han funcionado y continúan encajando en su carrera musical. Puede que el último corte de “Carry Fire”, “Heaven Sent, sepa a poco después del anterior, pero cierra de manera estrictamente configurada el disco, dejando cierto regusto amargo y gastado.

Robert Plant – Carry Fire

7.3

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El que fuera vocalista de una de las bandas más icónicas del pasado siglo regresa en solitario con un disco que dista mucho de su predecesor. “Carry Fire” es más rudo en algunas de sus canciones pero en otras mantiene la sensibilidad que ha demostrado durante tantos años por lo mágico y surrealista. Es capaz de combinar diferentes géneros y sacar provecho de la rica variedad de sus sonidos.

Up

  • Robert Plant demuestra de nuevo su enorme capacidad para concentrar en un solo álbum diversas corrientes musicales e instrumentales.
  • Acota de manera evidente las diferentes lecturas del disco: su fuerza va de menos a más a lo largo de sus once canciones.
  • La colaboración de Chrissie Hynde en “Bluebirds Over The Mountain”.
  • Escuchar este álbum invita a repasar algunas de las joyas con las que ha pasado a la historia para confrontar su evolución personal.

Down

  • El brusco paso de un estilo a otro desconcierta y desestructura el álbum. El más despistado puede pensar que se ha activado el botón de ‘aleatorio’ de su reproductor de música.
  • La potencia de algunas pieza discrimina y perturba a otras más reposadas y hace olvidarlas con facilidad.