Me veo obligado a empezar diciendo algo tan evidente como pedante: St. Vincent es una artista, y es importante considerar esto al hablar de su obra, porque me resulta extremadamente complicado encasillarla pero… al final es lo más fácil si tienes que analizar su estilo. Sí, Annie Clark es una artista en el sentido más estereotípico de la palabra, pero también en el menos convencional, porque encaja tan bien en el arquetipo de genio extravagante como en el de creadora entregada a su música. Si uno escucha literalmente cualquiera de sus álbumes, lo más fácil es que más tarde o más temprano te vengan a la mente las palabras ‘art rock’; y oye, no es incorrecto del todo, pero es una etiqueta increíblemente vaga para definir una discografía que toca tantos palos.

Ni siquiera considerando a la guitarrista de Tulsa por su instrumento es fácil etiquetarla, porque en un solo álbum, quizás incluso en una sola canción, se aprecian en su técnica infinidad de referencias: grunge, progresivo, jazz, Bowie o Hendrix, todo tiene cabida en las manos de una guitarrista tan genial como infravalorada entre ‘los grandes’ de la última década, donde siempre sobresale la cabeza de Matt Bellamy como guitar hero indiscutible de toda una generación. Su forma de tocar es agresiva, chirriante, en ocasiones directamente feísta, y a veces parece que eso ofende; pero si apreciamos los solos chillones y octavados de Jack White, ¿por qué no hacemos lo mismo con Clark? En buena medida, y está lamentablemente constatado, es literalmente porque St. Vincent es mujer, y además bisexual, con lo que la prensa ha pasado olímpicamente de sus méritos artísticos para centrarse en su vida personal en una cantidad y variedad de ocasiones francamente lamentable. Lejos de eso, y con mucha más dignidad de la que tenían la mayoría de estos medios, Clark ha reivindicado abiertamente la fluidez de orientación sexual y de género, pero lejos de erigirse en icono o representante del colectivo LGTB, ha pasado por encima del sensacionalismo haciendo prevalecer siempre su carrera profesional.

Pero volviendo al tema: St. Vincent no es conocida precisamente por jugar a lo seguro, y aunque eso ya podía apreciarse en el paso de su debut, “Marry Me”, a su segundo disco, “Actor”, con su cuarto álbum vino decidida a romper moldes. “St. Vincent” es una amalgama de pop electrónico, barroquismo robótico y guitarrazos inclasificables, un elepé extremadamente atrevido y energético (aunque a veces peca de bizarro), pero que terminaba por resultar excesivamente rígido, frío. Y no sería por canciones lentas, pero esos puntos no lograban exactamente ser emocionales, sino que simplemente bajaban la cadencia. Era más fácil conectar con los temazos como “Birth in Reverse” que con “Huey Newton”, aunque insisto en que eso no le resta calidad a un disco realmente sólido.

“MASSEDUCTION”: la St. Vincent más dominante y la más frágil

St. Vincent demuestra que sabe purgar su música de artificio para hablar en términos quizás más personales que nunca.

Lo que sí que creo es que, con su nuevo disco, St. Vincent ha decidido permanecer en ese punto de frialdad, de distanciamiento de la emoción, al tiempo que ha puesto la vista atrás en su primer trabajo para demostrar que sabe purgar su música de artificio para hablar en términos quizás más personales que nunca. “MASSEDUCTION”, su esperado quinto álbum de estudio, es uno realmente pulido y bien trabajado, que organiza mucho mejor su curva temática y anímica, y se permite licencias que hasta ahora jamás habíamos visto, algo que logra, sorprendentemente, cuando se quita de encima todos los excesos.

Fotografía: Nedda Afsari

“MASSEDUCTION” es un álbum realmente pulido y bien trabajado, que organiza mucho mejor su curva temática y anímica, y se permite licencias que hasta ahora jamás habíamos visto, algo que logra, sorprendentemente, cuando se quita de encima todos los excesos.

I know you’re probably sleepin’”. Con una cita tan sencilla, casi mundana, St. Vincent empieza a cantar “Hang on Me”, y desde esta primera línea podemos encontrarnos con los rasgos más característicos de este nuevo disco. Annie Clark ya no es la inalcanzable sacerdotisa del futuro que declamaba en su álbum homónimo y vuelve a ser una humana como cualquier otra. Eso significa tener pequeñas grietas, inseguridades y vicios que aquí expresa casi en tono de súplica. En el plano sonoro, la electrónica suave y cálida se acompaña de una elegante sección de viento metal para enfatizar su último clímax, y no acapara la atención. No ocurre lo mismo en “Pills”, donde recupera un tanto el robotismo alienante y repetitivo de “St. Vincent” para introducirnos en la abotargada mente de una persona consumida por las drogas, hasta el punto de necesitarlas para cualquier situación de su vida: la comida, el sueño, la familia, el sexo… Su estructura es poco convencional, ya que después de una primera mitad marcada por una base electrónica y un estribillo insistente a la que creíamos haber cogido el truco la canción se cae hacia una coda majestuosa, donde la guitarra adquiere un ligero protagonismo antes de cerrar con un solo de saxofón tan breve como inesperado (gracias, Kamasi).

Todo este renovado abanico de texturas demuestra que St. Vincent no ha olvidado el encanto de lo analógico, y ser capaz de introducir secciones como esta después de un trabajo tan constreñido y sintetizado como su predecesor es digno de mención. Por supuesto, la influencia de su cuarto disco no ha desaparecido, y temas como “Masseduction” sacan lo mejor de ese estilo. Esta es la primera canción manifiestamente sexual del álbum, y a través de infinitas metáforas (desde Charles Mingus o Nick Cave hasta Vladimir Nabokov) llama a la “seducción masiva” con una facilidad insultante. Los coros con vocoder, las guitarras afiladísimas y frases que harían sonrojarse a más de una persona (I can’t turn off what turns me on”) son pilares fundamentales de un tema energético, apasionado y erótico, una muestra más que potente del nuevo estilo de juego de la artista.

Su capacidad para mostrarse inalcanzable en su dureza y acto seguido quitarse esa máscara y mostrarse como otra mujer jodida, con cargas del pasado y angustia hacia el futuro, es algo que brilla con más fuerza cuando piensas que nunca antes lo había hecho, y menos aún a este nivel.

En una línea aún más electrónica y ajena aparece “Sugarboy”, un tema más pop marcado por una base ultrarrápida, los coros estilo Beyoncé e interludios de teclado brillantes y fiesteros, anunciando un leitmotiv que se presentará en el tema siguiente. No es increíblemente destacable más allá de su forma de combinar diferentes estilos electrónicos con habilidad y por su letra, una extraña y un tanto críptica sátira de los roles de género. Quizás lo más interesante es que sirve como preludio a “Los Ageless”, una canción más elaborada en la que aún se aprecian trazas de la línea sonora del tema anterior. Este corte retoma un tono de frialdad dominante para hablar sobre la frivolidad de un Hollywood obsesionado con la eterna juventud, una Los Ángeles deshumanizada que bien podría simbolizar también esa belleza inalcanzable a la que se ama de un modo casi tóxico. Sus estribillos y coda final son elegantes y grandiosos, y su sonido imbrica perfectamente los pulsos electrónicos, los momentos más ambientales y las sutiles pero agresivas líneas de guitarra.

St. Vincent ya había demostrado que era capaz de dejar a un lado su propio instrumento si la ocasión lo requería, y en canciones como “Happy Birthday, Johnny” esto se traduce en la eliminación absoluta del artificio y la sobreproducción. Nada aparte de un piano, salvo un breve impás de guitarra lap-steel, acompaña la voz de Clark mientras felicita el cumpleaños de una persona totalmente genérica (cuando le preguntaron quién era Johnny ella respondió: “Johnny sólo es Johnny, ¿no conoce todo el mundo a un Johnny?”), pero quizás podría ser un familiar (What happened to blood, our family? Annie, how could you do this to me?”) que tuvo una mala experiencia con las drogas. Es una canción increíblemente sincera, desnuda y directa, que no llama mucho la atención ni es demasiado clara, pero que resulta realmente valiosa e inesperada en un disco como este. Resulta un tanto chocante que, después de esto, St. Vincent retome el tema de la sexualidad turbia con “Savior”, que pasa de una guitarra casi cómica a la electrónica del pop con toques más propios del chill-out donde las seis cuerdas recuperan un papel no determinante pero sí remarcable. Su letra, también ambigua, alude seguramente al BDSM, pero no tanto con la intención de reivindicarlo como, quizás, de criticarlo.

Lo que ha hecho St. Vincent es tanto o más atrevido que su anterior elepé, ya que no sólo ha sido capaz de mantener rasgos característicos de ese estilo y reinterpretarlos, sino que ha depurado su sonido hasta límites inesperados en los momentos adecuados, y ha unido ambas facetas sin que resulte extraño.

Quizás esta canción necesitaba estar ahí para volvernos a sorprender con “New York”, el primer single de este trabajo y una gran sorpresa para los más adeptos del sonido de Annie Clark. La predominancia del piano y la aparición de una poderosa sección de cuerda en el estribillo hacen de esta canción una breve pero emotiva declaración de amor y complicidad con la ciudad que la acogió en un sentido musical. Vuelve a aludirse a un amigo perdido, pero la canción está dirigida a una persona con la que también tiene una enorme confianza, sin la cual Nueva York no es la misma ciudad para Clark. Esta es una canción que vuelve a resultar sorprendente, no sólo dentro de este trabajo sino pensando en la propia artista, que no era tan cercana y sincera desde los tiempos de “Marry Me”, y quizás ni siquiera entonces expresaba sus sentimientos de una manera tan clara y emocional. En contraposición a este valle de calma, “Fear The Future” es un tema más agresivo y energético, con una letra críptica pero una intención claramente combativa. Podría ser tanto una canción social, incluso política, como personal, porque ese futuro que tanto teme y para el que necesita respuestas bien podría ser el suyo propio, como persona y como artista. “Young Lover” es la voz irritada de una persona preocupada por la adicción de su pareja, a la que suplica que despierte de uno de sus episodios de sobredosis. Mientras el yo poético reprende a este “joven amante” (o esta, ya que se especula que la canción podría tratar sobre la relación de Clark con Cara Delevingne), la música pasa de un inicio que es casi puro drum-n-bass a una sucesión de estribillos y codas donde la guitarra adquiere mayor protagonismo y todo se hace brillante y poderoso, mientras que las estrofas y puentes siguen incidiendo en esa electrónica de club.

Llega entonces “Dancing With A Ghost”, un brevísimo tema instrumental, dulce, elegante y onírico que enlaza con “Slow Disco” y la sección de cuerda frotada sobre la que la voz flota durante todo el tema. Resulta tan majestuosa como decadente, y tan conmovedora como triste, aunque uno no sepa exactamente por qué. Quizás por esas reminiscencias de muerte, de decrepitud, de algo terminando y no precisamente bien. Y el ominoso piano de “Smoking Section”, con su ritmo de marcha fúnebre y su oscurísima letra, no ayudan a superar el trago. St. Vincent, no, Annie Clark, expresa a través de complejas, devastadoras y originales metáforas (“sometimes I feel like an inland ocean / Too big to be a lake, too small to be an attraction”) un desamparo absoluto. Hay más referencias a su propia muerte de las que es agradable reconocer, ya que, como declaró al periódico The New Yorker, “como cualquier estadounidense, me he planteado el suicidio”. Pero la canción no termina de explicar por qué, y quizás en su vaguedad resida su virtud. Porque, en más de una ocasión, ahí podría verse reflejado cualquiera, y quizás habría que plantearse por qué.

Al final, quizá no adore “MASSEDUCTION” con pasión ardiente, pero es la clase de disco que me maravilla poder analizar por todo lo que representa como álbum individual y como trabajo en la carrera de una artista de este calibre. Lo que ha hecho St. Vincent es tanto o más atrevido que su anterior elepé, ya que no sólo ha sido capaz de mantener rasgos característicos de ese estilo y reinterpretarlos, sino que ha depurado su sonido hasta límites inesperados en los momentos adecuados, y ha unido ambas facetas sin que resulte extraño. Su capacidad para mostrarse inalcanzable en su dureza y acto seguido quitarse esa máscara y mostrarse como otra mujer jodida, con cargas del pasado y angustia hacia el futuro, es algo que brilla con más fuerza cuando piensas que nunca antes lo había hecho, y menos aún a este nivel.

St. Vincent – MASSEDUCTION

8.2

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“MASSEDUCTION” tiene mucho más de lo que esperaba encontrar: son trece canciones liberadoras, tanto en un sentido social, sexual, como puramente personal; porque, a veces, hasta la persona más fuerte y aguerrida tiene que desahogarse. Pocas veces he visto a un artista abrirse tantas puertas, a nivel sonoro y temático, sin cerrarse ninguna y, además, salir victorioso. Y Annie Clark, sin ninguna duda, lo ha hecho.

Up

  • Su vertiente más electrónica se ha despojado de la frialdad innecesaria, y cuando es machacona o robótica lo es por un buen motivo.
  • La guitarra, poco a poco, va perdiendo protagonismo para convertirse en una herramienta más, uno de tantos colores de su amplia paleta sonora, lo cual no significa que no tenga momentos estelares.
  • Las canciones más desnudas y puras resultan de lo más impactante viendo al antecesor de este elepé.
  • La estructura de las canciones ya no es tan rígida, y se permite introducir secciones inesperadas donde predominan instrumentos tradicionales que antes no aparecían.
  • Temas como “Happy Birthday, Johnny”, “New York” y la tríada compuesta por “Young Lover”, “Dancing With A Ghost” y “Slow Disco” son quizás las mayores joyas de este álbum.
  • Las letras más desvergonzadas, como la de “Masseduction” o “Savior”, están pensadas para darle con una fusta en la cara a los oyentes más remilgados, y me encanta.

Down

  • Quizás hay una cierta desconexión entre los primeros temas, más o menos ‘convencionales’, y aquellos más reposados, porque al principio parecen más bien valles entre picos de intensidad que canciones con un espacio merecido.
  • Se echan de menos algunos lances de guitarra más atrevidos o riffs más definidos incluso en las canciones con mayor potencia.