El pasado verano, para celebrar el cincuenta cumpleaños de Bunbury, en El Quinto Beatle desplegamos una recopilación de la trayectoria del músico aragonés a través de cincuenta canciones que combinaban los tiempos de Héroes del Silencio y su etapa en solitario. Una de las virtudes que más resaltábamos de sus producciones recientes era el acercamiento a los sonidos latinos que habían aparecido con una frecuencia progresivamente mayor desde “Pequeño”, el álbum que contenía joyas como “Infinito” o “El Extranjero”. Por ello, quizá el primer aspecto a destacar de “Expectativas” es que ha prescindido de raíz de esa faceta latina que ya había asimilado como propia. Así, realiza un viraje hacia un sonido desconocido en su trayectoria, que por momentos recoge aspectos de la oscuridad de los dos últimos álbumes de David Bowie (“The Next Day” y “Blackstar”), y en otros se acerca al krautrock que tan de moda han puesto en el panorama nacional León Benavente (y al que también se han aproximado Vetusta Morla en “Te lo Digo a Ti”). Además, hay hueco para la música de autor puramente entendida como aquella en la que la letra debe tomar los mandos del mensaje musical y centralizar la atención en detrimento de las melodías, que se presentan por fases más lineales que de costumbre.

“Expectativas”: Bunbury crea su propio discurso orwelliano

El primer aspecto a destacar de “Expectativas” es que Bunbury ha prescindido de raíz de esa faceta latina que ya había asimilado como propia. Así, realiza un viraje hacia un sonido desconocido en su trayectoria, que por momentos recoge aspectos de la oscuridad de los dos últimos álbumes de David Bowie (“The Next Day” y “Blackstar”).

El segundo de los grandes rasgos de identidad de “Expectativas” es la prominencia de la temática sociopolítica. Aquí es esencial detenerse y hacer una aclaración, pues el mero hecho de observar la palabra sociopolítica puede llevar a un hastío autoinducido por la sobreexposicón a sus vertientes en los últimos años. Dentro del espectro político español es extraño ver a artistas liberales (Alaska, Russian Red, Loquillo…) pronunciarse políticamente a través de la música, que suele dirigirse más al entretenimiento o a aspectos presuntuosamente metafísicos. En cuanto al ala más moderada de la izquierda (aquellos que fueron denominados en tiempos de Zapatero como ‘los de la ceja’), hace tiempo que abandonaron la conexión entre la política y la música, probablemente debido a la consolidación de un desengaño demasiado pronunciado por un lado y por la desconexión con las nuevas preocupaciones de la juventud por otro. Sin embargo, el mensaje sociopolítico y las nuevas formas de canción protesta han sido una tónica habitual desde el estallido de la crisis financiera en 2008 en formaciones más vinculadas a la izquierda, ya sea desde el nihilismo pseudopunk que descuartiza el sistema (León Benavente, Triángulo de Amor Bizarro, Los Punsetes…), desde el buenrrollismo y la fabricación de mensajes en pro del cuidado del planeta y los recursos o de las ventajas de la multiculturalidad (Macaco, Miguel Campello…), desde la crítica directa o sutil de la ‘vieja clase política’ (Amaral) o desde el posicionamiento con nuevas formaciones y formas de llevar a cabo la política en las calles (Nacho Vegas, Los Chikos del Maíz…). Por todo ello, es destacable que la visión de Bunbury no encaje en ninguno de los patrones anteriores, pues viene a deconstruir todos los eslabones mencionados, a gritar de forma bastante clara que no confía en la política, que no confía en el cambio, que lo viejo era malo y lo nuevo lo es de igual manera. Expresa que si en un tiempo no muy lejano se percibió como posible una deriva hacia mejores puertos, a día de hoy esa posibilidad se ha esfumado, no porque piense que lo nuevo no puede imponerse sino porque le intuye el mismo tufo que a lo de antes. Bajo estas premisas, “Expectativas” toma forma de premonición sobre lo que nos espera una vez asimilada esa máxima que asume el fracaso y por tanto necesita sobreponerse a la desilusión.

Fotografía: José Girl

Bunbury grita de forma bastante clara que no confía en la política, que no confía en el cambio, que lo viejo era malo y lo nuevo lo es de igual manera. Expresa que si en un tiempo no muy lejano se percibió como posible una deriva hacia mejores puertos, a día de hoy esa posibilidad se ha esfumado, no porque piense que lo nuevo no puede imponerse sino porque le intuye el mismo tufo que a lo de antes.

La primera de las bofetadas a lo políticamente correcto y a las líneas generativistas estipuladas en los últimos tiempos es “La Ceremonia de la Confusión”, que se viste de un discurso colindante a “1984” de George Orwell o a “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley para reflejar una “educación para la programación”, unas “maniobras de despiste” o la opinión a mano alzada siempre sesgada por las voluntades de quienes desde su posición de poder impulsan dichas manos. A nivel melódico, la dureza del sintetizador demuestra que Bunbury está atento a los nuevos sonidos que irrumpen en el panorama nacional, pues se exhibe similar a los afianzados por León Benavente en su álbum “2” y su EP “En La Selva”. También hay cierto aroma a los últimos años de Bowie gracias a ese saxo oscuro y embriagador que hace de la pieza una de las más completas de “Expectativas”. Si bien “La Ceremonia de la Confusión” es un triunfo tanto lírica como melódicamente, “La Actitud Correcta” (single de presentación del álbum) requiere mayor atención en su letra que en una melodía correcta y enérgica, con un inicio que recuerda al “Gold On The Ceiling” de los Black Keys pero a la que en comparación con la anterior parece faltarle ese mismo “no sé qué” que al protagonista de la pieza. Desde la primera vez que escuché el tema hasta ahora he ido estando más convencido de que el protagonista de la metáfora bastante directa que es esta canción no es otro que Albert Rivera. En la letra encontramos algunas pistas como “tienes la actitud correcta, la actitud bien escogida y una sensatez abrumadora, “es el resultado final el que me parece insuficiente” y sobre todo “tienes la actitud correcta para una versión discreta que recuerda a otra época que insistes en reproducir. Especialmente esta última me hace pensar en la manera que tiene la formación de Rivera para reproducir los patrones retóricos y las estrategias que se aplicaban por mero funcionalismo en los partidos clásicos y que han sido puestos en duda después de la consolidación social de las tesis posmodernas tras la crisis económica de la última década.

Las críticas ácidas al clima político actual no cesan en la maravillosa “Cuna de Caín”, menos rítmica y más electrónica que la anterior. La pluralidad instrumental, el bajo distorsionado que dota de carácter al estribillo y el saxo (que vuelve a aparecer) nos llevan de nuevo a esa ‘Estrella Negra’ que Bowie hizo de sí mismo en los últimos años de su vida. Si atendemos a esa lógica de hermanos despedazándose entre sí bajo el signo de Caín y a esa guerra civil contemporánea se puede adivinar un cierto aire premonitorio acerca del conflicto que sacude a la sociedad catalana, y del que no vamos a decir nada que todo lector no sepa ya. Seguidamente y cerrando la trilogía que reflexiona sobre la actitud de nuestros políticos escuchamos la derrotista “En Bandeja de Plata”, que de una u otra manera viene a poner en duda ese sentimiento asumido por la izquierda de que se ha perdido una gran oportunidad. Bunbury expresa que desde su experiencia nada viene servido de manera tan sencilla, y que posiblemente esa oportunidad en verdad no lo era tanto. Por tanto, si “La Actitud Correcta” parece un tema dirigido a Ciudadanos, éste resultaría una crítica en otro tono a Podemos y todas sus marcas locales y autonómicas. En resumen, y teniendo en cuenta ese mundo orwelliano que despliega Bunbury como reflejo de la posmodernidad y la confusión y deterioro político sufridos en el panorama español en los últimos años, el zaragozano acaba por lanzar un dardo al aire: “Parecemos Tontos”. Quizá por seguir creyendo falacias “aunque traten siempre de disimular de “facciones y acciones que no le convencen y que ponen en práctica un “abanico de pantomimas. Quizá por seguir entrando en el juego que promulgan y permitir que los devaneos e intereses de una minoría produzcan un cráter social difícil de reparar a la vez que una dicotomización entre buenos y malos o verdades y mentiras que va de los temas más absurdos a los más complejos.

El zaragozano traza su “1984” particular, con un discurso muy adaptado a la necesidad del momento y pasado por el cristal de alguien que no quiere caer en la polarización que lleva a sesgar el discurso contra unos y mimarlo contra otros.

A continuación y siguiendo esa tónica de “Parecemos Tontos” Bunbury asegura ver a “todo el mundo repetir esa opinión leída en la prensa” que le lleva en todo momento a encontrarse con “Lugares Comunes, Frases Hechas”. En este caso el zaragozano se aleja de la sátira de una formación política concreta para caricaturizar la voluntad de cada uno para implantar un pensamiento único, volviendo de nuevo a ese mundo orwelliano del que ya se habían dado unas pinceladas en cortes anteriores. A nivel musical tal vez sea una de las pistas que más se mueven en la zona de confort de Bunbury, aunque no brilla ni de lejos como en álbumes anteriores. Todo lo contrario que “Al Filo de Un Cuchillo”, un tema que dentro de su oscuridad se aleja del sonido fetiche de Bunbury (aproximándose nuevamente a Bowie) y que contiene una de las secuencias más adictivas de “Expectativas”. Así, se establece que el mundo actual es esa pescadilla que se muerde la cola (“la mano que me alimenta es la mano que me va a golpear”), lo que nos lleva a reflexionar sobre si el mundo ha cambiado desde los tiempos de caciques y vasallos o si simplemente los caciques han modernizado sus quehaceres para que el vasallaje no se perciba como tal.

La literatura siempre ha estado muy presente en la lírica de Héroes del Silencio y de Bunbury en solitario, como reflejábamos el pasado mes de agosto en el artículo mencionado. Autores como Oscar Wilde o Alejandro Casona fueron una gran influencia para canciones como “El Cuadro II” o “La Sirena Varada”. En “Expectativas” es el escritor Herman Melville quien aporta su granito de arena con una de sus grandes obras: “Bartleby, el escribiente”, en la que un escribiente (o pasante) es contratado por un abogado bajo la apariencia de empleado ejemplar. Sin embargo, un buen día comienza una rebelión tranquila: ante cualquier cosa que se le pide siempre contesta “preferiría no hacerlo”. Bunbury hace suya la historia del escribiente en “Bartleby (Mis Dominios)”, donde ese “preferiría no hacerlo” se torna en “no quiero entender nada, no escucho ni veo, ni siquiera hablo, para terminar asegurando que “no esperes que siga tus designios con sumisión”. Esa sumisión a la que se niega nuestro particular ‘Bartleby’ le lleva en “Mi Libertad” a “preferir ser un animal, y un anarquista pragmático accidentalmente a propósito”. El saxo roto esta vez acerca su rock más al blues, y la temática de la libertad (piedra angular del nacimiento de este género) es a la par un apunte que consolida la confesión que Bunbury nos está haciendo y un homenaje a la música.

“Expectativas” toma forma de premonición sobre lo que nos espera una vez asimilada esa máxima que asume el fracaso y por tanto necesita sobreponerse a la desilusión.

El ritmo se rompe bastante en la melódica “La Constante”. Aquí, a diferencia del resto de temas, no acaba de funcionar ni una melodía que no acierta a emular las grandes baladas del artista como “Lady Blue” o “La Chispa Adecuada” (con la excepción de un soberbio final instrumental) ni la letra, que se refiere a algo o a alguien (¿la música?, ¿una persona?) como bálsamo para esa falta de esperanza desarrollada y relatada a lo largo del álbum. No obstante, pronto olvidamos este ligero traspié con “Supongo”, un canto a la incertidumbre del hombre que conecta con aquel Bunbury enamorado del romanticismo como corriente, de la eterna duda sobre la existencia y que continuará caminando por ese mundo que tiene “el mismo plano de siempre” y en el que “los pies se hunden de charco en charco”.

De esta manera Bunbury concluye su “1984” particular, con un discurso muy adaptado a la necesidad del momento y pasado por el cristal de alguien que no quiere caer en la polarización que lleva a sesgar el discurso contra unos y mimarlo contra otros. Bunbury relata su visión negativa del poder, del ansia por conseguirlo y de lo que conlleva; carga contra los discursos paliativos, contra la credibilidad que se da a las palabras amables y la falta de espíritu crítico que provocan ciertos heurísticos (la pulcritud de la imagen y la presentación como los ‘más limpitos’ de unos o la apelación a ‘la gente’, las ‘grandes oportunidades’ y ‘los buenos y malos’ de otros). Así, Bunbury da una vuelta de tuerca a la canción protesta. Si en los últimos años hemos escuchado la ruptura entre la derecha y la izquierda, ahora él también rompe ese eje de vieja política y nueva política para situarla en el mismo plano: el de la búsqueda del poder contra lo que, ante la desazón, la mejor empresa es la del romántico y existencialista a la par Bartleby, algo con lo que Bunbury retoma recursos culturales del pasado con una renovación musical en la que se percibe una gran admiración por el David Bowie de “Blackstar”, ese que compuso una obra entera como antídoto para aceptar su propia muerte.

Bunbury – Expectativas

8.0

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Con “Expectativas” Bunbury ha creado su “1984” particular a partir de la situación sociopolítica española, rompiendo los ejes y discursos de la canción protesta tradicional y embarcándose en un sonido que demuestra su admiración por la música oscura desarrollada por el último David Bowie.

Up

  • La temática general del disco y la inteligencia con la que está tratada en la mayoría de las piezas.
  • La renovación de la canción protesta y política que se desprende de la tónica general de alabar a unos y discriminar a otros sin ningún tipo de sesgo, algo que hasta ahora en España poca gente había desarrollado (quizás Javier Krahe es el más simbólico).
  • El sonido oscuro y esos saxos rasgados.

Down

  • La intrusión electrónica presentada en “La Ceremonia de la Confusión” se echa en falta en algún tema más.
  • Los momentos más melódicos chirrían un poco con la dinámica del álbum.
  • “La Constante” rompe el discurso de lo que se está escuchando y no acaba de funcionar.