Estamos de enhorabuena. Ya no es necesario que nadie se siga escondiendo. Sí, me dirijo a la comunidad rockera de pura cepa, la heavy, la indie y la underground, todas aquellas personas que durante años y años han repudiado la música comercial escudándose en que está vacía de contenido mientras se llenaban los oídos con los mismos riffs repetidos hasta la saciedad y con letras que iban desde lo insustancial hasta lo ofensivo. Para todos aquellos que habéis pasado momentos a solas disfrutando “Wannabe” de las Spice Girls, “Everybody” de los Backstreet Boys, “Bad Romance” de Lady Gaga o “All The Single Ladies” de Beyoncé, escondidos para que nadie supiera que en el fondo de vuestro duro corazón de metalero se ocultaba un amante de las melodías pegadizas y llenas de jolgorio, este es vuestro momento. Es hora de que dejéis atrás las etiquetas de ‘guilty pleasure’ y abracéis sin miedo el mainstream y la radiofórmula, pues Beck acaba de demostrar con “Colors” que puedes ser uno de los mayores iconos del rock y el folk de las últimas décadas y lanzar uno de los discos más abiertamente comerciales de la última década y, además, hacerlo con éxito.

“Colors”: Just wanna stay up all night with you

Beck y Greg Kurstin querían un disco moderno pero que no ignorase las influencias del pasado, a la par que divertido y directo sin que fuese insustancial y blando.

En realidad lo que ha hecho Beck no es tan novedoso ni tan atrevido. Hay multitud de artistas que a lo largo de su carrera se han tirado de cabeza a la piscina del pop; nombres como David Bowie, Queen o incluso Neil Young, que en la década de los 80 tuvieron que hacer auténticas virguerías para lidiar con la música disco que empezaba a arrasar gracias a gente como Michael Jackson o los Bee Gees. Pero la tendencia pop no se quedó ahí, ya que en las décadas siguientes numerosos artistas en algún punto de sus respectivas carreras han decidido probar suerte con las melodías pegadizas sin demasiadas complicaciones, desde U2 hasta Muse, sin olvidarnos, por supuesto, de Coldplay.

En el caso de Beck la decisión ha sido premeditada y totalmente a conciencia. A mediados de la pasada década una herida espinal le obligó a retirarse de los escenarios y del estudio por un tiempo al observar lo dura que resultó la grabación de “Modern Guilt”, durante la cual no podía cantar adecuadamente y sentía dolor constantemente. Esto le llevó a pensar que había llegado el final de su carrera como solista y durante los siguientes años se dedicó a proyectos más pequeños y colaboraciones. Sin embargo, en 2012, tras sobreponerse, el músico recuperó material antiguo y comenzó a trabajar en dos álbumes. El primero fue “Morning Phase”, de corte acústico y mucho más introspectivo, con el que además ganó un Grammy a mejor disco del año. El segundo fue (o ha sido, más bien) “Colors”, disco concebido junto al productor Greg Kurstin (sí, el del último LP de Foo Fighters, Adele, Sia, etc.), un antiguo amigo que había participado en la gira de “Sea Change” como teclista allá por el año 2002.

No es sólo un disco de pop

“Colors” no suena ni futurista ni añejo, sino más bien clásico, al pop de toda la vida, al que no suena lo suficientemente hortera como para quedarse desfasado en un par de años ni propone nada más allá de lo que ya se lleva haciendo décadas.

La intención era hacer un disco enérgico, alegre y lleno de buen rollo, una celebración y una vuelta por todo lo alto de uno de los músicos más prolíficos de los 90, que además sirviese como contrapartida a ese “Morning Phase” mucho más centrado en paliar y tratar el dolor. Pero, por supuesto, no podía ser exactamente un elepé de pop al uso. Al menos no en su confección. Por eso, entre idas y venidas, vueltas al estudio, giras y experimentación con las canciones el disco ha acabado editándose mucho más tarde de lo previsto. Durante estos cuatro años Beck y Greg se han dedicado a componer, grabar, probar nuevos experimentos, fallar, rehacerlos hasta acertar y encontrar por fin un sonido que se adecuara a lo que querían llegar a conseguir: un disco moderno pero que no ignorase las influencias del pasado, a la par que divertido y directo sin que fuese insustancial y blando. Así, llegar a encontrar tal equilibrio ha llevado mucho más trabajo de lo que cabría esperar en un álbum como este, incluso para un artista tan curtido como Beck que ha probado con tantos estilos y se ha reinventado una y otra vez a lo largo de su carrera.

El resultado final es un trabajo de tan sólo diez canciones que se pasan en un suspiro y que cumplen con todos y cada uno de los clichés del pop mainstream, desde las estructuras hasta los ritmos o los estribillos y, por supuesto, las letras, en las que no faltan referencias a la noche, al amor, al carpe diem y sobre todo al hedonismo juvenil. El sonido conseguido encaja perfectamente con la propuesta del artista: “Colors” no suena ni futurista ni añejo, sino más bien clásico, al pop de toda la vida, al que no suena lo suficientemente hortera como para quedarse desfasado en un par de años ni propone nada más allá de lo que ya se lleva haciendo décadas. Pero tampoco podemos decir que el carácter comercial le haya hecho perder personalidad, ya que el sello del músico está presente en cada uno de los cortes.

Fotografía: Peter Hapak

La gracia de un disco como “Colors” no está tanto en la estructura de las canciones sino en cómo se ejecutan. Aunque pueda perder un poco de fuelle en algún momento al toparnos continuamente con elementos que ya conocemos, nunca encontramos dos canciones iguales; cada pieza tiene su propia personalidad, su propio sonido. Incluso cuando los recursos se repiten nunca suenan igual.

Desde esa “Colors” en la que el bajo y los beats arremeten con fuerza y el falsete se cuela para darnos la típica estructura de estrofa fuerte, pre-estribillo calmado y un estribillo muy potente, en el que la voz se combina continuamente con efectos de vocoder, con momentos incluso para que suene una flauta. Pero también con una “Dear Life” que suena como si el Elliott Smith de su última etapa tocase “Ob-La-Di, Ob-La-Da” de los Beatles, una “Seventh Heaven” que recuerda a los Coldplay de “Mylo Xyloto” (lo cual no es un gran cumplido, salvo que en este caso el resultado es mucho más satisfactorio) y esa “I’m So Free” que se acerca un poco más al Beck guitarrero de los 90, combinando versos rapeados con riffs muy marcados en el estribillo y mucho gancho en la batería.

La gracia de un disco como “Colors” no está tanto en la estructura de las canciones sino en cómo se ejecutan. Casi siempre tenemos una introducción prometedora y un estribillo rompedor en el que la canción explota, introducido por un pre-estribillo en el que los decibelios bajan unos segundos para crear contraste. Vamos, la fórmula más manida y recurrente de la música moderna. Esto hace que el disco pueda perder un poco de fuelle en algún momento al toparnos continuamente con elementos que ya conocemos, pero a la vez nunca encontramos dos canciones iguales; cada pieza tiene su propia personalidad, su propio sonido. Incluso cuando los recursos se repiten nunca suenan igual.

Diez canciones que cumplen con todos y cada uno de los clichés del pop mainstream, desde las estructuras hasta los ritmos o los estribillos y, por supuesto, las letras, en las que no faltan referencias a la noche, al amor, al carpe diem y sobre todo al hedonismo juvenil.

No Distraction” recuerda a la cara más pop de The Killers y a grupos como Maroon 5, manteniendo siempre el aspecto bailable. Pero si hay una canción que brilla con luz propia dentro de este álbum es “Dreams”, tema estrenado mucho antes de anunciarse el disco y que aquí ha sufrido un pequeño lavado de cara en la producción. “Dreams” es la pieza más excesiva y recargada, con guitarras funky muy saturadas, multitud de voces, falsetes, coros y, por supuesto, un estribillo redondo, cercano a la “Uptown Funk” con la que Mark Ronson y Bruno Mars lo petaron hace un par de años, salvo que aquí además contamos con un puente bastante psicodélico antes de volver al último estribillo que le queda que ni pintado. Quizá sea la parte más interesante del disco, ya que tras ésta llega una “Wow” que se despega de la tónica del resto de canciones, más pausada y minimalista, con predominio de las palmas y mucho más cercana al R&B, por supuesto, pasado por el filtro Beck.

Los últimos tres hits (porque eso son) comienzan con “Up All Night”, que vuelve al pop de radiofórmula de forma más clara que nunca, tomando prestado casi sin disimulo el estribillo de “Can’t Stop The Feeling” de Justin Timberlake. Pero incluso siendo el tema más descaradamente comercial es increíble la cantidad de detalles e instrumentación que contiene (secciones de cuerda, teclados y hasta marimba). “Square One” es la última oportunidad para darlo todo en la pista antes de despedirnos con el único elemento que le faltaba a este álbum para ser un disco de pop con mayúsculas: la balada. “Fix Me” cumple ese cometido regalándonos una pastelada de baile de instituto americano llena de “tonights y “I want yous fáciles de corear.

No siempre es necesario lanzar un trabajo que figure entre aquellos que cambiaron tu vida. A veces, un puñado de temas que puedan figurar en tu lista de canciones de Spotify para los momentos de fiesta es más que suficiente.

Cada vez que un artista decide dejarse seducir por los encantos del pop mainstream su séquito de seguidores se divide entre los que se conforman y lo apoyan y los que no pueden evitar sentirse traicionados (como si el artista en cuestión les debiera algo) y deciden bajarse del carro. O incluso van más allá desprestigiando el álbum en cuestión y estableciendo la famosa frase de ‘se ha vendido’.

Es cierto que la línea que separa la brillantez del desastre es extremadamente fina en un caso como este, pero creo que dar el paso no es malo per se y que a veces está bien quitarse ciertos prejuicios de encima y aceptar que la música no ha de ser constantemente profunda, introspectiva o rompedora. No siempre es necesario lanzar un trabajo que figure entre aquellos que cambiaron tu vida. A veces, un puñado de temas que puedan figurar en tu lista de canciones de Spotify para los momentos de fiesta es más que suficiente.

Beck – Colors

7.5

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Que a Beck le gustaba el pop ya lo sabíamos todos, pero en “Colors” ha decidido hacerlo más explícito que nunca con un disco cargado de hits que podrían sonar en cualquier radio. Un giro de 180º respecto a su última referencia, “Morning Phase”, con el que ha querido transmitir la energía del directo al estudio y sacarnos a la pista de baile. Y vaya si lo ha conseguido.

Up

  • Trabajazo en la producción, muy rico instrumentalmente.
  • ¿Hay algo que Beck no sepa hacer?
  • Medio disco (“Colors”, “I’m So Free”, “Dear Life”, “Dreams”, “Wow” y “Up All Night”) son temazos capaces de liderar cualquier lista de éxitos. El otro medio aguanta el tipo.

Down

  • La estructura de las canciones hace que a veces pueda resultar monótono.
  • No ofrece nada más allá de un buen rato; no hace nada que no se haya hecho ya mil veces.