El rock es carácter. No es un género, sino un estilo de vida: media sonrisa con un cigarro colgando y vaso de whisky inclinado, a punto de derramarse sobre la alfombra de un camerino oscuro y maloliente, desafiando de alguna manera la gravedad que ata a la mayoría de nosotros al suelo. A nosotros: ‘el resto’. Es oscuridad y silencio en los ojos de un personaje idolatrado en la más completa ignorancia, la religión de los ateos con tímpanos hechos trizas e hígados suplicantes. Como todo credo, tiene también sus profetas, elegidos, tocados por una luz (u oscuridad) fascinante e inquietante a partes iguales. El rock es carácter y el carácter viene en envuelto en personajes muy, muy diferentes.

Archy Marshall, estrella de rock

Archy Marshall no sólo es un productor multiinstrumentista de voz hipnotizante y método excéntrico, sino que es también un redentor musical en toda regla, un enviado de sabe dios dónde para sabe dios qué, pero que salva, aunque en este caso salvarnos implique hundirnos más en ese lugar que nos produce miedo y curiosidad al mismo tiempo; el vacío del que no éramos conscientes hasta que King Krule vino a decírnoslo.

A veces viene en muchachos escuetos, de mirada larga y palabras cortas. Pelirrojos de aspecto anémico y color desfallecido cuya presencia apenas notarías en la calle, pero que se montan en un escenario y hacen vibrar a la masa idólatra con apenas dos movimientos de muñeca. De la nada al todo. En fin, si Archy Marshall no es una estrella de rock, que me quemen vivo. No sólo es ese muchacho (¿acaso podremos alguna vez dejar de llamarlo ‘muchacho’?) un productor multiinstrumentista de voz hipnotizante y método excéntrico, sino que es también un redentor musical en toda regla, un enviado de sabe dios dónde para sabe dios qué, pero que salva, siempre salva, aunque en este caso salvarnos implique hundirnos más en ese lugar que nos produce miedo y curiosidad al mismo tiempo; el vacío del que no éramos conscientes hasta que King Krule vino a decírnoslo.

Perdón, me corrijo. Puede que no se trate de hundirnos, sino más bien de elevarnos como ya hizo con su maravilloso y legendario debut, “6 Feet Beneath the Moon”, en el que jazz, rockabilly y dream-pop eran resucitados todos en un cuerpo, una especie de Frankenstein hecho de retazos musicales que sin sonar a nada conocido, se parecía a todo lo que conocemos. Desde allí arriba se veían todos esos tonos de azul que nuestra existencia terrenal nos impide discernir, y allí nos quedamos muchos ensimismados, atentos a cualquier señal que indicara su vuelta. ¿Quizás la estela de un cuerpo celeste? ¿Una raja rosa sobre azul contaminado? La gente se quiebra el cuello, poniendo la mano sobre los ojos a modo de visera. En efecto, King Krule ha vuelto y si “Six Feet Beneath the Moon” era un platónico canto a la noche del poeta, “The OOZ” embarra las estrellas para arrastrarlas a una noche sucia, de neones verdes y recuerdos excretados en forma de fluidos corporales.

Fotografía: Frank Lebon

“The OOZ”: cuando la música es cera de orejas

Si “Six Feet Beneath the Moon” era un platónico canto a la noche del poeta, “The OOZ” embarra las estrellas para arrastrarlas a una noche sucia, de neones verdes y recuerdos excretados en forma de fluidos corporales.

“The OOZ” no es un álbum, sino más bien un lugar –al fin y al cabo, no es casualidad que el nombre venga de poner “Zoo” al revés–. La localización es incierta, pero la descripción exacta y precisa desde el momento en el que ponemos el primer pie en Biscuit Town, ciudad caótica donde las haya. El jazz se desparrama sobre una percusión de aires hip-hop e impregna cada una de las esquinas repletas de maleantes y mujeres en venta. Mientras escuchamos la interpretación casi sampleada, una escena no apta para menores tiene lugar a través de una ventana. Archy se asoma a través de ésta para contemplar su ciudad, el caos urbano en el que todo es casualidad y subconsciente. Es una ciudad a su imagen y semejanza y cada calle es un recuerdo, a veces vívido y descorazonador como la psicodélica Slush Puppy; otras fragmentado en flashes de alcohol y desfase en una noche halloweenesca, como en Dum Surfer”, sin duda el temazo del año para todo zombie que se precie.

A ratos sus recuerdos adquieren un carácter ligeramente onírico que empujan su monólogo interior de un modo esquemático e impenetrable. Es este el caso de Logos”, un corte preciso que no pierde tiempo ni lírica, sino que ataca en lo esencial, interpolando un melancólico saxo con un minimalista acompañamiento de versos crípticos y sinceros al mismo tiempo: “We were soup together, but now it’s cold / We were glue together, but it wasn’t to hold”. También en clave minimalista, Cadet Limbovuelve a visitar el amor perdido mediante metáforas nocturnas y de órbitas alrededor de caderas. Le toma el relevo sónico de Lonely Blue, un blues de fuego lento y ojos llorosos que nos introduce casi sin que nos demos cuenta en el terreno sucio en el que empezamos manchándonos la pernera.

“The OOZ” es un continuo sobresalto, una película de serie B en la que nunca sabes lo que te puedes esperar, ya que lo mismo te encuentras un tema de baile frenético que un cacofónico corte a medio camino de ser un intermedio convertido en canción.

Digo manchándonos porque si hay algo que podamos calificar de inesperado en este ábum es el giro musical de Archy, giro que le ha llevado a introducir en su repertorio elementos del post-punk y del shoegaze que harán las delicias de sus fans en los conciertos. Casi puedo ver los corros de hipsters sudorosos mientras Emergency Blimp suena de fondo, reventando la sala con su muro sónico de guitarra; o escuchar cientos de voces coreando la introducción de Half Man Half Shark a todo pulmón: “half man with the body of a shark!”. Al fin y al cabo, no todo iba a ser melancolía y baladas. Ya era hora de que Archy se acompañara de una fuerza instrumental comparable a la rudeza y el descaro de su voz. Esta fuerza, sin embargo, no equivale siempre a ritmos frenéticos, algo que queda demostrado en The Locomotive”, un aullido post-punk de estética nocturna y reflexiones intempestivas en el que la soledad se susurra a grito vivo.

A Slide In (New Drugs) es una canción de colocón en el alféizar de una ventana en la que no es aconsejable asomarse, pero en ese momento te la pela, porque si eres un bohemio como Archy sólo quieres sentir el aire y dejar tus pensamientos fluir como chapapote. Tu voz resuena en ecos metálicos y las luces de la ciudad se emborronan a tu alrededor. El mundo se convierte en un murmullo lejano que se rompe en miles de pedazos cuando el bajo saltarín de Vidual irrumpe para contar una historia de desenfreno que nos saca por un momento del azul oscuro y los amores rotos de Archy. Así es “The OOZ”, un continuo sobresalto, una película de serie B en la que nunca sabes lo que te puedes esperar, ya que lo mismo te encuentras un tema de baile frenético que un cacofónico corte a medio camino de ser un intermedio convertido en canción, esto en el caso de Sublunary o The Cadet Leaps, por poner dos ejemplos.

“The OOZ” no es más que un sueño, que cuando termina sólo nos deja recuerdos ruinosos que se evaporan como polvo al ritmo de acordes de jazz. Las palabras son inciertas, los sonidos apenas un eco, pero sabemos que es un sitio que volveríamos a visitar.

Es sin duda un disco indescifrable, oscuro como pocos, algo a lo que no ayuda el críptico poema que separa el álbum en tres partes y que hace referencia a la soledad, el chupasangres y los “seis pies bajo la luna” que pusieron título al primer LP de King Krule. En el fondo todo es personal, demasiado personal. Tan personal como los pensamientos del King Krule de The Ooz”, que flota en el espeso líquido de su subconsciente y llega hasta un punto de equilibrio perfecto entre sentimiento e intensidad, punto del que sólo se puede descender, despacio y con cuidado, hacia el final del recorrido. Y así llegamos poco a poco al final, atravesando de lleno la depresión alegre de Krule en Midnight 01 (Deep Sea Diver) y saltando en la intimidad de La Lune, un precioso punto y final que deja un sabor agridulce en la boca. Es cuando contemplamos esa luna pequeña y suave a la que Archy quiere ascender cuando nos preguntamos: ¿Qué acaba de pasar?

En ese sentido, “The OOZ” no es más que un sueño, que cuando termina sólo nos deja recuerdos ruinosos que se evaporan como polvo al ritmo de acordes de jazz. Las palabras son inciertas, los sonidos apenas un eco, pero sabemos que es un sitio que volveríamos a visitar.

King Krule – The OOZ

8.8

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El regreso más esperado de este año ya ha ocurrido y la espera no ha sido en vano. Archy ha madurado, trayendo nuevos sonidos y reflexiones sobre la mesa que ahondan aún más el refugio musical que ya creara en su primer álbum. Una escucha indispensable para todo el que busque una experiencia agradable y terriblemente incómoda a partes iguales.

Up

  • El disco es un ente en sí mismo, un organismo sin principio ni fin.
  • Archy ha evolucionado en su sonido, cambiando la atmósfera dreamy por un lo-fi contundente y evocador que se enriquece con detalles post-punk.
  • Cada corte funciona como una pieza de un puzzle surrealista que, sin tener sentido, sólo lo tiene cuando está entero.

Down

  • Quizás se podía haber prescindido de algunos temas de transición, aunque, a decir verdad, no estoy seguro.
  • Debería incluir un libro explicativo.
  • Uno no puede evitar sentir que falta algo, una última pieza que le dé un empujón definitivo a un álbum que es ya de por sí casi sobresaliente.