Después de lo ocurrido en Cataluña el otro día lo único que podía pensar en mi casa era qué haría Dylan ante esa situación. Me refiero al Dylan de hace unas décadas, con un premio Nobel de menos y con más ganas de cambiar el mundo. ¿Saldría a cantar protestando contra el poder establecido? ¿Les plantaría cara a los malos con una guitarra en la mano y armado con una canción? ¿Se ha perdido el espíritu de denuncia social que cantaban algunos autores?

Escuchado el nuevo disco de La Maravillosa Orquesta del Alcohol, en adelante La M.O.D.A., parece que al menos el espíritu se mantiene ardiendo. Pero, ¿habrá sido suficiente para cuajar un buen tercer disco (desde que empezaron a cantar en castellano)?

“Salvavida (de las balas perdidas)”: recitarle al vendaval

La M.O.D.A. se han erigido como una de las pocas voces que sirven de altavoz a lo que piensan miles de jóvenes en nuestro país, con letras viscerales y combativas que exaltan al hombre de a pie.

Y la respuesta nos conduce a otra pregunta: ¿necesitaban evolucionar? Después de dos discos en castellano y uno en inglés en los que han jugado con casi todas las posibilidades que ofrece el folk el conjunto burgalés ha logrado un sonido propio. Gracias, sobre todo, al timbre único del vocalista y las letras viscerales y combativas. Letras que exaltan al hombre de a pie, como hacía Bukowski cuando se convertía en todo un (anti)héroe desde la oficina de correos. Eso es La M.O.D.A.. Una banda que se ha erigido como una de las pocas voces que sirven de altavoz a lo que piensan miles de jóvenes en nuestro país. Ya nos encandilaron con aquella visceral “Nómadas” que apelaba a la nostalgia de quienes tienen que marcharse lejos en busca de un futuro mejor y ahora vuelven a las andadas con un salvavidas en forma de disco.

Después de dos discos en castellano y uno en inglés en los que han jugado con casi todas las posibilidades que ofrece el folk el conjunto burgalés ha logrado un sonido propio. Por lo tanto la pregunta es: ¿necesitaban evolucionar?

Un salvavidas que se lanza a un mar de “Mil demonios” con las virtudes que siempre han tenido: instrumentación folkie, ritmos errantes como zíngaros y la voz de David Ruiz quemándose al micrófono en una de las canciones más ¿bailables? de este nuevo trabajo. Eso sí, entonando una amarga letra marca de la casa con la que siempre acompañan la melodía. Parece que tienen claro el rumbo y no les asustan esos demonios que vienen susurrándoles canciones con “alergia a la alegría”, un brillante anagrama casi como un palíndromo, que tiñe de tinieblas este viaje sonoro en el que acabamos de zarpar. Hacia “La inmensidad”, corte de presentación de este álbum en el que hacen referencia a Oscar Wilde como ya citaron a Kerouac en su momento. Suenan veraces, emotivos y melancólicos, justo las señas de identidad que han labrado su éxito.

Pero el “Océano” es demasiado bravo a veces y puede provocar que hasta el barco mejor construido haga aguas. Esta aproximación al spoken word no les acaba de sentar nada bien, con algunas rimas demasiado rimbombantes que parecen poco trabajadas, al menos en lo sonoro. No conviene confundir que un recitado o cantar a capela puede funcionar en algún momento del directo (y vaya si funciona) pero quizá no en un frío disco o, peor, en un gélido streaming de Internet. Menos mal que teníamos salvavidas, que llega en forma de deliciosos arreglos hacia el final de la canción, donde se confunden percusión, algún viento, marimba y theremín al que se le acaban sumando unos coros finales para acabar en un scratch. ¿Quizás demasiado?

La poesía tiene que parecer recién hecha, pero necesita capas y capas de poda hasta que emerge lo que realmente se quiere decir. Aquí parece que esa etapa de corrección o no ha existido o se ha llevado al extremo, perdiéndose la ansiada mezcla entre letra y música y dejando versos demasiado ampulosos.

Suerte que pronto retomamos la ruta con un tema cuyo juguetón banjo va soportando la voz de Ruiz mientras éste desgrana los versos, de nuevo taciturnos, sobre un viaje vagabundo respirando aires celtas en “Una Canción para No Decir Te Quiero”. Un amigo músico que estuvo charlando con el vocalista de La M.O.D.A. me contó que lo que más le sorprendió de hablar con él es su humildad, impropia de cualquier músico que tenga cierto éxito y que haya dado cerca de 100 conciertos el año pasado. Pero él no es así. Prefiere la prudencia de ir paso a paso en esta carrera musical que ha cimentado con sus amigos de toda la vida como cantan en el single “Héroes del sábado”, donde hacen un homenaje a la cuadrilla. A sabiendas, quizás, de que esto aguanta porque “no se olvidan nunca de dónde vienen”. Parece que hubieran estado esperando al 1-O para lanzarlo: “hoy me voy a levantar, aunque sea por los árboles. A levantar para lanzar su mensaje. Pero sin duda lo que mejor les queda es una buena canción con guitarra y, si acaso, acordeón. Así es “O Naufragar”, donde incorporan unos ricos arreglos de flautas para hablar de existencialismo y pérdida de sentido hasta llegar a otro clímax con una sección de vientos completa en el que quizá sea su tema más redondo.

Una pena que en “Himno Nacional” vuelvan los recitados que pretenden ser emotivos pero que, en mi humilde opinión, con la voz que tiene David y con la magia que tienen sus músicos, sinceramente, no les hacen falta. La poesía, o eso decía mi profesor de lengua (que curiosamente era poeta), tiene que parecer recién hecha, pero necesita capas y capas de poda hasta que emerge lo que realmente se quiere decir. En la poesía no hace falta poner música porque la rima y la cadencia ya le otorgan musicalidad al texto. Pero precisamente en las canciones el texto funciona en conjunción con la música. Y en esta y otras canciones de “Salvavida (de las balas perdidas)” parece que esa etapa de corrección o bien no ha existido o por el contrario se ha llevado al extremo, perdiéndose la ansiada mezcla entre letra y música y dejando unos versos demasiado ampulosos.

Ese estilo propio les queda demasiado bien y quizás no deberían alejarse demasiado. No está mal experimentar o abrir nuevas posibilidades a tu sonoridad, pero en “Salvavida (de las balas perdidas)” no dan con la tecla adecuada para ensamblar todo.

Como podéis comprobar el mar lo mismo está picado que se queda en calma hacia el ojo del huracán. Así transcurre “Campo Amarillo”, con lentitud e intimidad y ecos de Machado. Con una tímida guitarra que se cuela entre la preciosa letra que en esta ocasión sí tiene musicalidad y fuerza reivindicativa sobre uno de los temas más recurrentes de la banda: los emigrantes y el futuro sin futuro. No necesitan más para ser efectivos. Aunque de nuevo se empeñan en volver a experimentar tocando los límites del folk y mezclándolos con rimas casi de hip-hop en “Los Locos Son Ellos”. Un tema que comienza con una breve reflexión del cantaor y guitarrista de flamenco Manuel Molina sobre la creación artística y que termina siendo una extraña mezcolanza en la que se une casi de todo, aunque por ahora nos siguen convenciendo mejor de su discurso a partir de su versión tradicional como en “Vals de Muchos”, donde vuelven a apostar por sus melodías propiamente folk con acordeones y elementos más propios de su estilo.

Y es que ese estilo propio les queda demasiado bien y quizás no deberían alejarse demasiado. No está mal experimentar o abrir nuevas posibilidades a tu sonoridad, pero la realidad es que “La Vieja Banda” siempre da lo mejor en los up-tempo 100% folk. Y no es casualidad que cierren así un trabajo en el que tal vez se van por las ramas, aunque terminan regresando al rumbo adecuado para llegar a buen puerto.

La M.O.D.A. – Salvavida (de las balas perdidas)

6.6

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La M.O.D.A. regresan con un tercer disco de estudio en castellano que demuestra lo complicado que es trasladar la emoción que despiertan en directo al plástico sin perder un ápice de identidad. Experimentan con distintos arreglos y vías que les quedan un poco raros o no consiguen acoplar a su sonido, pero cuando vuelven a lo de siempre pueden presumir de seguir siendo uno de los mejores grupos folk en español.

Up

  • Instrumentación rica y variada. Se agradecen algunos elementos nuevos más electrónicos.
  • La voz de trueno de David. ¿Hasta cuándo le durará ese tono rasgado?
  • Las canciones más folkies son las que nos siguen emocionando con más facilidad: “Mil demonios”, “La Vieja Banda”, “Héroes del sábado”…

Down

  • Los recitados no acaban de encajar del todo en su propuesta a día de hoy.
  • La poesía demasiado recargada o poco pulida de algunas canciones acaba sonando algo pomposa.
  • Su acercamiento al hip-hop parece más un pastiche y no logran la naturalidad de aquella colaboración con Juancho Marqués.