Sabemos que el post-rock como género peca de clasificarse como tal: estructuras definidas, armonías repetitivas y carencia de imaginación musical, a pesar de estar inspirado en conceptos metafísicos y profundos (no sólo en las formas musicales), y de ahí que en su momento se denominase post-rock, es decir, romper con la tradición a la hora de plantear un concepto musical dentro del rock; darle la vuelta, jugar con las posibilidades inexploradas de un género que, como siempre y como ocurre en todas las ramas artísticas, se cree inamovible. Esto acaba siendo lo esencial de un género cuyo planteamiento inicial se vio limitado y exprimido casi al máximo en la década de los noventa con grupos como Talk Talk y Sigur Rós, conjuntos que elevaron el post-rock a unas cotas de excelencia que ninguna otra banda ha logrado alcanzar de nuevo. No obstante, uno de los grupos de los noventa que sí ha llegado (o a se ha quedado a las puertas) del olimpo del post-rock son los escoceses Mogwai. Firmaron dos primeros discos muy notables (“Mogwai Young Team” (1997) y “Come On Die Young” (1999)) e incluso excelentes en algunos momentos. Gracias a estos dos álbumes lograron cierta fama, colocándose como grupo de culto dentro del post-rock. En la primera década del nuevo siglo siguieron exprimiendo al máximo su propio sonido con resultados sorprendentemente notables, por lo que podríamos decir que Mogwai son como esos buenos estudiantes que nunca sacan sobresalientes ni logran la perfección, pero mantienen una buena media: son aplicados y responsables, pero no brillantes. Mientras los anteriormente mencionados Talk Talk y Sigur Rós cuentan en su discografía con joyas a las que Mogwai no logran hacer sombra éstos también han firmado obras desastrosas que Mogwai no. Por eso es más que justo que este conjunto escocés de apariencia deprimida pero, en cierta manera, optimista, se haya ganado la confianza de la industria, medios y público.

La revitalización del estilo debe también madurar y seguir creciendo

Mogwai vuelven a rescatar su faceta más ‘clásica’ pero sin alejarse de su nuevo estilo. Quizás peque de un intento de ‘autorevival’, de intentar enfocar un nuevo disco sonando innovador con unas herramientas las cuales ellos mismos saben que son limitadas.

Para entender este nuevo “Every Country’s Sun” es esencial conocer el viraje musical que ha realizado el grupo desde 2011, cuando publicaron aquel “Hardcore Will Never Die, But You Will” en el que se materializó un incremento de los elementos electrónicos. Tres años antes (en “The Hawk Is Howling”) ya se podía intuir esta evolución, pero en 2011 echó raíces. Fue extraño cuanto menos, pero lógico teniendo en cuenta aquellos aspectos mencionados antes sobre cierto estancamiento generacional e influencia de estilo, valga la redundancia, generacional, enfocado más hacia la electrónica que se vive actualmente. Con el tan polémico “Rave Tapes” (2014) llevaron al extremo su nueva dirección; un disco totalmente plagado de componentes electrónicos, dando lugar a una mezcolanza de sensaciones efectiva pero con la que no era fácil conectar de buenas a primeras. Entonces, una vez llegamos al elepé que nos toca desgranar entendemos muchas cosas. Mogwai vuelven a rescatar su faceta más ‘clásica’ pero sin alejarse de su nuevo estilo. Quizás peque de un intento de ‘autorevival’, de intentar enfocar un nuevo disco sonando innovador con unas herramientas las cuales ellos mismos saben que son limitadas. El concepto no resulta fresco, pero saben lo que están buscando; nos encontramos ante una zombificación del post-rock, un planteamiento atrevido. “Every Country’s Sun” consiste en once canciones ordenadas (como casi siempre ocurre en este tipo de discos) con un fin conceptual para un total de cincuenta y seis minutos de duración. Nueve de sus once composiciones son instrumentales y las dos que tienen letra ésta acaba simplemente por servir de acompañamiento para la música. Pura tradición de estilo.

Fotografía: Brian Sweeney

El concepto de “Every Country’s Sun” no resulta fresco, pero saben lo que están buscando; nos encontramos ante una zombificación del post-rock, un planteamiento atrevido.

“Every Country’s Sun” da inicio con la mejor canción de todo el tracklist, y es que “Coolverine” representa la emotividad contenida del movimiento. Un par de notas se repiten a lo largo de sus seis minutos de duración, aunque al mismo tiempo entra en juego la batería y se presenta un sintetizador como base de una pieza con tono afligido, angustiado. Sin embargo, a medida que avanza el minutaje todo rompe para implosionar en un cúmulo de sensaciones, y es ahí cuando la batería acelera su ritmo, aportando la velocidad necesaria a la pieza mientras el resto de instrumentos se mantienen en la misma tónica, apagándose con la misma tranquilidad que nos invadió en sus primeros compases. Después de la tempestad viene la calma.

Al principio de “Party in the Dark” los sintetizadores siguen la dinámica final de “Coolverine”, aunque dura poco porque una eclosión nos plantea esa “fiesta en la oscuridad”, con agitadas y potentes melodías que nos invitan al baile. La música representaría la fiesta mientras la oscuridad llega a través de una letra que pone de manifiesto la desolación y desesperanza de la humanidad. No obstante, el principal problema de esta pieza podría ser la inconsistencia del concepto, ya que esa perturbadora letra se canta con ligera tristeza pero también con cierto cinismo, y da la sensación de que la tristeza/oscuridad acaba siendo fingida. El planteamiento lo hubiesen firmado The Cure, pero su ejecución navega entre dos aguas. Emotividad contradictoria, pero más que solvente.

Mogwai han vuelto a su estado natural jugando con las posibilidades que les ofrece la electrónica que han ido inspeccionando en sus anteriores esfuerzos. El planteamiento, aunque poco conseguido en bastantes ocasiones, deja entrever el nuevo camino que podrían tomar en siguientes obras.

Quizás la pieza más floja del disco sea “Brain Sweeties”, porque a pesar de mantener de forma aceptable la atmósfera de la obra sus más de cuatro minutos y medio de duración son demasiados para un tema de transición que debería haberse quedado en la mitad. Realmente no aporta demasiado más allá del sintetizador y una línea de bajo distorsionada, sumando cierta riqueza sonora. El vehículo que nos conduce a lo largo de los casi siete minutos de duración de “Crossing the Road Material” es potente, pero con poco carburante. Los sintes nos recuerdan a Vangelis o Brian Eno, como una suerte de revival ochentero, aquella década de pretensiones futuristas (distópicas). Al final de nuestro camino el transporte (es decir, la propia música) se atasca y los instrumentos parecen averiarse hasta fallar. No es nada nuevo ni innovador, pero representa bien la dificultad que conlleva mantener una misma idea.

La misma dinámica de electrónica etérea ochentera sigue en “aka 47”. Paz y tranquilidad emocional triste se configuran a partir de un sintetizador minimalista en otro tema de transición demasiado extenso. A continuación, mientras la intensa pero sencilla “20 Size” destaca por el martilleante ritmo de la batería y una guitarra minimalista, en “1000 Foot Face” la lírica vuelve a situarse en un plano secundario para acompañar a la música. Es curioso, pero la letra, a pesar de no ser el elemento principal, consigue bañarnos en esa tristeza que no logró transmitir “Party in the Dark”. Una huella más entre el escondite de las emociones que pasa de lejos, sin mayor repercusión.

A pesar de ser posiblemente uno de sus discos más discretos no supone ningún tropezón y logra mantener un buen nivel. Mogwai nunca decepcionan, cumplen.

El tema más consistente de todo el disco junto a “Coolverine” es, sin duda, “Don’t Believe the Fife”. Aquí la puesta en escena de tranquilidad coincide y colisiona con la del caos. Durante la primera mitad la paz de un par de notas de piano y guitarra se balancea gracias a un efectivo sintetizador, pero el caos llega en cuanto todos los instrumentos suben su volumen y la guitarra se erige protagonista hasta acabar súbitamente. Después de este caos “Battered at a Scramble” no da tregua, destacando una excéntrica guitarra que marca su propio camino. La ruidosa “Old Poisons” mantiene el tipo hasta llegar a la homónima “Every Country’s Sun”, que cierra el álbum a partir de una simple y pacífica melodía. Un necesario y sosegado desenlace después del caos de los tres cortes anteriores.

Mogwai han vuelto a su estado natural jugando con las posibilidades que les ofrece la electrónica que han ido inspeccionando en sus anteriores esfuerzos. El planteamiento, aunque poco conseguido en bastantes ocasiones, deja entrever el nuevo camino que podrían tomar en siguientes obras. A pesar de ser posiblemente uno de sus discos más discretos no supone ningún tropezón y logra mantener un buen nivel. Mogwai nunca decepcionan, cumplen. Lo más positivo de este “Every Country’s Sun” es que aporta esperanza de cara al futuro más próximo de Mogwai. Eso sí, generar esperanzas y tener a sus espaldas una notable carrera sin descalabros no supone ninguna garantía, tendrán que seguir demostrando que son buenos músicos.

Mogwai – Every Country’s Sun

7.2

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Este disco no decepcionará (o no debería) a los fans de Mogwai. A los seguidores del post-rock en general puede convencerles por igual siendo conscientes de que no hay  mucha innovación en “Every Country’s Sun”, aunque sí un reconfortante paseo por el género.

Up

  • Recuperación avispada del estilo marcado anteriormente con una renovación gracias a los sonidos de los últimos LPs.
  • Caótico y atmosféricamente tranquilizador a la vez, consiguiendo en determinadas ocasiones la fusión deseada.
  • Buena resolución de sonido y producción.

Down

  • Que lo caótico y tranquilizador también aporta negatividad. Un concepto tan complejo no puede ser tratado a la ligera.
  • Las letras (sólo en dos canciones) son pobres y no están a la altura de lo que esperaríamos de Mogwai.
  • Un proyecto ambicioso cuya simple puesta en escena no logra satisfacer las expectativas.