Hay música que funciona a la perfección como acompañamiento. En esta época, marcada por el ‘multitasking’ y la sobredosis de información, a diario ponemos discos ligeros al azar o playlists en modo aleatorio y disfrutamos de los cortes sin necesidad de detener nuestras respectivas faenas, sean cuales fueren. La cosa no es tan sencilla si optamos por oír las creaciones de bandas como Grizzly Bear, pues nos demandarán un mayor grado de concentración si queremos percibirlas en toda su dimensión. Si no les dedicamos el tiempo y la energía suficientes tal vez no les encontremos la gracia. Tal vez. Los álbumes del cuarteto surgido en Nueva York deberían venir con un ‘sticker’ con la frase “si esta es tu primera vez, no hagas otra cosa más que atender al LP”.

Como parece bastante difícil que las tiendas se tomen la molestia de pegar advertencias en todos los elepés, desde esta esquina te lo decimos: el nuevo long play de los estadounidenses, “Painted Ruins”, vale la pena, pero necesita paciencia y atención. Crece a cada escucha, como pasaba con los anteriores. Anímate a ponerte los cascos y siéntate a descubrir los detalles de una producción que para nada desentona en una de las discografías más regulares de lo que va de siglo XXI.

Cinco discos de lujo

“Painted Ruins” es el material más accesible de Grizzly Bear desde el genial “Veckatimest” (2009). Bellas melodías, marca de la casa, elaboradas en base a una finísima y particular combinación de rock clásico, chamber pop y pequeños toques de electrónica.

El nuevo disco de la agrupación musicalmente no presenta mayores novedades respecto al anterior, “Shields” (2012). Se podría decir, eso sí, que este es el material más accesible desde el genial “Veckatimest” (2009). A propósito de este trío de LPs: si el oyente tuviera que elegir sólo uno puede que no se decante por el lanzado este año, pero no le sería fácil tomar la decisión de descartarlo. Pese a que el larga duración de 2017 no es la obra cumbre de los norteamericanos es un buen trabajo. Uno plagado de bellas melodías, marca de la casa, elaboradas en base a una finísima y particular combinación de rock clásico, chamber pop y pequeños toques de electrónica. Como es costumbre, Grizzly Bear juegan con las estructuras musicales, incluyen hermosas armonías vocales y muestran ricas atmósferas sonoras. El hermoso regusto ‘folkie’ que resaltaba en algunos tramos de “Yellow House” (2006) no tiene mucho espacio ahora.

En el aspecto lírico, en líneas generales, el proyecto mantiene la cuota de hermetismo que ha caracterizado a todas las publicaciones del cuarteto. Pese a ello, es posible identificar que, a lo largo de los cortes, el grupo intenta explorar desde diversos ángulos el caos generado por situaciones límite. Ed Droste se enfoca en expresar el dolor del desamor. Daniel Rossen, por su parte, se centra en describir el desconcierto de la guerra (o de conflictos de diversa índole).

La labor de producción, una vez más, recayó en el bajista de la banda, Chris Taylor. Atrás quedaron los días del sonido lo-fi (que también tenía su gracia) del álbum debut “Horn of Plenty” (2004). Un dato adicional: este es su primer trabajo para la disquera multinacional RCA.

Fotografía: Tom Hines

“Es un caos, pero funciona”

Grizzly Bear juegan con las estructuras musicales, incluyen hermosas armonías vocales y muestran ricas atmósferas sonoras. El hermoso regusto ‘folkie’ que resaltaba en algunos tramos de “Yellow House” (2006) no tiene mucho espacio ahora.

Dicho todo esto, es momento de revisar el disco. Delicados detalles de sintetizador y sutiles arreglos de cuerda dan vida a la nostálgica pieza de apertura, “Wasted Acres”, cuyo sonido minimalista recuerda al de las canciones del primer LP. Nada mal para comenzar. Acto seguido, aparece “Mourning Sound” para cumplir la misión, como “Two Weeks” en “Veckatimest”, de dar la frescura pop necesaria para animar al oyente. En la creación resaltan las bellas líneas de bajo y los acertados destellos de teclado. La letra muestra, como marca el título, el duelo desde dos perspectivas. La primera es la de Droste, quien lamenta el fin de una relación amorosa. Puede que las frases tengan cierto aire testimonial, pues el músico, según sus propias declaraciones, atravesó una dura crisis tras su divorcio en 2014: “I made a mistake / I should have never tried / I took the cake / Finished every slice /…/ Let love age / And watch it burn out and die”. La segunda corresponde a Rossen, que se muestra como un testigo del dolor ajeno: “I woke to the sound of dogs / To the sound of distant shots and passing trucks / We woke with the mourning sound”. Es curioso el contraste entre la alegría de la melodía y la tristeza de los versos.

El escenario de violencia presentado por Daniel parece repetirse en el siguiente track, “Four Cypresses”. En él, el también guitarrista expresa su desazón y temor al observar el desastre a su alrededor: “Instead of moving / You stared into the wall / Tangled up in a pile / It’s early / Make no sound / Living in a pile / It’s chaos but it works / Planes flying overhead so early / Dreadful sound”. En la composición, como ya es habitual, los músicos utilizan los sintes y guitarras para montar al público en una montaña rusa sonora plagada de fragmentos calmados que derivan en otros mucho más caóticos. Mientras que en la segunda canción Droste lamentaba los errores que causaron el fin de su romance, en “Three Rings” parece recrear los momentos de confusión propios del ocaso del amorío: “Don’t you be so easy / Don’t you know that I can make it better? / Don’t you ever leave me / Don’t you feel it all come together”. En la notable pieza, los diversos arreglos electrónicos y los arrebatos guitarreros, de forma muy efectiva, son un reflejo de la espiral de emociones de un personaje en su desesperado intento por aferrarse a los restos de lo que alguna vez fue una relación estable. En la subsecuente “Losing All Sense” Ed continúa por la misma ruta musical y lírica, pero sin la misma fuerza.

A lo largo de los cortes el grupo intenta explorar desde diversos ángulos el caos generado por situaciones límite. Ed Droste se enfoca en expresar el dolor del desamor. Daniel Rossen, por su parte, se centra en describir el desconcierto de la guerra (o de conflictos de diversa índole)

La cosa se pone más interesante cuando empieza a sonar la tétrica “Aquarian”. En ella, Rossen, quien marca un fugaz pero fino solo de guitarra en el tramo final, aún no logra escapar de la pesadilla bélica: “Great disaster, shocking sight / Scream and run or test your might”. El séptimo corte es “Cut-Out”, uno de los puntos más altos del LP. Con todo el respeto y guardando las distancias formalmente esta pieza sería el “A Day In The Life” de este álbum. En ella, dos estrofas, en las que Droste se retuerce en el pestilente pantano creado por sus propios errores, son separadas por un esplendoroso puente. Y ahí Rossen parece ser la voz de la conciencia de su torturado compañero: “Written on your face, the only truth / Pure as ether, that empty room / Can’t you see, do you see / What’s out in front of you? / A black sheet”. Mientras que el inicio de dicha sección está marcado por una breve unión de voces y unas calmadas líneas de bajo, la parte final explota en un mar de guitarras distorsionadas y oscuros teclados. Brillante.

Tras la vorágine, cierto sosiego llega con el comienzo ‘folkie’ de “Glass Hillside”. Quienes ya habían empezado a exigir una mayor presencia de las armonías vocales (que tan bien funcionaron en “Veckatimest”) quedarán satisfechos tras escuchar esta pieza. De acuerdo a Daniel, sus letras en el elepé tratan de reflejar las perspectivas de un vagabundo, una persona en medio de un conflicto bélico y un refugiado. Esta última mirada podría evidenciarse en los versos “All desire / Gather your lot gleaned from the ground / All desire / Pitiful mass crossing the ocean / All desire / One drop to cut your time in half”. Llega el turno de Droste con el correcto regusto chamber pop de “Neighbors”. La lógica obligaba a pensar que tras los duros momentos de la crisis post ruptura amorosa llegaría un período de paz. Pero ese no es el razonamiento del fundador del grupo. A él todavía le quedan instantes de agobio por mostrar. En esta composición presenta el incómodo episodio en el que se topa con su ex pareja: “Half a mile away / Could see you everyday / We never go there / And yet I don’t care / With every passing day / Our history fades away / And I’m not sure why / There’s nothing left to say”.

“Painted Ruins” no supera a los dos anteriores elepés, pero sí los iguala… o casi. Al fin y al cabo, es cuestión de gustos. Cuando una discografía es sólida, todas las opciones tienen validez. La de Grizzly Bear lo es.

El conjunto musical reservó una sorpresa para el penúltimo corte del trabajo, “Systole”. En él, Chris Taylor cumple el rol de voz principal por primera vez. Y no lo hace nada mal. ¿Lo veremos tomar un papel protagonista en próximos elepés? Ojalá. Vale recordar que en 2011 el también productor hizo su debut en solitario con su proyecto CANT y el álbum “Dreams Come True”. Sería interesante ver si puede aportar ideas frescas a Grizzly Bear en las próximas obras. Tras casi 43 minutos llega el último track, “Sky Took Hold”. En el coro Droste parece retomar las cavilaciones que marcaron la pauta en la producción anterior: “Who I am beneath the surface / Hiding out so long inside my mind / Everyday I stay blind to it / Habit comes and tears me open wide / All the time”. Un incierto final para un disco en el que el caos cobró protagonismo en todos los frentes.

Tras un lustro de ausencia, Grizzly Bear volvieron para recordarnos que la clase no se pierde. Mientras que en los últimos años algunas bandas nacidas en la década pasada han comenzado a caer en la irrelevancia, con “Painted Ruins” los de Brooklyn demuestran que siguen vigentes. El LP no supera a los dos anteriores, pero sí los iguala… o casi. Al fin y al cabo, es cuestión de gustos. Cuando una discografía es sólida, todas las opciones tienen validez. La de Grizzly Bear lo es.

Grizzly Bear – Painted Ruins

7.9

Los estadounidenses Grizzly Bear se tomaron un descanso de cinco años. Pese al paso del tiempo no han perdido ni una pizca de clase y efectividad. “Painted Ruins” sigue el camino musical de su predecesor (fina mezcla de rock, chamber pop y electrónica) y, líricamente, muestra que incluso en el caos es posible encontrar belleza.

  • Si te vas a tomar un receso de cinco años, sí o sí debes volver con algo bueno. Grizzly Bear regresaron con algo MUY bueno.
  • Aunque no tiene el encanto de “Two Weeks”, “Mourning Sound” se levanta como el corte ‘radio friendly’ del disco.
  • La belleza del caos alcanza su cuota máxima en “Cut-Out”. ¡Tremenda!
  • Las armonías vocales aún son un recurso de gran valía para la banda.
  • Tal vez con el paso del tiempo cobre mayor valor la decisión de haber dado protagonismo vocal a Chris Taylor. Dicho sea de paso: impecable con el bajo.
  • Christopher Bear nunca defrauda en la batería.

  • Es difícil que el disco enganche a la primera escucha. Lo mismo pasó con los anteriores.
  • “Losing All Sense” podría ser el punto más flaco.
  • “Wasted Acres” no aporta mucho en materia lírica.

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