El reconocimiento les llegó tarde, y cuando lo hizo, les explotó en la cara. The Verve no fueron una banda bien avenida. Desde un primer momento tuvieron que lidiar con problemas de salud y de drogas, con diferencias personales que los llevaron a la separación hasta en tres ocasiones y con algunos reveses legales. Seguramente el más ilustre sea el que atañe a la archiconocida “Bitter Sweet Symphony”, pero antes hubo otro por la propiedad del nombre del grupo. Verve, como se presentaron en “A Storm In Heaven”, su primer álbum, era también el nombre de una compañía discográfica de jazz que no tardó en demandarlos. Un pleito por el que los de Richard Ashcroft se vieron forzados a  anteponer el artículo ‘The’ en su denominación. Así es como se dieron a conocer al mundo cuando en 1997 asaltaron las radios, listas y canales de televisión musicales por el tremendo éxito que les granjeó la mencionada “Sinfonía agridulce”, incluida en Urban Hymns, su tercer álbum de estudio.

Procedentes de Wigan, Inglaterra, se habían formado en 1989. El cuarteto estaba integrado por Richard Ashcroft (vocalista), Nick McCabe (guitarrista), Simon Jones (bajista) y Peter Salisbury (batería). Debutaron en formato de larga duración en 1993 con “A Storm In Heaven”, un LP fuertemente marcado por la psicodelia y el shoegaze. Atmósferas envolventes, voces etéreas, un entramado de guitarras distorsionadas y multitud de efectos que dos años más tarde dejaban paso al estilo más vigoroso y crudo de “A Northern Soul”, su segundo trabajo de estudio. En este disco la voz de Ashcroft suena más concreta y sorprenden con grandes baladas construidas sobre una guitarra acústica como es el caso de “On Your Own” y “Drive You Home”. Pero si hay una composición particularmente destacable a este respecto esa es “History”, caracterizada por su gran melodía y sus arreglos de cuerda. Fue el tercer single del álbum y el que más alto llegó en las listas británicas, subiendo hasta el puesto 24. Un éxito moderado con una fórmula identificable. The Verve habían encontrado la brecha a partir de la cual asaltar el éxito comercial que se les resistía.

“Urban Hymns”: clausurando el Britpop

Con la balada cálida e introspectiva ornamentada con cuerdas como punto de partida y sin renunciar a la potencia eléctrica, a la psicodelia y al shoegaze de sus primeras obras, los de Wigan presentaron una colección de canciones cautivadoras.

El Britpop estaba dando sus últimos coletazos. Atrás quedaban ya las grandes obras que grupos como Oasis, Blur y Pulp habían alumbrado entre 1994 y 1995: léanse “Definitely Maybe” y “(What’s the Story) Morning Glory?” de los primeros, “Parklife” de los seguntos y “Different Class” por parte de los terceros. En 1997 Oasis mostraban síntomas de flaqueza con su “Be Here Now” y Blur abrazaban el rock alternativo estadounidense, del que anteriormente habían renegado, en detrimento de los parámetros típicamente británicos que conformaban sus tres álbumes anteriores. Radiohead eran los nuevos abanderados de la juventud y del rock con su “OK Computer”. El optimismo daba paso a la angustia. El reflejo de aquella Gran Bretaña de los sesenta que los medios habían intentado articular para crear una nueva edad de oro se desvanecía, y ahí estaban The Verve para entregar la última gran obra del movimiento.

Tres meses después del lanzamiento de su segundo álbum la banda se separaba para volver, sin McCabe, algunas semanas después. El guitarrista Simon Tong sería quien ocuparía su lugar, aunque McCabe terminaría sumándose al proyecto de nuevo. A lo largo de 1996, The Verve, ahora como quinteto, se limitarían a componer, ensayar y grabar. No había lugar para las presentaciones en directo que hubieran podido derivar de “A Northern Soul”. “Urban Hymns” se cocinó a fuego lento y con la receta bien aprendida. Con la balada cálida e introspectiva ornamentada con cuerdas como punto de partida y sin renunciar a la potencia eléctrica, a la psicodelia y al shoegaze de sus primeras obras, los de Wigan presentaron una colección de canciones cautivadoras en la que no todas son grandísimas composiciones, pero donde los grandes momentos tienen un peso singular, lo que hizo de este un álbum de envergadura.

Con “Urban Hymns” The Verve se ganaron por derecho propio un lugar entre las bandas más destacadas de los noventa. El camino no había sido fácil, pero ahora estaban en la cima de su carrera. Un vértice del que no tardaron en resbalar cuando la banda volvía a deshacerse a principios de 1999.

Para ejemplificar lo comentado basta con escuchar Bitter Sweet Symphony, el tema que abre el álbum, cuyos violines hacen de esta pieza un clásico entre los clásicos. Pero no sólo los arreglos de cuerda. Cada elemento constituyente de la canción es soberbio: desde la pegadiza melodía hasta el patrón rítmico de la batería, pasando por el velado apoyo de la guitarra eléctrica, su letra abiertamente crítica contra la cultura de consumo y su icónico videoclip. La “Sinfonía agridulce” se extendió por el mundo entero, erigiéndose como pieza fundamental no sólo del Britpop o del rock, sino de la música de los 90 en general. Un éxito que, haciendo honor a su título, también tuvo su reverso. La canción estaba construida sobre un sample extraído de la versión orquestal que el mánager y productor de los primeros Rolling Stones había publicado del tema “The Last Time”, incluido en “Out of Our Heads”, el tercer álbum de estudio de los de Jagger y Richards. A pesar de que habían pedido permiso a Decca para su uso, Allen Klein, antiguo mánager de los Stones y poseedor de los derechos del tema consideró que habían hecho uso de más notas de las acordadas, demandándolos por plagio. Algo que también hizo Andrew Loog Oldham en cuanto que autor de la canción a partir de la cual se extrajo la muestra. Finalmente, sin comerlo ni beberlo, Jagger y Richards se vieron como autores de uno de los himnos más grandes de los noventa, figurando Richard Ashcroft tan sólo como letrista. Su composición más grande, arrebatada. Ya se sabe, hay quien nace con estrella y quien nace estrellado.

Otra de las más aplaudidas composiciones del álbum la encontramos en Sonnet, un tema repleto de detalles sonoros que pugnan por nuestra atención donde la guitarra solista juega un discreto pero suculento papel que irá ganando importancia según nos vamos acercando al final. Algunas maniobras rítmicas y una sección de cuerda como telón de fondo serán otros de los varios recursos que hacen de esta canción un peso pesado dentro del registro discográfico. Las guitarras briosas y los recursos psicodélicos impregnan el corte más largo del plástico, el cual se extiende hasta los siete minutos de duración. The Rolling People se revela poderosa y enérgica, muy en la línea del proceder gallagheriano. Incluso la voz de Ashcroft nos recuerda durante buena parte de la canción a la de Liam. Se trata, en esencia, de un festival guitarrero, especialmente en su segunda mitad, donde McCabe y Tong se despachan a gusto con las seis cuerdas mientras Ashcroft se suma eventualmente a los ritmos y melodías que emanan de las mismas. No es uno de los cortes más destacados, pero sí uno de los más interesantes.

Sin perder de vista el estilo de sus álbumes precedentes, The Verve supieron aplicar con destreza las dosis apropiadas a una fórmula ganadora. No obstante, en canciones como “This Time” o “Velvet Morning” juegan con nuevas formas de proceder, aportando variedad y enriqueciendo el álbum.

El contraste llega con la demoledoraThe Drugs Don’t Work. El que fuera el segundo single se sostiene sobre una guitarra acústica, sobrios arreglos de cuerda y una melodía extraordinaria donde se apoya una letra referente a una pérdida, probablemente la relacionada con la muerte del padre de Richard Ashcroft, quien siente un dolor emocional para el que las drogas no funcionan. Con Catching the Butterfly volvemos al estilo psicodélico de su primer LP. No en vano, este corte parece la continuación de “Butterfly”, incluido en “A Storm In Heaven”. Y no sólo por su carácter, sino también por el esparcimiento musical al que se abandonan en la segunda mitad de ambos temas. Continuando con el mismo proceder, Neon Wildernessdeviene atmosférica y repetitiva, a la manera de “Beautiful Mind”, pero sin la gracia de aquella. “Neon Wilderness” es una composición de relleno que no aporta nada al álbum que nos ocupa. Es, de hecho, la pieza más escueta del mismo pero, curiosamente, la que se hace más extensa por tediosa. Todo un patinazo.

Afortunadamente, The Verve recuperan el pulso enSpace and Time, la cual hace gala de un poderoso estribillo que nos pone de nuevo en sintonía. En el apartado lírico encontramos una relación en la que los implicados no están aparentemente enamorados, pero permanecen juntos ante el miedo de estar solos. No obstante, una parte de la pareja reflexiona sobre la alegría que sentirían si se amaran: We feel numb cause we don’t see / That if we really care / And we really loved / Think of all the joy we’d feel”. Con un estilo bastante cercano al facturado por Oasis se inicia Weeping Willow, un tema agradable que encuentra en las guitarras su principal baza, pero que no resulta particularmente reseñable. Mucho menos cuando descubrimos, a continuación, Lucky Man, otro de los picos incontestables del álbum. Ciñéndose a la fórmula del éxito y registrando una melodía atractiva aderezada por una guitarra solista y unos violines de tendencia épica, Ashcroft canta sobre la búsqueda de la felicidad. Sabe que este sentimiento viene y va, y reflexiona sobre la posibilidad de que esta sea una estado mental alcanzable sólo si uno mismo está dispuesto a ello, desechando cualquier factor externo: All the love I have is in my mind?”.

“Urban Hymns” se estableció como el último gran trabajo del Britpop, y sus singles como excelentes composiciones, llegando algunas de ellas a erigirse en lo que la banda prometía desde el propio título del disco: en auténticos “himnos urbanos”.

La esperanza y la celebración de la vida y del presente serán los temas tratados en One Day y “This Time. Can’t you hear this beauty in life?”, cantan en la primera, mientras miran al pasado en la segunda, para convencerse: No time for sad lament / A wasted life is bitter spent”. Aunque “One Day” no supone un gran momento y pasa más bien desapercibida, sí es conveniente detenerse en “This Time”, un track rítmicamente diferenciado que bien podrían haber firmado los Red Hot Chili Peppers más maduros y comedidos, lo que aporta variedad y enriquece el álbum. Algo que también encontraremos en Velvet Morning, de aroma country y espléndidos estribillos. El legítimo cierre del disco. Ese honor recaerá, sin embargo, en la enérgica Come On. Un chute de optimismo con Liam Gallagher en los coros donde The Verve se muestran totalmente desinhibidos, sumergiéndonos en una vorágine guitarrera de la que no nos apetece escapar en un buen rato. Aunque ellos tampoco nos van a dejar hacerlo, llevando esa algarabía sonora de potencia adictiva más allá de los tres minutos.

Dado que ya no es un secreto para nadie gracias a las plataformas de streaming (nótese la ironía), hemos de comentar la espacial y envolvente Deep Freeze, la pista oculta del álbum que ya no funciona como tal. Esta no era más que una curiosidad electrónica. Un juego con el que sólo los oyentes más pacientes y perspicaces descubrirían esta rareza. Así era como descubríamos un bucle que parecía infinito, construido a partir de un sintetizador y un sample con el llanto de un bebé. Algo simplón, sin mayor trascendencia que la del propio juego y que ahora carece de todo sentido. Porque esa pieza como corte independiente se antoja ridícula y totalmente absurda. Discordante, repetitiva y desprovista de toda ambición. Un final incongruente para quien se acerque a esta placa sin conocimiento de causa que no hace justicia a un trabajo notabilísimo que atesora un buen puñado de clásicos.

Con “Urban Hymns” The Verve se ganaron por derecho propio un lugar entre las bandas más destacadas de los noventa. El camino no había sido fácil, pero ahora estaban en la cima de su carrera. Un vértice del que no tardaron en resbalar cuando la banda volvía a deshacerse a principios de 1999. Richard Ashcroft y Nick McCabe estaban condenados a no entenderse, motivo por el que el guitarrista dejaba la banda el año anterior. Pronto encontraron un reemplazo, pero la sonoridad del quinteto se vio resentida y terminaron disgregándose por segunda y penúltima vez (la última llegaría en 2009, dos años después de reunirse para poner en el mercado “Forth”, su cuarto álbum de estudio). “Urban Hymns” se estableció como el último gran trabajo del Britpop, y sus singles como excelentes composiciones, llegando algunas de ellas a erigirse en lo que la banda prometía desde el propio título del disco: en auténticos “himnos urbanos”.

The Verve – Urban Hymns

8.8

En 1997 The Verve ponían en el mercado “Urban Hymns”, una colección de canciones cautivadoras en la que no todas son grandísimas composiciones, pero donde los grandes momentos tienen un peso singular, lo que hizo de este un álbum de envergadura que terminaría por erigirse en el último gran lanzamiento del Britpop y uno de los más icónicos de los noventa.

  • “Bitter Sweet Symphony”, “Sonnet”, “The Drugs Don’t Work” y “Lucky Man”.
  • Sin perder de vista el estilo de sus álbumes precedentes, The Verve supieron aplicar con destreza las dosis apropiadas a una fórmula ganadora.
  • En canciones como “This Time” o “Velvet Morning” juegan con nuevas formas de proceder.
  • Las texturas guitarreras de las canciones más impetuosas.

  • Canciones como “Neon Wilderness” o “Weeping Willow” no están a la altura del resto de composiciones.
  • El delirio musical de la mediocre “Catching the Butterfly” es totalmente innecesario.

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