Ahora sí.

Cogerle el pulso a un estilo, sea propio o ajeno, siempre es complicado. Por eso es tan difícil que el álbum debut de cualquier artista, grupo o proyecto salga increíblemente bien. Y sí, a veces ocurre, y eso es digno de admiración, pero creo que tiene tanto o más valor saber sobreponerse a los propios fallos e incidir en los aciertos para llegar, con más experiencia y resolución, a ese estilo. Mantener ese toque personal tampoco es sencillo la mayoría de las veces: si las influencias son muy claras puede parecer poco inspirado, y si es excesivamente distinto puede no encajarle al público o la crítica.

Quien me conozca un poco sabrá que, como músico, como crítico y como público no me gustan los revival de lo que sea. No veo absolutamente nada malo en resucitar ciertos elementos musicales del pasado y mezclarlos con estilos más modernos si el artista de turno es capaz de atenerse a las consecuencias, pero una cosa es eso y otra muy diferente es pretender sacar algo directamente del pasado y traerlo al ahora, cuando está totalmente fuera de contexto. Es algo que en todas partes ha venido sucediendo en los últimos años con el tema ochentero, y yo personalmente estoy muy cansado de resucitar esa década, porque suele consistir básicamente en abusar de una parafernalia (hola Two Door Cinema Club, hola The 1975) que ya en su contexto era irritante y obviar todo lo demás.

Por eso me alegra decir que Alex Cameron lo está haciendo bien.

Cuando hace cosa de un año analizamos en esta casa “Jumping The Shark”, su álbum debut, ya se notaba una cierta tendencia hacia la electrónica ochentera, pero en lugar de ser barroco con la instrumentación Cameron prefirió un enfoque minimalista de ese mismo sonido. Sobre ese cimiento el australiano elaboró ocho cortes con un denominador común: el fracaso. Sin embargo, el resultado no salió tan bien como se esperaba: los temas sonaban muy similares entre sí y, pese a lo exiguo de su número, llegaban a resultar repetitivos, mientras que las letras solían ser demasiado crípticas como para que el mensaje que estaban tan obcecadas en transmitir llegase donde merecía.

Pero Cameron ha aprendido mucho en ambos campos, y por eso con “Forced Witness”, acompañado por su fiel saxofonista Roy Molloy, decide doblar la apuesta de su primer disco: diez nuevas canciones con sabor a Nick Cave y Bruce Springsteen, texturas sonoras del pop ochentero más upbeat seleccionadas con gusto, invitados de excepción y un nuevo concepto que abordar: toda la nueva generación de cretinos del siglo XXI.

“Forced Witness”: manual del capullo integral en diez sencillos pasos

Con “Forced Witness”, acompañado por su fiel saxofonista Roy Molloy, decide doblar la apuesta de su primer disco: diez nuevas canciones con sabor a Nick Cave y Bruce Springsteen, texturas sonoras del pop ochentero más upbeat seleccionadas con gusto, invitados de excepción y un nuevo concepto que abordar: toda la nueva generación de cretinos del siglo XXI.

Alex Cameron no quiere olvidar su primer trabajo en solitario, pero este rollo es bien distinto. Ya no abusa de bases crudas y sombrías, no se maquilla con falsas arrugas y estrías en la cara y todo resulta mucho menos pantomímico. A decir verdad, pese al cambio de tercio en lo que se refiere al tono del álbum, sus letras resultan mucho más comprometidas. Y es que Cameron, de un modo similar a como hacía en “Jumping The Shark”, dedica cada una de las canciones de “Forced Witness” a poner voz a diez hombres distintos, cada uno de los cuales es tan indeseable como el anterior; individuos desagradables, indignos de confianza y plagados de comportamientos tóxicos y misóginos que no tienen reparo en exteriorizar. Cameron habla a través de estos personajes en primera persona, sin distanciarse en absoluto, porque considera que “sería irresponsable como hombre blanco heterosexual” no representar que esos individuos existen pero no deberían, y que precisamente por creer en el abandono de estas ideas necesita poner el foco en todas las personas que insisten en la regresión. Todos nosotros somos obligados a ser testigos de la debacle, y el artista no se limita a contemplar sino que vuelca con crudeza y honestidad esta realidad sobre su público y le insta a comprometerse.

Es justamente por esto que el tono del álbum se hace en general más irónico y ácido, precisamente por lo animado de su sonido. Buena parte de ese mérito se lo lleva Roy Molloy, camarada de armas de Cameron en sus últimas giras y el otro eje alrededor del cual gira este nuevo trabajo. Molloy ha dado un giro interesante al sonido más frío y distante del debut gracias al uso de su saxofón, que ahora se arranca en solos emocionantes y potentes, aportando así calidez y color a la mezcla sin cobrar demasiado protagonismo. Como contrapunto a este sonido brillante está la voz sensual y oscura de Cameron, probablemente el primer motivo por el que se insiste en compararlo con Nick Cave.

Alex Cameron dedica cada una de las canciones de “Forced Witness” a poner voz a diez hombres distintos, indignos de confianza y plagados de comportamientos tóxicos y misóginos que no tienen reparo en exteriorizar. Cameron habla a través de estos personajes en primera persona, porque considera que “sería irresponsable como hombre blanco heterosexual” no representar que esos individuos existen pero no deberían.

Con esta voz dirige el tono de “Candy May”, tema que abre el álbum y primer single del mismo, atravesando las capas de órganos relucientes y bases machaconas. Aquí todavía no nos topamos con los temas de un modo tan claro como en canciones venideras, pero empezamos a apreciar detalles (la conducta posesiva del narrador, cómo canaliza sus actitudes nocivas a través de Internet…). Hacia el final del corte asistimos a la primera intervención de Molloy, que sin ser demasiado llamativa añade una textura alegre y brillante al cierre. “Country Figs” se vuelca más en su vis ochentera de teclados deliberadamente horteras y guitarras cristalinas con ritmo funky. Su yo lírico acude esta vez a la romantización de su propio deterioro, físico y emocional, llegando a pronunciar citas realmente desagradables. Su sección intermedia de piano, saxo y guitarra despide color y energía, y resulta extrañamente bailable.

Runnin’ Outta Luck”, por su parte, enmascara con su tono de canción de amor vintage la historia de un tipo que se aprovecha de una stripper “sin suerte” para tener sexo con ella mientras habla de que “tiene una misión” y se erige en su sumo salvador. El despliegue energético y sonoro, mayor que en los temas anteriores, encuentra esta vez un mayor énfasis en los golpes de guitarra del estribillo. Llegamos así a “Stranger’s Kiss (Duet with Angel Olsen)”, uno de los puntos fuertes del álbum por muchos motivos. El primero de todos es la aparición estelar de Angel Olsen, cuyo álbum “MY WOMAN” fue nombrado en esta casa como el mejor disco internacional del pasado 2016. Ambos vocalistas dialogan después de una ruptura, con Cameron sintiéndose “el rey del barrio”, cargado de buena suerte con las mujeres, y Olsen mostrándose más honesta y reconociéndose volcada en Internet (They made a meme out of my legacy, darling / My hands are caught on the Net and they’re pale and thin”). Ambos reconocen que duele recordarse, que prefieren no hablar de ello porque en sueños siguen echándose de menos pero dicen encontrar consuelo en los extraños.

Más allá del apartado lírico, cargado de juegos de palabras de lo más revelador y alusiones a su propia actividad como músico (llegando a mencionar a Molloy y su banda), encontramos en “Stranger’s Kiss” un apartado musical más moderno y menos reminiscente de la década de los ochenta, que juega más con las guitarras y da al saxo de Molloy y a la percusión un animadísimo protagonismo después de cada estribillo. La carga irónica del tema es abrumadora, máxime teniendo en cuenta lo uplifting de su tono. Uno de los mejores temas del disco y definitorio del giro cualitativo que ha dado Cameron de un disco a otro.

El tono del álbum se hace en general más irónico y ácido, precisamente por lo animado de su sonido. Buena parte de ese mérito se lo lleva Roy Molloy, que ha dado un giro interesante al sonido más frío y distante del debut gracias al uso de su saxofón.

True Lies” confía casi plenamente en sus guitarras para guiar esta nueva historia, la de un mentiroso compulsivo que engaña a su pareja (novia, esposa, poco importa) con mujeres a las que conoce a través de Internet, sin importarle que sean menores de edad o “algún tipo de Nigeria”; admira también sus bellas mentiras casi tanto como hace con las suyas. “Studmuffin96” continúa jugando con sus guitarras (a las que deja esta vez espacio en los instrumentales) para hablar aquí de alguien lo bastante cretino como para que el título de la canción sea su ‘nickname’ en el chat de turno. El tipo intenta venderte que es un romántico cuando dice cosas como “I’m waiting for my lover / She’s almost 17”, insistiendo en que la está esperando con un deje casi obsesivo, mientras la trata de “pussy” cada vez que tiene la ocasión de llegar al estribillo.

En esta línea de cosificación femenina, de vuelta al rollito semi-funky ochentero, tenemos “The Chihuahua”, donde el protagonista busca con quién tener sexo ahora que “el chocho se va de la ciudad”, lamentándose de que “cuando está cerca no la necesita”. Musicalmente, cabe reseñar, no tiene tanto impacto como los temas anteriores, pero su apartado lírico no se anda con medias tintas y deja al oyente con la sensación esperada después de leer semejante declaración de intenciones: una mezcla de desagrado y vergüenza ajena. Con el telenovelesco título de “The Hacienda”, Cameron roza la comicidad con unos toques de saxo, bajo y piano que dan al tema un sonido de patetismo totalmente deliberado. La letra se mantiene en la línea de “capullo misógino con dinero”, pero gracias al tono chorra cobra un nuevo sentido. Eso sí, para ser un corte paródico se hace un poco largo y se habría beneficiado mucho más de haber sido un interludio breve, que dejase clara la broma y tirase millas.

Cameron ha aprendido muchísimo en apenas un año. Su sonido es familiar pero refrescante, cargado de buenos arreglos y originalidad sin perder comba para mirar al pasado con más malicia que nostalgia, mientras que sus letras son más claras y más atrevidas.

Marlon Brando” podría resumirse en tres palabras ya famosas en Internet: ‘masculinity so fragile’. Este es un tema de testosterona herida, de hacerse el macho delante de la chica de turno partiéndole la cara a un tipo después de llamarle “nenaza” y “marica” por no seguir su rollo. La línea de “me siento como Marlon Brando alrededor de 1999” hace referencia a cómo Cameron veía en la figura del actor de esos tiempos una efigie de decadencia y desagrado, los restos de un ídolo de la masculinidad. Todo el apartado sonoro, por su parte, emplea recursos antiguos y modernos (ese sonido como de viento digital para construir la tensión todavía resuena en más de una rave) para construir un tema energético y potente. Para cerrar, “Politics of Love” baja un poco el nivel pero no pierde intensidad, poniendo el piano como fuerte cimiento de un tema vagamente amoroso y con menos estulticia en las letras. Al igual que el inicio, si este corte tiene una intención concreta en lo que a temas se refiere, cuesta discernir cual es. Lo cual, sin embargo, no quita para que no sea un cierre adecuado.

Al final, donde “Forced Witness” puede caer es precisamente en estas canciones que parecen desviarse de lo que, por lo demás, es un trabajo increíblemente sólido. Cameron ha aprendido muchísimo en apenas un año, y su nuevo trabajo es, quiero creer, más que la mera confirmación de una apuesta. Su sonido es familiar pero refrescante, cargado de buenos arreglos y originalidad sin perder comba para mirar al pasado con más malicia que nostalgia, mientras que sus letras son más claras y más atrevidas. Su denuncia es valiente no sólo por los temas que elige sino por arriesgarse a hacerlo en primera persona, quizás reconociendo que por su propia condición habrá arrastrado también estas mismas actitudes nocivas, y está dispuesto a exponer todas y cada una de ellas con tal de hacernos mirar y cambiar. Si su estilo tiene futuro, esperemos que también lo tenga su mensaje.

Alex Cameron – Forced Witness

7.5

“Forced Witness” es un disco que confirma la apuesta sonora de Alex Cameron pero que arriesga aún más en el terreno lírico. La denuncia de la masculinidad tóxica a través de diez personajes de lo más real está acompañada de un tono más animado, que goza de nuevas texturas y evita la repetitividad. Su sonido familiar pero con toques refrescantes y lo valiente de sus temas marcan este elepé como un punto de inflexión en la carrera de Cameron.

  • Su sonido, ahora menos frío y más animado, facilita que las canciones sean menos parcas en texturas y resulten mucho más agradables a la escucha.
  • Molloy es la viva representación del giro que ha dado el sonido de Cameron, y sus intervenciones, sin querer llamar la atención más de la cuenta, hacen un increíble trabajo.
  • El mensaje contra las actitudes machistas, homófobas y tóxicas y su forma tan cruda de representarlas merecen un sonoro aplauso.
  • El dueto con Angel Olsen en “Stranger’s Kiss” es el punto álgido del disco, de una calidad incontestable.

  • Aunque este trabajo no se hace tan repetitivo como “Jumping the Shark”, hay un par de canciones a las que les sobran minutos (o son innecesarias) y les falta profundidad lírica.
  • Las referencias ochenteras no son abusivas, y Cameron no pretende ninguna clase de revival, pero el disco se vería beneficiado de tomar estos sonidos como una base más fina a la que añadir otra clase de elementos.

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