Comprobó que las llaves seguían en el bolsillo del vaquero, sin las cuales la exploración de las luces delanteras a través de la oscuridad no tendría ningún sentido, y respiró con alivio. Hizo contacto sin reparar demasiado en el miedo. Tal y como estaba planeado el vehículo lanzó un rugido poco convincente, ante el cual el más leve desajuste en el formato interno del motor bastaría para convertirlo en el monstruo autocompasivo, el punto y final de la carretera. Con él irían las frecuencias superpuestas de los sintetizadores, los múltiples teclados y los breves y simplones arreglos interpretados por él mismo o por uno de los añadidos que figuran como intérpretes. Adam Granduciel inicia su entrometimiento con unas estructuras armónicas sencillas, repetitivas y una aparente dolencia en el músculo cardíaco. La mitad de la historia la hemos oído ya. Nos la contó el mismo en la cafetería de la estación de servicio, adelantando la mitad del trabajo a base de sencillos. Ahora toca responder con el resto del material, de cuya producción el autor se ha encargado personalmente, tomándose tres años de reflexión.

“A Deeper Understanding” funciona como fondo para un paisaje estrellado, probablemente estático

Granduciel no está haciendo un viaje hacia lo desconocido. Está recorriendo en sentido inverso una travesía trazada por otras personas.

Sin embargo, Granduciel no está haciendo un viaje hacia lo desconocido. Está recorriendo en sentido inverso una travesía trazada por otras personas. A lo largo de todo el álbum e incluso de toda su carrera hay un espíritu demasiado evidente de imitación, una segunda carcasa para un Bruce Springsteen aficionado a los Arcade Fire, con escasa intención de aportar algo nuevo. Por eso el paisaje parece siempre el mismo, las retamas a ambos lados del guardarraíl establecen un patrón predecible, y no contribuye la voz del conductor ni sus letras cargadas de lugares comunes ayudan a guiarse por las constelaciones. “Lost in the Dream”, su anterior trabajo, nos anticipó éste, pero al menos el registro era un poco más variado, contaba con temas menos innecesariamente desarrollados. Confiemos en que algunas señales luminosas amenicen el viaje, que el cantante atraviese alguna ciudad vacía, un pinar, un portal entreabierto.

Fotografía: Shawn Brackbill

Adam Granduciel inicia su entrometimiento con unas estructuras armónicas sencillas, repetitivas y una aparente dolencia en el músculo cardíaco.

El motor arranca. “Up all Night” presenta la plana voz de Granduciel y su aportación guitarrística nula frente a un interesante fondo electrónico que rellena de algún modo el vacío melódico y armónico de los pistones al subir y al bajar. La promesa del clímax no tarda en diluirse, dando paso a un tema todavía mucho más influenciado por Springsteen: “Pain” muestra a las claras la incomprensión y su recién adquirida profundidad. Sobre un acorde apenas mutable el inexpresivo solo de guitarra trata de cambiar la situación, pero más aportan las voces en el asiento de atrás y los jugueteos con los distintos teclados, elaborando la atmósfera de la autopista. “Holding On” debió haber entrado en “Born to Run”, con su característico xilófono haciendo las veces de lucecitas de algún barrio residencial de calles simétricas. La mayor aportación de este corte son indefectiblemente las voces modificadas y la instrumentación al final.

Una parada necesaria. “Strangest Thing” se asoma como uno de los sencillos más aclamados del trabajo, tramando una buena gama de memorias de las que inevitablemente regresan cuando el peligro de la carretera ha pasado a segundo plano. Aunque de Bob Dylan sean las referencias que el autor escribe en el borde de la servilleta, no puedo evitar acordarme más bien de Bon Jovi y las ganas de subir a los mandos y desentrañar el final del viaje se hacen más y más intensas, al igual que la volumetría tímbrica, incapaz de resolver correctamente la tensión acumulada. Da la impresión de que la gasolina se ha acabado unas cuantas millas atrás. Quizá sea “Knocked Down” la estación de servicio más conocida de todo el trayecto, y de ahí la cantidad de canciones que recuerda, especialmente bajo la firma de Bryan Adams.

A lo largo de todo el álbum e incluso de toda su carrera hay un espíritu demasiado evidente de imitación, una segunda carcasa para un Bruce Springsteen aficionado a los Arcade Fire, con escasa intención de aportar algo nuevo.

La canción más breve del álbum da paso a una prometedora “Nothing to Find” que no tarda en demostrar que toda esperanza a estas alturas es nula, aunque hay que admitir que la producción es tan buena que no sé si hay un batería humano o se trata de una máquina generando el mismo ritmo una y otra vez. Por eso, “Thinking of a Place” con sus más de 11 minutos asusta. Una introducción, un interludio y un final instrumental salvan parte del conjunto gracias a, entre otras cosas, el comedido uso del piano. Sin embargo, la melodía es extremadamente pobre, se diluye con el resto, es posible que hayamos pasado por esta desviación quince veces. No obstante, “In Chains” podría ser el punto fuerte del álbum. Ojalá pudiéramos escuchar mejor los atrevimientos del saxofón o del chelo, sus esfuerzos por sacarnos del egotismo del conductor, que dejará imprudentemente los mandos para ofrecernos un solo de tres o cuatro notas con la armónica. La percusión se convierte en algo literalmente insoportable. El estribillo puede que nos rescate por unos momentos de esa impresión, aunque él haya sido a su vez rescatado de “Red Eyes”, sencillo extraído del álbum previo.

El paisaje parece siempre el mismo, un patrón predecible, y no contribuye la voz del conductor ni sus letras cargadas de lugares comunes ayudan a guiarse por las constelaciones. “Lost in the Dream” al menos era un poco más variado y contaba con temas menos innecesariamente desarrollados.

Vuelve a ser el fondo musical el punto fuerte de “Clean Living”, pero no engaña a nadie. Se trata de la misma fórmula adornada de distinta manera. La resolución de la historia importa muy poco en este punto. Pero “You Don’t Have to Go” llega enarbolando la palabra favorita del músico: “Hard”, arrastra los trocitos remanentes de la batería cuando las luces del vehículo empiezan a fallar. Dulcemente la voz de Granduciel va desvaneciéndose, internándose en la oscuridad fatal que al artista emociona y hace sufrir.

En el vehículo aparcado sólo se encuentra una vieja cinta de “Nebraska” y una chaqueta vaquera arrugada. Los moduladores bien intencionados no han sido capaces de darle una nueva dimensión y tendrán que esperar a la siguiente edición de un músico que ya no es un novato. Ha sido un viaje largo. Esperemos una menor influencia en los siguientes, algo más de luz y una emisora dinámica que nos muestre a las claras el evidente manejo de los teclados de Granduciel.

The War on Drugs – A Deeper Understanding

6.4

El nuevo trabajo del americano no desvela nada nuevo, ni dentro de su discografía ni del panorama musical. Más bien trata de rescatar elementos antiguos y enfundarlos en una prenda nueva, para lo cual no se le ve muy dispuesto a probar. Como parecen demostrar sus cinco sencillos lanzados antes del estreno del CD y su labor de productor el compromiso comercial es evidente, pero no es tan fácil dilucidar si el artístico está al mismo nivel.

  • Como música de fondo para un viaje resulta perfecto.
  • La creación de una atmósfera a partir de la cual construir.

  • Pobreza lírica y compositiva.
  • Similitudes con otro(s) artista(s).
  • Se puede hacer extremadamente pesado.