Es de sobra conocido que nunca deben buscarse culpables cuando una relación acaba, pero eso no está reñido con reconocer que siempre los hay. Muy frecuentemente, sobre todo si se trata de bandas de rock, la causa suele girar en torno a una batalla de egos fruto de un éxito repentino y mal gestionado aderezada con la adicción a alguna que otra sustancia, como la heroína en este caso. Normalmente, aquella vorágine autodestructiva finaliza con una de las partes apostando por la reconciliación (dentro de lo posible) y la continuación del proyecto y la otra manifestando su hastío con un ruidoso portazo como el que Bob Mould hizo resonar en los pasillos de la casa de Grant Hart aquella tarde de enero de 1988 certificando una aciaga realidad: Nos habíamos quedado sin una de las mejores y más influyentes bandas de los últimos 35 años. Me vais a permitir que recurra al plural sociativo porque lo cierto es que quien suscribe estas líneas ni siquiera había nacido cuando las diferencias entre las dos principales cabezas pensantes de Hüsker Dü pusieron punto final a una discografía brillante como pocas.

Es una putada que la primera vez que me anime a escribir un artículo protagonizado por los de Minneapolis la mejor excusa que se me ocurra para hacerlo sea la muerte de Grant Hart. Algunos me tacharán de oportunista, y con razón, pero no podía simplemente seguir adelante como si nada hubiera pasado. La historia de Hüsker Dü ha sido mil veces contada, ninguna otra banda del underground norteamericano explica tan bien el nacimiento del indie a base de recubrir el hardcore punk con capas de pop y fugaces salpicones de psicodelia. La discografía que Grant Hart, Bob Mould y Greg Norton legaron al mundo representa a la perfección el paradigma de la banda indie de finales de siglo, arrancando mediante la autoproducción para continuar de la mano de un sello tan emblemático como SST y finalizar en una multi de cuyo nombre no quiero acordarme. Precisamente del primero de los dos discos que los norteamericanos sacaron con la Warner es la canción que hoy queremos incluir en esto que hemos llamado ‘Canciones de nuestra vida’. La autoría, por supuesto, corresponde al batería y vocalista Grant Hart, así, si todo sale bien, este artículo me servirá para reivindicar tres cosas: la importancia de Hüsker Dü, el papel de Hart en la banda (a estas alturas era quien tiraba del carro a nivel artístico) y su capacidad para crear himnos imperecederos y la condición de discazo de “Candy Apple Grey”, un álbum deslavazado con el que lejos de venderse (ni siquiera acabó entre los 100 primeros en Billboard) dieron un pasito más en su tránsito del hardcore al noise pop dejando unos cuantos hits por el camino. Y si no, siempre habrá ocasión de analizar su discografía con detenimiento más adelante.

Hemos de reconocer que Grant Hart tiene temazos de todos los colores, aptos para acompañar cualquier situación y emoción que se presente: estar enamorado, lamentarte si has perdido a tu chica por ser un capullo, emborracharte, peinarte para atrás a base de guitarrazos y no dejar sin mover ni un solo músculo o canalizar tu rabia cuando has cogido un cabreo de narices. Pero lo cierto es que aquellos que más me han acompañado, los que de verdad cautivan, son aquellos que dan rienda suelta a la faceta más emocional de su música. “Sorry Somehow” es un ejemplo perfecto, con su autor desgañitándose desde el taburete de su batería mientras pide perdón (¿pero de verdad está arrepentido?) entre un mar de órganos y cuerdas distorsionadas. Lo que parece ser el reflejo de la extraña sensación de rechazo, interdependencia y culpabilidad que aparece tras una ruptura funciona de maravilla para ser aplicado a la relación profesional entre los dos cerebros de Hüsker Dü, si hacemos una interpretación retrospectiva. Corría el año 1986 y la dinámica Lennon-McCartney que Mould y Grant se habían empeñado en reproducir estaba a punto de llevar al traste un proyecto que se había concebido desde su logo como una experiencia democrática: tres trazos horizontales (uno por miembro) unidos por una línea vertical que simbolizaba el todo que unía a cada una de las partes. Acabó sucediendo lo que todos sabemos y Hüsker Dü se desvaneció para siempre siendo considerado por casi todos como la banda que mejor anticipó en los ochenta lo que el rock independiente acabaría regalándonos en los noventa, pero vendiendo, eso sí, un número menor de copias que discípulos como Pixies, Smashing Pumpkins o, por supuesto, Nirvana.

Ya se sabe que tras una ruptura siempre queda un perdedor. Grant Hart fue el primero en tratar de rehacer su vida con “Intolerance”, unos pocos discos con Nova Bob y un par de trabajos en solitario nada desdeñables, ya en el siglo XXI. Pero no nos engañemos, a quien mejor le ha ido (sobre todo en términos económicos y mediáticos) es a la otra parte del genial dúo compositivo: Bob Mould. Éste adelantó a su ex-compañero Grant por la derecha hace muchos años y así están las cosas: uno siendo comentado por Pitchfork y molando al lado de gente como los Foo Fighters y el otro recorriendo el mundo con su guitarra en un estado físico deplorable, pudiendo actuar en la calle sin que apenas nadie le reconozca, tocando, como un loser, algunos de los mejores temas de una de las mejores y más influyentes bandas de los ochenta en algún bar del viejo continente sin que el público le preste demasiada atención, abandonándonos sin hacer ruido, con mucho trabajo a sus espaldas tras vivir convencido de que aquello de “negocio de la música” era en realidad un oxímoron manifiesto, sin ocupar portadas, consumido por el cáncer…

La avaricia y el egoísmo que destruyó al grupo fue algo que creció con el tiempo. Existe el negocio de la música, pero también existe la música y existe el negocio. Yo iba más por la música y sigo yendo por la música. Quizás cuando me muera no vendrán demasiadas personas a mi entierro para ver cuánto les he dejado, pero lo estoy pasando de puta madre. Para mí la cosa es así.

Grant Hart vivió siempre más pendiente de hacer la canción perfecta que de poner su nombre a cuantas más canciones mejor, disfrutando de cocinar a fuego lento temas cautivadores como “Never Talking To You Again”, “Diane”, “Don’t Want To Know I You Are Lonely”, “Is The Sky The Limit?” o la propia “Sorry Somehow” e interpretándolos por todo el mundo, completamente ajeno a la magnitud de su aportación al punk y la cultura alternativa. El obituario del rock no ha escrito su nombre en letras demasiado grandes, pero no somos pocos lo que soñábamos con poder disfrutar algún día de un concierto de la formación original de Hüsker Dü, justo ahora que parecía que Mould y Hart habían acercado posturas. Quizá haya sido una sana falta de ambición y codicia lo que ha impedido tal reunión; incluso es posible que ese gesto de coherencia sea lo último que tengamos que agradecer a Grant Hart: evitarnos ver, una vez más, cómo el remake de una banda de hace más de 20 años no está a la altura de las expectativas. Yo ya me he hecho a la idea y he empezado a apagar, sin éxito, el fuego de la nostalgia de lo que nunca he vivido escuchando su discografía y reproduciendo infinitas veces la que, para mí, es su canción más especial. El bueno de Grant ya ha descubierto si el cielo es el límite, los que quedamos aquí abajo sólo podemos desear que descanse en paz y tratar de hacerle infinito a través de su música.

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